lunes, 29 de julio de 2013

Patricide, n. 6: “The Outsider”

Como de costumbre, la revista de Neil Coombs aborda un tema monográfico, en este caso, a lo largo de cerca de 200 páginas muy ilustradas, el del artista “outsider”.
En la breve presentación, Coombs caracteriza a esta “mítica, revolucionaria, liberadora figura”, cuyas creaciones, por su pureza y honestidad, son lo más cercano al “automatismo psíquico en estado puro” de que hablaba André Breton.
La revista-libro se divide en dos partes, la primera con escritos y trabajos visuales sobre el “outsider art” y la experiencia de sus artífices, y la segunda con respuestas a la cuestión del término a través de la poesía, la prosa y el arte visual.
El proyecto ha contado con el apoyo de Roger Cardinal, cuyo Outsider Art, publicado en 1972, sigue siendo la obra de referencia en la materia. De ahí que un ensayo suyo, apoyándose en nueve outsiders, abra el volumen.
George Widener, de sangre apalache,  y Tony Convey, australiano hablan de la cuestión a través de su propia experiencia. El primero señala cómo el sello “outsider art”, la creación de categorías, la existencia de galerías y de exposiciones específicas ha desembocado en un nuevo academicismo al que es preciso escapar. Tony Convey, que se ponía enfermo de niño y muchacho tan solo con estar en el aula, lo que revela su grandeza de espíritu, rechaza de modo magnífico la integración que muchos proponen (integración, en efecto, es una de las palabras claves del mundo actual: integrar a todos en la abyección social, en la “aldea global”, en la maquinaria de la razón y las mercancías), y pone como ejemplo al comisario de una exposición en Canberra, quien le atacó a Roger Cardinal y otros adalides del outsider art por haber creado un tipo de marginación al utilizar categorías como esta; él se negó a participar en la exposición y no se engaña: la entrada del outsider art en los canales regulares implicaría la aplicación inmediata de criterios selectivos para acomodarlo al arte dominante. Pero volveremos luego sobre esta cuestión, que ahora me recuerda el fenómeno de la “artesanía”, palabra en realidad despectiva y que yo nunca he usado, sustituyéndola siempre por la de “arte popular”.
Uno de los ensayos trascendentes de este volumen es el que dedica Michel Remy a Scottie Wilson, y habrá que sumarlo a la buena bibliografía de que este personaje disfruta: Cardinal, Dubuffet, Melly, Mesens.
Neil Coombs entrevista a Henry Boxer, un coleccionista, galerista y conocedor británico, que desde los años 70 defiende el outsider art, al que caracteriza también por el hecho de que estos artistas solo trabajan para ellos mismos, sin pensar en el público ni en la crítica. Para él, un verdadero creador no cambia su arte por el éxito (esto no me parece que se cumpla ni se haya cumplido siempre), y considera que hoy es mucho más difícil ser un artista outsider que en los años 30, 40 ó 50. Cuando pone el ejemplo de Henry Darger, quien al ser conocido pensó en quemar sus obras, recordamos a Georges Malkine, quien en 1927, al exponer exitosamente en la Galerie Surréaliste de París, sufrió tal desazón que abandonó el arte y se marchó de viaje a Oceanía –y recordemos a Pierre Peuchmaurd caracterizándolo como “el pintor surrealista por excelencia, por privilegio de inteligencia y de inocencia”. La entrevista a Henry Boxer va seguida de las semblanzas de cinco figuras, entre ellas la artista mediúmnica Madge Gill, de la que habla Roger Cardinal en las páginas introductorias y que no vende sus cuadros porque pertenecen al espíritu que las guía.
De John Holt, un capellán cuáquero (¡!) interesado por el outsider art y que trabaja en instituciones benéficas de salud mental, y él mismo artista escultor, es un largo ensayo con muchas citas sobre la cuestión. Tras señalar cómo el término outsider art ha ido adquiriendo connotaciones de marginalidad y neoprimitivismo, cede la palabra a muy dispares voces, que van de un Laurent Danchin a un Jerry Saltz. El primero, con mucho acierto, opone el aliento vital, la reconciliación con nuestros poderes y con el mundo, la pureza del outsider art al arte complejo e intelectualizado que ha ido triunfando. El segundo, en un texto este mismo año eyaculado en la red, habla nada menos que de integrar el outsider art en museos, de los que pone como ejemplo el llamado MoMA. Y es aquí donde volvemos a lo de antes y a lo de siempre, cuando mejor fuera que los museos ardieran de una vez –yo lo sentiría por la carcoma, y las bibliotecas por la polilla, las pobres, que además ni hacen ruido.
El trabajo de John Holt reflexiona al final sobre la escalada de la medicación brutal en estas últimas décadas, fenómeno que no se daba en los tiempos de Prinzhorn. Ello abre camino a un pequeño dossier sobre arte terapéutico, muy interesante, incluyendo pinturas, fotos y dos “imágenes-fantasmas” hechas en respuesta a los “fantasmas del surrealismo” de Neil Coombs.

J.Welson,G.Simpson y R.Lina,Outside(2012)

En la parte segunda, comenzamos con dos nombres del surrealismo: Rafet Arslan y Shibek. El primero es demasiado “urbano” para mi gusto, sin que acabe de interesarme mucho, aunque a veces se agradezca, el que se mezclen unas cuantas intervenciones lúcidas, lúdicas o poéticas a esa horrorosa lepra de imbecilidades, banalidades y vaciedades que embadurna las paredes, y en la que están condenadas a disolverse. Shibek, sin dejar de recurrir al obsoleto situacionismo (aunque denunciando sus imposturas con el surrealismo), habla de las experiencias urbanísticas de los grupos de Leeds, Madrid, Londres, París, Chicago, etc., algunas, sin duda, muy atractivas.
Destaquemos, por último, en esta parte segunda, el cómic en 16 viñetas a toda página de Michel Paysden “The Outsider” y el fascinante “caso” de Ida Lane, malaya nacida en 1935 y que, por cierto, escapó de chiripa en Inglaterra a la lobotomía, porque a fines de los años 50 estaba ya pasándose de moda –recordemos que a un horroroso médico salazarista, Egas Moniz, le dieron el premio Nobel por tan siniestro logro científico (curiosamente, el otro Nobel portugués, José Saramago, sería otro notable y muy habilidoso lobotomizador).
En conjunto, otro gran número de Patricide, sobre una cuestión de la máxima relevancia para el surrealismo.

Breves

A las exposiciones otoñales que anunciábamos hace siete días (la del museo Tyssen sobre “El surrealismo y el sueño” y la de Cornell en el de Bellas Artes de Lyon) sumamos hoy otras más, presentes y futuras.
El 30 de octubre, en el Centro Comercial Pompidou, se abre la de “El surrealismo y el objeto”, que dará un Diccionario del objeto surrealista y un álbum concebido por Emmanuel Guigon.
Y ahora, tres figuras femeninas en destaque. Aube Elléouët expone collage en Tréguier hasta el 17 de agosto, mientras que en Vallauris podrán verse las preciosidades de Baya, hasta el 18 de noviembre. Por último, en el Museo de Arte Moderno de São Paulo, transcurre una gran exposición de esculturas de Maria Martins, de la que nos dice un amigo: “Una exposición vacía en todo su sentido, cuando estamos ante una persona como Maria Martins, que para los críticos era tan solo una mujer rica, casada con un diplomático y amante de Duchamp y Mussolini. Cada día que pasa, tengo menos y menos ganas de ver exposiciones”.
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En dos volúmenes se ha publicado la obra Les dictionnaires surréalistes. Lamento no reseñar esta obra, ya que vale la friolera de 150 euros, y tendría que verla antes que desembolsar esa cantidad con sus gastos de correo. El período tratado va de 1924 a 1976.
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Acabamos de cambiar la página de adiciones y correcciones a Caleidoscopio surrealista, separando las correcciones de las adiciones. Entre estas, añadimos un error sobre Joë Bousquet, detectado en la página 72.
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Todos los cuadernos de prosas y poemas que fui publicando en las Ediciones Insoladas acaba de recogerlos La Página en el libro Mares y fábulas, con dos textos de Toni Malagrida, escritos en los tiempos en que formaba parte del grupo Salamandra.

lunes, 22 de julio de 2013

Guy Girard: nueva comunicación sobre el sueño


Esta es, en menos de un año, la octava edición de Guy Girard en Saint-Ouen, y la tercera sobre la temática del sueño. Se titula Éléments pour une esthétique onirique, y sucede al Abrégé d’histoire universelle vu en rêve y al Manuel de zoologie onirique. Lleva un nuevo frontispicio de Pierre-André Sauvageot e incluye dos dibujos suyos y un prefacio o “despertador”.
Guy Girard reúne en estas páginas una serie de sueños, que ha originado su vieja pasión por la pintura en tanto modo de creación de sueños despiertos, o sea nada de reproducir sueños, como decía Dalí, aunque estos le interesen por igual y lo que encontremos aquí sean encuentros oníricos con pintores y obras y, en una segunda parte, sobre todo, sueños en los que él mismo pinta.
Los más llamativos de estos encuentros son para mí los de William Blake, El Bosco, Honoré Daumier, Kim Kyung-Ran, Benjamin Péret y Vincent Bounoure. De Blake encuentra el soñador un autorretrato “interior”. Del Bosco, un libro de acuarelas con extraños objetos. De Daumier unos dibujos que anticipan el arte del cómic. Kim Kyung-Ran es una artista coreana que le ofrece un papel secundario en una película, además de regalarle una silla de la que brota un gran pájaro que bate sus alas, a la que Guy Girard le hace un dibujo incluido en los Éléments. De Benjamin Péret ve una serie de fotos bizarras que ilustran el tomo sobre arte de sus obras completas. A Bounoure se lo encuentra en persona, revelándole que acaba de empezar a pintar y llevándolo a su estudio para mostrarle sus primeros lienzos.
Los otros protagonistas de estos sueños son Marcel Duchamp, Marc Chagall, Max Ernst, Wassili Kandinsky, Alberto Durero, Mark Rothko, Wifredo Lam, Vincent Van Gogh, Picasso, Masson, Matta y Stani Nitowski.
Entre los sueños de la segunda parte, el más interesante es el titulado “Chronos”. En un castillo desierto situado en medio de las montañas, descubre los cuadros en movimiento de un alquimista, uno de ellos con un hombre-reloj de cabezón ovoide. Otros nos muestran al pintor-soñador pintando un hombre-coral y una ola gigante.
Como siempre, estos breves textos de Guy Girard poseen la misma frescura y la misma gracia de sus pinturas.

"Infosurr" acelera

La publicación simultánea de los números 101 y 102 deja ya Infosurr a solo un año del presente. Cada número, en 16 páginas, tiene ahora frecuencia trimestral.
Tras la desaparición de Édouard Jaguer, el problema del boletín era abarcar las numerosas ramificaciones internacionales del surrealismo por las que él se movía con toda seguridad y casi exhaustividad. Estos dos números muestran a Laurens Vancrevel como el nombre clave en esa difícil sucesión, aunque ella no pueda ser sino colectiva. Aparte ocuparse de Caleidoscopio surrealista, lo hace de las ediciones Sonámbula, Will Alexander, Jacques Abeille, Jan G. Elburg, João Rasteiro, una exposición sobre dadá y surrealismo en Rumanía y Simon Vinkenoog.
Téngase en cuenta que estos números ya coinciden con la existencia de “Surrealismo internacional”, por lo que algunos de los tema tratados ya lo fueron aquí mismo. Así, por ejemplo, las cuatro ediciones Sonámbula, por Bernar Sancha, Fernando Palenzuela, Susana Wald y Raúl Henao, o los libros de Will Alexander. De este traza una magnífica semblanza, como del Jacques Abeille narrador.
Al igual que Édouard Jaguer, tampoco deja pasar Laurens Vancrevel algunas imposturas, como la tesis doctoral leída en Utrecht contra Simon Vinkenoog, “un rebelde durante toda su vida” pero que se ve convertido aquí nada menos que en “modelo de manager en las organizaciones contemporáneas” (¡!). El nuevo doctor del cacao universitario “pretende dar un gran paso adelante al recomendarle a los jefes de organización imitar las maneras y las expresiones de los surrealistas, con el fin de triunfar en el mercado capitalista. Se trata de una ofensa infame a los principios del surrealismo y también a la memoria de Simon Vinkenoog”. En el tinglado universitario, cosas veredes.
Con respecto a la exposición citada, que tuvo lugar en 2011, de título “Las vanguardias artísticas judías de Rumanía”, Laurens Vancrevel cuestiona, con razón, la propia idea de la exposición, lo “delicado (o erróneo) de clasificar el arte moderno según las nacionalidades de los artistas, lo que es más cierto aún para movimientos internacionales como el dadaísmo y el surrealismo. Y aún más arriesgado es clasificarlo según las religiones o los orígenes étnicos”. Por otra parte, “muchas obras de estos artistas se encuentran hoy en museos de la cultura judía, cuando ellos no tuvieron nada que ver con el judaísmo”. Esta exposición dio un copioso catálogo, en el que Vancrevel destaca los textos de Radu Stern.
A la reseña que en el n. 100 hizo Laurens Vancrevel de Invisible Heads responde ahora Guy Ducornet, rechazando en particular al uso del término “disidentes” para referirse a quienes se distanciaron de Franklin Rosemont. Es un asunto del que ya he hablado aquí mismo, no queriendo por mi parte tomar posición con uno u otro bando, ya que no se trata de eso. En lo que sí coincidimos todos es en el rechazo terminante de lo acontecido a fines de los años 60, cuando se intentó, como dice Ducornet, “hacer del surrealismo histórico un cadáver que los «especialistas» patentados preferían ver enfriarse sobre sus mesas de disección universitarias”, y digo esto porque en otras páginas de estos dos últimos números aún nos topamos, dentro de la reseña de las cursilerías de un ex surrealista, con la vieja melopea del “fin del movimiento en 1969”, lo que me hace preguntarme en qué cuento de hadas vive esta gente.
En los enfoques amplios, nos falta anotar el de Stanislas Rodanski, por Hervé Girardin en el n. 101 y por Dominique Rabourdin en el 102, motivados por la aparición el año pasado del volumen colectivo Stanislas Rodanski. Éclats d’une vie. Las dos espléndidas páginas de Rabourdin se suman a otras muchas suyas, siempre en una posición lúcida y valiente, por lo que mucho agradaría verlas algún día reunidas.
El capítulo necrológico incluye notas de Ben Durand sobre Joseph Noiret, Richard Walter sobre Michael Bullock (más bien un pequeño homenaje, ya que esta figura tan interesante del surrealismo canadiense falleció en 2008) y Guy Girard sobre Jean-Pierre Guillon. Guy Girard anota poemarios de Hervé Delabarre (Le plumier de la nuit) y Raúl Henao (de nuevo los bellos Poèmes  de l’amour-rose), Laurens Vancrevel de João Rasteiro (Tríptico da súplica y Elegia de Afonso) y Bastiaan Van der Velden de Eugène Brands (Las constelaciones en la arena y La fiesta de la defunción, ambos en las ediciones de Brumes Blondes).
Una página de sitios en la red ha hecho Guy Roche, siendo la más interesante la del blog de Ghérasim Luca.

lunes, 15 de julio de 2013

Javier Gálvez

En las ediciones Ardemar, acaba de publicarse Elíptica, de Javier Gálvez. Se trata de un tríptico poético, en hoja desplegable, con una fotografía y sendos textos eróticos, en prosa y verso. Javier Gálvez habla aquí de “las formas del amor” y “las formas del deseo”, pero, por supuesto, no como sesudo pensador, sino como poeta erótico: “las formas del placer / son tus playas de cera / en tus ojos magullados / por la impaciencia”. Y como el tiempo del amor y del placer es otro, nada extraña que en la justificación de Elíptica se inscriba la vieja orden surrealista: “¡Abajo el trabajo!”
Javier Gálvez es una de las cuatro estrellas fijas del planeta surrealista Salamandra, junto a Eugenio Castro, Lurdes Martínez –a quien se dedica Elíptica y José Manuel Rojo, aunque otros nombres, algunos de ellos muy valiosos, han ido pasando por este grupo, o se han incorporado a él en los últimos tiempos.
Su primera colaboración fue hace exactamente 20 años, dentro del número 6 de Salamandra, con dos poemas que ya lo situaban bajo el signo de eros. No solo eso, sino que esta “entrada en fuego” iba acompañada, en la sección emblemática de la revista, “Más realidad”, iniciada en su número 5, de un relato de paseos por el Parque del Retiro, con la primera referencia suya a los sexos arbóreos, que generarán múltiples fotografías, y el descubrimiento de Maldoror metamorfoseándose en cisne negro, cerca del cual, además, se erguía el Ángel Caído. Inauguraba así Javier Gálvez una pequeña pero muy sustanciosa galería de escritos ilustrados con fotografías propias: el de las frases pintadas en las paredes (número 10 de Salamandra); el de los letreros de comercios ya cerrados y que perdían letras de sus nombres (“El lenguaje velado”, número 15/16, luego recogido en la publicación colectiva del grupo, Situación de la poesía (por otros medios) a la luz del surrealismo, 2007) y el de los números enigmáticos que el caminante surrealista, siempre a la espera de que irrumpa lo maravilloso o inquietante, se va encontrando durante sus deambulaciones (“Desusos”, número 17/18).
Más fotos y poemas, en estas direcciones, tan fecundas para el surrealismo, del erotismo y el azar objetivo, hay en los números 7, 8/9, 10, 15/16 y 18/19 de Salamandra. En el 10, Javier Gálvez procedía a la traducción del texto clave de Milan Napravnik sobre los “inversages”, que él mismo cultivó por aquel entonces con resultados felices.
Estas comunicaciones, fotografías y poemas bien merecieran reunirse en un volumen autónomo, aunque Javier Gálvez siempre haya tenido predilección por las pequeñas ediciones. Él mismo ha sido y es editor, con cuadernos dedicados a Sergio Lima, Alain Joubert o Eugenio Castro, y hasta documentos del surrealismo como “Hungría sol naciente”.


En 1995, publicó en las Ediciones Surrealistas Poema –último neumático–, trece versos acompañados de una poderosa foto en la portada. Al año siguiente, en las Ediciones Surrealistas de La Torre Magnética (nombre precisamente de una vieja tienda madrileña) aparece, con un dibujo de Lurdes Martínez, Afterglow of your love, poema dedicado “a Hortensia, que me amará dentro de cien años”, este nombre femenino resultándole muy familiar a los lectores de las Iluminaciones. De 2003 es Mi distinguida melancolía urinaria, en La Bella Cristalera, y con una ilustración de Sergio Lima en la portada. Estas dos últimas ediciones solo constaban de 15 ejemplares, pero El camino de lo confesable, de 2008, resultó aún más selecto: 10 ejemplares, de nuevo en La Bella Cristalera, con una foto erótica y una hoja desplegable como Elíptica, aunque en cuatro fases. Ya en 2009, La Bella Cristalera edita Praga –ciudad de la que el poeta-fotógrafo es asiduo–, que conocíamos por el número último de Salamandra; sus 17 ejemplares llevaban adherida a la cubierta una “flor de la sabiduría”, de la que en el mío restan algunas hojas.


Si el erotismo y un cierto humor irónico muy peculiar caracterizan la poesía de Javier Gálvez, en la fotografía se inscribe de lleno en el bello paradigma de Atget, Styrsky, Medkova y Brassaï, por citar solo cuatro nombres relevantes del surrealismo. En este terreno, hay que indicar dos publicaciones importantes. En 1997 aparecía en La Torre Magnética Indicios del bosque, con 20 fotografías de la serie abierta cuatro años antes y un fino prólogo de Eugenio Castro, quien escribía: “A diferencia de una mirada impresionista, que atiende a la superficie más o menos alterada o distorsionada de la realidad, más o menos descompuesta en sus accidentes externos, las fotografías de Javier Gálvez son la cristalización de una mirada que tiene vocación de aclarar la corteza terrestre, penetrar la materia opaca que impide una visión más profunda de lo que recubre, y, tras esta operación, descubrir la existencia de una realidad más cierta: la que late en el confín de lo sensible, en correspondencia con la que palpita en el confín del espíritu”. En 2011 es la vez de La ciudad alucinada, hecha al alimón con el propio Castro, y con fotos y textos tanto de uno como de otro. Edita de nuevo La Bella Cristalera, pero los ejemplares son ahora cien, para una publicación de admirable comunicación imagen-texto, en la que, como de costumbre tanto en Javier Gálvez como en Eugenio Castro, la poesía ostenta toda su fuerza de subversión.


En el reciente número de A Phala, una serie de fotos de Javier Gálvez vienen lujosamente presentadas, con el título de “Árboles vestigios sexuales”, entre ellas las de una silueta femenina inscrita en un tronco, que a mí me producen la misma impresión que, en una pared de casa aristocrática de Lisboa, me produjo hace muchos años la de otra silueta femenina creada por el desconchado de la cal, y en la que vi irrumpir a la auténtica Gradiva. Estas fotos iban en la cubierta del catálogo de la exposición que hizo el grupo en 1994, “Ensanchamiento del mundo”.
“Yo digo que la arbitrariedad disuelve en ácido la uniformidad del mundo y la transmuta en un infinito delirio de formas y sensaciones, que solo aquellos hombres cuyo Deseo no haya sido ferozmente atrofiado tienen la capacidad de descubrir, pues el Deseo es creador, no ya solo de sueños gaseosos sino también de realidades concretas”. (Javier Gálvez, 1993).

Breves


Nuevo libro del poeta anarquista holandés Jan Bervoets: Consumer Directive, con cubierta e ilustraciones de Rik Lina e introducción de Laurens Vancrevel.
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Targets es una nueva colaboración entre Allan Graubard (textos) y David Coulter (collages). Publicada en Anon Edition, puede obtenerse a través de lulu.
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Ab irato edita de Alain Joubert Le passé du futur est toujours présent (“1978, faits et gestes de 48 jours oubliés”).
“La colección Abiratures está dedicada a la aproximación poética, ese corto momento de elaboración que se concretiza en la poesía, cualquiera que sea la forma (sueño, texto, juego, dibujo, diálogo, etc.) que esta adopte para expresarse. Esperamos con ello contribuir a que la poesía sea captada en su esencia, pues sin ella la transformación del mundo, más que nunca necesaria, no será sino un preludio para la desecación de lo viviente (y recíprocamente).”
Ab irato ha publicado ya interesantes libros de Georges-Henri Morin, Guy Cabanel, Nicole Espagnol, António José Forte, etc.
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En el MuZEE de Ostende se celebra desde el 6 de julio, y hasta el 17 de noviembre, la exposición “L’alphabet d’étoiles de E. L. T. Mesens”.
A partir del 21 de septiembre habrá otra, dedicada a Hugo Claus.
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Exposiciones otoñales: en el museo Tyssen de Madrid, “El surrealismo y el sueño”, y en el de Bellas Artes de Lyon, Joseph Cornell.

lunes, 8 de julio de 2013

Ronnie Burk


En el último Infosurr, Laurens Vancrevel reseñaba un libro que apareció entre la edición de Caleidoscopio surrealistay el inicio de “Surrealismo internacional”: Sky*Boat, de Ronnie Burk. Gracias a este libro, organizado por el propio poeta, pasamos a disponer de una adecuada visión de conjunto de una figura hasta ahora elusiva, ya que sus textos se encontraban dispersos en muchas revistas. Como yo conocía solo algunos poemas y collages suyos, y me gustaron bastante, me limité a decir en el Caleidoscopio, a la hora de citar los colaboradores surrealistas del detonante volumen Race traitor, que Ronnie Burk era un “muy interesante poeta y collagista”. Hoy le hubiera sin duda dedicado una entrada a este surrealista de origen chicano, nacido en 1955 y muerto en 2003, personalidad muy creativa, y también activista político –evidentemente, antisistema.
Sky*Boat se compone de 88 textos y 14 collages. No viene el collage que reproduce Ron Sakolsky en Surrealist subversions, y cuyo título, Man-of-war, se corresponde con uno de los poemas aquí presentes:


Abre el fuego una celebración de Sun Ra, prodigiosa figura con la cual, por cierto, como vimos hace poco, cerraba Marcus Salgado A vida vertiginosa dos signos, en tanto “filósofo rey de la afrociberdelia” y restaurador del “linaje egipcio”. El interplanetario Sun Ra nos lleva también a la poesía de Will Alexander, a quien precisamente Ronnie Burk dedica el poema que da título a nuestro libro. Junto a Will Alexander, y también a Laurence Weisberg, hay que situar los tres nombres a quienes dedica Ronnie Burk Sky*Boat: Diane di Prima (su iniciadora en la poesía surrealista), Charles Henri Ford (el redactor-jefe de la legendaria revista View) y Philip Lamantia (tan decisivo para él como para Will Alexander).


Encontramos aquí el poema “Yves Tanguy” y el poema “Unica Zürn”, y otros nombres de prestigio que se nos van apareciendo son Pancho Villa, Joseph Cornell, Billie Holiday, Mme. Blavatsky, el doctor Caligari, Bela Lugosi, Sitting Bull, Crazy Horse y Gerónimo. Hay también un poema titulado “L’Archibras” y un “proverbio surrealista”, con el que despedimos esta escueta nota de incitación a la lectura de nuestro amigo Ronnie Burk:
“Sweep the laundry, fold the floor, cook the window, bake the door”.