sábado, 16 de junio de 2018

Susana Wald y la Mandrágora

Este viernes se inaugura el mural de la Mandrágora realizado por Susana Wald:


Brumes Blondes, 1977


Reproducimos otro interesante documento facilitado por nuestro amigo Rik Lina. Se trata del catálogo de la exposición que en 1977 tuvo lugar en la Galería Bouma de Amsterdam, y que incluía obras suyas y de Cruzeiro Seixas, Raúl Perez y Philip West. Era una exposición auspiciada por Brumes Blondes y el Bureau de Recherches Surréalistes en Holanda, y, como se verá, contaba en el catálogo con textos de Laurens Vancrevel, Sergio Lima, Ludwig Zeller, José Francisco Aranda y John Lyle.
Se trata pues de otro ejemplo más del internacionalismo surrealista en unos años en que lo habitual era considerar el surrealismo finiquitado en la fecha que le habían dictado los liquidacionistas de París.
El documento añade a la reproducción del catálogo recortes de prensa, fotografías, obras a todo color, etc.
Philip West, El beso

Jean-Claude Barbé (1944-2017)

Homenajeamos hoy a un soberbio poeta del surrealismo mucho menos conocido de lo que se debiera y que se fue a vagar por las estrellas el 14 de julio de 2017.
En 1960, Jean-Claude Barbé se cartea con Breton, y este mismo año un poema suyo aparece en el último número de Bief, como otro lo hará en el número 1 de La Brèche al año siguiente. Barbé cerraba y abría pues, dos de las revistas clásicas de la era Breton. Sus apasionados poemas entusiasman también a Joyce Mansour, y reaparecen en los números 3 y 6 de La Brèche, años respectivamente 1962 y 1964. Uno de estos poemas lo incluirá Jean-Louis Bédouin en su gran antología La poésie surréaliste (1964), donde lo presenta con estas palabras:
“Nacido en Auch (Gers). No ha esperado más de dieciséis años para descubrir, como él mismo nos dice «la poesía, con Edgar Poe, los simbolistas y sobre todo Lautréamont y los surrealistas». Además de poemas, escribe piezas de teatro que él mismo califica de irrepresentables. Ha publicado en La Brèche y prepara una recopilación: Myriam Praline”.
Aún en 1968, dentro del n. 3 de L’Archibras, encontramos un poema erótico suyo, que no deja de evocar la poesía de Salvat-Papasseit. Barbé se retira luego de las actividad surrealista pero continúa escribiendo incansablemente, aunque sin publicar nada.
En 1991 le dedicará Robert Benayoun una nota en el número surrealista de Opus International (123-124), donde dice: “El surrealismo en su flujo continuo arrastra islas flotantes que se aproximan al grupo y se alejan por miedo o por incapacidad de adaptarse a la vida colectiva. Jean-Claude Barbé es uno de esos meteoros fugaces”. Como se habrá visto, estas palabras no son muy adecuadas, ya que las colaboraciones suyas en las revistas del grupo parisino van de 1960 a 1968, con presencia en todas las que hubo en este período.
Aportamos hoy un documento que recoge los cinco poemas citados más la nota de Benayoun (en la que parece extraño que Péret haya gustado especialmente de su poesía, ya que murió en 1959). Por otra parte, damos los dos enlaces decisivos sobre Barbé: el testimonio de Pierre Vandrepote y su presencia desde el año 2010 en la página “Poèsie fertile”, donde hay 41 textos suyos –uniformemente magníficos– como...¡4Z2A84!

¿Qué es eso que no tiene precio?

Este nuevo libro ensayístico de Annie Le Brun, titulado Ce qui n’a pas de prix, es una lúcida e implacable embestida contra el “realismo globalista”, cuyas concomitancias con el tristemente célebre “realismo socialista” la autora no deja de señalar. La temática que se aborda al principio no me parecía demasiado interesante: la exacerbación del mercado del arte desde los años 90 (el arte convertido en mercancía y viceversa), y señal de lo alejado que estoy de todo eso es que el conocimiento que tengo de la obra de los artistas que cita Annie Le Brun, como Anish Kapoor, Jef Koons, Bure, Baselitz, Richter, Kiefer, Damien Hirst, Maurizio Cattelan, Georges Didi-Huberman y Andreas Gursky, ni siquiera cabe en el ojo de una aguja –hasta es la primera vez que los veo nombrados, exceptuado el tal Koons, que me suena porque Guy Ducornet atacó una megalómana exposición suya en París hace un par de años. Pero el ensayo de Annie Le Brun justifica pronto esta diatriba contra el “arte de los vencedores” para convertirse en una denuncia generalizada de lo cada vez más “mucho de realidad” que atiborra un mundo donde ya “nada existe que no haya sido transformado o corrompido, de modo irreversible”, tema que fue el motor de mi libro Lusitania fantasma, donde estudié ese proceso en la tierra y en el viejo pueblo portugués a lo largo precisamente de esa década de los 90, y donde también hay un réquiem por la desaparición de la “belleza viva” que Annie Le Brun aprecia en las artes y tradiciones populares, “formidable dique contra la fealdad”, apoyándose siempre en el gran William Morris (su guía o principal apoyo a lo largo de toda la obra), para quien, en palabras que cita la propia Annie Le Brun, el arte engloba “la configuración de todos los aspectos de nuestra vida”. Es el “instinto de belleza” lo que constantemente es humillado con ese bombardeo incesante de imágenes insignificantes y mercancías horrorosas, “consecuencia de la mercantilización delirante, indisociable del auge informático”, o no asociara Annie Le Brun justamente los fenómenos que estudia en el arte contemporáneo a la instalación mundial de internet en esa misma década funesta (dicho sea de paso –y ella misma lo apunta–, toda esta degradación final, todo este espeluznante “afeamiento del mundo”, ya está anunciado potentemente en los años 80, tras haber comenzado a encontrar vías libres después de la segunda guerra mundial).
Pero poco a poco las gentes se han ido habituando a todo esto, y uno empieza a pensar si dentro de no mucho tiempo ya no habrá a quien pasarle el testimonio, si un libro como este de Annie Le Brun no se convertirá en ininteligible. Es lo que sospecho cuando observo cómo los artículos y libros de los pensadores “radicales” suelen reservarse para el final el ta-ta-ta de la nota “optimista”, que tal vez no sea en el fondo sino el fruto de una complaciente consideración del estado del mundo y de la vida, de una cierta adaptación a lo que hay, cuando no una ignorancia supina de la magnitud del descalabro o simplemente una muestra de estupidez. Parafraseando a Man Ray, siempre será mejor verse uno desengañado como pesimista que como optimista (si es que el pesimismo no es ya una forma de optimismo), máxime cuando el pesimismo revolucionario no implica ni una cesión en la postura radical contra lo que hay (contra su “poco” o “mucho” de realidad) ni merma alguna de la pasión que nos inclina hacia la belleza de que hablaba Morris y de que habla Annie Le Brun. Aunque nuestra ensayista no da el paso que podía haber dado, y prefiere, por fortuna moderadamente, tocar al final la tecla positiva o “esperanzada” con la alusión a algunas plumas en la balanza, resulta muy saludable que acabe invitando al “sabotaje sistemático, individual o colectivo” y a la deserción que nos sitúe lo más lejos posible de los “vencedores”. Eso, sin duda.
Lo que sí puede afirmarse es que esas plumas en la balanza (pero solo las más aladas, las que alimenta la poesía, en el sentido rimbaldiano que Annie Le Brun apunta) constituyen para nosotros todo o casi todo. Así, me alegró sobremanera ver cómo, en el “rechazo de lo que es”, se esgrime una obra cuya excepcionalidad yo aquí mismo subrayé, incluyéndola incluso en la cronología general del surrealismo que he ido elaborando: Le gazouillis des éléphants, la antología de unos 350 singulares al pie de los caminos y carreteras de Francia realizada por Bruno Montpied. Además, Annie Le Brun hace muy bien al derribar fronteras artificiales como las levantadas por Jean Dubuffet, no viendo diferencia esencial entre la obra de esa infinidad de inspirados de origen popular y un Víctor Hugo construyendo su torre, entre un Cartero Cheval y un Vicino Orsini.
Este es un ensayo vivamente recomendado, y es que obras como esta son las que menos abundan y más hacen falta. No solo Annie Le Brun va cimentando de modo admirable las argumentaciones de su tema principal, sino que prodiga jugosas notas críticas sobre numerosos temas y motivos: el gigantismo artístico (me entero de que los chinos le iban a regalar a la ciudad natal de Marx una descomunal estatua suya); el papel de la filosofía de la deconstrucción en el mercantilismo artístico contemporáneo; las imposturas museísticas y la de los “patrimonios mundiales”; los juegos de vídeo; los aeropuertos como centros comerciales a escala planetaria; las modas –muy bien desenmascaradas– de los vaqueros desgarrados y los tatuajes; la “siniestra industria” del turismo; la “religión” del deporte y sus vínculos con la moda y el arte (el vestido deportivo como “uniforme del consumidor ordinario”, como “imagen de la sumisión feliz que se ignora”); el culto del yo y de la competición; la alienación tecnológica; el amor de las máquinas (hasta hay surrealistas actuales, añadiré, que alegremente ven algo bueno en la robotización), etc.
También, como suele ocurrir en sus ensayos, Annie Le Brun nos remite a figuras no lo suficientemente conocidas, como Elisée Reclus o Joseph Déjacque, y nos incita a la lectura de obras que tan solo por señalarlas ella ya poseen interés, como La manipulation des images dans l’art contemporain de Catherine Grenier o L’obsolescence de l’homme de Günther Anders.

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En nota de contraportada se dice de la autora, al modo shusteriano, que “ha participado en los últimos años del movimiento surrealista”, lo que obviamente no se corresponde con la realidad, primero porque el Grupo Surrealista de París no era el “movimiento surrealista” (afirmar otra cosa es despreciar el internacionalismo surrealista) y segundo porque tan solo al año de la “autodisolución” del grupo surgió el que comenzó expresándose a través del Bulletin de Liaison Surréaliste con nombres de primera línea presentes casi todos en L’Archibras (Joyce Mansour, Vincent Bounoure, Jorge Camacho, Guy Cabanel, Jean-Louis Bédouin, Jacques Abeille, Gabriel Der Kevorkian, Marianne Van Hirtum, etc.) y que prolongarían la existencia del grupo, renovado hasta el momento presente.

miércoles, 13 de junio de 2018

Alex Januário: “O corpo sismógrafo”

Alex Januário,
El suicidio del cegador ante la belleza convulsiva

Con tirada de cuarenta ejemplares, acaba de aparecer el libro de siete collages (más el de la cubierta) O corpo sismógrafo, de Alex Januário, que se suma en su trayectoria muy rigurosa y de absoluto compromiso con el surrealismo a los titulados Sete anos, Caixa gris y A noite absoluta. Si los anteriores aparecieron en Loplop, este lo edita Baboon, proyecto de unos jóvenes de São Paulo dedicados al cómic y amigos del surrealismo.
O corpo sismógrafo lo precede una cita de Lo maravilloso de Pierre Mabille y lo corona este verso bretoniano de Fata Morgana: “cuando la copa la forman precisamente los labios”.
@babooncomix

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Loplop Livros promueve precisamente sobre el collage una serie de encuentros, el primero de los cuales tendrá lugar hoy mismo:


Céline, en su justo sitio


Hay libros que hacen falta, y eso es exactamente lo que puede decirse de esta reciente obra de Patrick Lepetit sobre Céline, “ideólogo nazi”.
Siempre me sorprendió, y me costaba entenderlo, la simpatía que despertaba este personaje entre quienes menos podía esperarse, incluso algunas inteligencias anarquistas que solo parecían percibir en él su discurso antiburgués. Me han repugnado siempre los paliativos con algunos escritores o pensadores de mentalidad abyecta tan solo porque eran “grandes” o “geniales”, incluido un Borges, que llamó “caballeros” a los militares golpistas argentinos, acudió a Chile para recibir un premio de manos de Pinochet en sus primeros momentos y lamentaba que los Estados Unidos no se convirtieran en un imperio como los de los viejos tiempos. E incluidos, por supuesto, los Aragon y los Éluard.
Por eso es regocijante ver aparecer, y en el Atelier de Création Libertaire, este Voyage au bout de l’abject de Patrick Lepetit, que se abre con una cita definitiva de Jimmy Gladiator en La Crécelle Noire, publicación de corte anarcosurrealista, año de 1979: “Vamos a bajarles sus infernales humos a los que se aferran aún a las aberraciones del tipo «un tal (fascista notorio, o cristiano, o estalinista, o programa ex común) es un revolucionario en la Escritura (o en el Arte, o en el Cine)» ¡Qué lamentable es una revolución en! ¡Mierda a la Escritura, viva la Poesía, viva la Revolución, viva la Anarquía!”
Cuando Céline se encontraba en 1950 en Dinamarca temeroso del juicio que le iban a hacer en Francia, Le Libertaire (donde gozaba de simpatías) realizó una encuesta en que resultan admirables las respuestas de Breton y de Péret frente, por ejemplo, a la de un Jean Dubuffet, que lo consagra nada menos que como “uno de los más maravillosos poetas de nuestro tiempo”, añadiendo que “hay que absolverlo completamente, abrazarlo, honrarlo y festejarlo como uno de nuestros más grandes artistas y uno de los más orgullosos e incorruptibles muchachos de nuestra casa”. Al año siguiente, con antecedentes como este de Dubuffet (ahora voy comprendiendo por qué Jose Pierre lo llamó en 1959 “hitlerófilo” y “antisemita”) o de Paulhan y Nadeau, comenzaba la “rehabilitación” francesa de Céline, en la que militaron muchos figurones de la izquierda francesa como Paul Nizan o la pareja ubuesca, Aragon/Triolet, que lo tradujo al ruso. Hasta un André Gide perdía su lucidez viendo a este canalla como un bromista, o si no un loco.
Patrick Lepetit procede a un verdadero asedio tanto de la figura de Céline como de las operaciones de sus paladines, entre los que destaca Philippe Sollers, nada menos que desde 1963 hasta 2009, cuando llega a declarar: “Sitúo a Céline muy alto. La campaña de obliteración de Céline ha fracasado, y pese a que no querían que entrara en el Panteón, es ahí donde se encuentra. Yo lo coloco muy alto, con Proust, para el siglo XX, y creo que ya no hay nadie que diga verdaderamente lo contrario, o que se ensañe todavía en una vana polémica”. Que en lo último también se equivoca Sollers, lo demuestra la propia obra de Patrick Lepetit, que no deja ni un respiro a todos estos paladines, llegando hasta el homenaje que le hizo el año pasado el Magazine Littéraire, donde el editor celebraba “su capacidad de dinamitar la lengua francesa, en la línea de un Rabelais” –señala justamente Patrick Lepetit lo infinitamente lejos que está Céline del rabelesiano “buen reír humorístico y cálido”.
Los surrealistas difícilmente podrán olvidar la actuación de Céline con Robert Desnos, y estas palabras de Patrick Lepetit no dejan de evocárnoslo: “Que se deje de importunarnos con la bella lengua del autor de Féerie pour une autre fois con menosprecio de la incitación que fluye de su pluma como fluía la sangre de las innumerables víctimas de aquel tiempo”. Y para rematar: “Que cesen de hablarnos, sobre todas las líneas posibles de defensa de lo indefendible, de libros «de circunstancia», de obras de un «loco», de gran broma, de pura literatura”.

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Las respuestas de Breton y Péret a Le Libertaire, 1950

André Breton:

Cher camarade,
Mon admiration ne va qu’à des hommes dont les dons (d’artiste, entre autres)  sont en rapport avec le caractère. C’est vous dire que je n’admire pas plus M. Céline que M. Claudel, par exemple. Avec Céline l’écœurement pour moi est venu vite: il ne m’a pas été nécessaire de dépasser le premier tiers du Voyage au bout de la nuit, où j’achoppai contre je ne sais plus quelle flatteuse présentation d’un sous-officier d’infanterie coloniale. Il me parut y avoir là l’ébauche d’une ligne sordide. Aux approches de la guerre, on m’a mis sous les yeux d’autres textes de lui qui justifiaient amplement mes préventions. Horreur de cette littérature à effet qui très vite doit en passer par la calomnie et la souillure, faire appel à ce qu’il y a de plus bas au monde. L’antisémitisme de Céline, le soi-disant “nationalisme intégral” de Maurras, sous la forme ultra-agressive qu’ils leur ont donnée, ne sont pas seulement des observations, mais le germe des pires fléaux. A ma connaissance Céline ne court aucun risque au Danemark. Je ne vois donc aucune raison de créer un mouvement d’opinion en sa faveur.

Benjamin Péret:

Cher camarade,
L’intérêt soudain que Le Libertaire porte au nommé Céline me surprend profondément. Je ne peux pas oublier, en effet, que Céline a joué, avant et pendant la guerre, un râle tout à fait néfaste. Toute son oeuvre constitue une véritable provocation à la délation et, de ce fait, devient indéfendable à quelque point de vue qu’on se place car la poésie ne passe pas quoi qu’en disent ses thuriféraires par la bassesse et l’ordure. Or, l’œuvre de Céline se situe tout entière dans un égout où, par définition, la poésie est absente. Et l’on voudrait en soulever la plaque pour nous faire respirer les émanations méphitiques qui s’en dégagent! Non, qu’il reste au Danemark où il ne risque rien s’il n’ose pas se présenter devant un tribunal dont il n’a guère à attendre qu’une condamnation de principe. C’est toute une campagne de “blanchiement” des éléments fascistes et antisémites qui se développe sous nos yeux. Hier, Georges Claude était remis en circulation. Demain ce seront Béraud, Céline, Maurras, Pétain et compagnie. Quand toute cette racaille tiendra de nouveau le haut du pavé, qu’auront gagné les anarchistes et révolutionnaires en général? Pas de donquichottisme! Réservons notre solidarité –et celle-ci totale– pour les victimes de notre capitalisme, de Franco, Staline et autres dictateurs qui souillent aujourd’hui la surface du globe.

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Patrick Lepetit se situó en plena órbita del surrealismo en 2012, con la publicación de un libro ya de referencia: Le surréalisme, parcours souterrain. Recientemente nos ocupábamos de su bella colaboración con John Welson, Earthly kingdoms and dreamy knights, pero con anterioridad este poeta, ensayista y libertario normando ha publicado los poemarios Les tragédiennes (1978), Triptyque des solitudes (1989), Rouge solaire (1997), Rituel d’une fascination (2007) y Déclaration d’incandescence (2015). Recientemente, estuvo alerta a la impostura de las exposiciones pseudosurrealistas que venían presentándose como muestras del “surrealismo internacional” (y que en particular Miguel de Carvalho venía denunciando desde hace tiempo), impulsando el manifiesto verdaderamente surrealista internacional “Du ruisseau à l’égout”.
En el siguiente enlace pueden verse una serie de intervenciones suyas sobre el surrealismo:

sábado, 9 de junio de 2018

Grupo Surrealista de Leeds

El próximo viernes, 14 de junio, se inaugura esta exposición de “maravillas abandonadas” del grupo surrealista de Leeds:


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A la vez, damos la noticia de aparición de la segunda novela de Stephen J. Clark, componente de este grupo. En el enlace editorial, se nos abre el apetito con la lectura de la sinopsis y un hojeo de las páginas, que contienen además un centenar de ilustraciones, como ya las contenía en abundancia su anterior novela, In delirium’s circle (2012).
Y damos también el enlace de una entrevista, a propósito de su anterior libro de relatos, The satyr & other tales:

Stephen Clark, Gnosis, 22 de mayo de 1996

Charles Jameux: surrealismo y francmasonería


Charles Jameux formó parte del  grupo surrealista parisino entre 1964 –año en que fue el más joven de los surrealistas en torno a André Breton– y 1969. Una reciente publicación suya arroja luz sobre esta figura poco conocida en los medios del surrealismo, pero de gran interés. El título del libro es Franc-maçonnerie: temps, mémoire, symboles. Chronique surréaliste et franc-maçonne, y viene avalado por un prólogo de Jean-Pierre Lassalle. Aparece en las Éditions Dervy, dentro de la colección Pierre Vivante que el propio Jameux dirige y donde ya se han publicado Le surréalisme. Parcours souterraine, de Patrick Lepetit, e Initiation et contes de fées, de Bernard Roger.
En el primer capítulo, “Memoria de un nombre, nombre de una memoria”, Jameux evoca sus años en el surrealismo. Tras haber leído todo Nerval, todo Lautréamont y todo Rimbaud, descubre el surrealismo, junto a su condiscípulo Georges Sebbag, a través del primer manifiesto, algo que fue para él (y yo puedo decir lo mismo) como “un temblor de tierra”, añadiendo: “La tendencia natural al solipsismo de mi carácter se vio trastornada. No estoy solo, puesto que comparto con otros la revuelta total contra la suerte indigna hecha por la sociedad al espíritu humano”. En 1964 se incorpora a los encuentros de La Promenade de Venus, tras haber conectado con el equipo de Positif. Al año siguiente, publicará una monografía sobre Murnau y en 1968 será quien presente la ponencia sobre el cine en el famoso encuentro de Cerisy (del que hace un par de años se osó dar un triste remedo universitario). Jameux aparece en una conocida foto de 1967, o sea al año de la muerte de Breton, en torno a Ted Joans, que estaba visitando París, junto a Jehan Mayoux, Robert Benayoun, Jean Benoît, Annie Le Brun, Radovan Ivsic, Jorge Camacho y otros. Entre esos otros no se encontraba Jean Schuster, a quien Jameux ve justamente como el causante de la ruptura del grupo: en efecto, Schuster, el “heredero autoproclamado” del surrealismo, “destruyó por su autoritarismo y su rechazo del debate interno, toda posibilidad de actividad colectiva”. Jameux califica de “especiosa” su distinción entre “surrealismo histórico” y “surrealismo eterno” (que tan buena fortuna haría en los medios académicos) y el apoyo incondicional que Schuster pretendía darle a la revolución cubana, ya entonces plenamente convertida en dictadura y capitalismo de estado. Pero Jameux no deja de expresar en estas páginas su “pasión, gratitud y fidelidad perenne” al surrealismo, que le hizo entrever “los componentes mayores del pensamiento analógico en Occidente: la alquimia, el hermetismo, los esoterismos”.
En el capítulo segundo, Charles Jameux se introduce en el tema de la francmasonería, a la que pertenece desde 1977, sin implicar (o antes al contrario) ninguna pérdida de esa lucidez de revuelta que es característica del surrealismo: así, celebra a quienes se han sabido mantener a distancia (y, valiéndose de la expresión fourierista, en “écart absolu”), de esta “civilización exangüe”, que define de un modo certero como “totalitaria (internet e informática), represiva (encuadramiento burocrático de los individuos), irrespirable (el reino de la cantidad), mercantil (donde todo tiene un precio), en busca de la buena conciencia y de la coartada compasiva que le facilitan a poco precio la ecología política y la transición energética”.
El capítulo tercero, “El ideal iniciático”, viene precedido por un epígrafe que no es otra cosa que la famosa cita de Vaché sobre la esencia de los símbolos, lo que de paso anuncia el siguiente, sobre el simbolismo masónico. El quinto se titula “La noche de los orígenes”, tema que se continúa en el siguiente, donde Jameux determina el origen de la francmasonería en la primera aparición documentada conocida de un símbolo no operativo, o sea puramente especulativo, el templo de Salomón, en 1637 (¡la fecha, como muy bien advierte Jameux, del siniestro Discurso del método!).
Pero sobre todo este volumen incluye al final un texto extraordinario que Jean-Pierre Lassalle se anticipa al calificarlo en su prefacio, con toda justicia, de “admirable”: “El barco de fuego”, publicado autónomamente por el propio autor en 1980, donde afloran los nombres de Breton, Fourier, Rabbe y Meyrink y en el que encontramos una maravillosa invocación a la noche.
Posteriormente a Le vaisseau de feu, Charles Jameux ha publicado Souvenirs de la maison des vivants (2008) y –también en Dervy– L’art de la mémoire et la formation du symbolisme maçonique (2010).
Este es un libro importante, para conocer a otra de las figuras secretas del surrealismo parisino y tanto por su valor testimonial como por el contenido específico de una materia que ha atraído a muchos surrealistas.

miércoles, 6 de junio de 2018

Jan Giliam/Rik Lina, Amsterdam, 7 de abril de 2018

Dave Bobroske, Jan Giliam y Rik Lina,
Homenaje a Eugenio Granell, 11 de abril de 2011

Ofrecemos hoy otro documento facilitado por nuestro amigo Rik Lina, sobre una reciente intervención en Amsterdam con Jan Giliam, y que incluye declaraciones muy interesantes de ambos sobre el automatismo y sobre el trabajo realizado conjuntamente. Y a la vez remitimos a sus dos páginas en la red.

lunes, 4 de junio de 2018

John Welson y Patrick Lepetit, en la Mesa Redonda


He aquí otra nueva publicación en que se unen los campos magnéticos surrealistas de un poeta y un artista, dando un resultado magnífico. John Welson y Patrick Lepetit, junto a John Richardson, ya se habían encargado de organizar el homenaje a Arcane 17 (André Breton’s Arcane 17 –A lodestar for the 21st century), y John Welson había más recientemente dado a la luz un volumen similar a este de ahora, Y gwiblu brith, en que sus imágenes se encontraban con los versos gaélicos de David Greenslade. Ambos títulos –ya comentados aquí– aparecieron en Dark Window Press, como Earthly kingdoms and dreamy knights lo hace en Black Egg Publishing. La obra está dedicada a la memoria de Jean-Claude Charbonel, cuyos armorígenes estaban tan cercanos al imaginario celtizante de Welson y Lepetit.
En Coimbra, envueltos en la poderosa luz del faro de la sección surrealista del Cabo Mondego, Rik Lina coincide con Patrick Lepetit y, en vistas de su interés por la cultura celta, lo pone en contacto con John Welson, quien en 2011 había, en Aberystwyth, llevado a cabo con Charbonel la exposición “The celtic eye”. Tras la feliz iniciativa de reivindicar el valor para estos tiempos de Arcane 17 (con la publicación del libro colectivo citado y una muestra en Rhayader), y la lectura que Welson hace del último poemario de Lepetit, Déclaration d’incandescence (¡admirable título!), el artista galés le propone al poeta normando escriba unos poemas en inglés que él ilustraría. Pero finalmente, Welson le va enviando a Lepetit una veintena de pinturas, que le inspiran a este, pensando en los valles galeses y en los montes de Arrée bretones, una serie de poemas correspondientes, para los que sugirie el título en que amalgama los reinos terrestres y los caballeros soñadores de la Mesa Redonda, un mito poético de plena validez para el surrealismo. Todo esto y más lo refieren en unas páginas antecedentes Patrick Lepetit (“Celtic inscapes...”) y John Welson (“Echoes from the drowned valleys), pero aún hay una brillante introducción que ha hecho Guy Girard.
Patrick Lepetit, autor de un libro ya de referencia como es Le surréalisme (Parcours souterrain), anuncia otro sobre surrealismo y celtismo (de hecho ya anticipado en uno de los capítulos de ese libro), que esperamos con impaciencia.


sábado, 2 de junio de 2018

Zuca Sardan: el primado del humor


Un fino texto de M. R. Salgado, “Poesía o un paseo por la montaña rusa”, presenta esta nueva fiesta del maestro Zuca Sardan, compuesta de ochenta viñetas y editada primorosamente por Loplop.
“Zuca Sardan es, indiscutiblemente, un poeta visual cuya obra dotada de alto poder de corrosión se vincula a uno de los más importantes linajes del arte y de la literatura: el del humor negro”.
Con una tirada de cien ejemplares, Zas Traz solo puede obtenerse a través de Loplop: