Sigue produciéndose la intemerata de catálogos sobre el surrealismo. Desaparecidos casi todos los mejores críticos, que se bastaban para hacer atractivo un volumen, desde hace tiempo solo vemos lujosos y costosos catálogos cargados de reproducciones repetidas hasta la anulación y de ensayos que no suelen ser sino un medio de ensanchar el ridículum vitae de cada participante. En la mayoría de los casos, parafraseando a Ducasse, podría decirse que es mejor (y más económico) leer una buena reseña, y un ejemplo lo tenemos en la que Richard Walter hizo en el número 160 de Infosurr al titulado Surrealism beyond borders, correspondiente a la exposición celebrada en 2021-2022 en el Metropolitan Museum neoyorquino y la Tate Modern británica. Tras burlarse de las presunción de estar descubriendo América con el tratamiento de supuestos "outsiders" del surrealismo ("¿Pero los propios surrealistas no eran outsiders?") tanto como de la extensión "beyond frontiers" (como si el surrealismo no hubiera sido siempre "un movimiento internacional e internacionalista" y como si ya en 1970 no se hubiera publicado en Opus International el dosier "Surréalisme international" y en 1982 el Dictionnaire général du surréalisme et de ses environs, por no hablar de la más reciente International Encyclopedia of Surrealism), se señala el absurdo de llamar surrealismo a todo lo que se le parece, lo que conduce a un infinito de nombres y materias, y el de presentar a figuras más que bien conocidas como si estuvieran olvidadas.
A pesar del título y algunas referencias que tenía, no pedí este catálogo en su momento, pero manos amigas me lo han hecho llegar junto a dos más a que luego me referiré. Lo primero que salta a la vista es, en efecto, la cantidad de pacotilla que hay, eyaculada por ese tema desmesurado de los influjos del surrealismo, que aparece mezclado con todos los modernismos del arte, desde el cubismo en adelante, y encima centrándose por enésima vez, salvo contadas excepciones, en los primeros cincuenta años del movimiento. Un ejemplo de surrealista olvidado sería nada menos que César Moro, cuya obra está editada en su totalidad y que no tiene nada de "olvidado"; eso sí, una vez más ni una palabra sobre un Claude Tarnaud, cuyo nombre, por otra parte, se basta para desbaratar ese otro discurso manido, el de las pobres mujeres menospreciadas a diferencia de los surrealistos, que no deja de aparecer un poco por todas partes.
Pero hay algunos apuntes y tramos valiosos, por supuesto, en un tomazo de 384 páginas con más de 40 estudios. En las primeras secciones, por ejemplo, hay notas de interés sobre Okane Toshiko (alumna de Takiguchi), sobre los fotoclubs de Nagoya y Osaka en los años 30 y sobre los collages sonoros de Öyvind Fahlström y su lenguaje Fago, derivado de las transcripciones fonéticas de los cantos de los pájaros, reproduciéndose una página de su glosario. Esto en un capítulo sobre la radio, que al menos aporta algo, a diferencia de los dedicados a las revistas, el cine, el Bureau de Recherches, México, El Cairo, Chicago, Alemania, Brasil... El dedicado al Atelier 17 da buenas informaciones, mientras que otras noticias novedosas no parecen ir más allá del rizado del rizo: la influencia del libro Surreal de Herbert Read en artistas sirios, la existencia de dos grupos en China de los que no se ofrece como surrealista sino una pintura abstracta, no más que pintorescas influencias en Tailandia, de nuevo la discutida alianza con el sufismo en Turquía y, como remate, la supuesta fusión del catolicismo y el surrealismo en Filipinas, verdadera tomadura de pelo, con la foto de una ridícula capilla de iglesia pintarrajeada (quizás el actual surrealismo papista sí refrende esa chapuza, considerándola un ejemplo de lucha de clases asiática).
La cuarta sección se titula "Viaje, exilio y desplazamiento". La pobre Eva Sulzer, que merece ser tratada más seriamente, no escapa a los tópicos de rigor, y de Granell y Joyce Mansour no se dice absolutamente nada nuevo, pero la sorpresa salta cuando se le dedica un ensayo a Ted Joans, de quien se reproducen en las páginas finales imágenes de su cadáver exquisito gigante, elaborado entre 1976 y 2005, con una lista de todos los que contribuyeron a su ejecución. Ted Joans, siempre enorme, salva este catálogo, todo hay que decirlo.
La vaciedad es la tónica también de los artículos dedicados a Marco Ristic, a la exposición de objetos del 36 y a la de Nueva York en 1960-1961, y el dislate el dedicado a Colombia (¡hasta con García Márquez!). En medio, otro trabajo muy destacado: el que ilumina muy bien, con muchas ilustraciones, la aventura de El Pañuelo Limpio de Gertrude Pape y Theo van Baaren. Ya en el tramo final aparece una firma de entera confianza, K. Fijalkowski, que se ocupa, con su solvencia y penetración habituales, de la exposición "El principio del placer", Checoslovaquia, 1969. Por último, una sección de conceptos no es más que un mero relleno, aunque haya una nota de Fabrice Flahutez, otro excelente ensayista, sobre el automatismo.
Si este catálogo ofrece algunas buenas páginas, ya la irrelevancia casi total es el titulado Enchanted Modernity. Surrealism and Magic, entre otras cosas porque esa temática ha sido muy bien tratada últimamente. Y digo casi total porque, como uno de los coordinadores es Grazina Subelyté, especialista en Kurt Seligmann, al menos hay un buen trabajo dedicado a este artista, con muchas ilustraciones. En este caso fue Heribert Becker quien hizo la reseña, en el número 164 de Infosurr, apuntando sus dardos a las "omisiones enojosas", entre ellas nada menos que la de Jorge Camacho, "pintor surrealista importante y eminente especialista en materia de alquimia" (ni hablemos de Maurice Baskine).
El tercer catálogo tiene al menos la virtud de ser más modesto y dinámico: Max Ernst. Surrealismo, arte y cine. Edita Skira en español e inglés y está bien ilustrado y organizado. No se añade nada nuevo, pero no hay paridas y no se deja resquicio de la materia por comentar. En particular me interesaron las informaciones sobre las películas de Éric Duvivier y Julien Levi.