lunes, 30 de enero de 2012

Alena Nádvorníková

En el centro checo de París ha tenido lugar una exposición de dibujos de Alena Nádvorníková, una de las principales figuras del surrealismo checo desde los años 70. Las obras expuestas cubrían el extenso período que va de 1966 a 2010.
Alena Nádvorníková es también pintora y escritora. En esta segunda faceta conocemos de ella –aparte el ya clásico artículo sobre Emila Medkova en Surréalisme, 1977– sus colaboraciones en la revista del grupo surrealista de París, S.u.rr..., donde no faltan, claro está, dibujos suyos. Memorable es el texto “Espacios y lugares misteriosos (Emociones y afectos de la infancia)”, donde describe la casa de su familia vista como “un monstruo, un conjunto híbrido, grotesco e inquietante, compuesto de partes incoherentes”. Mucho nos gustaría traducir este espléndido, inquietante relato, publicado en el n. 3 de la revista.
En 2004, una selección bilingüe de sus poemas apareció con el título de Anebone (Ou bien non), en la mejor de las traducciones posible, o sea por su compatriota Petr Král. Bertrand Schmitt reseñaba así el libro, en el n. 5 de S.u.rr..., acompañando la nota de un breve poema y un dibujo:


Ahora, con motivo de la exposición parisina, Alena Nádvorníková ha procedido a una lectura de sus poemas en el centro checo, presentándose a la sazón una monografía de su obra plástica, con textos en checo y en francés de Jan Šulc, Roman Erben, Vratislav Effenberger y el citado Bertrand Schmitt. Monografía sin duda del máximo interés, publicada en las ediciones Arbor Vitae de Praga.
Alena Nádvorníková interviene en uno de los documentales incluidos en The complet short films de Jan Svankmajer, triple dvd, absolutamente esencial, aparecido en 2005 (y donde, por cierto, también puede verse en acción nada menos que a Robert Benayoun y a Conroy Maddox).

Gérard Vulliamy


Gérard Vulliamy disfruta por fin de una gran monografía, publicada en las Éditions de la Rmn-Grand Palais. A la vez, el Musée des Beaux-Arts et d’Archéologie de Besançon, inauguró el 9 de diciembre (con duración hasta el 2 de abril), una exposición de sus dibujos surrealistas, exposición que va de 1930 a 1947
Con una gran riqueza visual, el texto de la monografía, extenso, es de Lydia Harambourg, que realiza un buen trabajo, aunque no escape al enfoque académico del surrealismo. Así, cuando trata de Vulliamy y el surrealismo, dice que no se adhirió “oficialmente” a él (aún no sabemos en qué consiste ser surrealista “oficial” y “no oficial”) y que rehusó fidelidad al “dogmatismo” de André Breton (curioso dogmatismo, ya que a renglón seguido refiere cómo Breton lo invitó a la Exposición Internacional del 38). En fin: los tópicos de costumbre. Por otra parte, habla de Ensor como surrealista (toda una novedad, a no ser que la “no oficialidad” llegue tan lejos) y apunta como “tema” muy querido del surrealismo la “evasión por el sueño” (como si el sueño hubiera sido jamás para el surrealismo una “evasión”).
El trabajo de Lydia Harambourg se estructura en cuatro secciones: Inicios, Entrada en el grupo Abstracción-Creación en 1932, Evolución hacia el surrealismo alrededor de 1935 y Retorno a la abstracción hacia 1948.
En los inicios, resaltaremos sus fotodibujos del 31, a los que ya prestó atención Edouard Jaguer en Les mystères de la chambre noire. Son sin duda la causa de que la exposición de Besançon comience unos años antes de la fecha de 1935.
En su etapa Abstracción-Creación, lo que más interesa es su “primitivismo”. Ese primitivismo lo señala la ensayista en la “Fantasmagoría” de 1933, que relaciona con las “Masacres” de Masson, en el cuadro del mismo año “El pájaro lira”, anticipo a su juicio de Cobra y, como raíz, en la fascinación de Vulliamy por el jazz y por el arte africano y oceánico. Vulliamy era miembro del Hot-Club parisino, y vio en acción a la gran orquesta de Arthur Briggs, a Sidney Bechet, a Louis Armstrong. Fue coleccionista de arte oceánico, y a él pertenecen estas palabras: “Quizás tengo una atracción particular por el lado mágico y la transposición de ciertos símbolos oceánicos, hechos de movimiento donde los vacíos cuentan tanto como las formas plenas, con un cierto sentido del espacio, como en la escultura actual”. En la foto que encabeza esta reseña, vemos al artista al lado de una de sus esculturas en yeso de 1933, hoy desaparecida.
La etapa que nos interesa se sitúa pues, entre 1935 y 1948, resaltando el hecho que, de 1929 a 1939, Vulliamy trabajó en el mítico Atelier 17 de Stanley Hayter. En 1937, el artista declara que “todo debe ser engendrado de manera tan normal como las ramas alrededor de un tronco de árbol”. Este es el año en que termina su cuadro más famoso: “El caballo de Troya”, una obra maestra, aunque no lleguemos a afirmar, como hace Lydia Harambourg, que sea “una de las obras mayores del surrealismo”. De él diría Edouard Jaguer: “La mesa de disección maldororiana se engrandece aquí hasta las dimensiones de un torneo despiadado entre los cuatro elementos y dibuja un lugar a la vez cerrado y abierto, con algo de la caja de Pandora en el instante de su fractura, donde navegan a la deriva como sobre un mar desmontado sillas al abandono y restos sexuales víctimas de los más espantosos éxtasis”. Grandes obras jalonan este período visionario, aunque los motivos en que se inspira resulten a veces convencionales. Citaré, sobre todo, “El metrónomo del deseo”, “La esfinge”, “Día de otoño”, “El deshielo de las fronteras”, “La llamada del vacío”, “La nostalgia” (titulado inicialmente “El concierto fantástico”, un cuadro impresionante), “Los ojos translúcidos”, “La salamandra pompeyana” y “El nacimiento de Venus”. Aquí vemos al artista dando los últimos toques a este último cuadro, con su paleta-concha:


Ver estos cuadros reunidos en este magnífico libro avala la afirmación de alguien tan avisado como Marcel Brion, quien, en su libro sobre el arte abstracto (1956), tras señalar que Vulliamy logró transponer en aquellos años el espíritu del Bosco al vocabulario plástico de los surrealistas, afirma: “El surrealismo le ha inspirado algunos de sus más bellos lienzos, de una fuerza visionaria extraordinaria”.
Vulliamy aparece en el grupo La Main à Plume, estudiando muy bien Lydia Harambourg su participación. Ya en 1945 dibuja –en la estela abierta por Géricault en 1822– los retratos de los moradores del asilo de Saint-Alban, para ilustrar el libro de Paul Éluard Souvenirs de la maison des fous. Vulliamy se interesa entonces por el “art brut”, e incluso poseía objetos hechos por sus modelos, de los que dos de madera son reproducidos en esta monografía. También anotemos que, en 1948, expuso unas esculturas hechas a partir de fragmentos encontrados en la playa, con el título de “Cerámicas y esculturas improvisadas”. Puro surrealismo, que viene a ser como un adiós al surrealismo.
En 1962, Vullimay dirá de esta etapa: “Fue un largo período de búsquedas muy agitado, sombrío, donde las técnicas de los primitivos me preocupaba”, intentando expresar “una verdadera correlación entre los fenómenos de erosión y los fenómenos interiores del ser humano”. Una etapa a la que correspondían estas palabras: “La pintura será convulsiva y torturada, para alcanzar, a través de las formas sinusoides, parabólicas y astrales, lo sublime”.
Menos nos interesa el resto de su obra, aunque el propio Vulliamy no dejara de señalar que el soplo del surrealismo no se había apagado en él, razón sin duda a la que se debe que, ya en 1971, se incorpore al movimiento Phases, donde se podía ser no surrealista, pero nunca antisurrealista. En el n. 3 de la segunda serie, Jaguer escribe una nota recordando la gran impresión que en 1939 le había producido “El caballo de Troya”, visto como un anticipo del horror bélico total que se estaba fraguando. Jaguer vio el cuadro reproducido en blanco y negro en una revista, y ahora Phases lo reproduce por primera vez a todo color. Este cuadro evoca para él “un cierto clima visionario de la pintura al cual no estoy dispuesto a renunciar”. Jaguer coloca la imagen en una página, y en la otra el poema de Raoul Hausmann “Dada de Troya”.


Vulliamy transitó a la abstracción lírica, no desestimada por el surrealismo, y concluyó con unos cuadros que nos recuerdan a Wifredo Lam, pero que a la vez enlazaban con algunos de los que hizo a principios de los 30. Su sensibilidad próxima siempre al surrealismo se advierte bien en estas bellas palabras suyas de 1962: “No parto de ningún sujeto, sino de una realidad interior. A veces una sensación de luz sobre la roca, sobre las hojas y sobre todo sobre el agua, Cada vez es una nueva aventura. Es una suerte de estado poético donde todo es vibración, creación y metamorfosis”.
Una monografía espléndida, pues, con muchas ilustraciones, la muestra total de la obra de un artista que vivió de 1909 a 2005 y un buen abordaje de su trayectoria por parte de Lydia Harambourg.

Jan Svankmajer: “Para ver, cierra los ojos”


Jan Svankmajer, quien, tras muchos años de ser conocido principalmente por sus amigos surrealistas, es hoy una figura de culto, ha tenido, curiosamente, una gran fortuna en España. En 1991, la semana de cine de Valladolid lo homenajeó, publicando una excelente revista, donde no faltaban textos del cineasta. En 1999, la revista surrealista madrileña Salamandra le dedicó un magnífico dossier. Y en 2010 apareció el volumen Jan Svankmajer. La magia de la subversión, cooordinado por Gregorio Martín Gutiérrez, con artículos de gran interés.
Ahora, Pepitas de Calabaza nos brinda un volumen de 200 páginas, ricamente ilustrado, donde Svankmajer habla y escribe, dando toda una lección acerca de la suma vitalidad del surrealismo en las últimas décadas y hasta hoy mismo. Su extremo vigor y su lucidez hacen que este libro sea de lectura muy recomendable para todos los que aún no se han enterado de lo que es el surrealismo (dejemos de lado a los que no desean enterarse).
Se abre el volumen con una presentación de Jesús Palacios, quien, además, en el citado La magia de la subversión, se ha ocupado de lo gótico en sus películas. Su trabajo es una óptima introducción a la obra de Svankmajer, pero la edición no dice que se trata de una actualización del que publicó en Salamandra (y luego en 2000 maniacos). Autoridad en temas cinematográficos, Jesús Palacios contextualiza óptimamente las películas svankmajerianas y sabe además lo que es el surrealismo, aunque no lo sigamos cuando dice que Svankmajer comparte “cierta heterodoxia surrealista” con Topor, Giger, Clovis Trouille y Leonor Fini. Del mismo modo que no hay ortodoxia surrealista, no hay heterodoxia. Alguien se siente bien en el surrealismo –como Svankmajer– o no. A la delicada Leonor Fini no le vemos relación alguna con Svankmajer, Topor abominaba del surrealismo, Giger es ajeno al surrealismo y Clovis Trouille fue siempre un amigo del surrealismo. No hay paradigma alguno entre ellos.
Si Jesús Palacios introduce espléndidamente la obra completa de Svankmajer, nada mejor que continuar con la extensa entrevista que Peter Hames (uno de sus principales estudiosos) le hizo al artista en 1995, y que va además seguida de otra del mismo Hames a propósito de Sileni, en 2006. Svankmajer muestra la lucidez y el vigor señalados, y sus respuestas son admirables y jugosas. Lástima tan solo que se deje llevar por la oposición escolar entre el surrealismo checo y el “francés” (léase parisino), ya que estas oposiciones, aparte su carácter generalizador siempre reductor, tienden a presentar a los grupos como monolíticos, cosa que no han sido nunca. Del mismo modo, es absurdo hablar del “surrealismo lírico” de Breton, autor de la Antología del humor negro, y querer oponerle, como más cercano a los checos, a Péret, autor de Yo sublimo y de la Antología del amor sublime, y no digamos pretender desvalorizar el lirismo porque los tiempos serían peores después de la II Carnicería Mundial y la bomba atómica que en los años 20 ó 30, como si el surrealismo no se hubiera criado, y de muy cerca, en la I de esas carnicerías.
Los textos seleccionados son de uniforme calidad, haciéndonos ansiar la recopilación completa de los escritos de Svankmajer. El surrealismo checo, de una riqueza pasmosa, sigue siendo un gran desconocido. Al menos debiera haber, en francés, un volumen que diera cuenta amplia de sus incontables creaciones escritas y plásticas y de sus textos de afirmación y combate, como decía Cesariny. Solo de la aventura surrealista checa en los años 20, 30 y 40 tenemos un conocimiento aceptable, lo que es muy de lamentar.
La antología Svankmajer se abre como debe abrirse: con su bello decálogo, en que pasa revista a sus grandes motivos, hablándonos de la poesía, las obsesiones, los objetos, los sueños, el tacto, la imaginación, la ambigüedad, la libertad, la improvisación... Siguen varios textos sobre una materia en la que Svankmajer es el gran maestro: el tactilismo, pero el panorama se hace más rico cuando se añaden textos sobre los dibujos mediúmnicos, el collage-novela, los objetos, las máscaras y marionetas... Estas últimas nos señalan la cercanía de Svankmajer (y de tanto surrealismo, en una relación que está por explorar) al arte popular, como tampoco debe descuidarse su relación profunda con la alquimia o la relevancia que concede a la infancia y a la mistificación, puntos no abordados en el decálogo.
Algunos textos, como “Experimentación táctil”, ya eran conocidos en castellano, no señalándose tampoco que el último, sobre las máquinas masturbadoras (de un sarcasmo fantástico), procede de La civilisation surréaliste, una de las grandes obras colectivas del surrealismo, publicada en 1976, cuando el grupo de París y el de Praga trabajaban muy estrechamente. Al final hay un ensayo de František Dryje sobre el cineasta, publicado en 1994.
Es este un volumen capital, que todo amante del surrealismo debe conocer y atesorar. En la nota que hoy mismo dedicamos a Alena Nádvorníková nombramos también la caja con todos los cortometrajes de Svankmajer más un tercer disco documental. Ello, unido a la facilidad de obtención de sus largometrajes, significa que Svankmajer ya está al alcance de todos los deseantes de la poesía, y que, con sus películas delante, para ver no hay que cerrar los ojos, sino que basta con abrirlos.

“Le grand ordinaire”, traducido al castellano

La obra maestra de André Thirion –y un libro clave de la literatura erótica–, acaba de ser traducida al castellano, en la colección “Érotas” de La Página.
El gran ordinario, esbozado en sus años de plena adhesión al surrealismo, solo se publicó en 1943, anónimamente y con la fecha de 1934 para engañar a la censura de Vichy. La tirada fue de 121 ejemplares. Tan celebrada como la obra son las ilustraciones de Óscar Domínguez, donde aparece varias veces el siniestro mariscal Pétain. En esta edición, y es una pena, no vienen los pies de los dibujos ni el que encabezaba la primera edición:


De Le grand ordinaire dijo Jose Pierre en una nota de Coupure, con motivo de su reedición en 1971: “El libro quizás más libre que conozco. El autor, que lo compuso en sus tiempos de ocio, lleva en él la desenvoltura hasta tirar a la papelera los episodios en el instante preciso en que amenazan tomar consistencia, volverse enjundiosos. Un libro que se debería enseñar a los literatos para que se desprendan de las facilidades de la literatura. Y que concluye con un diálogo de hambre tan abrupto como la cuchilla de la guillotina”.
Por su parte, Sarane Alexandrian escribe en su Historia de la literatura erótica (1989): “André Thirion, en El gran ordinario, crónica novelesca discontinua, evoca en el principio a los perversos habitantes de un castillo sin escalera; luego, la aventura del virgen Jean con la bonita costurera Claire, en una escena turbia. Los capítulos siguientes alternan conversaciones con amigos: el obseso sexual Mochélès, el coronel Cod, relatos de un viaje por Francia, especialmente por Périgueux, en cuyo hotel Mataguerre, con aspecto de torre, la dama del 12 es violada por un grupo de cazadores. Luego se asiste al diálogo entre don Juan y Casanova, que intercambian confidencias, y también al episodio más divertido del libro, el té en casa de la doctora, donde el narrador ve al amigo de esta, Wilfrid, que come mermelada untada sobre el cuerpo desnudo de aquella. La mezcla de detalles insólitos y hechos realistas, el tono distraído, despreocupado del relato, hacen de El gran ordinario un libro bastante extraordinario”.
Así que más de extraordinario que de ordinario en esta obra que ya era hora de ver traducida al español.

El último Grandville


Tuvo Grandville una evolución benéfica, del cultivo de los dibujos satíricos a los temas fantásticos, con las ilustraciones de los Viajes de Gulliver por medio. El surrealismo no lo ha apreciado mucho, y así, en L’art magique de Breton y Legrand, se considera su obra “sobrevalorada”, y se critica la orientación de su “programa”. Pero a la vez se señala el “vigor” con que supo traducir algunas de sus pesadillas, las cuales no faltan en este precioso catálogo de los museos de Besançon, hecho para acompañar una exposición organizada por Emanuel Guigon y por Thomas Charenton (conservador del Musée du Temps). El título, Grandville. Un autre monde, un autre temps, alude a la obra más insólita e inspirada del artista: Un autre monde, verdadero delirio gráfico cuyos dibujos preparatorios han sido expuestos en el museo en un montaje muy curioso, del que este libro da una visión detallada. Chateaubriand dijo de él: “Siempre he pensado que el mejor libro sería el que mostraría el ridículo de todos los demás. Esa gloria suprema le corresponde a Un autre monde”.
Guigon hace la presentación, señalando que la obra citada lo convierte en “un inventor cercano a las anticipaciones de Charles Fourier, y de un pensador, en ruptura con la filosofía de la historia de Hegel”.
Sin duda el trabajo clave del libro es el de Georges Sebbag, “Grandville, filósofo del disfraz”. Es aquí donde encontramos, entre otros aspectos, el estudio de las conexiones de Grandville con el surrealismo. Grandville aparece en la célebre constelación de 71 nombres de ancestros y precursores inmediatos del surrealismo titulada “Erutarettil” (Littérature al revés, y de hecho se publicó en el n. 11-12 de la segunda serie de esta revista), constelación que el propio Sebbag, en Potence avec paratonnerre, califica de “collage temporal”. Las conexiones bretonianas van de la referencia al libro Fleurs animées en una carta de 1924 a Lise Deharme a uno de los dibujos datados en 1966. También Sebbag asocia su nombre al del pensador del nuevo mundo amoroso: “Fourier y Grandville son del mismo temple. Aunque el primero sostenga la pluma y el segundo el lápiz, los dos animan el pensamiento y fertilizan la imaginación. Los dos inventores poseen esa extraña facultad de salirse de su tiempo y transportarse al país de la posteridad. Metamorfosis y metempsicosis. Despreciando el aparato finalista de los moralistas y las tablas preventivas de los positivistas, se transforman en otra cosa, sabedores de que otros después de ellos se meterán en esa nueva piel”.
Al final de su trabajo, Sebbag se ocupa de dos de sus dibujos oníricos comentados en sendas cartas poco antes de morir, y que se reproducen unas páginas más adelante. Son “Crimen y expiación” y “Un paseo en el cielo”, que vemos aquí:


En el resto del volumen nos encontramos con el famoso Dr. Puff, con algunas invenciones disparatadas y con los pintorescos instrumentos de diversión del mundo visual popular, que conducían derechamente al cinematógrafo, en el que, por cierto, influyó el propio Grandville –el público del cine será, por lo demás, el mismo que se deleitaba con sus dibujos. No deja Un autre monde de satirizar a la tecnología, cuyos poderes desembocan tanto en la catástrofe como en el ridículo.
Este libro, de 144 páginas, es una preciosidad, con la reproducción de muchísimos dibujos de Grandville sin duda llenos de gracia.

Un disco de homenaje a Cesariny


Assírio & Alvim (la editora de los libros de Cesariny) y la Fundação Cupertino de Miranda acaban de publicar un libro con un disco en que Adolfo Luxúria Caníbal recita poemas propios y de Mário Cesariny. La voz de Caníbal lleva acompañamiento musical, como se indica en la imagen que reproducimos. El libro reproduce todas las letras y contiene fotos e ilustraciones de Cesariny.
De Caníbal hay tres poemas, el primero de ellos (16 minutos) describiendo el alucinado trayecto de la famosa línea 28 de los tranvías lisboetas, antaño una delicia y hoy poseída por la peste bubónica turística. De Cesariny hay dos de sus piezas maestras: “You are welcome to Elsinore” y “A Antonin Artaud”.

António Pedro


A esta figura pionera del surrealismo portugués, el Centro de Estudos do Surrealismo ha dedicado su cuaderno 10. Se trata de unos poemas y dibujos que, bajo el título de Onze poemas líricos de exaltação e o folhetim, fueron publicados en un periódico de Lisboa en 1938, sin ser recogidos antes en volumen. Falta esta pieza, pues, en la Antología poética de António Pedro, aparecida en 1999. A pesar del título, se compone solo de 5 poemas, acompañados de 11 dibujos.
Recordemos que António Pedro es el autor del primer cuadro surrealista portugués, “Le crachat embelli”, y que se relacionó con Mesens y el grupo surrealista británico. Patrick Waldberg, que lo conoció, le dedica un texto en Les demeures d’Hypnos, hablando de su “pintura de un barroquismo trágico, no sin relación con la obra de juventud de Óscar Domínguez”. Al surgir el grupo de Lisboa, pronto António Pedro quedó desfasado, cayendo sobre él los anatemas de Cesariny.