martes, 25 de marzo de 2014

Los blues


Los blues ofrecen cierto paralelismo con el surrealismo. El más elemental reside en el hecho de haber nacido simultáneamente, haber tenido una influencia enorme y haber llegado hasta nuestros días live and well. Y luego se podría señalar que el blues, como el surrealismo, siempre permanece, haciendo burla de los cambios incesantes de la música popular, como el surrealismo lo hace de las modas literarias, artísticas y hasta “revolucionarias”.
Aunque de raíces profundas en África, el blues se conformó en tiempos no tan antiguos como se creyó siempre. Es bonito pensar que el primer blues grabado, en 1921, llevó por título Crazy Blues, pero ni era un blues ni Mamie Smith, que lo cantó, una cantante de blues, sino de vaudeville. La primera voz verdaderamente bluesy fue la de Trixie Smith, pero el primer blues genuino que se grabó fue Mama’s Got The Blues, por Sara Martin, el 14 de diciembre de 1922, dato que nadie ha señalado aún. Al piano, nada menos que Fats Waller, quien dos meses antes había grabado como solo pianístico uno de los primeros blues jazzísticos: Muscle Shoals Blues. El jazz se irriga de blues desde el nacimiento de los registros fonográficos, o si no piénsese en el clarinete de Johnny Dodds, en los combos de Clarence Williams, en las pequeñas orquestas de King Oliver, Jelly Roll Morton o, en Kansas City, Bennie Moten, todos muy activos en los estudios ya en 1923.
Ese año de 1923 es el que ve el surgimiento de grandes blueswomen: Bessie Smith, Clara Smith, Ida Cox, Ma Rainey, Sippie Wallace, Edmonia Henderson. Es, a la vez, el año del primer registro de blues masculino, aunque instrumental, por el guitarrista Sylvester Weaver. La primera grabación vocal de un bluesman solo llega en 1924, con Ed Andrews en Atlanta.
Ya 1924 –año del Manifiesto del surrealismo– es un año apoteósico de grabaciones de todo tipo.
Sobre la influencia enorme de los blues nada vamos a descubrir. Su sencillez formal, aliada a su profundidad de sentimiento, ha marcado gran parte de la mejor música del siglo XX, comenzando por el jazz.
Sin embargo, esta música de pasión y revuelta no goza hoy de la misma salud que el surrealismo, y pocos son, entre los discos que de blues se publican al año, los que escapan a la prefabricación de los estudios y productores. Pero aquí tenemos uno, obra de un músico blanco.
Kim Simmonds fundó en 1965 la banda británica Savoy Brown, cuyos primeros discos, muy cercanos al blues negro, fueron exitosos, para luego seguir lanzando muchísimos títulos a veces muy desiguales, pero en los que nunca faltaban aquellas raíces. Con el tiempo, Savoy Brown acabó identificándose con Kim Simmonds, quien comenzó a publicar, siempre en sordina, o sea fuera de las modas del mercado, algunos preciosos discos a su nombre. Muy fino guitarrista, buen compositor, vocalista de los que interpretan sus temas como nadie lo haría mejor, Simmonds es un ejemplo –raro entre los músicos blancos– de fidelidad a la visión y a la esencialidad de los blues, sin los habituales eclecticismos.
(A mi amigo Édouard Jaguer le hubiera gustado saber que uno de los títulos de este disco de nuevo retorno al delta del Mississippi se titula Cobra, y que además es un instrumental.)