miércoles, 23 de noviembre de 2011

Homenaje a Sarane Alexandrian


La revista de Sarane Alexandrian Supérieur Inconnu, que desde el año 1995 fue de lo poco valioso que ofreció el panorama cultural europeo, cierra su periplo con el n. 5 de su tercera serie. En total, 30 nn.: 21 en la primera serie, de 1995 a 2001; 4 en la segunda, 2005-2006; y 5 en la última, 2007-2011. Todos ellos con una fuerte impronta surrealista.
Este número final, como tenía que ser, es un homenaje al director de la revista, desaparecido hace ahora dos años. Lo publica la asociación Les Hommes sans Épaules (les.hse@orange.fr).
La portada es de Madeleine Novarina, la que fue compañera de Alexandrian y con quien fue él enterrado. A la relación entre ambos dedica un bello trabajo Christophe Dauphin”, valiéndose precisamente del título de la obra en portada: Pareja heroica haciendo frente a todo. Madeleine y Sarane. Y sobre Madeleine leemos unas páginas del propio Alexandrian: “Madeleine Novarina poetisa”, seguido de cuatro poemas de ella. Los textos inéditos de Alexandrian son uno de los mayores motivos de interés de la revista, entre ellos tres pertenecientes a su libro Ideas para un arte de vivir (que esperamos ver publicado pronto): “La creación novelística”, “Ontología de la muerte” y “Consideraciones sobre el mundo oculto”. Los otros son unas respuestas fílmicas al sobrino de Madeleine, el experto en sueños Virgile Novarina (sobre sus novelas, sus ensayos, las revistas Néon y Supérieur Inconnu y sus obras póstumas), y unas páginas en torno a su pieza teatral Sócrates me ha dicho, escenificada en 2008.
El número se abre con el balance que hace César Birène de la propia revista, señalando entre otras cosas su posición encontrada con el “dogmatismo universitario”, y con la semblanza esencial que de Alexandrian hace su biógrafo, Christophe Dauphin, a quien debemos el excelente volumen de la Bibliothèque Melusine Sarane Alexandrian ou Le grand défi de l’imaginaire. Dauphin, además, es el director de la revista en este número último.
Sobre Alexandrian escriben artículos y notas Jean-Dominique Rey, Lou Dubois, Jean Binder, Constantin Makris, Odile Cohen-Abbas, Paul Sanda, Nina Zivancevic, Marc Kober, Barasab Nicolau, Gérald Messadié, Marc Janson, François Py, Michel Perdrial, Fabrice Pascaud, Jehan Van Langhenhoven y –desentonando algo– Margaret Montagne. Destaquemos el magnífico abordaje que hace Paul Sanda de la figura del Maestro desde el esoterismo tradicional, el estudio de sus escritos de arte por Jean Binder, la narración por Constantin Makris de una visita con Alexandrian al museo Gustave Moreau y el artículo de Marc Kober, titulado “La tribuna del sueño”. En el texto de Nina Zivancevic, nos entusiasmamos al referirnos la intempestiva intervención de Alexandrian en el Centro Comercial Pompidou, cuando los miserables de turno se permitieron rebajar a Ghérasim Luca: “¡Ustedes no tienen derecho a vejar a mi amigo! ¡A causa de gente como ustedes, Luca ha muerto!”. Expulsado del local, Alexandrian se fue con sus acompañantes al Cavalier Bleu a beber champán. ¡Admirable! ¡Qué bueno es ser un hombre de su envergadura expulsado de tal lugar!
En forma poética lo homenajean Matthieu Baumier, Jean Barral, Gwen Garnier-Duguy y Olivier Salon, y en forma epistolar Jean-Clarence Lambert, Pierre Pinoncelli y Gregoire Lacroix. A su vez, se reproducen tres cartas a él dirigidas por André Breton, una por Malcolm de Chazal y otra por Jean Hélion. En este terreno, también hay dos muestras del maravilloso correo de Lou Dubois, que ha sabido convertir en poesía algo tan banal como el sobre de una carta amistosa –y además en la era de su desaparición.
Las ilustraciones son numerosas, sin que falte ninguno de sus últimos amigos (Ljuba, Virginia Tentindó, Miguel de Carvalho, Lucien Coutaud, Marc Janson, Lionel Lathuille, Myriam Bat-Yosef, Roselyne Gigot, Olivier O. Olivier, Lionel Lathuille) ni el dibujo de Victor Brauner dedicado “au Grand Crichant de la demonotalismanie de la dignité poétique Sarane Alexandrian”. La aguada de Marc Janson lleva por título L’aventure en soi: hommage à Sarane Alexandrian, y de la espléndida Virginia Tentindó, aparte la foto de una de sus esculturas, vemos el anillo que hizo para él en el año 2000.
En suma, el mejor homenaje imaginable a nuestro querido Sarane Alexandrian.


Sarane Alexandrian deja k.o. a Alain Jouffroy
Al llegar a la página 51 de este homenaje a Alexandrian, uno no da crédito a la inclusión de una detestable entrevista hecha a Alain Jouffroy sobre Alexandrian. Dechado de bilis y de rencor, evidencia el deseo por parte del entrevistado de denigrar lo más posible al que fue su amigo. Aunque Jouffroy aún colaboró en la segunda serie de la revista, algún comentario nos llegó de que ambos habían tenido una rencilla cualquiera.
Jouffroy lo retrata asistiendo a las reuniones del grupo surrealista en 1947: “muy burgués, solemne, más bien untuoso, ceremonioso y muy presuntuoso”. Dice que quería ser Diderot, pero que (por desgracia para él, a juicio de Jouffroy) no pudo serlo (para nosotros, por fortuna), y lo acusa a renglón seguido de no haber leído ni a Sartre (¡!) ni a Merleau-Ponty (¡!) (y de haber leído demasiado tarde a Heidegger...). Parece que estamos ante una página del profesor Bonnefoy cuando se pone a acusar a Breton de no haber leído esto o aquello. Y también, como ocurre con Bonnefoy, nos preguntamos si Jouffroy no sabe lo que es un espejo.
Sigue su lamento porque haya hablado siempre bien de Brauner (de nuevo le falta el espejo, ya que su propia crítica de arte está llena de celebraciones) y porque desconociera “bizarramente” a Bellmer, toda una mentira, ya que incluso escribió una monografía sobre él. La miseria continúa al desvalorizar sus libros sobre erotismo: “alimenticios”, a excepción de Los liberadores del amor. De broche, critica que Supérieur Inconnu haya sido demasiado “surrealista”, es decir, lo contrario de lo que otros han dicho. Ni mucho menos giraba la revista “casi exclusivamente en torno al dadaísmo y al surrealismo”, algo que por cierto hubiera sido nuestro deseo, ya que, en efecto, la revista se abría a espacios por completo ajenos al surrealismo. En fin, Alexandrian “soportaba mal las contradicciones que se le podían aportar”. ¿Y Jouffroy? ¿Cómo ha soportado que Radovan Ivsic lo haya llamado “criptoestalinista”, o los buenos garrotazos que se llevó cuando se puso a reconciliar post-mortem a Breton con el infame Louis Aragon?
Uno se asombra, en medio de la celebración que sus amigos hacen de alguien desaparecido, por esta estúpida entrevista. Pero la explicación llega en el acto. A la página siguiente la tenemos: una soberbia carta de Alexandrian, enviada en enero de 2007 a este personaje, llamándolo a capítulo y burlándose de él por estar regocijándose con la concesión de un premio de poesía. Y ahora entendemos que esta entrevista aparezca. Donde tiene que aparecer.
La carta de Alexandrian es formidable de cabo a rabo, y por ello la he traducido aquí:
“Querido Alain,
A la vuelta de una cura, encuentro tu mensaje en el contestador automático: «Te anuncio una buena noticia: acabo de recibir el Premio Goncourt de Poesía». Es sorprendente que tú puedas imaginar que un hombre como yo, que siempre ha hecho ostentación de su menosprecio de los premios literarios y admirado a André Breton y a Henri Michaux por haber rechazado el Gran Premio de Poesía de la Villa de París que se les quiso otorgar, pueda considerar como una «buena noticia» tal distinción.
Tanto más que no se trata del «Premio Goncourt de Poesía» (que no existe), sino de la Beca Goncourt de Poesía, que atribuye la Academia Goncourt sin financiarla, de tal modo que se la llama también «Beca Adrien Bernard». Ahora bien, una beca hay que solicitarla (como la Legión de Honor, que tú quieres hacer creer que la has recibido), y es una ayuda reservada a un debutante de gran mérito y no a un poeta de 78 años que carece de dificultades materiales. Tú usurpas pues la ayuda que serviría mejor a un poeta joven y desafortunado, y no dudas en presumir de ello.
Yo no tengo nada contra los arribistas literarios, y los habrá tanto como la literatura dure. Pero cuando se trata de un hombre que ha pretendido con énfasis ser un «individualista revolucionario», y que ha hecho declaraciones altivas contra los que traicionan a «la revolución», que ha dado lecciones de modernidad íntegra a todo el mundo, resulta ridículo ir a hacer zalamerías al Centro Nacional del Libro (convertido en un lugar privilegiado de la podredumbre intelectual, denunciado como tal en el último editorial de mi revista) para recibir las felicitaciones del gran revolucionario Robert Sabatier.
Con todos los esfuerzos que has hecho para triunfar, deberías recibir el Premio Nobel, como Sully Prudhomme y Pablo Neruda. ¡Pero no has conseguido sino la Beca Goncourt de Poesía! Te presento mis condolencias.
Amistosamente,
Alexandrian.”
¡Un brindis de ese oporto que él siempre tenía en su casa para agasajar los amigos, por nuestro gran e inolvidable Alexandrian!

Segundo número de “L’Or aux 13 îles”


Ningún libro electrónico podrá sustituir el placer de manejar con nuestras manos la preciosa revista L’Or aux 13 îles, repleta en sus 148 páginas de bellas ilustraciones, muchas a todo color.
Su director, Jean-Christophe Belotti –de quien es el collage de la portada–, la abre con el editorial “L’homme hanté par l’animal”, cuyo título anuncia el inmediato texto de François-René Simon “De picos y plumas”, que acompaña las sorprendentes fotos de aves disecadas hechas por Pierre Bérenger  –ex asistente de Gilles Ehrmann– en 1967 en el Museo de Historia Natural de París, antes de que este se modernizara y, en términos poéticos, se esfumara.
(Cuánto preferíamos la vieja museografía caótica y polvorienta, y por mi parte recuerdo, en mi Portugal viajero, el Museo Rural de Estremoz –la muchacha que allí trabajaba hasta se disculpaba por aquella fascinante acumulación de objetos–, el de Ovar –con sus salas penumbrosas y cosas inauditas–, el de Etnografía de Oporto –otra alucinación– y, no digamos, el de Medicina Legal de la misma ciudad –museo espeluznante en unos pocos cuartos. Recuerdo también el Museu do Abade de Baçal en Bragança: cuando volví, muchas de sus riquezas yacían ya ocultas, al haberse repugnantemente racionalizado y didactizado. Se me viene a la memoria asimismo, en la Plaza Real de Barcelona –hoy llena de turistas y con vigilancia permanente de un camión de la policía–, la tienda de Ciencias Naturales que llevaba un viejillo, y cuyo escaparate ya era un prodigio –no digamos el interior.)
El Museo de Historia Natural de París, que al menos yo he podido conocer a través de Las aventuras extraordinarias de Adèle Blanc-Sec, de Jacques Tardi, exhalaba sin duda esa “profunda poesía” de que habla François-René Simon. Su texto comienza lamentando la proliferación de fotógrafos de la naturaleza y acaba con este pasaje soberbio, sobre estas fotos de aves de terrible mirada fija:
“Cuando la muerte nos es a cada instante propuesta –o más bien impuesta– sobre pantallas cada vez más numerosas, cada vez más sofisticadas, hasta darnos la náusea de lo real, son estas son imágenes, inmóviles, ni huidizas ni fugaces, estas imágenes para siempre memorables, de pájaros inertes, las que nos dan una lección de vida”.
En esta misma línea nos encontramos en este número con varios textos. Aloys Zötl, el gran pintor del mundo animal tan amado por el surrealismo, es evocado por Vincent Bounoure en las páginas que ya conocíamos de Moments du surréalisme, pero también por una reseña que Gilles Bounoure hace del libro de Victor Francès Contrées de Aloys Zötl, con 44 reproducciones del artista. En fin, de Guy Cabanel, uno de los grandes poetas del surrealismo, tenemos unos aforismos sobre los animales.
El segundo gran apartado de este número lo conforma el homenaje al desaparecido Pierre Peuchmaurd, cuyos poemas vienen acompañados por cinco dibujos de Guylaine Bourbon, cinco grabados interpretados de Jean-Pierre Paraggio y cinco fotos de Nicole Espagnol. La presentación la hace Jean-Yves Bériou, y se titula “La criminal belleza del mundo”, y al final hay un extenso y emotivo poema de Anne-Marie Beeckman, compañera del entrañable poeta.
De Nicole Espagnol hay también una foto sacada por Robert Lagarde, donde la vemos con un cuervo en las manos. Esta foto, que aquí vemos, inspiró una caja de Alan Glass, reproducida al final de la revista, con nota de Alain Joubert y el breve texto de Nicole sobre la pequeña aventura, texto incluido en su cuaderno Suis-je bête.


El tercer gran bloque de la revista lo compone –verdadera fiesta de imágenes– el extenso ensayo de Bruno Montpied “El reino paralelo”, colección elaborada por él de “arte inmediato”, que precede el mágico cuadro de Guy Girard El rey de argot. Travesía fascinante de una antología plástica sublime, debiera dar origen a un libro de los más altos vuelos.
Laurent Albarracin entrevista a Virgile Novarina, el sobrino-nieto de Alexandrian, a quien ya conocíamos por el número sobre el sueño de Supérieur Inconnu. También dedica un interesantísimo texto a sus escritos y dibujos nocturnos, que son, sin ningún lugar a dudas, la contribución más novedosa y audaz de este albor de siglo al fenómeno del sueño.
Este número se redondea –porque desde luego es un número redondo, sin una sola fisura– con un breve texto de François-René Simon sobre las magníficas pinturas de Alain Gruger hechas para la exposición “L’envers du réel” de Les Loups sont Fâchés (siete son reproducidas), una nota de Belotti sobre el estremecedor librito de Vincent Bounoure Le 31 juin (publicado en la colección La Souce d’Urd con dibujos de Georges-Henri Morin) y una reseña por el mismo Belotti del libro Éloge des jardins anarchiques de Bruno Montpied, quien indaga en estas muestras de “surrealismo espontáneo”, efectuado “fuera de toda preocupación comercial”. Traduzcamos el comienzo de esta última reseña:
“De una noción –la ingenuidad– antaño tratada con condescendencia por los observadores de edad adulta e instruidos, y de la que se hace uso para nombrar maneras de ver calificadas de simples, se hacen hoy museos, esos zoológicos de las imágenes. Por su parte, la universidad, donde trabaja la dirección del zoo y donde la invención, sin embargo en el origen de lo que ella estudia, viene a apagarse, organiza coloquios subvencionados por el Estado –el cual por otra parte realiza proyectos de destrucción a gran escala de la diversidad viviente–, crea cátedras, acumula tesis, organiza coloquios, racionaliza, teoriza, explota esta materia: pues ahí también es preciso que haya un provecho, incluso intelectual. Al bosque de los hechos poéticos suceden las academias.” Pero con los “jardines anárquicos” estamos, para nuestra fortuna, bien lejos de París y del Louvre “con sus reservas de joyas robadas y de obras encomendadas por los reyes y la Iglesia para acrecentar su prestigio”.
El número 1
No va a la zaga de este número el primero (enero de 2010), que consta de la presentación de Belotti; de un ensayo de Bertrand Schmitt sobre la película de Svankmajer Sileni; de una embestida de Jean-Pierre Guillon a la turistificación del Lacoste sadiano; del escrito de Jorge Camacho, Alain Gruger y Bernard Roger contra una ridícula biografía de Nadja; de las respuestas de Roger Renaud a ocho cuestiones sobre la exaltación realizadas por François-René Simon; de un homenaje a Jean Terrossian; y de un dossier de Bruno Montpied sobre las creaciones del abad Fourré.
Las respuestas de Roger Renaud poseen un interés excepcional. Admirábamos a Renaud por sus ensayos sensacionales en el Bulletin de Liaison Surréaliste, y ahora comprobamos que, cuatro décadas después, continúa siendo un espíritu admirable, sin concesiones, y fiel además a las enseñanzas amerindias, sin las cuales para nosotros nada es posible cuando se habla de la “naturaleza” ni cuando se aspira a toda liberación, sea individual o colectiva.
El propio Belotti dicta las reglas del juego que es el homenaje a Terrossian. ¡Atención! Estamos no solo ante el mejor homenaje hecho a este gran artista, sino ante el mejor abordaje de conjunto que se ha hecho de su obra, dada la envergadura de los participantes y la decisión de evitar el escollo del “texto-homenaje de lirismo gratuito, aplicable a no importa qué pintura”. Cada participante toma como objetivo uno o varios de sus cuadros, y esos participantes componen un conjunto de veras extarordinario: Guy Girard, Georges-Henri Morin, Pierre Peuchmaurd, Anne-Marie Beeckman, manuel Anceau, Gilles Bounoure, Michel Zimbacca, Joël Gayraud, Martin Stejskal, Robert Guyon, Alain-Pierre Pillet, Laurent Albarracin, Bertrand Schmitt, Marie-Dominique Massoni y François-René Simon. Tras el juego se incluye la introducción de Bernard Caburet a una exposición del artista en 1979.
El dossier del abad Fourré es otra aportación de magnitud. Recordemos que el abad Fourré, con sus delirantes creaciones en la tormentosa costa bretona, aparece en la película Violons d’Ingres de Jacques-B. Brunius y en el libro de fotos Les inspirés et leurs demeures de Gilles Ehrmann, siendo además, a partir de este libro, tratado por Edouard Jaguer en Les mystères de la chambre noire. El de Montpied viene a ser el trabajo definitivo sobre este curioso personaje.

Vamos al cine

The Shadow and its Shadow
Por fiarnos del poco fiable José Francisco Aranda, equivocamos el título del libro de Paul Hammond The Shadow and its shadow (y no The Shadow of a Shadow). Esta es una obra muy importante para los lectores en inglés que no pueden acceder a las fuentes, casi todas francesas, de los escritos surrealistas sobre el cine. El lector en lengua francesa dispone de la antología de los Virmaux (Les surréalistes et le cinéma, 1976), y la mayoría de los textos traducidos por Hammond son conocidos, aunque haya un par de rarezas de Robert Benayoun –a quien siempre es refrescante leer– y algunas muestras de la no fácil de obtener L’Âge du Cinéma.
Hammond ha hecho un gran trabajo, antologando, traduciendo y aportando un denso ensayo introductorio. Hay que manejar la tercera edición, revisada y aumentada, que publicó en 2000 City Light Books, de San Francisco. La primera data de 1978 y la segunda de 1991.
Claro que una obra de este calibre tendría que actualizarse con los escritos sobre cine emanados del surrealismo en las últimas décadas. Recordamos sobre la marcha la interesante encuesta del grupo sueco y algunos ensayos sobre Svankmajer (y los textos del propio Svankmajer).
Surrealism and cinema
Este libro de Michael Richardson (2006), tras una introducción, dedica sucesivos artículos al “surrealismo y la cultura popular”, Buñuel. Prévert, Hollywood, el documental, Nelly Kaplan, Borowczyk, Svankmajer, el cine pánico, Raul Ruiz y, por fin, “el surrealismo y el cine contemporáneo”.
Se trata sin duda de un trabajo brillante e importante, pero en lo que tiene de aproximable a Le surréalisme au cinéma naufraga inevitablemente. Kyrou solo ha habido uno, y su libro es tan poco actualizable como puede serlo la Antología del humor negro o Le surréalisme et la peinture. Con respecto al primero, el propio Breton señaló, en la segunda y definitiva edición, que solo había querido ejemplificar, a través de una serie de escritores que él conocía, la noción de humor negro (lo que descalificaba ya de antemano a todos los imbéciles que luego han salido atacándolo porque faltaba este o aquel, como si además su deber hubiera sido conocer a todos los escritores de todas las literaturas del mundo). Michael Richardson, quien señala en la introducción que habría que pasar a peine fino el libro de Kyrou, luego nos brinda el siguiente dislate: por un lado descalifica el cine de Man Ray –siempre delicioso, y lleno de sentido y de sentidos–, y por otra nada menos que hace referencia seria, en el cine contemporáneo, al vomitivo Almodóvar, suerte de embudo por el que pasa toda la basura del pensamiento dominante de la sórdida España de los últimos lustros –acercar este soberano cretino al surrealismo tan solo por su “gusto de la provocación y de lo bizarro”, sería identificar al surrealismo con la provocación por la provocación y con lo bizarro por lo bizarro, en lo que se trata por lo demás de una falsa provocación y de un bizarro miserabilista.
Michael Richardson, en la introducción, también corrige a Breton: él sabe lo que tenía que haber dicho en vez de lo que dijo. “El ojo existe en estado salvaje” está mal, porque no es verdad. Tenía que haber escrito: “Necesitamos colocar al ojo en tal estado de receptividad que se vuelva capaz de ver de una manera salvaje”. Esperemos que no se le ocurra rehacer los Manifiestos: el resultado sería desolador. (Y citemos un recentísimo comentario de Georges Sebbag y Emmanuel Guigon: “El comienzo de El surrealismo y la pintura nos atrapa de entrada por lo tajante de la primera frase”).
Sin Man Ray, sin Entreacto ni Anemic cinéma porque no son surrealistas sino dadaístas, y sin las obras de Zimbacca, de Marcel Mariën, de Wilhelm Freddie, de Georges Goldfayn o de Robert Benayoun porque no se consiguen (o de Moerman porque ni es nombrado), no sorprende que se vaya a buscar surrealismo a los documentales, a Raul Ruiz o a los pánicos, lo que es tan poco convincente como todo lo referido a los trabajos de Jacques Prévert. En cuanto al capítulo de Buñuel, aquí lo absurdo no viene de él, sino del pasaje de una carta de Mattias Forshage opinando que las últimas películas de Buñuel desembocaban en un “callejón sin salida”. Lo que es desbarrar, o ver lo contrario de lo que hay.
Uno espera lo peor de un libro que en la contraportada viene elogiado por la “subrealista” Mary Ann Caws. Por suerte, el trabajo de Michael Richardson, pese a los matices señalados, tiene el nivel a que estamos con él acostumbrados, y es una aportación de primera línea a la temática del surrealismo y el cine, particularmente para el lector en lengua inglesa, con capítulos espléndidos como los dedicados a Borowczyk, Nelly Kaplan y Svankmajer.
Petr Král y el burlesco americano
Pese a que Petr Král aprovechó el golpe schusteriano para dejar el surrealismo, debe reconocerse que el surrealismo es decisivo en la realización de sus dos inestimables libros sobre el burlesco americano, sin duda para nosotros las obras de referencia en esta fabulosa materia.
El burlesco americano de los años 10 y 20, más las prolongaciones habladas de gigantes como los Marx o W.C. Fields, pertenece de lleno al espíritu surrealista. En un ciclo de cine surrealista que se hizo en La Laguna (Tenerife) –ciclo en verdad riguroso, y que originó el excelente librito Los surrealistas y el cine–, una espectadora de nuestra confianza nos dijo al final: “Lo más surrealista fue la película del cómico americano gordo y de nariz roja”. Y sin duda que muchos slapsticks y cortos de Fields harían mejor papel en los ciclos surrealistas que documentales como A propósito de Niza o que La concha y el clérigo.
Los dos libros de Petr Král fueron publicados en 1984: Le Burlesque ou Morale de la tarte à la crème, y 1986: Les Burlesques ou Parade des somnambules. El autor trata en el primero aspectos generales –pero siempre ejemplificando lo que dice–, para detenerse en el segundo en las grandes figuras, con capítulos para Max Linder, Fatty, Chaplin, Keaton, Harry Langdon, Larry Semon, Harold Lloyd y Laurel y Hardy. Ambos libros son de lectura fascinante, cada uno excediendo las 300 páginas, con ilustraciones y con útiles índices de títulos y nombres al final.
Una ausencia, la de Charley Bowers, se justifica por solo haberse recuperado sus películas con posterioridad a la publicación de ambos libros. Y se nos ocurre también que tal vez debiera pasarse a primer plano un artista que parece crecer con los años: Snub Pollard.


Los libros de Petr Král abundan en referencias al universo surrealista, pero también al jazz, del que es Král un conocedor consumado, y tanto del antiguo como del que se origina en el bop. Hasta soñamos con que hubiera escrito un libro sobre el jazz en la línea de estos dos.
Por lo que se refiere al slapstick, recordemos otras dos obras que vienen, una de un surrealista: Le regard de Buster Keaton (1982) de Robert Benayoun, y otra de un amigo del surrealismo: Harold Lloyd (1968) de Raymond Borde (quien también escribió, con Charles Perrin, un Laurel & Hardy, 1965).
“Conscientes de la relatividad de todo, los cómicos trastocan con alegría los valores establecidos y erigidos en ídolos. Cuando Max Sennett dice que él y sus colegas eran especialistas de la «dignidad irritada» y del «sabotaje de la Autoridad», sabe de lo que habla; al menos en cuanto al gag y al gesto aislado, este gusto del trastorno sistemático no se detiene en efecto ante nada. Y es ahí donde se sitúa lo esencial”.
“La autonomía que el burlesco concede al gag, en detrimento de la unidad dramática clásica, es de hecho la autonomía que la poesía contemporánea, en sus manifestaciones más características, concede al verso y a la imagen. Renunciando a la coherencia «cerrada» de una intriga, se le sustituye la coherencia, autónoma o abierta, de un discurso interior (o mejor interiorizado), de un «pensamiento en imágenes» que, del mismo modo que un poema va de verso en verso, salta de gag en gag, y cuyo mensaje –más allá del «contenido manifiesto»– reposa sobre la carga analógica (metafórica) de las diferentes visiones”.
Violons d’Ingres
Un lapsus en Caleidoscopio surrealista –“Violon d’Ingres” por “Violons d’Ingres”– nos permite recordar esta preciosa película de nuestro muy estimado Jacques-B. Brunius (a quien por cierto recientemente hemos podido admirar en el gran papel de malvado que representa en Los gavilanes del estrecho de Raoul Walsh, película de 1953).
Esta película está disponible en el tercer dvd de los que componen la caja de Pierre Prévert Mon frère Jacques. Con una duración de 30 minutos, incluye como platos fuertes la intervención de Yves Tanguy haciendo de cartero y pintando en la calle y la pionera aparición del Palacio Ideal del cartero Cheval, a quien Breton y los surrealistas conocieron gracias a Brunius. También pueden verse las creaciones del abad Fourré en la costa bretona, objeto del gran dossier de Bruno Montpied en L’Or aux 13 îles.
En Le surréalisme au cinéma dice Ado Kyrou (quien también filmaría el Palacio Ideal): “La película de Brunius que yo prefiero es Violons d’Ingres. La secuencia del palacio del cartero Cheval, ejemplo de documental surrealista, y la secuencia del aduanero Rousseau, primera aplicación del género «pintura filmada», son los puntos de partida de un cine percusivo”.
Mientras esperamos se haga realidad el deseo de Kyrou –que toda la obra de Brunius sea rescatada–, conformémonos con la visión de esta pieza de oro.

“Infosurr”, nn. 94 y 95

Infosurr intenta ponerse al día con la publicación simultánea de dos boletines, pero aún sus noticias nos llegan con un año de retraso.
Lo primero que debe decirse es que el boletín ha conseguido superar el obstáculo casi insalvable que supuso la desaparición de Edouard Jaguer, gracias a los esfuerzos redoblados de sus firmas habituales y a la intervención en fuerza de nombres como Laurens Vancrevel, François-René Simon o Joël Gayraud. La información sigue siendo muy completa, e imprescindible para quien quiera seguir las novedades del surrealismo “et ses alentours”.
El n. 94 (julio-agosto de 2010) señala la partida de Jean Benoît con textos impecables de Simon y Gayraud. Ludvic Tac comenta el n. 1 de L’Or aux 13 îles, Vancrevel la actualidad portuguesa y Dominique Rabourdin recomienda una monografía sobre Julien Gracq –De Louis Poirier à Julien Gracq, de Dominique Perrin– y otra sobre Humphrey Jennings –Humphrey Jennings, le poète du cinéma britannique, de Elena Von Kassel Siambani. Benjamin Péret aparece por partida triple: Jerôme Duwa reseña la edición del inmortal Je ne mange pas de ce pain-là con la interesantísima encuesta de Heribert Becker, Gérard Roche el sólido estudio de Richard Spiteri sobre Dernière malheur dernière chance y Richard Walter noticia la aparición del n. 26 (y último, ya que le sucederá una publicación diferente) de Trois cerises et une sardine.
El n. 95 registra dos bajas más: la de Ludvik Kundera y la de Corneille, este evocado por Vancrevel. France Elysées nos invita a vagabundear por una nueva recopilación de Jacques Lacomblez: D’ailleurs de désir; Dominique Rabourdin, con su sagacidad habitual, combate algunos tópicos sobre Jacqueline Lamba y André Breton, al tratar la obra sobre aquella de Alba Romano Pace; y Richard Walter comenta Los Granell de André Breton: sueños de amistad.

Breves

Las obras completas de Benjamin Péret han comenzado a reproducirse en la página del Centre de Recherches du Surréalisme.
*
Ludovic Tac acaba de publicar la película Jacques Lacomblez. Marxiste et surréaliste.
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Nuevo libro de poemas de Laurens Vancrevel: Waartoe: een gedicht. Inspirado en la crucial cuestión planteada por Hölderlin: “Para qué los poetas en tiempos de penuria”, es también un diálogo con Empédocles, André Breton, Mário Cesariny, Paul Celan, Octavio Paz, Benjamin Péret, Philip Lamantia y François-Sébastien Arena. Este último era el nombre de pluma y de combate del editor François Di Dio, quien ha organizado un gran debate sobre el tema en 1978, del que salió un libro colectivo.

Granell y Breton

La galería Guillermo de Osma ha publicado el precioso libro Los Granell de André Breton, que además reproduce en su página. La publicación gira en torno a las obras de Granell que poseía Breton y a la correspondencia entre ambos. Las obras son en total nada menos que 48, uniformemente bellas, e incluyendo la célebre Cabeza de indio, de 1944, El viaje de André Breton de la Torre Saint Jacques a las Antillas, de 1963, y la maravillosa serie de las islas, gouaches de 1948: “Estatuas de las islas”, “Trofeos de las islas”, “Pájaros de las islas”, “Sombras de las islas” y “Nacimiento de la selva en las islas”. Un título que merece destacarse es Día de la transformación de las hojas de los árboles en cartas de juego (día señalado por Pierre Mabille en “Le jeu des cartes surrealistes”), de 1949.


El libro va precedido de un estudio de Georges Sebbag y Emmanuel Guigon, “Historia de una seducción”, donde se trazan de manera rica y documentada los parámetros de la relación amistosa entre Granell y Breton.
El epistolario va de 1946 a 1990, ya que se amplía al par de cartas intercambiadas por Granell y Elisa tras la muerte de Breton. En 1966, al darle las condolencias, Granell escribe: “Haber conocido a André Breton fue el acontecimiento moral e intelectual más extraordinario de mi vida”. Yo puedo decir lo mismo, si aclaro que ese acontecimiento fue haber conocido, a los 16-17 años, los libros que en 1972 estaban de él traducidos al castellano.
Las cartas, como siempre ocurre, combinan el interés con el desinterés. En realidad (y en general), somos contrarios a la publicación de cartas de nadie (salvo para los vanidosos que ya calculan su publicación, las cartas son un mensaje momentáneo de una persona concreta a otra, y nadie debería husmear en esos mensajes), pero cuando se publican están ahí, y buscamos en ellas tener más del espíritu de alguien que amamos y ya desapareció, o conocer algo más de los datos de una época. En ambos casos, estas cartas aportan mucho, sobre todo por parte de Granell, quien escribe más y resulta más revelador que Breton. Su retrato de la vida yanki de Puerto Rico tiene un amargo sabor a lo que después se ha hecho planetario: la civilización del ruido, del cacharro tecnológico y de la purulenta publicidad (le faltó decir algo sobre el aire apestado que se respira en todos lados). Granell lanza sus invectivas, además, con la misma verba y gracia con que hablaba, y que tuvimos quienes lo conocimos el lujo de disfrutar. No menos arrasadoras son sus palabras contra el abstraccionismo triunfante y contra el existencialismo que dictaba las leyes en los años 50.
La Fundación Granell prepara la publicación de las cartas que Granell conservaba de sus amigos surrealistas.

Ilustración: “Las galas de Nadja”, 1950.