jueves, 25 de julio de 2019

Laura Corsiglia

Damos unas imágenes de la exposición de Laura Corsiglia que transcurre en la Galería Tom Knight de Eureka, California. La pieza grande es Plunge dive.





domingo, 21 de julio de 2019

Alice Massénat: cuatro nuevos títulos poéticos

Nada menos que cuatro nuevos poemas de Alice Massénat han visto la luz recientemente. En Le squelette exhaustif se reúnen el título homónimo (2016), L’atropisme du désir (2016) y Le picador aux yeux d’étain (2018). Esto, en las ediciones Les Hauts-Fonds. Por otra parte, en Éditions Apa, con fecha ya de 2019, acaba de aparecer Glossolalie des ongles.
Una extraordinaria reseña de Claude-Lucien Cauët ha sido reproducida en el blog de Isabelle Dalbe, y a ella remitimos. Una vez leída, poco podría yo no añadir sino ni siquiera decir aquí. Tan solo registramos la aparición de estos libros de una voz poética única, que no puede eludirse.

Claude-Lucien Cauët: “La fiancée vespérale”

Al mismo tiempo que Glossolalie des ongles y también en las Éditions Apa, surge un nuevo poemario de Claude-Lucien Cauët, La fiancée vespérale, admirable poema de amor y revuelta del más arrebatado espíritu surrealista. El frontispicio es precisamente de Alice Massénat.


Man Ray: “Writings on art”

Aparecida en 2016, esta colección de escritos de Man Ray es una publicación fundamental. Edita lujosamente Tate Publishing en asociación con The Getty Research Institute. El precio de 35 euros es una ganga en comparación con los que practica Bloomsbury con su enciclopedia del surrealismo, ya que consta de 456 páginas, tiene capa dura (además, con sobrecubierta) y muchísimas ilustraciones, algunas a todo color.
Jennifer Mundy ha hecho un magnífico trabajo, con buena introducción, eficaces presentaciones de cada capítulo, notas muy acertadas a los escritos y óptima selección de imágenes. Ha conseguido un volumen digno de ese artista fenomenal y personaje entrañable que fue Man Ray, un volumen que hubiera llenado de felicidad tanto a él como a su querida Juliet.
Esta joya bibliográfica debe decirse para empezar que no se limita a los escritos sobre arte de Man Ray. Realmente, se expresa sobre todo lo habido y por haber, aunque predomine la temática artística en un sentido amplio, o sea englobando a la pintura, la fotografía, el cine, los objetos, etc. Conocíamos muchos textos suyos, dispersos en sus libros, pero ahora no solo aparecen reunidos, sino que se incorporan muchísimos inéditos (e interesantísimos), superándose con creces el volumen de Tuti gli scritti que sacó Janus en 1981.
Man Ray siempre practicó la escritura, y aquí encontramos poemas, sentencias, entrevistas (con respuestas, por lo general, escritas), notas, artículos, prefacios a sus catálogos, cartas a amigos y familiares, juegos de palabras, reflexiones... El resultado es espléndido, el de un libro que es un auténtico tónico para el espíritu. Man Ray se retrata en él como en su maravilloso Self portrait: tan lúcido como sencillo, lleno de bonhomía y a la vez de espíritu crítico, exento de toda pedantería intelectualista y de toda pretenciosidad, intransigente  con la estupidez, gustoso de la independencia, hostil a las grandes exposiciones y al mercado artístico (y a políticos, industriales, banqueros, abogados, médicos, arquitectos: “sórdidas profesiones”) y ante  todo fanático de la libertad, una pasión que lo dominó para siempre desde la lectura juvenil que hizo de Walden, la vida en los bosques: “Intento ser lo más libre posible”. El trasfondo anarquista es una constante en este hombre libre que, para empezar, nunca depositó un voto en una urna.
La obra sigue su trayectoria biográfica y comienza con los capítulos de Rigfield/Nueva York, Nueva York Dada y París. En París, la materia va enriqueciéndose, con sus textos de Minotaure y Cahiers d’Art y consideraciones sobre sus trabajos fotográficos, cinematográficos y pictóricos. En una carta a Gertrude Stein le refiere un curioso debate entre Matisse y Breton, sucedido en su estudio. Se cubren los años de sus “cinepoemas”, explicando su alejamiento del cine por la complejidad que el medio fue adquiriendo y que le impedía trabajar a su aire.  Se reproduce entre otros escritos el clásico La photographie n’est pas l’art, de 1937, que llevó un texto de Breton.
El cuarto capítulo se titula “Hollywood Album”, título de una carpeta en que fue anotando sus pensamientos cuando ya se encontraba lejos de los amigos de París. Es entonces cuando se produce su encuentro decisivo con Juliet. Se suceden muchos textos magníficos, que dan muestra de un desparpajo poco común en la época (y quizás en cualquier época). Los pasajes cáusticos sobre el arte subvencionado, la arquitectura moderna, el interiorismo, el animalismo o el parasitismo social son antológicos. Y también hay grandes textos sobre Sade, a quien Man Ray veneraba, como a Lautréamont.
El quinto capítulo nos lo sigue situando en Hollywood, con los artículos en View, el Man Ray Folio (provisto de todas sus ilustraciones), Objects of my affection (ídem), una novela inacabada de título 1944 en que muestra desinterés total por la estructura y por los caracteres de los personajes y una importante carta a André Breton sobre la exposición de 1947, a la que Breton lo había invitado.





















La última sección nos lleva de nuevo a París, y es apasionante, sobre todo por la inclusión del llamado Pepys Diary, de 1953, otro autorretrato perfecto y desconocido, en que el Maestro diserta sobre todo lo que le apetece y muestra su desconfianza total del Progreso. En este extenso “diario” y en otros textos parisinos, Man Ray rechaza categóricamente la música, cada vez más invasora, se opone a la abstracción, señala las debilidades del neodadaísmo, despotrica del carácter casi clínico de las galerías y los museos modernos, propone eliminar entre otras las palabras “seriedad”, “profundidad”, “emigrado” y “expatriado”, etc. Algunos textos son bien conocidos, como el que escribió para la exposición Eros (reproducido arriba) o el de L’Âge du cinéma. En este no solo afirma que ha sido surrealista antes que fotógrafo, sino que reconoce seguir siendo “un surrealista en el más profundo sentido de la palabra”. Son años de apego definitivo al surrealismo, manteniendo muy buenas relaciones con Breton, quien le escribe un poema para su exposición en L’Étoile Scellée. Hay en estas últimas páginas otros grandes escritos, siempre en su manera casi coloquial, como el de Mr. and Mrs, Woodman, exquisitez de humor con que acompañó las 27 fotos de esta pareja de buena madera; una carta a Arturo Schwarz, su gran amigo y estudioso; el poema de sus fotos de cactus; una muy rica entrevista ya de 1973...
“No hay nada más subversivo que la verdad”.


Juan Batlle Planas: el gabinete surrealista

Con motivo de la exposición en Cuenca, Gerona y Palma de Mallorca, la Fundación Juan March ha editado un valioso volumen de cerca de 200 páginas dedicado a Juan Batlle Planas, figura aún poco conocida en relación con su importancia intrínseca y con su notable influencia. Es una pena que el catálogo se centre solo en sus collages y gouaches de los años 30 y 40, pero ya nos deja bastante satisfechos, con la reproducción, por ejemplo, de sus inquietantes “radiografías paranoicas”.
Nacido en Cataluña. Batlle Planas vivió desde los dos años en Argentina, no volviendo nunca a España. Expuso en Buenos Aires desde 1939, y fue un gran conocedor del psicoanálisis, el surrealismo y el budismo zen. Hacia el surrealismo marca a veces sus distancias, sin que sean esas divergencias esenciales.
Pedro Azara hace una buena presentación de sus “montajes”, ofreciendo menos interés un trabajo subsiguiente sobre el contexto boanerense (el artículo de Azara contiene una “información” pasmosa: los vizcondes de Noailles “financiaron” a Salvador Dalí, “refugiado en Buenos Aires durante la Segunda Guerra Mundial por ser judío”). El catálogo propiamente dicho es muy bello, con trece radiografías paranoicas, collages, cadáveres exquisitos, témperas y dibujos. En los años 30 hizo también cajas (a las que volvería en los 60), pero no son contempladas aquí. Sí, en cambio, se nos presenta su labor de ilustrador de libros, entre ellos, en 1943, Ismos de Ramón Gómez de la Serna (suyo es el collage de la cubierta, y suyas tres de las obras que acompañan el capítulo dedicado al surrealismo), Pasiones terrestres de Enrique Molina (1946), Panta Rhei de Julio Llinás (1950) y Las muertes de Olga Orozco (1951); también se le debe el dibujo de la cabecera de A partir de cero, una de las grandes revistas del surrealismo argentino, que dirigió Enrique Molina (1952).


El apartado dedicado a la biblioteca del artista contiene dos artículos más bien flojos, en uno de ellos enumerándose Drôle de menage del infame antisurrealista Jean Cocteau como si fuera otro de sus libros surrealistas, pero es cierto que Batlle Planas poseía muchas obras importantes del surrealismo. Mucho lo influyó en la etapa final de su vida el Diccionario de símbolos de Cirlot.
La Antología es espléndida. Comienza con tres textos suyos. En una breve nota señala cómo el Bosco, El triunfo de la muerte de Brueghel y Lautréamont “aleccionaron” la “búsqueda” de su pintura. Sobre el último, debe acotarse que de 1942 es el Verdadero retrato del conde de Lautréamont hecho por Juan Batlle Planas, quien fue su contemporáneo y amigo, y que Poseidón le encargó en 1946 ilustrar Los cantos de Maldoror, acabando por perderse los veinte dibujos que hizo. Su devoción por Lautréamont y la inspiración en su obra nos hacen pensar en otro artista catalán de que hemos hablado en una ocasión: David Martí.
A la revista Cero (Primer objeto narguile que trata de un homenaje a Batlle Planas, el surrealismo, Breton y ciertos elementos para la nueva realidad), de 1967, aporta una larga prosa poética y un ensayo muy personal sobre Breton, desaparecido pocos meses antes. Pero sin duda el plato fuerte de este catálogo es el extraordinario ensayo de 1948 elaborado por Aldo Pellegrini. Un portento de lucidez y de energía, imprescindible por lo que se refiere a la obra de Batlle Planas de los años 30 y 40, pero a la vez disertando admirablemente sobre el surrealismo. Crítico excepcional era Pellegrini, entre los máximos del surrealismo, en cualquier lengua.
Se suman un texto breve y certero de Mujica Láinez, dos poemas de Alejandra Pizarnik (y una entrevista de 1957 en la que Batlle Planas le manifiesta, algo mezquinamente, sus reservas hacia el surrealismo) y una nota y dos cartas de Enrique Molina. La nota es de 1975, cuando a Molina ya se le ve el plumero de las décadas siguientes, aludiendo a la “ortodoxia surrealista”, pero las cartas, de 1948 y 1950, son formidables, recomendándole El alma romántica y el sueño de Béguin y celebrándole “ese vertiginoso mundo que el surrealismo intuye y que dará la verdadera medida del hombre”.
Cierra este volumen una completa bibliografía de y sobre el artista, seguida de una lista de sus exposiciones individuales y colectivas.

Juan Batlle Planas, Radiografía paranoica, 1936

Nuevos delirios de Ernest de Gengenbach

Uno de los personajes más pintorescos que han circulado por el surrealismo es Ernest de Gengenbach. En una bonita edición de Marc-Gabriel Malfant (Figueras, 2019), se da a conocer un texto de unas 70 páginas donde Gengenbach refiere cómo, tal un nuevo Léon Bloy, quiso convertirse en el vocero de un nuevo culto mariano, emanado de un niño de cuatro años al que se le había “aparecido” la Virgen (y existente aún hoy). Espis un nouveau Lourdes?  es el título de este cuaderno precedido de una carta suya y publicado como autoedición en 1949, sin haber tenido prácticamente difusión alguna. La acción transcurre en dicho año, e interesa, más que por la batalla del niño, por lo que Gengenbach, personaje de tomo y lomo, cuenta de sí mismo.
Su escritura es, como de costumbre, muy divertida, de un humor uno no sabe muy bien si voluntario o involuntario, con constantes referencias a sus “descarríos” y “demonios” surrealistas y a su eterna debilidad por la belleza femenina. Una de estas beldades cuenta cómo lo “embrujó, hechizó, vampirizó”, ya que era “más fuerte que los sacerdotes, las monjas, la Iglesia y Cristo”; al perderla a causa de la iglesia católica, decide entregarse a “una actividad literaria satánica”. Recuérdese que ya por entonces Gengenbach había publicado Satan à Paris (1927, presentada por Breton), La papesse du Diable (1931) y Surréalisme et christianisme (1938), como este mismo año publicaría Judas ou le vampire surréaliste y –en Losfeld– L’expérience démoniaque y en 1952 Adieu à Satan, que también fue su adiós a la literatura.
De lo más interesante de este insólito escrito son sus reflexiones sobre los destinos trágicos de Crevel, Artaud y Desnos. Gengenbach presume de haber sido el único que rezó ante la tumba de Artaud el día en que lo enterraron y considera que el huésped de los tarahumaras se debió haber hecho un exorcismo, como él mismo se hizo. También se jacta de haber sido el único surrealista que firmó un pacto con Satanás. Porque en todo momento se encaja no duradera sino convulsivamente en el surrealismo. Así, se define como un “antiguo poeta surrealista” y habla de sus “camaradas surrealistas” (“enrolados en la armada del Anticristo”), de su “laúd de poeta surrealista”, de su “máscara surrealista”... En las alturas de 1949, Gengenbach los asocia a los conciliábulos existencialistas, y en plena marea de un nuevo giro religioso, marca su distancia de lo que llama “la putrefacción bizantina de los estetas surrealistas”. Pasaje memorable es el del sueño del grueso lagarto negro (especie de dragón-serpiente) que ha tenido el niño y que Gengenbach interpreta como un mensaje dirigido a él.
Las últimas páginas (114-115) reservan una sorpresa, ya que Gengenbach se levanta contra la destrucción de la vieja Francia por parte del progreso capitalista, contra “la pérdida del sentido estético en un siglo espantosamente industrializado y mecanizado”, contra “el dirigismo de Estado”, “la inercia y la apatía de todos los sucesivos ministerios de las Bellas Artes”. “La aniquilación, en algunos segundos, de todas esas maravillas edificadas lentamente y con una paciencia amorosa por nuestros ancestros, zambulle el alma en la consternación... ¿Cómo creer en la civilización, en el progreso, cuando se atraviesa Saint-Lô, Vire, Argentan?...” El pobre Gengenbach, al hablar de esta “barbarie demoledora” en 1949, difícilmente podía imaginarse lo que estaba por venir, y no digamos en la propia ciudad de París.
Espis un nouveau Lourdes? lleva una presentación de Philippe Didion, correcta aunque considerando a Yvan Goll “surrealista”. ¿Pero qué esperar cuando hasta la reciente enciclopedia británica del surrealismo, que tanto alardea de rigor en la materia, lo incluye en su infortunado catálogo de “surrealistas”?

“The International Encyclopedia of Surrealism”

The International Encyclopedia of Surrealism es una publicación de demasiada envergadura como para hacerle una reseña breve. La que hemos escrito se ha extendido tanto como para incorporarla en un pdf adjunto; si no, atiborraría este espacio caracterizado por la brevedad.
Se trata de una obra que oscila entre la magnificencia y la chapuza, el rigor y la inconsecuencia. Atiéndase que, aunque en la reseña le demos un buen repaso, no deja de reconocerse que nos encontramos ante un conjunto muy valioso, y con textos inestimables.