miércoles, 9 de enero de 2013

Crisis de la exterioridad

Se ha publicado hace algunos meses la versión española del volumen que, en 2008, apareció en Berkeley con el título de The Exteriority Crisis: from the city limits and beyond (Oyster Moon Press). 
Crisis de la exterioridad. Crítica del encierro industrial y elogio de las afueras reúne una serie de ensayos articulados, como leemos en la solapa del libro, sobre dos ejes fundamentales: “un ejercicio de desbroce y análisis de lo que hemos denominado crisis de la exterioridad, y una experimentación de la potencialidad de la exterioridad para el reencantamiento del mundo”. Editan Enclave de Libros y el grupo surrealista de Madrid, a cuyos componentes pertenece la mayoría de los textos incluidos. Cinco de esos textos ya son conocidos por su aparición en Salamandra
Este conjunto de estudios demuestra, en efecto, que, “a pesar del asedio al que se ve sometida la exterioridad por la tecnologización paroxística de la sociedad industrial, reside en ella una de las mayores promesas de renovación sensible del hombre, y también una de sus más importantes reservas poéticas”. Algunas reflexiones teóricas, y sobre todo las experiencias en diferentes lugares de la exterioridad, muy vitales, y bien ilustradas fotográficamente, dan al volumen un carácter compacto. En especial destacamos los trabajos de Mattias Forshage, Bruno Jacobs, Guy Girard, Eric Bragg, Manuel Crespo, Noé Ortega, Lurdes Martínez y Eugenio Castro. De Eric Bragg hay que señalar que, en el n. 19-20 de Salamandra, se publicó un ensayo magnífico, titulado “La experiencia de la exterioridad en el mar de Salton”, que muy bien pudiera haber ido aquí. 
“La cuestión es, desde luego, preferir la parte maldita antes de que todo ello quede encerrado al servicio de la utilidad económica o ideológica. El valor en sí mismo. Y al mismo tiempo, las cualidades pintorescas de esos no lugares son, a menudo, sorprendentes. Pero dentro del marco de nuestro proyecto dedicado a los lugares sin valor, intentamos ir más lejos, y a través de un estudio más sistemático conseguir revelar los focos de resistencia donde uno menos los espera”. (Mattias Forshage)

miércoles, 26 de diciembre de 2012

De 2012 a 2013


Pnina Granirer, Sin título, 2012.

Este año, la felicitación de buena travesía de año y un año próximo a la altura de nuestros deseos nos llega de Canadá, con esta imagen de Pnina Granirer.
Desde octubre de 2011 no hemos faltado a la cita semanal que da cuenta de una cierta actualidad del surrealismo, pero el próximo miércoles, por razones técnicas, nos será imposible hacerlo. Volveremos, con los bríos de siempre, el próximo 9 de enero de 2013.

Calvet, Cesariny, Lemos, Vespeira

El fin de año trae una avalancha de publicaciones de la infatigable Fundação Cupertino de Miranda, en Famalicão.

Carlos Calvet, Horizontes inmemoriales, 1999

Tenemos para empezar el catálogo de Carlos Calvet, que pasa a ser el más amplio y notable de los dedicados a este gran pintor, aparte el titulado Carlos Calvet. 60 anos de pintura. Lo publica el Centro de Estudos do Surrealismo, su título es Explorador de horizonte. Carlos Calvet y acompaña una exposición comisariada por António Gonçalves y Perfecto E. Cuadrado. Consta de 140 páginas, con la reproducción a todo color de 112 obras, las cuales dan una buena visión de su trayectoria, ya que van de 1944 a 2012.
En las primeras páginas hay textos, diferentemente datados, de António Gonçalves, Maria João Fernandes (quien se equivoca doblemente al afirmar que el nerorrealismo era un movimiento “de cariz político y revolucionario”, mientras que el surrealismo era “igualmente revolucionario pero en el plano estético”), José Augusto de França, Lima de Freitas, Rui Mário Gonçalves y el propio Carlos Calvet. Los de este son de 1984, 1996, 2005 y 2008, y del tercero entresaco estas palabras: “Hay para mí, en la realización de una pintura, algo comparable a un viaje, un trayecto sui generis que solo voy descubriendo a medida que penetro en él, teniendo como orientación apenas una idea-imagen. Y a lo largo de ese viaje, hay también una batalla que trabar”. Esa batalla es en el fondo, para el pintor, “la búsqueda de una verdad interior, prueba de libertad y de una cierta plenitud”.
He admirado desde hace muchos años la obra de Carlos Calvet. En 1997, residiendo en Oporto, tuve la fortuna de coincidir con una inolvidable exposición suya en la galería Presença, situada frente a los raíles por los que subía y bajaba –ya no– el tranvía de la Boavista. Me impactó tanto aquel puñado de misteriosos y poéticos acrílicos que salí anonadado a respirar los aires de las orillas oceánicas, especialmente violentas, que del Castelo do Queijo llevan a la desembocadura del Duero. Luego hice una reseña para la prensa de Tenerife, hurtándome alguien del periódico el catálogo, que nunca más vi. Pero recuerdo muy bien aquellos cuadros, y por suerte anoté algunos de sus títulos: “Las torres sibilinas”, “Fuerza indomable, noche serena”, “El pescador poeta”, “La fuerza del destino”, “Recuerdo del navío incendiado”, “En el retorno de la noche”... Un año antes, en la galería lisboeta de S. Mamede, Carlos Calvet exponía “El viajero en busca de su viaje”, “El farero filósofo”, “Por entre fraguas”... Y otros títulos que conozco de este ilustrador de la Historia trágico-marítima son “Es día claro en el oscuro océano” y “¡Ah, todo el muelle es una saudade de piedra” (conocida frase de la “Oda marítima” de Fernando Pessoa).
Dan estos títulos una sugerencia de la atmósfera característica de las pinturas visionarias de Carlos Calvet, para quien el propio cuadro es una “nave simbólica”. Pero este catálogo, además, evidencia que esa línea visionaria arranca ya de sus primeros años, como puede apreciarse con “Fin de verano” y “El hombre-barco”, ambos de 1949, y con “La adormecida”, de 1950. Desde fines de los años 40 se interesaba Carlos Calvet por el surrealismo, participando incluso en la exposición “Os surrealistas”, de 1949, y en cadáveres exquisitos de los que se reproducen aquí dos, con Mário Henrique Leiria. En conexión con todas estas obras encontramos en el catálogo actual piezas tan extraordinarias como “El palacio arrogante” (1961), los dos guaches sin nombre de 1976 y 1977, “Horizontes inmemoriales” (1999) y “La nave petrificada” (2009).
Este catálogo reproduce un encantador homenaje a los dibujos del gran Winsor McKay: “Little Nightmare in Nemoland”, de 1971, y al final hay una serie de cinco guaches y técnica mixta sobre papel, no titulados y de rugoso colorido, que muestran cómo, contrariando sus 84 años, Carlos Calvet aún abre caminos de la inspiración.
En la bibliografía, se incluyen sus “Apuntes sobre geometría sagrada”, publicados a lo largo de cinco números de Colóquio-Artes, lo que nos recuerda la dimensión teórica de este lúcido arquitecto que sumó en muchos de sus cuadros dicha geometría mágica al misterio chiriquiano y a la faceta colorista del pop.

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De Mário Cesariny publica la colección Documenta Mário Cesariny. Cartas para a Casa de Pascoaes, y el Centro de Estudos do Surrealismo Les hommages excessives.
Sabido es el fervor de Cesariny por Teixeira de Pascoaes, un gran poeta sin duda, aunque no tiene sentido oponerlo a Fernando Pessoa. Cesariny visitó numerosas veces la casa de Pascoaes junto al bucólico río Tâmega, cerca de la cual pasaba la ya desactivada línea de un precioso tren de vía estrecha, casi de juguete, que yo tomé en pletóricos tiempos tantas veces. Las relaciones de Cesariny con la obra de Pascoaes comenzaron en los años 60, y tanto se empapó de él que al final de su vida hasta se le parecía. En 2002, Assírio & Alvim dio a la luz la antología Poesia de Teixeira de Pascoaes, realizada por Cesariny.
Las cartas a João y Maria Amélia Vasconcelos, en su mayoría breves, son en total 53, y como suele ocurrir el interés oscila de lo mucho a lo lamentable (como cuando le pide a su anfitrión le busque otro cuarto a Cruzeiro Seixas porque ronca mucho, o cuando nos informa de los dolores que le produce un colmillo). Pero ocurre que este volumen de 304 páginas se enriquece enormemente gracias al prólogo y las notas y comentarios de António Cândido Franco, quien ha hecho un trabajo concienzudo, plenamente documentado y certero, en que nos brinda una cantidad de informaciones enorme sobre muchos de los protagonistas de la aventura surrealista portuguesa y también sobre personajes de lo más vario que se han cruzado con ellos, añadiendo además buenos anexos biográfico-bibliográficos. Recordemos que en 2010 había este estudioso de Pascoaes publicado Teixeira de Pascoaes nas palavras do surrealismo em português, donde mostraba ser tan buen conocedor del surrealismo lusitano como del vidente del Marão, esto último ya sabido por sus ediciones en Assírio & Alvim.
En cuanto a Les hommages excessives (Caderno 11 del Centro), reproduce el facsímil de la fotocopia del cuaderno original, compuesto de 11 homenajes, casi todos ilustrados y algunos ya conocidos por su publicación en Primavera autónoma das estradas. Las fechas de escritura son dispares, y los homenajeados André Breton, Victor Brauner, Alexandre O’Neill, Fernando Azevedo, António Pedro, Marcelino Vespeira, João Moniz Pereira, el propio Cesariny, Alfred Jarry, António Domingues y António Dacosta –los dos últimos en homenajes no “a” sino “con”.

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También en la colección Documenta, se reproduce el facsímil de una obra inédita de Fernando Lemos y Marcelino Vespeira: Adélia e Kovaco, datada en 1950. Se trata de una pieza teatral escrita al alimón, por textos automáticos separados, en un café de Lisboa, ocupándose Lemos del personaje de de Kovaco, “un cura seco asexuado y perseguido”, y Vespeira del de Adélia, “una hembra erótica, destemplada”. En la breve nota al texto, Fernando Lemos se refiere a estas “escenas marítimas, aire libre entre lo asustador y lo absurdo”.
No fue esta la única colaboración de ambas figuras del surrealismo portugués, ya que, tras haber viajado en 1949 a la Isla Berlenga, uno de los espacios más arrebatadores de Portugal, en 1951 compusieron el argumento de la película Rosa de areia, que la Fundação dio a conocer en 2010 (Caderno 8 del Centro). Al año siguiente expusieron junto a Fernando de Azevedo, en una muestra que creó un revuelo lamentable, o no se estuviera en plena cadaverina salazarista. Lemos decidiría en ese momento exiliarse al Brasil.
Adélia y Kovaco acompaña cada una de sus 10 páginas de dibujos alusivos hechos por Vespeira, como el que aquí vemos.

Collages de Svankmajer


La galería parisina Les Yeux Fertiles ha publicado un pequeño catálogo de 33 collages de Jan Svankmajer, realizados con el material de que se valió el surrealista checo para su película Sobrevivir a la vida (2010).

L’impromptu, n. 8

De nuevo nos actualizamos con el boletín “metamorfo” y “antiteísta” del umbo, cuyo título aparece esta vez despojado de sus tres vocales.
En su lista de novedades, destacamos dos publicaciones de Guy Cabanel: Chants d’autres mémoires, con dibujos de Lucques Trigaut, y Le revenant, a partir de dibujos de Michèle Grosjean. Guy Cabanel está además aquí muy presente, ya que traduce un poema de la poetisa antigua Li Ts’ing Tchao y a sus propias Fêtes sévères dedica unos versos Christine Delcourt. Este nuevo L’mprmpt se caracteriza por su toque oriental, ya que hay además una prosa de Sei Shōganon y un poema de Han Shan.
En la serie Passage du Sud-Ouest, la colección del umbo acaba precisamente de publicar, de Guy Cabanel, Cent haïkus –y de Ana Tot L’amer intérieur, cuadernos que esperamos reseñar el próximo mes.
Otra rareza poética de que se da noticia es la Ode à une théière apocalyptique de Guy Girard, quien continúa así con sus pequeñas autoediciones, algunas de ellas ya comentadas en nuestras páginas.
Una brisa de océano portugués hay también en este número, con dos dibujos de Rik Lina y la caja de Miguel de Carvalho en homenaje a Mariana Alcoforado, la monja portuguesa amada de los surrealistas. Destaquemos también la pintura de Mireille Cangardel El espíritu del chamán, las fotos del estudio de esta artista por Clémence Cabanel y dos documentos, plástico y escrito, de la vieja demencia cristiana. Hay, en fin, textos de Jean-François Rousseau, Matthieu Messagier, Alfonso Jiménez y Olivier Hervy.
De Anne-Marie Beeckman se nos establece una útil bibliografía (1989-2010), con algunas de sus numerosas plaquettes ilustradas por Jean-Pierre Paraggio y por Marie-Laure Missir.
“La sombra eclipsa al sol varias veces cada mil años, y lo hace desaparecer algunos minutos. Pequeño orgullo, pero perfectamente legítimo: todopoderoso como es, el sol nunca ha logrado hacer desaparecer a la sombra.” (Stéphane Maignan).

Le Bathyscaphe, n. 8


Aquí tenemos otra revista que escapa a la paráfrasis consensual, al hueco garrapateo universal. En su primer número, aparecido hace cinco años, expresaba así de rotundamente su propósito: “Un gran NO nos motiva, el NO al aire ambiente”, Y puede afirmarse, tras 8 irrupciones, que permanece fiel a esa actitud.

La palabra batíscafo se compone de “profundo” y “barco”, y es así definida en el diccionario: “Especie de embarcación sumergible preparada para resistir grandes presiones y destinada a explorar las profundidades del mar”. Le Bathyscaphe, revista canadiense de verdadera crítica social y cultural, que “aparece cuando llueve”, muestra ser tan resistente como exploradora. No se trata de una revista surrealista, pero el surrealismo está presente en ella y su lectura es gratificante para quien ame el surrealismo.
En este número encontramos textos sobre el Padre Ubú en Quebec (Antoine Peuchmaurd), sobre la destrucción del viejo Montreal (Maxime Catellier), sobre el apoyo activo de Batman al movimiento Occupy Wall Street (Mark Read), sobre el discreto encanto de Albuquerque (Bérengère Cournut), sobre “las aventuras del sujeto” por el mar de Irlanda (cuarta entrega de Jean-Yves Bériou), sobre un juego de libros (Thierry Horguelin), sobre cine (Julien Lefort-Favreau), etc.
Desde el punto de vista específicamente surrealista, hay dos textos claves en este número: la bella y muy rica evocación que Joël Gayraud hace de Jean-Pierre Le Goff (“En el Hotel del Rayo Verde, calle del Tiempo Perdido”) y el “retrato cruzado” de Benjamin Péret por Barthélémy Schwartz, primera parte de su ensayo “Benjamin Péret, el surrealista de las bellas corbatas”, digno sin duda de ser incorporado a un futuro número de los Cahiers.
A Barthélémy Schwartz debemos, en cinco capítulos, el interesantísimo “ABC de arte de economía mixta”, que en la última entrega dedicó al surrealismo y a dicho arte en la posguerra. “Yo llamo arte de economía mixta lo que se llama comúnmente el arte contemporáneo. ¿Por qué? Porque ese arte es justamente contemporáneo de la sociedad de economía mixta que se ha impuesto después de la guerra, producto híbrido del mercado privado y del Estado”. Arte, por supuesto, realista, de integración, deseoso de reconocimiento social, que pasaba de la vieja subversión a la subvención. En el capítulo cuarto, Barthélémy Schwartz se ocupa también del surrealismo, muy agudamente señalando su parte de utopía bien superior a la del situacionismo, cuyos “proyectos de situaciones construidas” encuentran hoy en día “ecos positivos en el mercado del arte de la economía mixta y de la cultura en general”, por no hablar de su urbanismo unitario, “concebido a partir de una concepción vanguardista”.
Este es un ensayo de extrema importancia, y cercano al cual se encuentra el Boletín depresionista que hoy aquí reproducimos. Este boletín se incluyó en el n. 4 de Le Bathyscaphe, motivado por la exposición “Herencia del surrealismo” celebrada en una cosa del Quebec llamada “El mercado de la poesía” (¡!), que subvencionan un banco, el líder de un partido político y varios consejos de arte. La Conspiración Depresionista distribuyó este magnífico panfleto en el tal mercado, y nosotros lo aireamos aquí, porque afronta cuestiones que siempre es necesario airear, y porque no tiene fecha de caducidad, siendo aplicable a otras muchas imposturas incesantes.
En números anteriores de Le Bathyscaphe hay escritos especialmente interesantes para los lectores de “Surrealismo internacional”. Así, todos los de Joël Gayraud, como “El centauro de Santorín”, historia de un heroico mulero de esa isla griega bubonizada por el turismo (n. 2), o la reseña del muy bello libro de Bruno Montpied Éloge des jardins anarchiques (n. 7). Las páginas dedicadas a Allan Glass (n. 5) y a Jean Benoît (n. 7, “Ultimo encuentro con Jean Benoît”, por Maxime Catellier). Y otra reseña, esta vez por Antoine Peuchmaurd, y ahora sobre el libro del Nezval de los buenos tiempos surrealistas, Valerie o la semana de las maravillas, que Robert Laffont reeditó en 2006.
Pero toda la revista merece atención, porque en ella no vemos concesiones algunas ni las chorradas de costumbre.

Una obra extraordinaria

Tenemos aquí un auténtico acontecimiento editorial: la traducción en Cátedra de la capital obra de Hans Prinzhorn Expresiones de la locura (1923). Son 384 páginas con cerca de 200 ilustraciones, un cuaderno de ellas a todo color.
La portada ha sido muy bien elegida, ya que El pastor milagroso de Neter no solo fue el modelo del Edipo de Max Ernst (1931), sino que aparece reproducido en el Diccionario abreviado del surrealismo (1931), en el primer número de Minotaure (1938) y en “El arte de los locos, la llave de los campos” de André Breton (1948), quien cita allí el pionero libro de Prinzhorn, señalando cómo la confrontación de las obras de Neter, Beil, Sell o Wölfli con las de arte contemporáneo “en muchos aspectos resulta desventajosa para estas”. Recordemos, de paso, que un año antes, en 1922, había aparecido el libro de Walter Morgenthaler sobre Adolf Wölfli.
La lectura de Expresiones de la locura es una experiencia fascinante, con las ilustraciones acompañando siempre muy de cerca los análisis y comentarios muy agudos de Prinzhorn. Consta el libro, además de una excelente introducción de Julia Ramírez, quien nos refiere cómo, en tan solo dos años, y a partir de lo que había en manicomios de todo el mundo, el psiquiatra alemán supo crear el mayor conjunto de “arte alienado” europeo, procediendo a un estudio que derribaba ideas hechas y rompía fronteras. La parte analítica es sin duda lo más interesante, pero también resultan muy atractivas las ideas y teorías de Prinzhorn, como cuando desarrolla el esquema de las seis pulsiones que a su juicio conducen a la creatividad: el deseo expresivo, el instinto de juego, la propensión ornamental, la tendencia al orden, la directriz imitativa y la necesidad de símbolos. La prologuista señala además la formación expresionista del estudioso, quien por ello eligió “enfatizar el carácter irracional del arte del manicomio, centrándose en el concepto de expresión”, lo que implicaba resaltar estereotipos formales como “el horror vacui, la reiteración de elementos, el automatismo y, especialmente, las imágenes múltiples”. Todo ello, obviamente, preparaba para una recepción fértil por parte de los surrealistas.
Así, no extraña que Julia Ramírez titule uno de los capítulos de su prólogo “La lectura surrealista: vanguardia y locura”. En el área germánica, Kubin incluso se relacionó con Prinzhorn, y Paul Klee mostró también su gran interés, pero el nombre decisivo, como transmisor a los jóvenes surrealistas de París, fue Max Ernst, quien ya se había interesado por la cuestión, incluso proyectando un libro, de lo que fue disuadido precisamente por la obra de Prinzhorn. Max Ernst llega a decir que se trata del “libro de imágenes más bello” que existe, hasta más valioso que cualquier cuadro. Y son las imágenes lo que cautivará a sus amigos de París, cuando allí lo lleve él en 1922. Por tanto, el impacto de la obra de Prinzhorn se ejerció a través de sus imágenes, no de un discurso que nadie entendía.

Los pelos se nos ponen de punta –porque a los horrores nunca nos acostumbraremos– con el capítulo que Julia Ramírez dedica al “arte degenerado” del nacional-socialismo. Al menos 19 de los artistas coleccionados por Prinzhorn fueron asesinados (primero por inyección letal y luego en cámaras de gas). ¿Responsable directo? Un culto profesor universitario. Nombre: Carl Schneider, director de la clínica donde había estado Prinzhorn desde 1933, y que guardó los cerebros de sus víctimas para ser estudiados. Este infame asesino se ahorcaría en su celda para no afrontar el juicio a que iba a ser sometido. Entre sus víctimas estaba el cerrajero artístico Pohl, una de las diez figuras estudiadas por Prinzhorn, quien llega a compararlo en sus páginas a Grünewald, a Durero y, por un autorretrato tremendo, a Van Gogh..
Otro capítulo del prólogo está dedicado al “art brut”. Y es que uno de los impactados por las imágenes del libro fue Dubuffet, en 1923. Desde 1944 se dedicaría a estudiar el “arte de los locos”, y el resto es bien conocido.
En la bibliografía hay que destacar Outsider art, de Roger Cardinal (1972), y Surrealism and Madness, catálogo de una exposición celebrada en la Fundación Prinzhorn, Heidelberg (2009).
“El arte de aquellos a quienes hoy se incluye en la categoría de enfermos mentales, constituye una reserva de salud mental”. (André Breton)