lunes, 25 de febrero de 2013

París de los surrealistas


Esta Guía del París surrealista vuelve a llevarnos a la capital del surrealismo, en tiempos menos hostiles que los de hoy, o sea en aquel período de los años 20 y primeros 30 en que aún no se habían apoderado de ella la barbarie automovilística y la barbarie turística, ni las aberraciones arquitectónicas abundaban, empezando por la de ese mamarracho de centro artístico moderno que hoy usurpa el lugar de un mercado donde hervía la vida popular. La tercera vez que yo pisé París fue en 2003, y ya no se me verá jamás por ahí: tráfico criminal adueñado de la urbe, caterva turística hasta en el antaño íntimo museo Gustave Moreau, y que me disuadió de entrar en el de las Plantas, por no hablar de la catapulta humana que de pronto se me abalanzaba en las escaleras de un metro cuando, tras numerosas subidas y bajadas, me dirigía a tomar la composición que me llevaría al cementerio de los Batignolles para ver in situ los magníficos epitafios de Breton y Péret. Allí tuve que recular, y me dije: París, nunca más (por lo demás, como arribé en el tren portugués, al salir de la estación de Montparnasse me vi rodeado de espantosos edificios ultramodernos, primera experiencia amarga de mi vuelta a la ciudad).
Esta guía se limita a aquel período, y el París elegido es el de André Breton, Louis Aragon, Robert Desnos, Jacques Prévert, Philippe Soupault y René Crevel. Lo primero que puede decirse es que el París mítico del surrealismo es el de André Breton (Nadja sobre todo, pero también El amor loco, Los vasos comunicantes y “Pont-Neuf”) y el de Louis Aragon (El campesino de París y, en menor medida, Aniceto  o el panorama). El de Desnos y el de Prévert ofrecen menos atractivos, y menos aún los de Soupault y Crevel. En cambio, un buen trabajo creo que podría hacerse con el París de los poemas y de los fabulosos cuentos de Benjamin Péret (si yo viviera en París, me lo propondría, máquina de fotos en mano). No podemos olvidar, ya posteriormente, el riquísimo París de Léo Malet, porque, aunque sus novelas solo tengan cierto espíritu surrealista, ese está presente precisamente en su captación de la ciudad.
Guide du Paris surréaliste es un libro bonito, con muchas y buenas fotos y va acompañado de unos mapas muy útiles para el viajero. Henri Béhar se encarga de la introducción y elabora al final una lista de lugares surrealistas. Algunas mutaciones han sido brutales: el Cafe Cyrano convertido en fast-food y el de la Nouvelle-France en restaurante asiático; el Certà o el Pasaje de la Ópera, desaparecidos; en el lugar del hogar surrealista de la Rue du Chàteau, un solar vacío... Pero donde hay siempre queda, y eso es lo que vale la pena inspeccionar, a la vez que aún es posible, quizás, dejarse llevar por lo que llamaba Breton “el viento de lo eventual”.
El primer capítulo lo hace Mireille Hilsum, y lo titula “Equívoco moderno y maravilloso: el París de Louis Aragon”, centrándose, claro está, en El campesino de París, que sigue siendo uno de los grandes libros del surrealismo, con su ruta de pasajes y la descripción de les Buttes-Chaumont. En torno a este último, sorprenden las muchas cosas ya desaparecidas en tan escaso perímetro, aparte que ya, a diferencia de los tiempos aragonescos, no sea posible visitarlo por la noche.


Emmanuel Rubio comienza hablando de la “estética surrealista” y de “nuestra modernidad artística”, pero lleva a cabo luego un buen trabajo, con la materia más fascinante del libro: el París de André Breton. Pasamos por el Boulevard de Clichy, la Place Blanche, la Rue Fontaine, el museo Moreau, “la muy bella y muy inútil puerta Saint-Denis” (y ahí podemos admirar la muy bella y muy útil foto que hizo Atget en 1926), la Place Dauphine, el Pont-Neuf, el fenecido mercado de Les Halles, los parajes de Flamel y Pernelle, la torre Saint-Jacques, el Mercado de las Flores de la Île de la Cité... El periplo se inicia con un vacío: la estatua de Charles Fourier, convertida en materia de obuses por la canalla nacional-socialista, y cuyo zócalo, según nos refiere una nota de Emmanuel Rubio, está hoy, tras habérsele puesto encima una falsa cabina telefónica, encerrado por un cubo transparente, lleno de las pintadas totalitarias (ya que aparecen en todos los rincones del globo) y coronado por una enorme manzana de metal plateado... Signo de los tiempos, y desde luego más indicado para lanzarle un obús que para llevarle flores. ¡Pobre Charles Fourier!
El paseo de René Crevel al menos ha sido hecho por su mejor conocedor y estudioso, que es Jean-Michel Dévesa, o sea que mejor imposible. Algo más animados son los de Desnos y Prévert, ya que tienen como ventaja llevarnos al París popular. Laurent Flieder ha pergeñado el primero y Danièle Gasiglia-Laster el segundo. En el texto sobre Prévert, es un placer encontrarnos con su defensa de una crítica intuitiva e imaginativa frente al dogmatismo estructuralista, que dios tenga en su seno; incluye una bella foto de Adrienne Monnier en su librería, que tanto dio a conocer el surrealismo y que de hecho fue donde Prévert lo descubrió.
En este contexto de buenos estudios, el lamparón viene del paseo soupaltiano que hace Myriam Boucharenc, quien, para defender a su héroe, vuelve sobre la pamplina de la “ortodoxia”. El París de Soupault existe por Les dernières nuits de Paris, una buena novela, pero que, como obra surrealista se queda a muchos años luz de Nadja y de El campesino de París (las cuales, para empezar, no son novelas, sino hasta anti-novelas). La estudiosa de Soupault las equipara, pero además fabula (y cómo cansan ya estas fabulaciones nadjianas) con que la Georgette de Soupault y Nadja puedan haber sido la misma persona; aparte ello, afirma en un momento que no existe retrato de Isidore Ducasse, cuando a fines de los años 70 se dio a conocer uno en Le visage de Lautréamont de Jacques Lefrère.


Por los mismos días que leía Guide du Paris surréaliste, recibí, regalo de mi amigo Guy Ducornet, un librito de 56 páginas titulado Paris surréaliste y publicado en 1991, con fotos de Rodolphe Hammadi y texto de Gérard-Georges Lemaire. Entre las fotos, destacan la de la estatua erótica del Musée Grévin, la de una tienda sobreviviente de “Bois-charbons”, la de la Conciergerie y la del busto de Henry Becque, todas ellas familiares para los lectores de Nadja. Lemaire dirigió en 1997, por cierto, la obra muy rica, en dos tomos, Théories des cafés, que incluía el trabajo de Georges Sebbag “Le café surréaliste”, prospección espléndida en el París surrealista de los bares y cafés.
El París surrealista fue objeto en 1973 de un libro sin vuelo alguno de Marie-Claire Bancquart. En 2005 apareció en Barcelona Paris i els surrealistes, repleto de ilustraciones y con trabajos poco distinguidos, a pesar de las buenas firmas con que contó, pero que además tiene un título completamente engañoso, ya que la exposición que lo originaba no era sino una exposición más sobre el “arte” surrealista y París solo está presente a título decorativo.


Ni en Paris i els surrealistes ni en la reciente guía  aparece citado el mejor libro sobre la materia: Paris and the Surrealists (Thames and Hudson, 1991), del gran George Melly, con un centenar de admirables fotos de Michael Woods. Libro espectacular, hecho por poetas, y que concluye con la visita de Melly al cementerio de los Batignolles para ver el “Je cherche l’or du temps”, y con la visión de un París donde Breton y sus amigos “no solo buscaron el oro del tiempo, sino que lo excavaron para el enriquecimiento de todos nosotros”.
La primera vez que yo visité París fue en 1984, rumbo a Lincolnshire, Nordeste de Inglaterra, donde iba a ver a una amada amiga canaria. Lo que debía ser una noche plácida fue una noche alucinante. Había no sé qué congresos en París, y no encontré alojamiento alguno, por lo que decidí quedarme en la estación. Solo que la estación la cerraban a medianoche, así que tuve que dejar el equipaje en consigna y me lancé a caminar por la ciudad, con prisas por el frío. Pocos coches circulaban, y atravesé un París cuyos monumentos adquirían al punto un aura fantasmal. Recuerdo verme también sobre el puente del cementerio de Montmartre, y a un tipo con unas prostitutas que me llamaba en la calle Pigalle. Una bella dama de piel caoba me paró su coche con un “bonsoir”, pero, ay, yo había dejado el dinero que traía en  consigna, previendo algún conflicto en el París de la madrugada... Y mejor fue así, porque aquel viaje nocturno fue indeleble en su extrañeza absoluta


Dos años después, ya me lancé a la conquista campesina de París, quedándome allí unos siete días de mayo. Mi vademécum fue el maravilloso libro Guide de Paris mystérieux, publicado un año antes, ya que, aparte traer infinidad de noticias curiosas, se abría con una serie de mapas, entre ellos del París de Nadja, el de Maldoror, el de los pasajes y el de Fantômas, todos los cuales fotocopié para hacer los recorridos del modo más escrupuloso, y sumándoles algunas referencias sacadas de la guía y ciertos espacios de las maravillosas historias de Adèle-Blanc-Sec, que se habían traducido en España. Conservo las fotos de aquellos días frenéticos: la torre Saint-Jacques, la puerta Saint-Denis, los Buttes-Chaumont, el restaurante Chartier (donde almorcé, asediado por la sombra del Conde de Lautréamont, que había muerto en aquel edificio), el pasillo de la casa donde vivía André Breton (a un lado de la entrada el aviso “Danger de mort”), la plaza Dauphin con el hotel Henri IV, la estatua del Caballero de la Barra, el arco del triunfo del Louvre (por Péret), las reservas de agua de Montmartre (que Fantômas hizo reventar), las construcciones de Ledoux, el París de Nerval y de Van Gogh, el de las catacumbas y el de las cloacas, el de Flamel y Pernelle (con su vieja casa, pero también con el más moderno cruce de sus calles), las tumbas de Nerval y Raymond Roussel en el Père Lachaise (la primera objeto de un delicioso texto del Courtot de los tiempos de L’Archibras, y la segunda con su rincón para el ajedrez), la cadena de pasajes (incluidos el de los Panoramas y mi favorito, el del Deseo), el cruce de las calles Vivienne y Colbert (canto VI de Maldoror, y con un enorme y ufano gallo encima de un nicho), el parque Monceau y el canal Saint-Martin (por Tardi), el baudeleriano ángel de lo bizarro de la Rue de Turbigo (también fotografiado por Michael Woods), etc. Con doce de esas fotos acompaño esta nota, en grupos de cuatro.
Al parecer, en la Rue du Pont-Neuf, n. 33, aún existe el restaurante “Le chien qui fume”, que nombra André Breton en “Tornasol”. Yo me lo encontré, pero en una calle de Oporto, o sea en versión portuguesa, y allí paré unas cuantas veces, porque no solo me recordaba el poema de Breton, sino porque se comía muy bien y era totalmente popular, sin un solo ápice de aburguesamiento por aquellos aún no tan adulterados tiempos.

Breves


Lamentamos dar la triste nueva de la desaparición del poeta y ensayista cubano Carlos M. Luis (1932), sobre cuyos espléndidos trabajos en la revista Agulha hemos hablado en “Surrealismo internacional”. Esperamos que su anunciado libro Horizontes del surrealismo pueda ser publicado prontamente, y sabemos que su amigo Enrique de Santiago intenta sacarlo en Santiago de Chile. Algunos de los ensayos que lo componen, todos ellos magníficos, ya han aparecido en Agulha, y con este libro vería continuidad su labor ensayística, que ya dio dos títulos de referencia: Tránsito de la mirada (1991) y El oficio de la mirada (1998).
En esta reciente fotografía, que el citado Enrique de Santiago ha tenido la amabilidad de hacernos llegar, vemos a Carlos M. Luis en su despacho, rodeado de libros y con dos detalles que llaman la atención: la presencia de media docena de muñecas kachina en los anaqueles y el libro Bocetos de Jorge Camacho sobre la mesa. Carlos M. Luis colaboró en esta importante publicación con uno de sus textos siempre tan lúcidos, y además Jorge Camacho era otro amante de las poéticas muñecas hopi, como el propio André Breton.
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Ya a la vista el n. 9 del boletín del umbo (L’Impromptu), la serie Passage du Sud-Ouest anuncia dos nuevos cuadernos: À Gambo, poemas de Louis-François Delisse con 4 estelas de Jean-Pierre Paraggio, y Et on s’en va, poemas de Jean-Yves Bériou sobre cinco dibujos de Jean-Pierre Paraggio y traducción española de Ildefonso Rodríguez. Para el resto del año se prometen textos de Guy Cabanel/Georges-Henri Morin, Jacques Abeille, Anne-Marie Beeckman y Pierre Peuchmaurd.
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Un rápido vídeo inspirado en la exposición “Other Air”.
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Hace siete días ya publicamos la invitación a la exposición que celebra Sergio Lima en la Fundación Eugenio Granell. “Retorno a lo salvaje”, impactante colección inédita de dibujos de los años 57 y 58, ya fue objeto de un catálogo por parte de la Fundação Cupertino de Miranda, en 2007.

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París vuelve a ser en marzo la capital del surrealismo, con la exposición que al alimón harán Guy Ducornet y Gregg Simpson. Tendrá lugar en la Kameleon Gallery. Un curioso rasgo común entre ambos: son finos baterías de jazz, y Simpson hasta tocó con un grupo suyo allá por los años 60.

Centenario de Adolphe Acker

Adolphe Acker nació el 25 de febrero de 1913 y murió el 9 de julio de 1976. Hoy, pues, celebramos su centenario.
Militante trotskista, e incluso delegado en los congresos internacionales, se incorpora al surrealismo en 1932, firmando sus tracts y participando en el grupo Contre-attaque y en la revista de la fiari Clé. Al igual que Benjamin Péret, trabajaba como corrector de imprenta, hasta que concluyó sus estudios de medicina, convirtiéndose desde 1940 en el médico de los surrealistas, de los trotskistas, de los sindicalistas y, en general, de todos los que luchaban contra el nazismo y estaban cerca de él. Se incorpora luego a La Main à Plume (1941-1944), donde, por su origen judío, firma como Adolphe Champ y Paul Chancel.
Años después, es uno de los que –con Hérold, Brauner y Pastoureau– acompañan a Breton en la turbulenta respuesta a la conferencia que sobre el surrealismo dio en 1947 el estalinista Tzara. Pero se aleja del grupo (y del surrealismo) a raíz del affaire Carrouges, o sea en 1951, al solidarizarse con Pastoreau; su desacertada postura es bien comentada por Jose Pierre en Tracts surréalistes (I, pág. 340), cuando lo asocia a los llamados “surrealistas revolucionarios”, aunque Acker nunca aceptó el estalinismo. Y más perdió él con esa postura que el surrealismo, a cuyo destino había unido el suyo durante dos décadas.
Acker es un curioso ejemplo de militante surrealista sin obra –por algo en un artículo sobre Vaché (La Main à Plume, 1941) habla de “nuestra pereza legítima y natural” y en “Trayectoria de la libertad” (Informations surréalistes, una de las últimas publicaciones de La Main à Plume, 1944) de “un cierto desprecio por la tinta de imprenta, una presión constante sobre la realidad por la manera de vivir, por los juegos, por el amor, por lo insólito”.
En Transfusion du Verbe, tercera publicación de La Main à Plume, aparecida a fines de 1941, Acker se ocupaba de la película de Brunius Violons d’Ingres (1939), con palabras que también merecen ser evocadas:
“No dejemos limitar nuestro horizonte. No nos dejemos encerrar en un museo Grévin del surrealismo. Que los traficantes de literatura montparnassiana se imaginen que basta adueñarse de algunas consignas y de algunas imágenes de almanaque para dar la ilusión de una actividad valiosa y auténticamente surreal, es su problema. Nosotros no podremos justificar nuestra acción sino por una ambición desmesurada, una investigación apasionada de todos los sueños, de las excursiones locas por las perspectivas del Ser. Reunámonos con los constructores de Inútiles”.
En 1943, Acker muestra su lucidez al señalar contundentemente el carácter nocivo de la presencia en el grupo tanto de Éluard como de Hugnet. Al año siguiente publica “Trayectoria de la libertad”, un gran texto que concluye con estas bellas palabras:
“Tú que estás obsesionado, tú cuya imaginación ve fácilmente un caballo galopar sobre un tomate, haz el mundo a tu imagen, proyecta tus sombras, proyecta tus fantasmas, la libertad tiene necesidad de ti”.
Sobre estos años de Adolphe Acker, hay que consultar el siempre útil libro de Michel Fauré Histoire du surréalisme sous l’Occupation (1982) y y el de Anne Vernay y Richard Walter La Main à Plume... Anthologie du surréalisme sous l’Occupation (2008), que reproduce “A propósito de Jacques Vaché” y “Trayectoria de la libertad”.

lunes, 18 de febrero de 2013

Secretos en verde y rojo


Las ediciones de La Belle Inutile acaban de publicar el muy bello libro Secrets in Red and Green, colaboración de Richard-Misiano Genovese y Sergio Lima. Las fotos –eróticas, una veintena– son del primero, mientras que del segundo son unas “notas y comentarios”, en realidad un profundo ensayo sobre la imagen y la fotografía, que hubiera incluido Edouard Jaguer en el apéndice de textos de Les mystères de la chambre noire. La versión portuguesa ha sido trasladada al inglés por Laurens Vancrevel, un buen conocedor tanto de la lengua lusitana como de la obra de Sergio Lima.
En la portada vemos un grabado alquímico, que interpreta Sergio Lima en su texto: El dragón mata a la mujer, y la mujer al dragón; los dos están bañados en sangre. Las referencias alquímicas van acompañadas de otras, simbolistas y “primitivas”, en este auténtico tratado de la imagen poética, que viene a continuar y desarrollar ya muy antiguas reflexiones del poeta brasileño sobre esta cuestión crucial. Claro que él mismo señala, para liquidar dudas, que se está refiriendo a la imagen en su sentido poético, lo que obliga a manifestar su condena sin paliativos del “reino de la cantidad” en que zozobra la civilización actual, con sus imágenes degradadas (y degradantes), consecuentes a la sustitución del alma “por los pesos y medidas”, erigiendo el poeta en su contra, por decirlo con sus palabras más características, “la alta licenciosidad del más-querer y del deseo-deseante”.
Para Sergio Lima, “la imagen comienza la revolución del cuerpo que culmina con la explosión de la carne, de la vuelta a lo carnal y a lo Oriental”. En el origen de esta revuelta sitúa al Marqués de Sade, quien impuso “la perspectiva del cuerpo en los comienzos de todo pensamiento”, apuntando así a las grandes aventuras del simbolismo, del romanticismo y del surrealismo.
Las potentes fotografías de Richard Misiano-Genovese, a las que el rojo y el verde otorgan una cualidad onírica, han inspirado este texto de uno de los grandes pensadores y poetas del surrealismo en el último medio siglo.
“La aparición de la imagen es el acontecimiento nuevo y revelador”.
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lunes, 11 de febrero de 2013

Guy Cabanel, poeta legendario


Lo he dicho un par de veces, y lo repito ahora, aunque no sea yo ni mucho menos el único en pensarlo: Guy Cabanel es uno de los grandes poetas de todo el surrealismo.
Al menos por lo que yo llevo anotado, Les cités légendaires viene a ser su cuaderno poético número 27, en 54 años de poesía iniciados con À l’animal noir (1958), que fue reeditado en 1992 precisamente por haberse convertido en un título completamente legendario.
Uno se asombra, o, mejor dicho, uno lamenta ver por ahí a tanto falso poeta que ya tiene reunidos en grueso volumen todos sus escritos tristes, en tanto aquellos que verdaderamente cuentan, como Guy Cabanel, viven en pequeñas ediciones, algunas hasta ilocalizables.
Esas publicaciones de Guy Cabanel, casi todas breves, han llevado en general ilustraciones de amigos surrealistas, o de amigos del surrealismo: Robert Lagarde, Mimi Parent, Adrien Dax, Jean Benoît, Jorge Camacho, Toyen, Jean-Claude Silbermann, Jean Terrossian, Jacques Lacomblez, Jacques Zimmermann, Barthélémy Schwartz, Lucques Trigaut... Una lista impresionante, que suma ahora el nombre de Jacques Desbiens, a quien conocíamos por su fino prólogo a Joyero de los días, de Bernar Sancha. Los 18 dibujos de Les cités légéndaires se corresponden muy bien, en su carácter fantasmal y fantástico, con los retratos poéticos que Guy Cabanel hace de sus ciudades legendarias –a saber, Idalès, Arkhangelsk, Focshani, Nuremberg, Sanaa, Münster, Albacete, Tver, Nara, Gand, Ljubljana, Jaipur, Breslau, Uppsala, Gloucester, Samara, Nidaros, Skoplje, Jehol, Samarkand, Besançon y Providence. Nombres, en su mayoría, de resonancias míticas, no siendo casual que la lista acabe con la urbe del maestro novecentista de la literatura fantástica, su “viejo amigo” al que reconoce, sobre un esquife en medio de la bahía de Narragansett, “por su rostro en forma de hoja de cuchillo”. Tampoco falta, en este viaje superexótico, el mundo oriental del que ha sido el poeta un gran amante y conocedor, con “la encantadora Lo Fou” reinando sobre la ciudad de Jehol.
Las prosas míticas de Les cités légendaires nos evocan uno de los libros más sorprendentes de Guy Cabanel: el fabuloso Hommage à l’Amiral Leblanc, publicado en 2009 por las ediciones Ab irato, con un maestro prólogo-“inducción” de Alain Joubert e ilustraciones propuestas por Eve Mairot, Barthélémy Schwartz y el propio Joubert. Este extraordinario personaje, fino y elegante, con su escudo “Leblancadmire” le surgió al poeta en dos sueños que tuvo a fines de los años 60, y ya nunca lo ha abandonado, con su bajel El Admirable, sus historias de otrora, sus ocurrencias peregrinas que hacen pensar en el Capitán Cap (y señalar por mi parte que hay en algunas páginas del homenaje al almirante Leblanc un cierto sabor a Alphonse Allais es lo más grande que yo puedo decir de un narrador contemporáneo), sus glorias y aventuras, sus ritos, sus amores y sus “pensamientos y proclamas”, incluidos al final de la obra. Entre esos pensamientos, veamos el que profiere en una taberna: “¿No soy yo mismo un sueño? ¡Oh, muchachas y marineros, quien responda a esta cuestión será más que almirante!”.
Verdadero poeta del mar, el almirante Leblanc tiene como cuartel general la ciudad de Hnem, conquistada por él, y de la que se nos ofrece al final del librito de Ab irato un plano al que no le falta el escudo del almirante, con el lema anagramático “le blanc admire”:

Les Boules


Desde 1987, en Montreal, trabaja el grupo informal automatista Les Boules, que solo ha celebrado dos exposiciones y cuya primera publicación es este cuaderno con 15 pinturas y 13 dibujos, aparecido en las ediciones Sonámbula. Ello no da un índice adecuado de una actividad que ha sido bastante rica, porque Les Boules no tiene en absoluto como apetencia inscribirse en el actual mercado artístico, interesándose solo por la práctica plástica colectiva y anónima.
La presentación de La grandeza de la luna quemada la hace Bernar Sancha, de quien ya conocíamos, también en Sonámbula, la colección de dibujos titulada Joyero de los días negros, publicada en 2011 con una presentación de Jacques Desbiens.
En su texto, Sancha ataca con dureza la vanidad artística y la generalización del marketing y describe la aventura de Les Boules, considerada como “tributaria del automatismo, de un surrealismo espontáneo”: “El arte colectivo que practicamos reposa no sobre el «talento» o las habilidades técnicas, sino sobre la participación, el placer y la ausencia de preocupaciones curriculares. Una sola exigencia se requiere para participar en nuestros talleres: estar dispuesto a dejar el ego en el vestuario”. Y añade, a renglón seguido: “Cada obra seleccionada para esta recopilación es pues el resultado de la interacción dinámica de varios individuos: encabalgamiento de contribuciones individuales actuando unas sobre otras al capricho del azar de lo gestual y de los caprichos del inconsciente, sin consideraciones estéticas, hasta alcanzar a veces una sorprendente unidad de conjunto”.
En efecto, aunque lo importante sea la experiencia –cuya dinámica particular es también aquí descrita, por cierto que con una referencia a la aparición final del título sin que encontremos ninguno en las imágenes presentadas–, no falta en los resultados, que me parecen magníficos, esa “unidad de conjunto”, como en muchos cadáveres exquisitos, sobre los cuales Bernar Sancha tiene el desacierto de condenar el que aparezcan a veces firmados, interpretando por vanidad lo que no es, en la inmensa mayoría de los casos, otra cosa que un registro inocuo de los amigos haber estado allí.
La aventura colectiva de Les Boules se inscribe en una de las líneas centrales del surrealismo, y por eso merece ser resaltada. La imaginación, el humor y el lirismo siguen irrumpiendo con toda frescura desde que se produce el abandono al automatismo, y ello queda aquí perfectamente demostrado.

lunes, 4 de febrero de 2013

Neil Coombs y los fantasmas del surrealismo


Ya hemos llamado la atención un par de veces sobre el hallazgo de los “fantasmas” inventados por Neil Coombs, y sobre la propia figura de este surrealista inglés editor de la revista Patricide, ya con cinco números monográficos en su haber: Documentary Surrealism, Seaside Surrealism, Surrealism and the Uncanny, The Sound of Surrealism y The Surrealist Cookbook, este último reseñado aquí mismo hace dos semanas.
Esta publicación de Dark Window Press lleva por título The Phantoms of Surrealism, pero añade una suite de diez sarcásticos collages en que Neil Cooms traza Una historia ilustrada de las Islas Británicas, una breve (en solo cuatro collages) Historia del arte y el deseo y, en la línea de los Fantasmas, trece fotografías, sobre todo de paredes, que componen sendas Enfermedades del ojo, como la dedicada a la conjuntivitis:


Los “fantasmas” que nos presenta aquí Neil Coombs son los del propio surrealismo, especialmente en su vertiente británica, habiéndose inspirado para ellos en diferentes lugares asociados al surrealismo y visitados, durante los años 2011 y 2012, en busca de sus poderes magnéticos y evocativos. Cada fotomontaje se compone de quince rectángulos en que son colocadas sendas fotografías, con el fin de  proceder a la interpretación del lugar fotografiado, el propio Neil Coombs señalando cómo los lazos del surrealismo con sus espacios, que él intenta indagar, se caracterizan por sus resonancias psicológicas y visionarias, más que pintorescas o románticas. El resultado es sorprendente, una fiesta de imaginación, juego y humor que no recuerda a nada anterior, por mucho que Krzystof Fijakolwsky, en el fino ensayo que abre el libro, busque sus antecedentes en Arp, Brauner, Magritte, Dalí, Man Ray y sobre todo Luca. Salta aquí otro nombre, bien anterior al surrealismo: Arcimboldo, de quien puede decirse que nunca fue una referencia mayor del surrealismo, hasta que Svankmajer borrara todas las reservas que hasta entonces había hacia él por el carácter ante todo metonímico de sus “fantasmas”.

En estas páginas hemos reproducido ya el fantasma de Freud y la portada de la exposición realizada en el castillo de Bodelwyddan, donde el fantasma presente no es otra cosa que un compuesto ya completamente frankensteiniano de otros fantasmas. El que tenemos aquí es el único no británico, ya que se trata del fantasma de los Buttes Chaumont, sobre el que, por cierto, hay más fotos en el n. 3 de Patricide. Es bueno recordar aquí el mejor libro que existe sobre el París de los surrealistas, y que además se debe a otro nombre británico: George Melly, en cuyo maravilloso Paris and the surrealists dedica unas obligadas páginas, acompañadas por cinco fotos de Michael Woods,  a los Buttes Chaumont, el parque “menos natural” que él había visto nunca. El “phantom power” de este fotomontaje lo forman André Breton, Louis Aragon y Marcel Noll, los tres visitantes de este lugar, inmortalizado, con su Puente de los Suicidas, por El campesino de París.

El que vemos a la derecha es el fantasma de Bradford, dedicado a Tony Earnshaw, y en particular a su pájaro Wokker, cuyos comics son favoritos de Coombs, quien señala cómo el fantasma hasta se le parece a Wokker, tal si fuera “una respuesta subconsciente al viaje”. Fotografió sobre todo el parque de Bradford y los edificios circundantes.
Luego tenemos los fantasmas de Farley Farm, donde residieron Roland Penrose y Lee Miller; de Cork Street, donde estaba la London Gallery de Mesens; de Westminster, donde tuvo lugar la legendaria exposición de 1936; de Maresfield Gardens, refugio de Freud (aquí le llamaron la atención los árboles esqueléticos); de Leeds y Birmingham, dos de las capitales del surrealismo británico; de Dymchurch, por Paul Nash; de Blackheat, donde vivió Humphrey Jennings filmando un célebre trabajo documental; de Liverpool, por George Melly; de Oxford, en homenaje a Lewis Carroll como fotógrafo de Alicia, etc. El más colosal de todos los fotomontajes es el del Duque de Lancaster, y el más despojado el de Paul Nash, en su paisaje marino anterior a Swanage:


Pero la gran sorpresa para mí ha sido el encuentro con el fantasma de Portmeirion, en el País de Gales, ya que Neil Coombs no ha olvidado viajar al lugar donde se rodó la más grande serie televisiva de todos los tiempos (con permiso de Los vengadores, también británica, y hasta simultánea en su apogeo con Diana Rigg): El prisionero, que, pese a ser una serie de contenido nada comercial, pasaba, aunque en horario de noche avanzada, la televisión española allá por 1968, habiéndome dejado –tenía yo 13 años– una huella indeleble, y precisamente por ser cada uno de sus 17 capítulos surrealistas de cabo a rabo. (Por más azar objetivo, la tienda Red Lick, mi suministradora de música de blues desde hace un par de décadas, se ubicó durante muchos años en Porthmadog, muy cerca de Portmeirion). La foto invertida que forma la boca del fantasma de Portmeirion, si no me equivoco, estaría sacada en uno de los rincones de la fantasmal población donde se encontraba recluido el tal prisionero, inolvidable personaje en permanente busca de su libertad, que encarnaba Patrick McGoohan, a la vez alma mater de la serie y hasta guionista y director de algunos de sus capítulos.
Este precioso libro de Neil Coombs, profusamente ilustrado a todo color, incluye unos extractos de su blog Surreal Phantoms, donde refiere las circunstancias de algunas de sus pesquisas geográficas, y un buen artículo de Catriona McAra sobre los collages de la Historia ilustrada de las Islas Británicas, uno de los cuales, Incendio en la granja, de 2010, vemos aquí:


Y así volveríamos a donde empezamos: a las “enfermedades de la vista”, que Neil Coombs convierte realmente en poderes de la visión, como si él mirara a través de todos los ojos de estos “fantasmas del surrealismo”.