miércoles, 7 de agosto de 2019

Un homenaje a Ludwig Zeller

Sasha Vlad, El banquete, 2007
(celebración de L. Zeller en su 80 aniversario)

Prestamos homenaje a Ludwig Zeller de la que consideramos mejor manera posible: presentando una serie de piezas que para muchos es de difícil acceso. La obra de Zeller es muy vasta y está llena de pequeñas ediciones, algunas de carácter artesanal, que ojalá se nos hagan algún día disponibles.
De sus poemas elegimos tres maravillas, aparecidas en sus ediciones Oasis: Nómades en el mándala, de 1978, con collages y dibujos realizados en colaboración con Susana Wald; Sílaba incandescente del deseo, de 1981, con “mirages” de ambos y traducción inglesa de Beatriz Zeller; y Eugenio Granell o la invención del dado, de 1982, con dibujos de Susana Wald y de nuevo traducción al inglés de Beatriz Zeller. Este último nos sirve a la vez para rememorar a otra figura extraordinaria del surrealismo, siendo lo ideal tener también a mano las pinturas de Granell que inspiraron los poemas de Zeller.
El dossier misceláneo incluye los siguientes documentos:
* La presentación en el Bulletin de Liaison Surréaliste, febrero de 1974.
* El collage goethiano en uno de los 11 Dominios de la Vigilancia Surrealista incluidos en el poderoso catálogo de la exposición mundial surrealista de Chicago, 1976 (exactamente, en el dominio del bluesman Peetie Wheatstraw, yerno del Diablo).
* La noticia, en el n. 2 de Surréalisme, 1977, de la aparición reciente de Cuando el animal de fondo sube la cabeza estalla. Magnífica, la afirmación de su surrealismo, al final de la nota.
* En 50 collages, 1981, un fino texto de Arturo Schwarz y el magistral, definitivo ensayo de Édouard Jaguer (¿quién hace hoy algo que se compare a esto?). Y añadimos los collages La piedra angular y El gran terminal, ya que Jaguer los comenta en su trabajo.
* El pequeño catálogo de los Mirages con Susana Wald, en la Galerie Surréaliste de Toronto, primavera de 1982.
* La respuesta a la encuesta de Arturo Schwarz sobre arte y alquimia, inserta en Arte e scienza, Arte e alchimia, 1986.
* La portada de Ludwig Zeller, A celebration, 1987, en que su poema “El faisán blanco” “viajaba” a través de infinidad de lenguas y de interpretaciones visuales. El otro día reproduje la contribución de Édouard Jaguer y ahora la de Jules Perahim, soberbia, aunque se prolonga por toda la cubierta.
* De Prohibidos los sueños prohibidos, 2013, su poema sobre Gómez-Correa y el texto que este le dedicó en 1991, nombrándolo “Caballero de la Orden de la Poesía”, que era como consagrarlo en el espíritu de la Mandrágora, la mayor aventura poética surrealista de la América latina.
* Otro modesto catálogo de collages, expuestos en Oaxaca en 2006.
* El muy bello poema que dedica Laurens Vancrevel a su figura y su obra en el n. 6-7 de la tercera serie de Brumes Blondes, 2007.
Añado las respuestas de Ludwig Zeller y Susana Wald a un cuestionario formulado en 2012 por Ana Borges Rodríguez, e incluido en el apéndice de su tesis doctoral sobre Mandrágora, que yo le dirigí por entonces. Y de nuevo el enlace de Mother darkness, el poema de Gómez-Correa ilustrado por Zeller.
Como nota final, señalemos que en la reciente enciclopedia internacional del surrealismo hay una buena semblanza de Zeller, realizada por Max Scur.

Cartel de 1972

domingo, 4 de agosto de 2019

Una biografía de Mário Cesariny

António Cândido Franco, quien desde hace muchos años presta una atención de importancia capital al surrealismo lusitano, acaba de publicar una gran biografía de Mário Cesariny, a quien conoció y sobre cuya obra ha escrito en repetidas ocasiones, siempre con lucidez y plena comprensión. O triângulo mágico es su segunda incursión en el género, tras la biografía que hace muy poco consagró a Agostinho da Silva, un pensador extremamente singular que me sorprendió muchas veces a lo largo de mis años de viajes portugueses.
Visto como “gran mago del amor, de la poesía, de la libertad”, Cesariny recibe aquí un tratamiento entusiasta que, a lo largo de cerca de 500 páginas, no deja resquicios por explorar, la labor de documentación siendo tan exhaustiva como acertada la estructuración, que va combinando linealidad con enfoques temáticos del modo más habilidoso.
No es fácil hablar del surrealismo sin meter el remo, a veces de la manera más baja y estulta que se puede esperar (y no digamos cuando el objeto es André Breton, la gran bestia negra de los memos). Lo hacen hasta quienes se consideran más expertos. António Cândido Franco destruyó algunos prejuicios sobre el surrealismo en Portugal que hacen ya imposible prescindir de sus trabajos, y sus consideraciones sobre el surrealismo son penetrantes y certeras. Nada que ver con los paisajes mentales de la tontería que se manifiestan hasta donde menos se los espera. Solo discrepo de él cuando, aquí, afirma que el surrealismo de entreguerras fue “mucho más pobre y estéril en términos de ideas” que en el período posterior a la finalización de la segunda de esas mundiales guerras. Si a nuestro biógrafo se le debe la reivindicación justísima de ese segundo período, creo que esta afirmación significa caer en otro extremo igual de erróneo. Por otro lado, aunque solo en una ocasión (se trata de un tópico archirrepetido, y que esgrimía el propio Cesariny de vez en cuando), se habla del “surrealismo francés”, cuya inexistencia tan solo es comparable a la de dios, habiendo sido el grupo de París de la era Breton un crisol de surrealistas de todas partes. Pero nuestro biógrafo utiliza el tópico en un sentido meramente práctico, para dar a entender la oposición que a veces se dio entre Lisboa y París.
Uno de los méritos de la biografía reside en la indagación que António Cândido Franco va haciendo de los poemas de Cesariny. La obra literaria de Cesariny no está muy estudiada, y aquí se cala bastante hondo en su lenguaje poético y en algunos de sus poemas emblemáticos, contextualizándolos perfectamente y dando claves muy valiosas. (También se echa en falta un buen estudio sobre su obra crítica, que es riquísima, pero todo llegará.)
Ya los inicios de Cesariny fueron subversivos, pero en su caso de subversión de los patrones neorrealistas, donde era difícil no situarse a fines de los años 40. Siguen en la vida del poeta la revelación del surrealismo, al que mantendrá fidelidad absoluta hasta la muerte; la fascinación por Breton, Artaud y Brauner; la creación del Grupo Surrealista de Lisboa; la práctica de juegos y en especial la del cadáver exquisito; las dos exposiciones de Os Surrealistas; la publicación de A afixação proibida, texto decisivo, y los poemas de Corpo visível; las tertulias del Café Gelo y el Café Royal; Titânia; la revista Pirâmide; Pena capital; A intervenção surrealista... En fin, todo el mosaico fascinante de fines de los 40 a fines de los 60, cuando se abre para él un período de pleno internacionalismo, a raíz de la conexión con Sergio Lima y la exposición de A Phala. Simultáneamente, Cesariny transita del verso a la pintura y expone por primera vez. Su biógrafo, que ha ido deteniéndose en todas las figuras portuguesas que tuvieron relación con él, muestra cómo ese internacionalismo le permitió también salirse de un medio que con los Pachecos y los Martinhos, en truculentas historias que nunca entendí mucho ni me parecían dignas de mayor interés. Estamos en el capítulo “Subversión internacional”, y comienza a apreciarse aquí la importancia excepcional del epistolario con Laurens Vancrevel, recientemente editado y al que recurre António Cândido Franco con mucha y siempre oportuna frecuencia. Casi tan trascendente fue para Cesariny la relación con Édouard Jaguer, hombre de ferviente internacionalismo, que lo apoyaría y a quien supo en una de sus cartas distinguírmelo rotundamente de los Pierre y los Schuster. Otro nombre del surrealismo iluminado en estas páginas es Ted Joans, que lo admiraba y visitó en Lisboa.
La ineludible fecha de 1974 encuentra a un Cesariny en plena ebullición, sin que pueda acusársele mucho de ingenuidad al creer que aquello iba a parar a otro sitio que a la cloaca de una democracia capitalista (cuyos efectos, por cierto, serían en algunos aspectos aún más letales que los de la interminable dictadura). Realmente, la alternativa estuvo entre eso y algo todavía peor: el estalinismo, que a él lo hubiera como mínimo encarcelado. Muy divertido (no tenía noticia de ello) es su encontronazo con el horroroso Saramago. Y la antena de António Cândido Franco capta a la perfección tanto la calidad inmensa del gran texto que Cesariny presentó al Congreso de los Escritores Portugueses (y que Franklin Rosemont publicaría en Arsenal) como su estrecha conexión con una de las obras suyas que más me conmovieron en su día: la Horta de literatura de cordel (1983), cala soberbia en la menospreciada literatura tradicional popular. Quien ha disfrutado de la correspondencia de Cesariny reconoce a lo largo de esta biografía la presencia de todas sus obsesiones. Así, ahí están las bestias negras de António Pedro, José Augusto França o el italiano Tabucchi. Ya a nuestros años de intercambios pertenecen los noa-noas, que yo he reeditado en Surrealismo: el oro del tiempo, y que fui recibiendo puntualmente, pero antes Cesariny ha estado en la exposición internacional surrealista de Chicago, ha viajado a México, se ha encontrado con Granell (el biógrafo registra algunos de los dislates conformistas de este en sus últimos años, como lo de que “el porvenir español está en la comunidad europea” o su apoyo a los magnates de Kuwait y su aliado hispano, de que yo no tenía noticia). Pero sobre todo interesa lo relativo a la elaboración de esa obra fenomenal que fue Textos de afirmação e de combate do movimento surrealista mundial, una obra que fue para mí toda una revelación cuando la leí en la Lisboa del otoño de 1979. Tanto se nos había repetido que el surrealismo había muerto, que fue para mí una sorpresa descubrir que estaba aún vivo y coleando, impresión complementada cuando conocí muy poco después a Granell en Tenerife, afirmando en voz alta su surrealismo.
Explora muy bien António Cândido Franco la relación con Vieira da Silva (una invención “surrealista” de Cesariny, ya que esa de surrealista no tenía nada, y lo mismo su marido), la disyuntiva Pascoaes/Pessoa y la feroz, radical crítica de la “modernidad” y del “progreso”, con la apelación esa sí que muy acertada y surrealista al pre-rafaelismo. Poca importancia hay que dar a sus descarríos finales, desde que en 1986 engrosó una de aquellas siniestras comitivas de artistas e intelectuales que acompañaban en sus viajes al político Soares, ejemplo del deshonor  a que la inmensa mayoría de ellos se ha prestado cada vez más, siempre ansiosos por recoger las migajas del poder político, pero que no era de esperar en Cesariny. En 1995, o sea con veinte años de retraso, dejaría de votarle a estos energúmenos profesionales.
He señalado en esta rápida supervisión de O triângulo mágico ante todo lo referente al surrealismo, pero está claro que hay infinidad de asuntos más, que al final incluso se desdoblan en unas eruditas y siempre sugerentes anotaciones. Esta sólida biografía, que nos da un retrato magnífico de una personalidad incomparable (mejor título de la presente reseña sería “La biografía de Mário Cesariny”), concluye con una completísima sección bibliográfica de y sobre nuestro gran poeta y surrealista.

viernes, 2 de agosto de 2019

Ludwig Zeller (1927-2019)

Composición de Édouard Jaguer

El surrealismo acaba de perder a uno de sus nombres más señeros, de obra generosa e inmensa. Próximamente le haremos aquí un sucinto homenaje.

Ludwig Zeller, 2010,
foto de Enrique de Santiago

miércoles, 31 de julio de 2019

Poemas de Steven Cline

Steven Cline, collage

Acaba de publicarse un poemario de Steven Cline, precedido de una interesante nota sobre su práctica poética. El enlace de Peculiar Mormyrid permite también el acceso a la versión digital.
Steven Cline, collage

domingo, 28 de julio de 2019

Reivindicación de Enrique Gómez-Correa


Aunque el diccionario de “Surrealistas” de la enciclopedia nipobritánica del surrealismo consta de 889 páginas, no hubo espacio para dedicar ni unas someras líneas a la figura enorme y absolutamente surrealista de Enrique Gómez-Correa, relegado a una simple contextualización en la visión panorámica de Chile.
Como desagravio y homenaje, hemos elaborado dos pdfs.
El primero es de carácter propiamente documental. Las imágenes hablan por sí solas, excepto la última, una foto en que vemos al grupo Mandrágora en la inauguración de la exposición surrealista de 1943, con, de izquierda a derecha, Juan Sánchez Peláez, Enrique Gómez-Correa, Enrique Rosenblat, Braulio Arenas, Teófilo Cid y Jorge Cáceres.
El segundo es, para que se enteren algo los lectores de la lengua imperial, uno de los poemas extensos de Gómez-Correa en versión inglesa de Susana Wald y con preciosos collages de Ludwig Zeller. Mother Darkness (es una pena no se haya hecho una publicación bilingüe) lo editó Oasis en Toronto, año de 1975.

Roger Caillois, visto por Aldo Pellegrini

El surrealismo académico (y la Academia en general) aman mucho a Bataille y a Caillois, como a Éluard y a René Char. La progresiva sacralización termidoriana de Roger Caillois hace conveniente recuperar este magnífico artículo de Aldo Pellegrini, muy poco conocido y que publicó en el número único de La Rueda, en el año de 1967.
Nadie puede discutir la brillantez y el interés de muchos trabajos de Caillois, pero de ahí a convertir a este espantapájaros cartesiano en un teórico del surrealismo va un intransitable trecho. En Caleidoscopio surrealista ya señalamos las reservas y los rechazos de nombres del surrealismo que no son de los menores. Reproduzco la entrada, que acababa precisamente manifestando el deseo de dar a conocer íntegro el artículo del maestro Pellegrini, lo que puedo ahora hacer.

*

Roger Caillois (1913-1978). Si es inadecuado hablar de Bataille como perteneciente al surrealismo, ya sí que resulta inaceptable, como hace Alexandrian, decir lo mismo con respecto a Roger Caillois, de cuyo “cerebro de filisteo” y “vanidosa inanidad” despotricaron Georges Goldfayn y Gérard Legrand en 1953. Por los mismos tiros van César Moro, quien, ya en 1944, despreciaba su “lenguaje normalista” y lo veía como “un enemigo de la poesía y un pedante”; Breton, que en 1948 hablaba de él como un “viejo literato”; Mário Cesariny, que lo pulveriza en un gran artículo de 1957 sobre Lautréamont; Vincent Bounoure, que lo llama “literato racionalista”; y el citado Legrand en su nota del Dictionnaire général du surréalisme et de ses environs, donde alude a su espíritu dogmático y por entero cerrado a la poesía, tras haberlo llamado “personaje odioso y grotesco” en Le Libertaire, indignado por su artículo de 1952 “La revuelta de las pantuflas”. Para olvidar –como Les impostures de la poésie (1945) y L’incertitude qui vient des rêves (1956), de reveladores títulos– es su triste “Arte poética” de 1958, si no fuera porque motivó, en el n. 7 de Bief, una divertida parodia ducassiana de Breton y Schuster. Añadamos a esto la impresión repulsiva de su libro La communion des fortes, tildado de fascista.
José Pierre, que ya había atacado en el tercer número de L’Archibras las “conclusiones reaccionarias” de otro de sus libros (L’homme et le sacré), veía así, en 1973, a este orgulloso funcionario de la Unesco: “Hay dos hombres en Roger Caillois: uno que sospecha en el universo de las formas naturales y de las conductas humanas alarmantes anomalías, otro que usa sabiamente oropeles racionalistas para enmascarar la inquietud levantada por tales hipótesis. El primero participa en el surrealismo de 1932 a 1939, favoreciendo en este movimiento el interés creciente por el mito. El segundo ha entrado en la Academia Francesa en 1972”. El primero –brillante ensayista en los nn. 5, 7 y 9 de Minotaure–, todo hay que decirlo, le manifestaba a Breton, en 1965, su “constante, imperturbable fidelidad” (dedicatoria de Soleils inscrits), y en 1966 “la estima y la admiración de su viejo amigo Roger Caillois” (dedicatoria de Pierres), lo que hasta podría acabar por hacérnoslo simpático. Solo que, al morir Breton, publicó un largo texto titulado “André Breton. Divergencias y complicidades”, traducido en el suplemento literario de La Nación de Buenos Aires, que el siempre alerta Pellegrini no dejó pasar sin triturarlo con la rueda de La Rueda, su última revista: “El Breton de Roger Caillois o incomprensiones y candideces”. Este es el texto definitivo sobre Caillois y el surrealismo, mostrando la irrelevancia de su participación en el surrealismo y la relevancia en cambio de Las imposturas de la poesía. “Partiendo del principio de la banalización de lo existente, Caillois arremete contra los seres y las cosas, contra los mitos y lo sagrado. Con su mentalidad de naturalista arranca, seca, rotula y embalsama todo lo que está a su alcance. Entomólogo consumado, descubre que las ideas –quizás por su calidad aérea– deben ser tratadas como insectos. Solo ve el aspecto exterior, y su incapacidad de experimentar el fenómeno del deslumbramiento, lo hace renegar de toda posibilidad de que exista «un interior de las cosas», algo más allá de toda apariencia. No es extraño así que lo fantástico sea para él tan solo un juego intelectual sin trascendencia (de ahí su predilección por Borges)”. Pero el artículo de Pellegrini habría que reproducirlo por entero.




jueves, 25 de julio de 2019

Hoy, en Leeds

Se celebran hoy en una de las capitales del surrealismo estas “proyecciones espectrales”:


Y prosiguen estos “encuentros”, que ya anunciamos en su día de inauguración, pero de los que ofrecemos hoy este cuaderno con interesante texto colectivo: