martes, 18 de febrero de 2014

Cartas de Cesariny

Acaba de publicarse un libro fundamental sobre el surrealismo portugués: Notas para a compreensão do surrealismo em Portugal, de António Cândido Franco, a quien se deben ya algunas publicaciones muy notables. Pronto reseñaremos estas Notas, cuyo título no hace justicia a la envergadura del contenido, en un conjunto ensayístico de una potencia excepcional.
Hoy damos noticia de otra publicación concomitante: estas cinco cartas de Cesariny enviadas entre 1997 y 2000 al propio António Cândido Franco, comentadas admirablemente por este (recordemos sus riquísimas notas críticas a las cesarynescas Cartas para a casa de Pascoaes, tanto como su Teixeira de Pascoaes nas palavras do surrealismo português) y publicadas por Editora Licorne (editoralicorne.blogspot.com). Del contenido de las cartas da cuenta la portada, aunque, conociendo a Cesariny, hay mucho más de lo que se enumera. El “hilo” de ellas, señala Cândido Franco, es el ataque radical al Renacimiento y sus horrendas secuelas. Porque si Cesariny “estuvo siempre con románticos, prerrafaelitas y surrealistas”, fue porque estos buscaron derribar “el muro del Renacimiento”, momento de la historia occidental en que “comenzó o recomenzó la práctica antropofágica de la economía clásica, que, después de Adam Smith, se convirtió en puro canibalismo”, con “el monumental frío de la técnica y del talento individual en contraposición al sentido loco de lo festivo”. Cesariny despotrica en estas cartas de Grecia (con su Platón y otros sofistas, por ni nombrar a Aristóteles), de Europa, del dios Progreso, de la burguesía devoradora... Su repudio del Portugal y la Lisboa del progreso europeo es tan radical como el que yo he expresado en Lusitania fantasma, y no dejó de ocupar lugar en las cartas que en diversos momentos nos cruzamos. Sobre esa desoladora Europa más que decrépita, pero siempre pintándose de “nueva”, y hasta engañando a tantos por el arte de sus afeites, recuerdo un dibujo (¿?) de Cesariny en que la ponía en el hemisferio sur, junto a la leyenda “¡Abajo Europa!”; y digo recuerdo, porque no he logrado ya dar con esa bella imagen. António Cândido Franco, que se identifica en esto con Cesariny, no deja de llamar “sanguijuela” a esta Europa “del cálculo infinitesimal”.
António Cândido Franco hace una bella defensa del “ultra-romanticismo” portugués, que en general ha sido desacreditado. Soares de Passos y su “Noivado do sepulcro”, pero también António Feliciano de Castilho, el poeta ciego de quien le envía a Cesariny su “Teoría de los nombres”. Cesariny le dice conocerlo poco, pero sí recuerda haber leído en la Biblioteca Nacional un texto suyo en que se anticipaba para la composición poética al azar dadaísta. Ya se debe haber olvidado de los asombrosos fragmentos del Método portugal de leitura que incluía Natália Correia en un libro que para mí fue decisivo comprar en Lisboa allá por el otoño de 1979, en simultáneo con los Textos de afirmação e de combate do movimento surrealista mundial: me refiero a O surrealismo na poesia portuguesa (1973), una obra que no tiene paralelo ni siquiera en el país natal del surrealismo.
Las referencias a Teixeira de Pascoaes –cuya importancia central en el surrealismo portugués es estudiada a fondo en las Notas para a compreensão do surrealismo em Portugal– ofrecen el interés añadido de Cesariny asociarlo en un determinado momento a otro gigante: Malcolm de Chazal. Tampoco Artaud puede faltar, con sus tarahumara. Pero en fin, estas son cinco de las típicas cartas explosivas y a salto de mata de Mário Cesariny, llenas de sus mitos y obsesiones, y además con la presentación y los comentarios de un crítico que es ante todo un poeta, devoto del inolvidable Cesariny y conocedor como nadie de su “imaginario fabuloso”.
Por último: seguro que Cesariny hubiera dado uno de sus legendarios brincos en el momento de recibir este collage de Alex Januário, titulado Por una nueva edición Noa Noa y hecho muy recientemente.


“Infosurr”, 104

El número 104 de Infosurr viene acompañado de un índice de los primeros cien números. Como este corresponde al trimestre octubre-diciembre de 2012, hay ya coincidencias con novedades tratadas aquí, pero también aparecen cosas anteriores o de las que yo no he tenido noticia. Entre las primeras tenemos: Crisis de la exterioridad, edición del Grupo Surrealista de Madrid; Femme en songe de Ludwig Zeller y Les cités légendaires de Guy Cabanel, ambos editados por Sonámbula; Frágiles tránsitos bajo las espirales, de Enrique de Santiago; Caixa gris, de Álex Januário; Secrets in red and green, de Richard Misiano-Genovese y Sergio Lima; Les hommages excessives, de Mário Cesariny; el número de Derrame dedicado a Cruzeiro Seixas; L’impossible est un jeu, de Alexandrian; Surrealism in Wales; The phantoms of surrealism, de Neil Coombs; Presque rien, de Jacques Lacomblez y Laure Missir; la exposición “El tiempo de las sirenas” de Suzel Ania; Lost words de Penelope Rosemont.
De lo que me interesa y se me ha escapado o es anterior a noviembre de 2011, se da noticia de Les Hautes-Salles de Hervé Delabarre y de la muerte, a los 90 años, de Lothar Klünner, a quien dedica una página entera Heribert Becker. Este poeta berlinés se interesó por el surrealismo (entre otras muchas cosas) en un país y unos tiempos en que ello era muy raro. Más sucinta es la nota sobre el canadiense Paul-Marie Lapointe, el autor de Le vierge incendié, fallecido en 2011. De otra figura del surrealismo canadiense, Claude Gauvreau, se comenta la Lettre à André Breton, le 7 juin 1961, publicada en 2011.
En la vertiente polémica, Richard Walter, más brevemente que Gérard Durozoi en los Cahiers Benjamin Péret, advierte sobre el nuevo adefesio de Elena Poniatowska, quien ahora se ha entretenido con la desdichada Leonora: “biografía para evitar, incluso para huir de ella. Un futuro «biopic» adaptable por el cine hollywoodense”.
De los cuadernos Leiris y Bataille se da el índice del contenido, donde hay de todo como en botica, y yo diría que predominan los remedios malos. No hace falta insistir: ¡qué lejos nos quedan esos cuadernos del de Benjamin Péret!

martes, 11 de febrero de 2014

Philip Lamantia


He aquí al fin recopilada toda la obra de Philip Lamantia (1927-2005), un poeta desmesurado y una de las grandes voces líricas del siglo XX. The collected poems of Philip Lamantia incluye sus poemas de 1943 a 2001, entre ellos muchos inéditos o nunca recogidos, y lo han editado, en la University of California Press, Garret Caples, Andrew Joron y Nancy Joyce Peters. Un trío inmejorable, de poetas, que le dedica un largo estudio, entrelazando el de su vida y el de su obra.
De ascendencia siciliana, Philip Lamantia, el primero de los poetas surrealistas de los Estados Unidos, tuvo la revelación del surrealismo al ver una exposición de Miró y Dalí en San Francisco. Cuatro poemas suyos aparecen en View, cuando sólo contaba 15 años (por lo cual Ted Joans lo llamará “el Rimbaud americano”). Ese mismo año –1943–, le escribe una carta a André Breton, que la publica en el n. 4 de VVV junto a tres poemas, uno de ellos dedicado “a la memoria de Arthur Rimbaud, el rebelde y el buscador”. Lamantia viaja incluso a Nueva York, donde conoce a Breton, pero vuelve a San Francisco, inscribiéndose en el movimiento beat. A mediados de los años 50, impactado por Los tarahumara, pasa un tiempo con los indios wahoe de Nevada y con los cora de México, e introduce el peyote en California mucho antes de la era psicodélica. Pasa también seis meses en Marruecos. De carácter depresivo, sufre una primera conversión religiosa, con seis meses en un monasterio trapista. Afortunadamente, tras tres años de silencio, en 1965 encuentra a Nancy Joyce Peters y retorna a la poesía. Y al surrealismo, ya que, viniendo de Egipto, ha contactado en Atenas con Nanos Valaoritis y Marie Wilson, quienes por cierto acabarán encontrándose con él y con Nancy en San Francisco. Con Nancy visita el sitio del oráculo de Delfos y pasa por Andalucía, con fiestas gitanas incluidas.
A principio de los años 70, Lamantia enlaza con los surrealistas de Chicago, manteniendo una duradera amistad con Franklin Rosemont. Siempre fascinado por las culturas amerindias, visita pueblos hopis, a la vez que profundiza en la “geografía mística” de América y se siente atraído por el mundo de los pájaros. Es entonces cuando escribe su poemario tal vez más extraordinario: Meadowlark West. Interesado por la cultura popular, por las civilizaciones del pasado (Egipto, el viejo Islam, el Libro tibetano de los muertos), por el esoterismo (en lo que se diferenciaba rotundamente de sus amigos beatniks), por la música de jazz, buscando el éxtasis y el conocimiento en los estupefacientes, cada vez más preocupado por las agresiones humanas a la naturaleza, Lamantia deja huella de todo ello en su poesía de enorme aliento.
En 1997 escribe “Poem for André Breton”, que se abre, en uno de sus característicos versos anchos, con el recuerdo del último encuentro en Nueva York (“When we met for the last time by chance, you were with Yves Tanguy whose blue eyes were the myth for all time, in the autumn of 1944”). Pero al año siguiente, tras una nueva depresión, tiene una visión mística que arrastra una segunda conversión, a la que pertenece una nueva serie lamentable de poemas, en uno de ellos incluso afirmando que “God is a surrealist / in the union of opposites”. Fue lluvia de mayo, ya que al punto se desencantó de la ortodoxia cristiana. Solo que su obra no se cierra con la grandeza con que la abría, en 1943, “The touch of marvelous”.
Las conclusiones del estudio de más de 60 páginas que abre el libro intentan determinar “el lugar histórico” de su obra, lo cual poco interés tiene, ya que su valor es en sí (y para mí en particular, Lamantia está atesorado junto a Dylan Thomas), y caracterizan su poesía como a la vez una expresión y una forma de gnosis. Se observa también que Lamantia consideraba a Breton, Péret, Rimbaud o Lautréamont como sus contemporáneos, no como “personajes históricos”. La lista onomástica que aparece en sus poemas es impresionante y maravillosa: poetas antiguos como John Donne o Ausias March, artistas como Arcimboldo o Gaudí, referencias básicas del surrealismo como Sade, Fourier, Novalis, Baudelaire, Rimbaud, Maldoror, Hélène Smith o Ubú, románticos como Blake, Poe, Young, Wordsworth, Hölderlin o Schelling, dadaístas como Hugo Ball, poetas americanos como Walt Whitman o Emily Dickinson, surrealistas como Breton, Artaud, Magloire-Saint-Aude, Man Ray, Oelze o Magritte, pensadores griegos como Pitágoras y Heráclito, nombres del esoterismo como Hermes Trimegisto, Martines de Pasqually, Claude de Saint Martin, Christian Rosenkreutz, Nicolás Flamel, Basilio Valentin, Aliester Crowley, Cagliostro o el mago Merlín, mitos amerindios como Gerónimo, Chief Seattle o el travieso Coyote, músicos de jazz como Charlie Parker o Thelonious Monk, figuras de la cultura popular como Pancho Villa, Krazy Kat o Bela Lugosi... Entre todos ellos, quizás merecieran destaque especial Poe (su primer mentor), André Breton (el segundo), Antonin Artaud, Lautréamont y Baudelaire.
En sus mejores momentos (que fueron casi todos), porque estuvieron a la altura de la afirmación que da título a uno de sus poemas: “Solo la violencia creativa revela la belleza de lo maravilloso”, Philip Lamantia fue uno de los grandes poetas del siglo XX.

Brumes Blondes: “Apuntar del día”

Evocando el Point du jour de André Breton, el almanaque Lo que será incluye catorce textos de nuevo en un abigarrado pero armónico mosaico.


Jacques Abeille vaticina “el libro del mañana”, imaginando que en el año 2023 un oficial del futuro decreta la prohibición del libro impreso, ya que estos se han vuelto “contagiosos”. En el insano delirio tecnológico que vivimos, este texto, suerte de Fahrenheit 451 revisitado, quizás hasta peque de optimismo.
El texto de la Cabo Mondego Section of Portuguese Surrealism ya es conocido, e incluso yo lo reproduzco en Caleidoscopio: se trata de los “Trabalhos de pedreira” firmados por Miguel de Carvalho, Rik Lina, Pedro Prata, Seixas Peixoto y João Rasteiro. Pero no está mal recordarlo: “¿El surrealismo hoy, en el caos triturador de la ilusión política, social y económica? Sin duda que sí, y más que nunca. Y nos tomamos en serio la luminosidad de las palabras inscritas hace 43 años en la tumba de André Breton: «Yo busco el oro del tiempo». Este oro no tiene edad y está fuera de cualquier circuito económico. También nuestras búsquedas lo están. Dentro de la esfera de la moralidad (en crisis de valores), de la estética, del arte y de la literatura (dicen que se estudian en las academias de bellas artes y en las universidades), no tomamos en consideración el concepto de lo bello, entre otras cosas porque nos coloca ante la interrogación: ¿qué es lo bello? Evidenciamos más bien otra sensibilidad, inherente a la razón que produce una obra de arte. No nos impresiona la vulgaridad de la forma con que nos expresamos por la poesía visual o escrita, queremos antes impresionar con el genio de la libertad a través del acto poético y de la poesía. La libertad, esa máquina de propulsión, nos permite la convivencia con el hombre integral, a través de la unificación de las fuerzas telúricas que despedazan el logos. La lógica nos parece hoy extraña. Por eso poetizamos a partir de los sueños: una buena utilización de los sueños que permita originar un nuevo modo de pensamiento para no ceder a las apariencias. Nos interesa conquistar nuevas geografías y vidas plenas en los intersticios de la realidad, al margen de la literatura y del arte. Proponemos una metamorfosis exterior con la simple actitud marcada, fuera de la inercia, por la acción colectiva en una aventura que, a través del surrealismo, conduzca a la revolución interior de todos los poetas porque… la libertad individual es un bien superior”.
Max Cafard escribe sobre las derivas situacionistas y las exploraciones surrealistas en la urbe, que también ocupan las páginas de Lurdes Martínez tituladas “El descentramiento de la ciudad”. Algunas reflexiones de esta me hacen pensar en el último Leo Malet, enormemente ácido con el exterminio del viejo París popular y rebosante de vida. Respecto al notable volumen La crisis de la exterioridad, Lurdes Martínez escribe: “A pesar de la feliz heterogeneidad de las diferentes aproximaciones, sorprende una presencia latente en todas ellas: lo que pueda constituirse en vivencia de la exterioridad se encuentra en los pliegues más recónditos del ser y brota, imperceptible pero imperiosamente, en forma de resonancia, rumor, eco o reverberación de un tiempo en que afrontamos la presencia eterna de lo infinito, que nos precede y sobrevive. Entonces, la naturaleza nos ocupaba y por ello comprendíamos su lenguaje”.
Más situacionismo hay en una nota de Penelope Rosemont sobre surrealismo y situacionismo, ya olvidada de la vez en que le tomaron el pelo a ella y a Franklin Rosemont unos situacionistas de París. Ron Sakolsky, en cambio, titulando su trabajo “La continua relevancia del surrealismo”, distingue al surrealismo, por su “conexión entre lo «moderno» y lo «mítico»”, de “otros grupos de izquierda, incluido el situacionismo”, y señala cómo los situacionistas miraban a los surrealistas como algo que no tenía nada que ofrecerles (¡quién les diría, después de tanto atacar al surrealismo, que los únicos que se iban a acordar de ellos serían algunos surrealistas!), a diferencia de la actitud abierta de estos hacia aquellos (al menos, matizaría yo, en un principio). Otra cosa bien diferente (¡y tanto!), que enfoca a renglón seguido Sakolsky en su trabajo, es el tándem surrealismo/anarquismo, sobre el que de aquí a unos años se seguirá hablando, cosa que dudo de esta manía de algunos surrealistas con el situacionismo. Siguiendo en el grupo de Chicago, la nota de Paul y Beth Garon sobre Memphis Minnie nada añade a un libro que conocemos bien, pero sí que anuncia una edición remozada para 2014.
Eugenio Castro opone el “materialismo poético” al reino de lo virtual, aclarando que aquel es “una práctica más que una teoría”. Otro componente de Salamandra, José Manuel Rojo, dedica un largo ensayo al surrealismo y la política, pero que ya conocíamos por el reciente volumen español sobre el surrealismo “y sus derivas”.
Sergio Lima vuelve sobre el cine y la imagen, temática de la que se ocupaba en O olhar selvagem: o cinema dos surrealistas.
Alain Joubert, en “La controversia del poder”, aborda el conflicto de los surrealistas con los anarquistas de Le Libertaire y el “absurdo” apoyo de Schuster y sus amigos de la izquierda militante tipo Mascolo y Duras a la llamada “revolución cubana”, lo que aprovecha para decir, lo que yo ciertamente comparto: “Es preciso romper un mito: nunca hubo revolución cubana; como mucho, se dio al principio una insurrección popular, rápidamente recuperada y desviada por el clan castrista, en beneficio de los estalinistas de entonces y de siempre”. Me encanta, por lo demás, que Alain Joubert, al hablar de la relación del surrealismo con la política, haya elegido, por su formulación “simple, concisa y decisiva”, pasajes de un texto de Jacques Abeille en el Bulletin de Liaison Surréaliste que yo decidí transcribir en la entrada de este que hay en Caleidoscopio: No hay política surrealista posible, pues ningún poder podría satisfacer al surrealismo (…) El surrealismo no tiene ninguna forma de poder que proponerle al pueblo –como mucho podría, negativamente, trabajar contra el poder para que el pueblo se proponga a sí mismo alguna cosa”. Con su lucidez acostumbrada, Alain Joubert escribe más adelante: “Todas las «ideologías» políticas de vocación revolucionaria son cerradas y no reenvían sino a ellas mismas; solo el surrealismo –si se le quiere aplicar este término– osa proponer una ideología abierta sin límites, por su capacidad de actuar simultáneamente sobre los deslumbramientos de la poesía y sobre el filo de la utopía crítica, esa arma absoluta que se apoya a la vez en las riquezas de la imaginación y en los indispensables análisis que la acompañan y la guían. No se vea en esta actitud ni arrogancia ni condescendencia: a título individual, cada surrealista puede aventurarse en tal o cual lucha social digna de interés a sus ojos, pero en ningún caso debe comprometer al surrealismo con él; es lo que practicó durante toda su vida Benjamin Péret, revolucionario y surrealista poco sospechoso de compromiso.”
Hay dos muy bellas reflexiones sobre la poesía por dos poetas enormes del surrealismo: Ludwig Zeller y Guy Cabanel. El primero titula su texto “La libertad del poeta”, y en él afirma que el surrealismo es “una idea viva, que se manifiesta constantemente”, para concluir, como respondiendo a la cuestión sobre “lo que será”, con estas palabras: “Quizás habrá otras maneras de surrealismo en el futuro, pero su libertad y su gran apego a ciertos principios los guardará siempre”.
El texto de poética de Guy Cabanel es sensacional. Va acompañado de citas de André Breton, Octavio Paz y nuestro amigo el Almirante Leblanc, uno de los últimos mitos heroicos creados por la poesía. Para expresar la manera como Guy Cabanel ha “ejercido y sentido la poesía” durante no pocas décadas, el poeta nos brinda un texto que, en su brevedad, tiene una esencialidad que lo convierte en el broche de oro de su obra magnífica, y subrayo esta palabra porque la utilizo en el sentido fastuoso que se aplicaba a otro poeta bien conocido por el surrealismo. He aquí algunos pasajes de este “Souci de poésie”, aunque deba leerse de cabo a rabo, en su unidad absoluta: “Escribir un poema es una fiesta y eso no se justifica, es un gesto en estado bruto. (...) El discurso de la «boca de sombra», nunca racional, siempre coherente, poco fácil de captar, supone un estado de perfecta receptividad que implica el sueño de las facultades raciocinantes, un alejamiento total de las preocupaciones cotidianas. (...) El verbo poético es, sin desfallecimiento, paroxístico. No comporta tiempo débil, ninguna palabra es inútil o reemplazable. Así se formulan las explosiones lapidarias de la evidencia salidas del suntuoso tumulto del caos. (...) Más allá de la antinomia libertad-rigor, el poema es una fiesta severa. (...) Siguiendo un ritmo no preestablecido, un ritmo interior que podría ser el del pulso, un sonido llama a otro sonido, una palabra a otra palabra, y el conjunto de los sonidos o de las palabras libera una o varias significaciones, ninguna de las cuales sabría prevalecer. Su punto común está en que es preciso situarlas en ese lugar del espíritu donde las contradicciones ya no existen. El surrealismo pasa por ahí”.
Y ya que entre poetas anda el juego, no dejaré de celebrar la página 16 de Lo que será, ya que incluye una declaración de uno de los grandes poetas plásticos del surrealismo: Renzo Margonari, acompañando “Seráfica violeta” y valiendo también como respuesta de poeta a esa cuestión del surrealismo y “lo que será” y como afirmación de principios:
“El surrealismo ha favorecido el uso de nuevas técnicas de pensamiento y de expresión, porque el surrealismo es una manera de imaginar y de pensar, una actitud, una concepción de la vida. Las ideas producen nuevas técnicas y las nuevas técnicas estimulan las ideas. El surrealismo es mimético: su capacidad de adaptarse al tiempo le asegura su continuidad. El surrealismo no necesita rejuvenecerse porque nunca ha envejecido. Por todo ello yo he escogido libremente ser surrealista”.


Javier Gálvez


Esta es una nueva “plaquette” de Javier Gálvez, quien no pierde el buen hábito de las pequeñas ediciones, tan de su gusto desde los primeros tiempos de Salamandra. El nuevo cuaderno de Ardemar ediciones limita su tirada a 14 ejemplares numerados y firmados por el autor, y prosigue la línea poco complaciente de un automatismo visceral. En contraportada va una prosa, y en el interior encontramos cuatro poemas que también pueden leerse como un solo poema. En portada, cómo no, una de sus fotos.
“Devolved las armonías vocales de los peldaños ruinosos mientras mezcláis la risa del desesperado al principio esperanza... Secad los baldíos para que el amor goce de nuevo regando nuestros rostros con sus fluidos delfines...”

Joseph Cornell y el surrealismo

Hace unas semanas escribíamos:
“Pronto esperamos reseñar el catálogo Cornell de su exposición en Lyon, vigente hasta el 10 de febrero. El título, «Joseph Cornell et les surréalistes à New York», lo contextualiza claramente en el surrealismo, pero en el mismo folleto de la exposición ya nos encontramos con las viejas músicas: Cornell estaba «al margen de los movimientos», Cornell se sitúa «al margen del surrealismo y su trayectoria singular no se puede reducir a un solo movimiento»”...
El «plan» de la exposición se despliega en estos diez puntos: «Los surrealistas en Nueva York», «Objetos», «Collage», «La constelación surrealista», «Joseph Cornell y el cine. La revelación de Rose Hobart», «La imagen en movimiento», «Cornell y Duchamp», «Joseph Cornell y el cine. Los films-collages», «Joseph Cornell y los neorrománticos» y «Después del surrealismo» (o sea, después del retorno de los surrealistas de Europa a Europa).”
Catálogo en mano, hay que decir que se trata de una buena publicación, editada por Hazan, con 396 páginas muy ilustradas y una dispar decena de trabajos entre los que destacan el de Ingrid Schaffner sobre la galería de Julien Levy (1931-1949), el de Matthew Affron sobre los “juguetes ópticos” de Cornell y el de Emmanuel Guigon sobre el misterio de las cajas, emanado de muy pocos elementos, pero en los que ninguno es gratuito.
Lamentable es el capítulo bibliográfico. Si ya dejaba perplejo advertir que en el monumental libro de Thames & Hudson Joseph Cornell. Shadowplay eterniday, de 2003, no aparecían citados ni la monografía de Édouard Jaguer (Joseph Cornell. Jeux, jouets et mirages, 1998, y encima en Filipacchi), ni el artículo de Alain Jouffroy en Opus International (1970, y luego 1991), ni el de Penelope Rosemont “Las ventanas herméticas de Joseph Cornell” (también de 1970, pero incluido en Surrealist experiences, que es de 1999), a la vez que no faltaban los más espantosos nombres profesorales, ahora, aunque aparece Alain Jouffroy, se sigue sin dar noticia ni del libro de Édouard Jaguer ni del bello texto de Penelope Rosemont. E inútil será, pues, buscar la preciosidad del poeta Charles Simic Alchimie de brochante. L’art de Joseph Cornell (2010).
 En la presentación leemos estas palabras ciertas: “Al surrealismo debe Cornell su entrada en la escena artística, puesto que en Nueva York el círculo estrecho de pintores y de escultores, de galerías de arte, de museos, de poetas, de críticos y de revistas afiliados al surrealismo, contribuyó fuertemente a la evolución de su identidad artística durante la primera mitad de su carrera. La obra de Cornell es difícil de aprehender si se silencia la influencia determinante del surrealismo: el artista compartía con los actores de este movimiento un principio fundamental, la idea de que toda imagen resulta de una yuxtaposición poética. El surrealismo ha apoyado a Cornell en la exploración de diferentes prácticas artísticas”. Pero un par de páginas después, una tal Anne Théry escribe que Cornell “propone una alternativa al movimiento francés orientándose a la magia blanca en vez de al humor negro”, y hasta lo acerca más al expresionismo abstracto americano que a la “estética surrealista elaborada en Francia por André Breton”. Estas chorradas van, en cambio, seguidas de un buen abecedario elaborado por la misma, con entradas muy interesantes como las de Astronomía popular, André Breton, Jaula de cristal, Marcel Duchamp, Max Ernst, Man Ray, Dorothea Tanning, Fuentes de arena, El gran Meaulnes, Hoteles, Rose Hobart, Watteau o Siglo XIX. La de Breton se acompaña del collage El tornasol de medianoche, que le dedicó Cornell en 1966 (evidencia de su duradero aprecio por Breton, y en consecuencia por el surrealismo). La de Marcel Duchamp es clave porque Cornell y él mantuvieron una estrecha asociación a lo largo de más de tres décadas. A Max Ernst le dedicó un álbum de 16 collages, todos ellos reproducidos aquí.
Encabezando esta nota, vemos el collage de Cornell con que se anunciaba la exposición “Surréalisme” que tuvo lugar en 1932 en la Julian Levy Gallery. Y si hoy hablamos de Lamantia como el primer poeta surrealista de los Estados Unidos, aquí lo hemos hecho de su primer artista.

Fred Deux

Fred Deux, La tribu
Una magna retrospectiva de Fred Deux se celebra en el Museo del Hospicio de Saint-Roch (Issoudun), donde Fred Deux y Cécile Reims disponen de una sala fija. Es inaugurada este sábado y se prolonga hasta noviembre. Hay dibujos, grabados y esculturas, de 1949 hasta ahora mismo, ya que Fred Deux continúa dibujando incesantemente, y lo que se quiere festejar son sus 90 años aún “en activo”.
En Caleidoscopio surrealista tracé esta breve semblanza suya:
“En 1948, trabajando en una librería de Marsella, Fred Deux descubre el surrealismo a través de las obras de André Breton. Crea un subgrupo surrealista en aquella ciudad a la vez que inicia su andadura artística. Trasladado a París en 1951, conoce a Breton y forma parte del grupo hasta 1954, año en que expuso sus dibujos en À l’Étoile Scellée. En 1958 publicó la novela «onírico-poética» La Gana. Su primera retrospectiva sólo tiene lugar en 1990, apareciendo a la sazón, en el n. 10 de Pleine Marge, unos textos suyos junto a unos dibujos recientes (El oráculo, Locus Solus, Iniciación y dos ejemplos de la serie Zodiaco). También entonces se publicó una larga entrevista con Pierre Wat, Miroir des questions, en cuya portada aparece su reciente dibujo La tribu, que forman, entre otros, André Breton, Malcolm de Chazal, Leonora Carrington, Antonin Artaud, René Daumal, Sade, Lautrémont, Kafka, Germain Nouveau, René Guénon... En 1997 se publicó en el Cercle d’Art una monografía sobre él, con textos propios y de Bernard Noël, coincidiendo con dos exposiciones: «Obras recientes» y «La realidad imaginaria», mientras que de 2004 es L’alter ego, con textos suyos sobre sus dibujos. Pieyre de Mandiargues le dedica un artículo a sus grabados en Ultime belvédère, hablando también de su mujer, Cécile Deux o Cécile Reims, finísima artista del grabado que trabajó con él y que fue desde 1968 la grabadora de Hans Bellmer (una entrevista a ella hay en el número de Obliques dedicado a La femme surréaliste).”