miércoles, 4 de julio de 2012

Romanticismo revisitado

Esta obra tiene más de 800 páginas, y es un trabajo colectivo de envergadura. La introducción, muy extensa, se titula “Para una historia global del romanticismo”; en ella, Alain Vaillant  director de la revista Romantisme, discurre sobre el fenómeno romántico de un modo que constantemente plantea cuestiones y levanta objeciones, pero ello no puede sino aguzar la lectura, como ocurre luego con las muchísimas entradas del diccionario.
Con respecto a esas entradas, es evidente que aún se dista mucho de llegar a fijar esa “Historia global”. Así, por ejemplo, en los artículos dedicados al romanticismo español, no hay ni una sola referencia al más singular de los románticos españoles, Antonio Ros de Olano, el autor de los “cuentos estrambóticos” y de El doctor Lañuela, ni tampoco, lo que resulta más estridente, a Bécquer ni a Rosalía, que son la quintaesencia de ese romanticismo. Y es que los criterios cronológicos aplicados a otros romanticismos –incluidos los hispanoamericanos–, se esfuman al tratar el español. También advertimos una cierta rutina en el tratamiento de las figuras románticas francesas: ¿cómo se pueden dedicar cuatro columnas a Lamartine y solo una a Nerval?
En el prólogo, Alain Vaillant difiere un par de veces, aunque sin nombrarlos, del planteamiento sobre el romanticismo hecho por Robert Sayre y Michael Löwy en Révolte et mélancolie. Le romantisme à contre-courant de la modernité (1992), pero por nuestra parte seguimos considerando ese planteamiento el más certero y fecundo entre los formulados hasta ahora.
El propio Alain Vaillant dedica una entrada al Surrealismo, solo que demasiado somera. En Surrealismo Siglo 21 (2006), yo intenté explorar las relaciones –esenciales– entre ambos movimientos, pero muchas cosas he encontrado después que ya obligan a rehacer dicho trabajo (aunque no en su conjunto). Tres años antes, Vincent Gille dirigió un catálogo extraordinario: Trajectoires du rêve. Du romantisme au surréalisme, con textos suyos, de Annie Le Brun, de Étienne- Hubert y de Oliver Schefer, no citado en la extensa bibliografía de este diccionario.
Se trata, en fin, de una obra que todos los interesados en el romanticismo devorarán, pues, salvo las entradas de figuras carentes de todo interés, se deja leer de manera continuada, descubre infinidad de datos y detalles, aborda motivos y temas de lo más diverso y pone sobre el tapete cuestiones a veces del máximo interés.

Náusea social

Aunque no es ni va a ser mi costumbre, voy a permitirme hoy un pequeño desahogo.
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Los que dejan caérseles la baba con las palabras humanismo y Humanidad, los que nos endilgan patrañas como la de que “todos somos poetas” o la de que “todo ser humano porta en sí la centella divina”, los que aún piensan que ese ser abyecto que es el hombre occidental puede hacer una Revolución y hasta dicen que está, como siempre, a la vuelta de la esquina, todos estos, aunque nunca aprenderán, podían del modo más simple haber despertado de su sueño latoso estos días en que la bajeza patriotera y fascista de la sociedad hispánica alcanzó, en cantidades masivas, una de sus máximas simas.
Es vieja intuición mía la de que no debe existir sobre el planeta un país más abominable que España (ni islas peores que las que componen su provincia más al sur), pero los ejemplos del horror que pone en evidencia el fenómeno deportivo y el futbolístico en particular casi no hay país que los haya evidenciado, y especialmente en la “vieja” Europa.
Una sociedad como esta no merece sino nuestras maldiciones.
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Con respecto a  las islas citadas, se da además la cómica circunstancia de que presumen de “autónomas” con respecto a la Madre Patria, y hasta de que alimentan un movimiento independista. En esas islas, España, y otros países europeos, procedieron hace algunos siglos, con las fuerzas aunadas de la cruz y el fusil, al exterminio de toda su población –en efecto, no sobrevivió ni un solo habitante “prehispánico” que hablara su lengua, en lo que fue el verdadero banco de pruebas de la posterior “colonización” de América. Al punto se configuró una sociedad católico-caciquil que desde hace como medio siglo se orientó al servilismo turístico, pero sin nunca abandonar sus señas de identidad (así, por ejemplo, en la clérico-patrimonial ciudad de La Laguna, una de las poblaciones más espantosas del mundo, las principales plazas se llaman del Cristo y del Adelantado, porque la llamada “memoria histórica” es débil y no funciona más allá de los 76 años). Lo que hay hoy es de una estupidez que mete miedo, como demostró sin paliativos el reciente esperpento nacionalista, del que huir fue imposible aunque se refugiara uno en alguna cueva remota, como les fue a los “prehispánicos” escapar a los europeos cuando desembarcaron con su cruz y su fusil. Y es que esta gente, atiborrada de banderas de la Madre Patria, y podrida de su retórica, y por mucho que vaya pertrechada de una infernal maquinaria tecnológica (ululantes automóviles, altavoces vociferantes, telefonía móvil siempre en acción, computadoras vomitadoras de chorradas sin fin en correos y facebooks, pantallas televisivas chicas y gigantes, radiofonía histérica), no difiere en nada esencial de los de la cruz y el fusil.

viernes, 29 de junio de 2012

The Cabo Mondego Section of Portuguese Surrealism: Seixas Peixoto


La filigrana es una de las maravillas populares del norte portugués. Escribe Dina Ferreira:
“La historia comienza en el antiguo Egipto y en la civilización etrusca, que ya gustaba de la joyería y adoraba el Oro. Ponían en los adornos –que eran amuletos– esa simbología mítica que traducía poder, fertilidad, amor, destino. La historia continúa en la Lusitania, a donde llegaron inmunes esos elementos de la Antigüedad, templados por los usos celtíberos. Allí se mezcla con el cristianismo, que no logró hacer desaparecer las marcas paganas de los objetos”.

Sobre la materia hay un libro que es autoridad: Ouro popular português, publicado en 1992 por la librería y editorial de Oporto Lello & Irmão. Está lleno de bellas ilustraciones, como la de este relicario o “memoria” con un pájaro y una estrella. Muchas piezas –siempre portadas por las mujeres– llevan un esmalte azul, y quizás haya sido ello el origen de este “Oro sobre azul”, “ensayo sobre la filigrana portuguesa”, que ha protagonizado la deslumbrante exposición de Seixas Peixoto en la galería Debout sur l’Oeuf, el pasado otoño. Al oro se une el rojo sangre del que tal vez sea, junto al signo salomónico, el motivo capital de la cultura popular portuguesa: el corazón.
13 reproducciones de estas obras –lienzos, pero también objetos circulares– engalanan las 4 páginas del catálogo, que, aparte este texto de Miguel de Carvalho, llevan un poema del mismo dedicado al artista y al grupo surrealista Derrame, y escrito a partir de un verso del poema “Cartero Cheval” de André Breton (“Somos los suspiros de la estatua de cristal que se alza sobre el codo cuando el hombre duerme”). Este poema está firmado el 1 de junio de 2009, por lo que uno de sus versos parece anunciar la orgía áurea de la exposición: “Somos lo improbable y la perla solar”.

Seixas Peixoto, quien cuenta con medio centenar de exposiciones individuales, fundó en 1989 el Centro de Arte de Buarcos y la Galeria de Arte da Má-Língua, y es también fundador del grupo “Pintores sem limites”. Pero lo que nos concierne es su pertenencia a la Cabo Mondego Section of Portuguese Surrealism, esa punta de lanza surrealista en la extrema costa atlántica europea. Recordemos que Buarcos es la población –pescadora– más cercana al Cabo Mondego y a su faro emisor de continuados mensajes poéticos.

The Cabo Mondego Section of Portuguese Surrealism: Pedro Prata

Aunque no participó en la exposición “O reverso do olhar”, Pedro Prata forma parte del colectivo editorial Debout sur l’oeuf y estuvo presente en “Toward the world of the fifth sun”, la magna muestra de surrealismo organizada a principio de este año por el grupo de Chicago en Pensilvania.
Pedro Prata expuso su pintura esta primavera en la galería Debout sur l’Oeuf, con el título de “El guardador de beatas”, jugando el título con el doble sentido que la palabra beata tiene en portugués, ya que significa también colilla de cigarrillo. Ello me recuerda la vez que, en una pensión de Peniche, vi en la ventana de mi cuarto que daba a un patio el aviso “Não atirar beatas pela janela”, o sea “no arrojar colillas por la ventana”, pero que yo leí de entrada como no defenestrar beatas religiosas, lo que parecía, además, no ser una acción inusual. Una de las pinturas expuestas da título a la exposición, y tiene las características de la que aquí comenta Christian Nicaise, con su insólito marco.
El pequeño catálogo, de 4 páginas, cuenta con 10 reproducciones, un poema, titulado “Mensagen ao Pedro Prata”, de João Rasteiro (componente de la Section), otro, titulado “Poema meridional”, de Miguel de Carvalho y los textos que vemos en esta página.

miércoles, 27 de junio de 2012

Encuentros con Granell


Tienen lugar este verano en Santiago de Compostela un conjunto de eventos motivados por el centenario de Eugenio F. Granell. El deslumbrante arte de este entrañable surrealista podrá en gloria apagar algunos días la lobreguez de esa ciudad rodeada de una vasta muralla de cemento y capital de la más aguerrida Cristiandad. Claro que quienes acudan sanamente a esta verdadera fiesta del color y la imaginación, habrán de mezclarse con los tarados que peregrinan, por esos caminos antaño hermosos y hoy llenos de autopistas, parques eólicos y otros horrores, a rendirle pleitesía al siniestro Santiago Matamoros.
La más sugestiva exposición parece ser la titulada “El encuentro en la poética de Eugenio Granell”. En la ocasión en que quise escribir un artículo sobre los estupendos títulos de las obras de Granell, enumeré muchos de los que llevan la palabra, mágicamente surrealista, “encuentro”. Que se trata de una constante en Granell lo muestra que las fechas de esas piezas van de 1946 a 1984 (¡cinco décadas de encuentros maravillosos!):
“El encuentro original del indio y el caballo”, “Encuentro del indio con su máscara”, “Encuentro de Herodes y Salomé”, “El encuentro de la serranilla con el Marqués de Santillana”, “El encuentro de Jules Laforgue con la reina de Alemania”, “Encuentro de la zanahoria y el insecto”, “Encuentro del insecto con la brizna de paja”, “Encuentro de la mano con la muela del juicio”, “Encuentro del ciclista con el chapulín”, “Encuentro de la hoja con el mito de la rueda”, “Encuentro de la hoja con el mito de las alas”, “Encuentro del toro y el centauro”, “Encuentro del centauro con el caminante”, “Encuentro de la patata con el aire”, “Encuentro de la piedra con la nube”, “Encuentro de la dama y el león”, “El encuentro del amor con la joven sevillana”, “El encuentro solemne de Istar con Príapo el joven”, “El encuentro profundo de los dioses del mar”, “Encuentro en la mar”, “Memoria de un encuentro”, “Encuentro en la calle”, “Encuentro zoológico”, “Felicísimo encuentro”, “Ceremonia del encuentro del poeta y la Poesía”.
El que he elegido para ilustrar esta nota es “El encuentro de Jules Laforgue con la reina de Alemania”, de 1983. A Granell debió resultarle gracioso aquel trabajo que tuvo el poeta simbolista durante algunos años: leerle a la anciana emperatriz Augusta de Alemania artículos en francés, saltándose todos aquellos pasajes aburridos o no adecuados a tan elevada persona. “El cuadro –comenta Patricio Bulnes– era la emperatriz en el centro, el poeta convertido en lector al frente y, haciendo abanico, las damas de compañía dedicadas a sus labores”. El de Granell se limita al primer encuentro entre ambos.
Laforgue era uno de los escritores favoritos de uno de los grandes amigos de Granell, Marcel Duchamp. A Duchamp le entusiasmaban las “Moralidades legendarias”, hizo un dibujo a partir del poema “Mediocridad” (dibujo que poseía André Breton) y proyectó ilustrar la “Imitación de Nuestra Señora la Luna”. Curiosamente, este largo poema lo acabaría ilustrando, con seis aguafuertes, Camille Bryen, resultando de ahí un precioso libro, ya de 1974. Y por hablar de Granell, Duchamp y los encuentros, recordemos uno de los grandes cuadros del primero: El Rey y la Reina buscan a Marcel Duchamp, de 1957. Aquí Granell nos retrataba lo que estaba antes del encuentro, un encuentro en ese caso planificado, y no azaroso, como todos los demás.

Aparte “El encuentro en la poética de Eugenio Granell”, pueden verse este mes en Santiago otras cuatro exposiciones: “La colección étnica de Eugenio Granell”, “Eugenio Granell en el paraíso centroamericano. 1940-1956”, “El espejo del pintor. Eugenio Granell en las colecciones institucionales gallegas” y “El surrealismo hoy”, esta última recordándonos que la Fundación Granell nunca ha dejado, admirablemente, de considerar la vigencia de la aventura surrealista. La primera permitirá sin duda disfrutar algunas muñecas kachina, que coleccionaron también André Breton, Marcel Duchamp, Max Ernst, Robert Lebel, Roberto Matta, Jorge Camacho, Enrico Donati, Jean Benoît... Aquí tenemos el Sol hopi de la colección Granell, en madera pintada, plumas y cuero. Sobre estos espíritus de las fuerzas invisibles de la vida, que para los surrealistas reducen a pacotilla los mitos clásicos, recordemos que existe en castellano un bellísimo catálogo de 1998, titulado Kachina. Muñecas rituales indias, donde se traduce el precioso texto de Jorge Camacho “Los espíritus de la vida”, publicado seis años antes en París.

Las “Iluminaciones”, vistas por Svanberg

No, por desgracia no se trata de una reedición del bellísimo libro aparecido en Malmoe en 1957, y que era la primera traducción sueca de esos poemas de Rimbaud. Es tan solo una evocación que hacemos con motivo del centenario del artista.
En su espléndida obra Max Walter Svanberg et le règne féminin, Jose Pierre le dedica un capítulo a este encuentro Svanberg-Iluminaciones, que produjo “uno de los más bellos libros de nuestro tiempo”. Tras señalar que “la tentativa de entrar en comunión con la inspiración del poeta se distingue a la vez por su fervor y su libertad”, Jose Pierre indaga las tenues relaciones entre algunas de las imágenes de Svanberg y los poemas rimbaldianos correspondientes, pero solo reproduce cinco de aquellas, y en color solo “Infancia”, con que encabezamos esta nota.
De “Infancia” retiene Svanberg “el enjambre de hojas de oro” que “rodea la casa del general”: “El enjambre de hojas de oro rodea la casa del general. Están en el sur. –Se sigue la ruta roja hasta llegar al albergue vacío. El castillo está en venta; las persianas desatadas. –El cura se habrá llevado las llaves de la iglesia. –Alrededor del parque, las casetas de los guardianes están deshabitadas. Las vallas son tan altas que solo se ven las cimas murmuradoras. De todas maneras, dentro no hay nada que ver”. Svanberg muestra que dentro sí había algo que ver, y eso que nada sabemos de lo que contienen los tres cajones de la pequeña cómoda, bajo la que se apoya el sable del general. En cuanto a las criaturas de sedosos encajes y medias estrelladas –tan svanbergianas–, Jose Pierre se pregunta si serán “la muchacha con labios de naranja”, “las damas que revolotean en las terrazas cercanas al mar” o “las jóvenes madres y hermanas mayores con las miradas llenas de peregrinaciones, sultanas, princesas de andar y de vestir tiránicos”. O más bien las “«bestias de elegancia fabulosa» cuya presencia enigmática conviene a estas imágenes desesperadas en que la lejana infancia se defiende contra la muerte y el olvido”. Lo cierto es que estas dos figuras reaparecerían en el Homenaje a Rimbaud, una a cada lado de ese bello tapiz que el artista hizo en 1971.


Esta es la imagen que acompaña a “Bárbaro”, otra de las grandes “iluminaciones”, verdadero festín de asociaciones imaginarias, cuyo inicio es inolvidable: “Mucho después de los días y las estaciones, y de los seres y los países. La bandera de carne sangrienta sobre la seda de los mares y de las flores (que no existen)”.
A partir del poema de Rimbaud, Aimé Césaire había escrito el poema homónimo, publicado en Soleil cou coupé (1948). Luego, Mohammed Khaïr-Eddine partirá del poema de Césaire para un tercer “Bárbaro”, incluido en Soleil arachnide (1969). Y es que, como ya habían dicho los surrealistas en 1925, “somos sin lugar a dudas bárbaros, puesto que una cierta forma de civilización nos asquea” (“La Révolution d’abord et toujours!”, La Révolution Surréaliste).

Los “Cahiers d’Occitanie” y el surrealismo

En el n. 50 de los masónicos Cahiers d’Occitanie, junio de 2012, encontramos sorprendentemente las reseñas de tres obras que hemos ido abordando en “Surrealismo internacional”: el catálogo de la exposición de Grandville Un autre monde. Un autre temps, el de Georges Sebbag Chassé-croisé Dada-Surréaliste y, del mismo Sebbag, el poderoso ensayo Potence avec paratonnerre. Surréalisme et philosophie.
Nos interesan sobre todo las reseñas dedicadas a los libros de Sebbag, que firma Ariel-Pelléas Serain. La de Surréalisme et philosophie continuará en el n. 51.
Ariel-Pelléas Serain muestra ser no solo un óptimo conocedor de los entresijos del surrealismo, sino haber sido un buen amigo de los surrealistas, sobre quienes aporta interesantes apuntes.
Una de las obras que destaca es esta de Georges Malkine, “Emoción” (1927), “representando una ventana ojival cerrada por una plancha, perfecto ejemplo de una pintura-imagen poética surrealista”. También, “Brujas”, de Kurt Seligmann, “Es mediodía menos 3”, de Claude Tarnaud, “Fiesta”, de Kay Sage. Serain nos cuenta que era en casa de Robert Benayoun, uno de los pocos miembros del grupo surrealista de París que tenían televisión, donde Breton fue a ver la emisión sobre los cátaros de Claude Santelli, y que Benayoun intentó sin éxito que Breton leyera los relatos de Lovecraft, a quien tanto él como Gérard Legrand habían “descubierto” en 1953.
De otro gran surrealista escribe: “Adrien Dax, a quien hemos conocido de 1959 a 1979, fecha de su muerte, fue el surrealista de Tolouse, gran amigo de André Breton y Benjamin Péret. Ingeniero de Genio Rural, tenía un dominio extraordinario del dibujo, y una muy viva inteligencia. Durante su cautiverio en un stalag de Alemania, leía y releía incansablemente las Enéadas de Plotino. Su cultura era inmensa. Solo ahora se comienza a medir la importancia que ha tenido en el Surrealismo”.
De Jean-Claude Silbermann, a quien también conoció bien, nos dice que Radovan Ivsic se admiraba con su apellido: “el hombre de plata”. A la adorable Mimi Parent la llama “mujer de gran saber y de gran refinamiento”, y de Toyen revela haberle siempre emocionado “profundamente” el extraordinario lienzo “En el castillo de Lacoste” (que, permitiéndome una nota personal, a mí me impactó tanto como para originar mi largo relato Cité Toyen).
Por último, Ariel-Pelléas Serain echa en falta, en el capítulo fotográfico, a Roger van Hecke y destaca, en el de “Pleno margen”, a Félix Labisse, “a menudo y erradamente minimizado”, juicio con el que coincidimos. De Labisse se nos apetece ahora recordar su cuadro “Al otro lado del mes de las vendimias o la curiosidad satisfecha” (1980), donde sustituía al apelotonado grupo de hombres de traje negro y sombrero hongo de “El mes de las vendimias” (Magritte, 1959) por estas nueve selenitas:


Al leer esta bella reseña, hemos pensado que su autor bien podría prodigar estos tan ricos y sugestivos comentarios y evocaciones, para deleite de quienes amamos el surrealismo.
La crítica de Potence avec paratonnerre es, evidentemente, de otro carácter, pero igual de interesante, espléndida incluso. A mi juicio, complementa a la que yo hice, ya que el autor se ocupa de aspectos descuidados por mí, y quizás pueda decirse viceversa. Una cuestión de palabras creo que se manifiesta cuando discrepa de la consideración que hace Sebbag al decir que “el surrealismo no es ni irracionalista ni esotérico”. No es irracionalista porque busca las armonías, y como mucho ha insistido en los aspectos “irracionales” por su carácter reprimido en nuestra civilización, y no es esotérico porque algo muy diferente es interesarse por el esoterismo, un interés por cierto que no se advierte en algunos grupos de las últimas décadas, aunque ello se me apetece, desde luego, más una carencia que otra cosa.
En otra página de esta sección de “Notas de lectura” de los Cahiers d’Occitanie, A. Crystallo hace una enumeración de surrealistas que han pertenecido a la masonería: Philippe Soupault, Pierre Mabille, René Alleau, Henri Seigle, Bernard Roger, Guy-René Doumayrou, Roger van Hecke, Élie-Charles Flamand y –¡nombre predestinado!– Marie-Dominique Massoni. Quien tenía un verdadero entusiasmo por las órdenes esotéricas era Ithell Colquhoun, sobre quien hablábamos hace unas pocas semanas. En 1952 entró en la Orden del Templo de Oriente, en 1955 en la Logia de la Nueva Isis, en 1963 fue iniciada como maestra masona y en 1965 se consagró diaconisa de la Antigua Iglesia Céltica. Michel Remy la definiría como “el surrealismo en perpetuo estado de fantasmagia sobre los caminos convulsivos del ocultismo”.