sábado, 30 de abril de 2022

"L'Écart fantastique"

En Les Yeux Fertiles, con presentación de libros de Bernard Roger y David Nadeau:




domingo, 24 de abril de 2022

Alain Joubert y las cajas negras

Alain Joubert, por Nicole Espagnol

Tras un par de años sin pasarme a ver el buzón de mi antiguo local de trabajo (ya que había dejado de esperar nada en él), me encuentro con un paquete remitido por Alain Joubert en enero de 2021, o sea dos meses antes de morir a los 85 años (de viejas dolencias, pero como le hicieron la aberrante "pcr" y dio positivo, en seguida se apresuraron a decir los canallas y los incautos -¿hasta cuándo van a seguir siéndolo?- que había muerto "de cóvid", todo ello si es que, como resulta aun más probable, no lo ejecutó el fascismo político-sanitario aplicándole sus siniestros "protocolos").

Este correo de ultratumba contenía la preciosa colección poética de L'Autre côté des nuages y las Chroniques de La Boîte noire. El primero de estos libros yo lo pedí y reseñé en "Surrealismo internacional"; en cambio, poco proclive a las novelas negras (exceptuadas las de Chandler, que me debo haber leído unas siete veces, y por supuesto las de Léo Malet), no llegué a encargar el segundo de estos libros, temeroso de que fueran meras reseñas de novelas francesas desconocidas. Craso error, ya que lo que hace Joubert es tomar diferentes novelas (francesas o traducidas) e irse por los cerros de Úbeda, o si se prefiere por los más variados caminos de la poesía, el humor, la fantasía y el desafío, sin que tenga la mínima importancia para el lector conocer o no esas novelas. Se trata pues de un libro Joubert cien por cien, con su estilo y desparpajo inimitables, a partir de la ingeniosa idea de que cada uno de estas novelas que lo incitan tiene su "caja negra", reveladora.

Son crónicas aparecidas en La Quinzaine Littéraire entre los años 2002 y 2004. Joubert nos descubre que se aficionó a esta forma literaria desde casi niño, para lo que fue decisiva la célebre Série noire del viejo surrealista Marcel Duhamel (fundada en 1945), aunque sin olvidar la saga de Fantomas y al citado Malet; sumados luego un Boris Vian o un Manchette, se consiguió así, a su juicio, dar un nuevo vigor al exangüe género novelístico.

Estas son páginas que se leen de un tirón, escritas con ese tono conversacional, esa vivacidad, ese dinamismo y esa versatilidad tan suyos y tan llenos de frescura que se van a echar muy en falta en años venideros, por no decir que se echan en falta ya, puesto que las intervenciones de Joubert eran asaz frecuentes.

Polemista nato, Joubert salpica sus crónicas de puntualizaciones por lo general certeras: al arte pop, al "body art", al situacionismo y al caduco Vaneigem, a los intentos de "institucionalización" del surrealismo, a la "escritura femenina" o "feminista" ("¡qué horror!", identificándose en la cuestión con Annie Le Brun), al "trabajo sobre el lenguaje" ("¡qué horrible fórmula!"; y yo recordaría al poeta neorrealista Carlos de Oliveira, que se hizo una antología titulada Trabalho poético, pero aquí me cuesta no citar a Joubert por extenso: "Están persuadidos, estos desdichados, de que el trabajo sobre el lenguaje (¡qué horrible fórmula!) conduce derecho a la poesía, y no se dan cuenta de que es la libertad del lenguaje lo que les ofrece su lecho. Se afanan cuando hay que ser aéreo, se toman en serio cuando hay que abrirse a la fantasía (incluso grave), se aferran desesperadamente a lo que llaman lo real cuando se trata de añadir una dimensión al universo interior. Se los escucha religiosamente, lo que es muy mala señal. Pasemos de largo. Hay como un olor a moho"). Hay al final del libro incluso una crónica demoledora, titulada "Castrorama", en que ajusta cuentas definitivas al terrorífico régimen cubano, cuyas primeras infamias no dejó en su tiempo pasar la compañera de Joubert, Nicole Espagnol; son páginas perfectas, que siempre serán necesarias, cuando algunos surrealistas o cercanos al surrealismo han sido y siguen siendo complacientes con dicho régimen (y Joubert no deja de nombrar al sobrevalorado Dionys Mascolo).

Aflora también aquí y allí el Joubert cinéfilo, que capta de inmediato la autenticidad y valía del cine de un Kaurismaki o un Svankmajer. Y hay apuntes muy finos sobre Duchamp, Mayoux, la irreductibilidad bretoniana o el género musical, señalándose una vez más desde posturas surrealistas las limitaciones de la música instrumental, pero a la vez mostrando simpatía hacia el gran Jack Teagarden en contraste con la hostilidad hacia el misticismo ridículo de un titán del jazz como Coltrane.

El libro se enriquece maravillosamente con 17 "imágenes-ecos" de Nicole Espagnol, a cuya incisiva mirada fotográfica nos hemos referido en otras ocasiones.

Dedicándome su libro "con una mirada cómplice", y cerrando su carta con un "Amistosamente y en toda complicidad", Alain Joubert volvía a valerse de la palabra favorita con que ha designado nuestra breve relación, que tanto me ha honrado pero que, por un despiste suyo al no anotar mi nueva dirección, se vio al final truncada. Algunas ideas como la del "Gran surrealismo" o la fascinación por la mecánica cuántica, yo no las compartía, pero eran pecata minuta, y en efecto lo que predominaba era una complicidad en todo lo esencial, a partir de su revuelta contra el entierro del surrealismo en 1969 pero consolidada por sus acuciantes intervenciones de todo orden, siempre fiel a las propuestas y posturas más genuinas del surrealismo.

Foto de Nicole Espagnol

viernes, 22 de abril de 2022

Alain Joubert y Toyen

Toyen, El tablero de ajedrez, 1963

En la primavera de 2015, la revista L'Échaudée, donde era habitual la firma de Alain Joubert, publicaba unas preciosas notas suyas sobre Toyen tituladas "Toyen, petits faits et gestes d'une très grande dame", que yo noticié en "Surrealismo internacional". Esas páginas han sido convertidas por Ab irato en un verdadero libro de bolsillo.

La pintura de Toyen que acompañaba el artículo de L'Échaudée, perteneciente a Joubert y su mujer, aparece dividida en la cubierta del libro, por lo que la doy aquí completa. Y no hago ahora comentarios al escrito de Joubert, porque ya están hechos en la reseña de 2015. Sí que conviene apuntar que Toyen ha sobrevivido hasta fechas muy recientes al parasitismo del feminismo antisurrealista, pero ya no, o cada vez menos. Con motivo de la exposición parisina, circula un documental en el que, pese a la intervención de Jean-Claude Silbermann o Dominique Flandre, nos encontramos a la directora aplicándole la cartilla feminista y ya al final de todo a un deplorable por no decir idiota "commisaire-priseur", cuando pensábamos que al menos le darían un par de minutos la palabra a Annie Le Brun (quien por suerte se ha encargado de la referida retrospectiva). Se hace hincapié en el triste final de Toyen indicando que ya nadie iba ni a verla: ¿ni siquiera Annie Le Brun o Georges Goldfayn? Yo no me lo creo.

Por suerte, la colección Phares le dedicó, también en 2015, un bello número, con dirección idónea de Dominique y Julien Ferrandou, que nos resarce de este reportaje de ahora. Y por cierto que en él intervenían Alain Joubert, Georges Goldfayn y Annie Le Brun. Esta desigual colección de Phares al menos ha salido airosa del retrato que nos deja de las tres figuras más grandes del surrealismo: Breton, Péret y Toyen.

Exposición de Praga, en 1945

Lo que el poeta Melchor López vio en Lanzarote

Melchor López, poeta de Canarias, con una rica trayectoria iniciada en 1995 con Altos del sol y continuada hasta nuestros días, reside desde hace unos cuantos lustros en Lanzarote, la isla a que Agustín Espinosa dedicó el bello libro Lancelot, 28º-7º, una de las obras claves de la cultura de Canarias, anterior en cinco años a Crimen, con que Espinosa se consagró como escritor surrealista.

Buscando hace unos días un collage de Anne Éthuin en el trabajo (espléndido) que Marianela Navarro dedicó al poeta y pintor también canario, y tan cercano al surrealismo, Juan Ismael (Los sueños del durmiente. Encuentros con el foto-collage de Juan Ismael, 2007), me deparé con este collage de Melchor López, titulado Vuelven los celestes y datado en 2000:


Inquirido por su labor con los collages fotográficos, Melchor López nos escribía:

"Llevo años, décadas, componiendo fotomontajes; siempre a rachas con intervalos de años entre ellas. Pocas cosas me gustan más, pocas cosas encuentro más placenteras que empuñar unas tijeras -soy hijo de modistilla- y recortar la silueta del cuerpo de una mujer desnuda. Y ese placer es mucho mayor si esa mujer recortada es, como ocurre muchas veces en mi labor de alquimia erótica, objeto real de mi deseo.

Cada vez encuentro menos tiempo para esa práctica. Hace dos años atrás conseguí abrir una puerta en el horror cotidiano y compuse, sentado en otra orilla, la segunda parte de una serie de fotomontajes que he titulado Lo que vi en Lanzarote y otros pertenecientes a otra serie titulada Lo que vi en Tenerife. Todos los fotomontajes que he compuesto los he regalado a mis amigos. De esas dos últimas series conservo escaneados casi todas las piezas. Te las adjunto a continuación en archivos."

Si Vuelven los celestes, con sus Roques de Anaga, debe pertenecer a la serie Lo que vi en Tenerife, la serie que nos ocupa aquí es la lanzaroteña, compuesta por siete imágenes deslumbrantes, que creo hubieran regocijado a Agustín Espinosa, quien no solo fue el descubridor literario de tan extraña isla, sino un erotómano consumado:








El cuarto collage de esta serie, con su multitud asombrada, me recordó al instante el cuadro de Richard Oelze Expectación, pintado en 1934-1935 y nombrado aquí hace poco a propósito de una portada del bluesman Little Walter, en que era reproducido. A su vez, Expectación evocaba la fotografía de Eugène Atget El eclipse, que apareció en la portada del número 7 de La Révolution Surréaliste (1926) transformada por el título Las últimas conversiones. Si en la pintura de Oelze los espectadores miran hacia el cielo sombrío y amenazante de aquellos tiempos, y en la Plaza de la Bastilla estaríamos ante un puñado de flamantes adictos al "nuevo mal del siglo", como lo definió Espinosa, en el fotomontaje de Melchor López lo maravilloso absoluto irrumpiendo en la ya de por sí fascinante naturaleza de la isla canaria más africana es lo que concita las miradas de la multitud. Tanto en el grupo de Oelze como en el de Melchor López, tan similares hasta en el sombrerismo que las hermana (hasta el punto de  que yo, en un primer momento, pensé que el recorte procedía de alguna reproducción del cuadro de Oelze), hay alguien que en cambio mira hacia atrás.


miércoles, 20 de abril de 2022

Anne Éthuin, 1980

Este pequeño catálogo de collages de Anne Éthuin cuenta con un característico ensayo de Gérard Legrand:







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Por lapsus, el pdf del número homenaje a Anne Éthuin de la revista canadiense La Tortue-Lièvre repetía la página 15 en el lugar de la 9. Ya este error ha sido subsanado.

martes, 19 de abril de 2022

Henri Ginet, 1977

He aquí el catálogo de Henri Ginet al que hace referencia Natan Schäfer, con el artículo de Roland Giguère que reproduje yo más otros igualmente interesantes de Jacques Lacomblez, Georges Goldfayn, José Pierre, Alain Joubert y Édouard Jaguer (¡qué plantel!):

henri ginet en terre de memoire

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No se puede tener una imagen completa de Henri Ginet si no se conocen sus vibrantes e incisivas intervenciones en el célebre coloquio sobre el surrealismo celebrado en Cerisy el verano de 1966. Aparte organizar la jornada sobre cine y surrealismo, intervino con energía y lucidez en los debates sobre Bachelard, la palabra "surreal", el teatro, el azar objetivo, el dadaísmo y el cine (debate este último abierto por Georges Sebbag). Henri Ginet era no solo un originalísimo y potente artista, sino una personalidad vigorosa del pensamiento surrealista.

sábado, 16 de abril de 2022

Jean-Pierre Lassalle: "Diramant", "Retour de Rodez"

Pocas figuras he conocido en el surrealismo tan nobles, cordiales y generosas como Jean-Pierre Lassalle. Creador de un lenguaje propio riguroso y exigente, y con un imaginario lleno de obsesiones poéticas sorprendentes, Lassalle ha sido también un ensayista de envergadura, a quien debemos multitud de notas y reseñas que esperamos sean recopiladas algún día. Su fidelidad al surrealismo lo ha llevado a a manifestar una curiosidad insaciable hasta por sus últimas expresiones, lo cual es bastante raro entre surrealistas de su generación y aun posteriores. Al salir la primera edición de Caleidoscopio surrealista, en seguida la obtuvo y hasta le dedicó una reseña encomiástica, pese a que el artículo que yo le consagraba dejaba bastante que desear (de hecho fue uno de los más alterados en la segunda edición, y por eso hoy transcribo esa segunda versión).

Como homenaje al signo incandescente de Jean-Pierre Lassalle, presento dos de sus libros en la edición original: Retour de Rodez, de 1964 (aunque escrito en 1957-1958), y Diramant, recopilación de 1969 con textos extraordinarios como en particular "Le passage des Andes". Uno de ellos es casi imposible ya de conseguir, y del otro se ofrecen pocos y caros ejemplares. 

Nuevamente, como en el caso de Robert Guyon, parece que me siento fraternalmente cronometrado con el brasileño Natan Schäfer, ya que por estos días acaba de publicar otro de sus brillantes e incitantes ensayos, traduciendo y presentando un artículo interesantísimo de Lassalle sobre surrealismo y budismo zen, en que reproduce una carta de Guy Cabanel no menos importante. Este artículo apareció en 2006 en los Cahiers d'Occitanie, donde eran habituales sus colaboraciones, firmadas con fabulosos nombres esotéricos.

Además de los enlaces a los artículos más destacados que he dedicado a Jean-Pierre Lassalle en "Surrealismo internacional", reproduzco  su respuesta a la encuesta sobre el sueño, el lenguaje y la imagen (Écoutons voir, Éditions Surréalistes, 2003, suplemento al número 4 de la revista del Grupo de París del Movimiento Surrealista S.U.RR...), donde Lassalle da algunas claves de su propia poesía, así como su breve reseña de los extraordinarios cuadros que el malogrado artista catalán David Martí dedicó a Los cantos de Maldoror, con una fascinación hacia estas obra seminal solo comparable a la que tuvo antes que él Armand Simon.

retour de rodez

diramant

surrealismo face ao zen

le grand patagon et autres poèmes

una entrevista

il convient

david martí maldoror


David Martí, Rino-Perro de Maldoror

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Jean-Pierre Lassalle (1937). En 1959, Jean-Pierre Lassalle le escribe una carta a André Breton, donde va más allá de los Grandes Transparentes, y que Breton le publica en el n. 9 de Bief. En el número siguiente aparece un artículo contra “el mito monetario”. En 1960, se lo ve en las fotos de la visita al desierto de Retz y firma un par de documentos del grupo. En 1962 publica Le Grand Patagon, en 1963 el artaudiano Retour de Rodez, en 1968 Brusquement les oiseaux, en 1969 Diramant y en 1971 Enfin Lepante, todos ellos luego en Poèmes presques suivis de La Grande Climatérique, un delicioso volumen aparecido ya en 2000. Pocos años antes Lassalle había reaparecido con fuerza en la recopilación poética La fuite écarlate (1998) y en el n. 14 de Supérieur Inconnu (1999). No menos delicioso que el libro de 2000 resultó, al año siguiente, L’écart issolud suivi d’Agalmata, compuesto en su segunda parte de poemas gráficos, collages, dibujos y postales desviadas de fines de los años 50, que Lassalle había descubierto por azar en 1995, y de un soberbio manifiesto con la idea de crear una orden de caballería poética en que esplenden las figuras de Ducasse, Jarry, Roussel, Artaud, Breton y, por supuesto, el Gran Patagón. Aun posteriormente (2007) aparecerían los poemas de Les petites Seymour, incluido el excepcional “Teoría”.

Personalidad, además de generosa, culta e inteligente, y de insaciable curiosidad, Jean-Pierre Lassalle es un excelente crítico, como demuestran sus artículos sobre las relaciones de Breton y el surrealismo con la masonería (así, en el n. 1 de Histoires littéraires) y en general el pensamiento esotérico (así, “Forja y alquimia, o la historia de una paradoja”, en La forge et le forgeron, 2003), o el ensayo de 1976 Ubu et quelques mots jarryques, bello estudio de 26 palabras de Jarry, en que recurre a textos y grabados alquímicos, figuraciones heráldicas, imágenes del tarot, la cábala fonética, los libros de Rabelais o los tartarines de Daudet.

A Jean-Pierre Lassalle debemos muy bellos recuerdos del grupo surrealista (como los de la entrevista en Mange Monde, n. 3, 2012, o los incluidos en La bibliothèque de Marcel Duchamp, peut-être, de Marc Décimo, 2002) y finas reseñas de libros de y sobre el surrealismo en los Cahiers d’Occitanie, donde Ariel-Pelléas Serain, Jean-Pierre Crystal y A. Crystallo son nombres esotéricos suyos, el cristal sin duda correspondiéndose con la diáfana nobleza de su talante.

Siempre cercano al surrealismo, incluso en sus últimas singladuras, no sorprende encontrar a Jean-Pierre Lassalle en la encuesta de la revista S.u.rr… sobre el sueño, el lenguaje y la imagen (2003), y, como poeta, en el n. 8 de la cuarta serie de Brumes Blondes (verano de 2010).

Como dijo André Breton, Jean-Pierre Lassalle “sabe acariciar el pájaro en la piedra”.


NOTA: Debe añadirse a esta entrada de CS que en 2018 se publicó en Le Grand Tamanoir la amplia antología Le Grand Patagon et autres poèmes, con bellos dibujos de Christian d'Orgeix.