martes, 19 de junio de 2018

“Peculiar Mormyrid”, n. 7

Iñaki Muñoz, en PM, 7

No estamos con Peculiar Mormyrid ante una de tantas revistas surrealistas de existencia efímera, ya que en tan solo cuatro años se han publicado siete números, con amplia gama de colaboradores de toda procedencia y un sostenido interés en la elección y en la realización de sus temas. En esta ocasión, el tema elegido es el de las cosas pequeñas, “small things”.
La encuesta sobre la pequeñez recibe respuestas de Guy Girard, Brandon Feels, Doug Campbell, Deborah Stevenson, Vittoria Lion, Casi Cline, Joël Gayraud, Medgan Leach, Paul McRandle, Hermester Barrington, Juan Carlos Otaño, Nicholas Alexander Hayes, Claude Cauët y Nita Sembrowich.
Entre las colaboraciones escritas las hay de Gina Litherland, Steve Morrison, Jason Abdelhadi, Ron Sakolski, Mattias Forshage, J. Karl Bogartte, David Nadeau, Bruno Jacobs, los grupos surrealistas de Ottawa, París y Estocolmo, Rikki Ducornet, etc., y en cuanto a las imágenes, aparte de muchos de los nombres citados, las hay de Rik Lina, Maurizio Brancaleoni, Tim White, John Richardson, Janice Hathaway, Steven Cline, Iñaki Muñoz, Hal Rammel, Kathleen Fox, etc.
Los comentarios sobran, ya que de nuevo la edición está a disposición inmediata:

"Soapbox", 105-108


En esta nueva entrega triple de Soapbox hay imágenes, entre otros, de Jean-Raphaël Prieto y de Jean-Pierre Paraggio. La de Paraggio que acompaña esta nota fue originariamente, como se verá, enviada para la publicación colectiva del surrealismo internacional Arcane 17, a lodestar for the 21century, pero ahora es vista como una “respuesta anticipada” a los Poèmes bruns de Ana Orozco, que ocupan una página de Soapbox y que fueron leídos en la clausura de la exposición de Mssimo Borghese que tuvo lugar hace unos días en la galería L’Usine de París.
También encontramos en esta tanda noticias y poemas de El Janabi, un poema de Bertrand Schmitt perteneciente a Sur les terres du roi Hiver, etc.

sábado, 16 de junio de 2018

Susana Wald y la Mandrágora

Este viernes se inaugura el mural de la Mandrágora realizado por Susana Wald:


Brumes Blondes, 1977


Reproducimos otro interesante documento facilitado por nuestro amigo Rik Lina. Se trata del catálogo de la exposición que en 1977 tuvo lugar en la Galería Bouma de Amsterdam, y que incluía obras suyas y de Cruzeiro Seixas, Raúl Perez y Philip West. Era una exposición auspiciada por Brumes Blondes y el Bureau de Recherches Surréalistes en Holanda, y, como se verá, contaba en el catálogo con textos de Laurens Vancrevel, Sergio Lima, Ludwig Zeller, José Francisco Aranda y John Lyle.
Se trata pues de otro ejemplo más del internacionalismo surrealista en unos años en que lo habitual era considerar el surrealismo finiquitado en la fecha que le habían dictado los liquidacionistas de París.
El documento añade a la reproducción del catálogo recortes de prensa, fotografías, obras a todo color, etc.
Philip West, El beso

Jean-Claude Barbé (1944-2017)

Homenajeamos hoy a un soberbio poeta del surrealismo mucho menos conocido de lo que se debiera y que se fue a vagar por las estrellas el 14 de julio de 2017.
En 1960, Jean-Claude Barbé se cartea con Breton, y este mismo año un poema suyo aparece en el último número de Bief, como otro lo hará en el número 1 de La Brèche al año siguiente. Barbé cerraba y abría pues, dos de las revistas clásicas de la era Breton. Sus apasionados poemas entusiasman también a Joyce Mansour, y reaparecen en los números 3 y 6 de La Brèche, años respectivamente 1962 y 1964. Uno de estos poemas lo incluirá Jean-Louis Bédouin en su gran antología La poésie surréaliste (1964), donde lo presenta con estas palabras:
“Nacido en Auch (Gers). No ha esperado más de dieciséis años para descubrir, como él mismo nos dice «la poesía, con Edgar Poe, los simbolistas y sobre todo Lautréamont y los surrealistas». Además de poemas, escribe piezas de teatro que él mismo califica de irrepresentables. Ha publicado en La Brèche y prepara una recopilación: Myriam Praline”.
Aún en 1968, dentro del n. 3 de L’Archibras, encontramos un poema erótico suyo, que no deja de evocar la poesía de Salvat-Papasseit. Barbé se retira luego de las actividad surrealista pero continúa escribiendo incansablemente, aunque sin publicar nada.
En 1991 le dedicará Robert Benayoun una nota en el número surrealista de Opus International (123-124), donde dice: “El surrealismo en su flujo continuo arrastra islas flotantes que se aproximan al grupo y se alejan por miedo o por incapacidad de adaptarse a la vida colectiva. Jean-Claude Barbé es uno de esos meteoros fugaces”. Como se habrá visto, estas palabras no son muy adecuadas, ya que las colaboraciones suyas en las revistas del grupo parisino van de 1960 a 1968, con presencia en todas las que hubo en este período.
Aportamos hoy un documento que recoge los cinco poemas citados más la nota de Benayoun (en la que parece extraño que Péret haya gustado especialmente de su poesía, ya que murió en 1959). Por otra parte, damos los dos enlaces decisivos sobre Barbé: el testimonio de Pierre Vandrepote y su presencia desde el año 2010 en la página “Poèsie fertile”, donde hay 41 textos suyos –uniformemente magníficos– como...¡4Z2A84!

¿Qué es eso que no tiene precio?

Este nuevo libro ensayístico de Annie Le Brun, titulado Ce qui n’a pas de prix, es una lúcida e implacable embestida contra el “realismo globalista”, cuyas concomitancias con el tristemente célebre “realismo socialista” la autora no deja de señalar. La temática que se aborda al principio no me parecía demasiado interesante: la exacerbación del mercado del arte desde los años 90 (el arte convertido en mercancía y viceversa), y señal de lo alejado que estoy de todo eso es que el conocimiento que tengo de la obra de los artistas que cita Annie Le Brun, como Anish Kapoor, Jef Koons, Bure, Baselitz, Richter, Kiefer, Damien Hirst, Maurizio Cattelan, Georges Didi-Huberman y Andreas Gursky, ni siquiera cabe en el ojo de una aguja –hasta es la primera vez que los veo nombrados, exceptuado el tal Koons, que me suena porque Guy Ducornet atacó una megalómana exposición suya en París hace un par de años. Pero el ensayo de Annie Le Brun justifica pronto esta diatriba contra el “arte de los vencedores” para convertirse en una denuncia generalizada de lo cada vez más “mucho de realidad” que atiborra un mundo donde ya “nada existe que no haya sido transformado o corrompido, de modo irreversible”, tema que fue el motor de mi libro Lusitania fantasma, donde estudié ese proceso en la tierra y en el viejo pueblo portugués a lo largo precisamente de esa década de los 90, y donde también hay un réquiem por la desaparición de la “belleza viva” que Annie Le Brun aprecia en las artes y tradiciones populares, “formidable dique contra la fealdad”, apoyándose siempre en el gran William Morris (su guía o principal apoyo a lo largo de toda la obra), para quien, en palabras que cita la propia Annie Le Brun, el arte engloba “la configuración de todos los aspectos de nuestra vida”. Es el “instinto de belleza” lo que constantemente es humillado con ese bombardeo incesante de imágenes insignificantes y mercancías horrorosas, “consecuencia de la mercantilización delirante, indisociable del auge informático”, o no asociara Annie Le Brun justamente los fenómenos que estudia en el arte contemporáneo a la instalación mundial de internet en esa misma década funesta (dicho sea de paso –y ella misma lo apunta–, toda esta degradación final, todo este espeluznante “afeamiento del mundo”, ya está anunciado potentemente en los años 80, tras haber comenzado a encontrar vías libres después de la segunda guerra mundial).
Pero poco a poco las gentes se han ido habituando a todo esto, y uno empieza a pensar si dentro de no mucho tiempo ya no habrá a quien pasarle el testimonio, si un libro como este de Annie Le Brun no se convertirá en ininteligible. Es lo que sospecho cuando observo cómo los artículos y libros de los pensadores “radicales” suelen reservarse para el final el ta-ta-ta de la nota “optimista”, que tal vez no sea en el fondo sino el fruto de una complaciente consideración del estado del mundo y de la vida, de una cierta adaptación a lo que hay, cuando no una ignorancia supina de la magnitud del descalabro o simplemente una muestra de estupidez. Parafraseando a Man Ray, siempre será mejor verse uno desengañado como pesimista que como optimista (si es que el pesimismo no es ya una forma de optimismo), máxime cuando el pesimismo revolucionario no implica ni una cesión en la postura radical contra lo que hay (contra su “poco” o “mucho” de realidad) ni merma alguna de la pasión que nos inclina hacia la belleza de que hablaba Morris y de que habla Annie Le Brun. Aunque nuestra ensayista no da el paso que podía haber dado, y prefiere, por fortuna moderadamente, tocar al final la tecla positiva o “esperanzada” con la alusión a algunas plumas en la balanza, resulta muy saludable que acabe invitando al “sabotaje sistemático, individual o colectivo” y a la deserción que nos sitúe lo más lejos posible de los “vencedores”. Eso, sin duda.
Lo que sí puede afirmarse es que esas plumas en la balanza (pero solo las más aladas, las que alimenta la poesía, en el sentido rimbaldiano que Annie Le Brun apunta) constituyen para nosotros todo o casi todo. Así, me alegró sobremanera ver cómo, en el “rechazo de lo que es”, se esgrime una obra cuya excepcionalidad yo aquí mismo subrayé, incluyéndola incluso en la cronología general del surrealismo que he ido elaborando: Le gazouillis des éléphants, la antología de unos 350 singulares al pie de los caminos y carreteras de Francia realizada por Bruno Montpied. Además, Annie Le Brun hace muy bien al derribar fronteras artificiales como las levantadas por Jean Dubuffet, no viendo diferencia esencial entre la obra de esa infinidad de inspirados de origen popular y un Víctor Hugo construyendo su torre, entre un Cartero Cheval y un Vicino Orsini.
Este es un ensayo vivamente recomendado, y es que obras como esta son las que menos abundan y más hacen falta. No solo Annie Le Brun va cimentando de modo admirable las argumentaciones de su tema principal, sino que prodiga jugosas notas críticas sobre numerosos temas y motivos: el gigantismo artístico (me entero de que los chinos le iban a regalar a la ciudad natal de Marx una descomunal estatua suya); el papel de la filosofía de la deconstrucción en el mercantilismo artístico contemporáneo; las imposturas museísticas y la de los “patrimonios mundiales”; los juegos de vídeo; los aeropuertos como centros comerciales a escala planetaria; las modas –muy bien desenmascaradas– de los vaqueros desgarrados y los tatuajes; la “siniestra industria” del turismo; la “religión” del deporte y sus vínculos con la moda y el arte (el vestido deportivo como “uniforme del consumidor ordinario”, como “imagen de la sumisión feliz que se ignora”); el culto del yo y de la competición; la alienación tecnológica; el amor de las máquinas (hasta hay surrealistas actuales, añadiré, que alegremente ven algo bueno en la robotización), etc.
También, como suele ocurrir en sus ensayos, Annie Le Brun nos remite a figuras no lo suficientemente conocidas, como Elisée Reclus o Joseph Déjacque, y nos incita a la lectura de obras que tan solo por señalarlas ella ya poseen interés, como La manipulation des images dans l’art contemporain de Catherine Grenier o L’obsolescence de l’homme de Günther Anders.

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En nota de contraportada se dice de la autora, al modo shusteriano, que “ha participado en los últimos años del movimiento surrealista”, lo que obviamente no se corresponde con la realidad, primero porque el Grupo Surrealista de París no era el “movimiento surrealista” (afirmar otra cosa es despreciar el internacionalismo surrealista) y segundo porque tan solo al año de la “autodisolución” del grupo surgió el que comenzó expresándose a través del Bulletin de Liaison Surréaliste con nombres de primera línea presentes casi todos en L’Archibras (Joyce Mansour, Vincent Bounoure, Jorge Camacho, Guy Cabanel, Jean-Louis Bédouin, Jacques Abeille, Gabriel Der Kevorkian, Marianne Van Hirtum, etc.) y que prolongarían la existencia del grupo, renovado hasta el momento presente.

miércoles, 13 de junio de 2018

Alex Januário: “O corpo sismógrafo”

Alex Januário,
El suicidio del cegador ante la belleza convulsiva

Con tirada de cuarenta ejemplares, acaba de aparecer el libro de siete collages (más el de la cubierta) O corpo sismógrafo, de Alex Januário, que se suma en su trayectoria muy rigurosa y de absoluto compromiso con el surrealismo a los titulados Sete anos, Caixa gris y A noite absoluta. Si los anteriores aparecieron en Loplop, este lo edita Baboon, proyecto de unos jóvenes de São Paulo dedicados al cómic y amigos del surrealismo.
O corpo sismógrafo lo precede una cita de Lo maravilloso de Pierre Mabille y lo corona este verso bretoniano de Fata Morgana: “cuando la copa la forman precisamente los labios”.
@babooncomix

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Loplop Livros promueve precisamente sobre el collage una serie de encuentros, el primero de los cuales tendrá lugar hoy mismo: