sábado, 30 de abril de 2016

Fernando Palenzuela: escribir lo verdadero


En edición bilingüe, Sonámbula acaba de publicar un libro de la máxima importancia: Uno sin uno/Un sans un, nuevo poemario de Fernando Palenzuela, que sucede a otros tantos hitos en la poesía surrealista americana, por no decir en la poesía sin más: Amuletos del sueño (1972), La voz por enterrar (2005) y Esfera inacabada (2009), este último también en Sonámbula pero en su caso con una edición en español y otra en francés, traducida por Carlos Sedille; ahora, son Guy Girard y Enrique Lechuga quienes han hecho la labor de traslación de un poemario que puede también ser visto como un único poema.
En alianza perfecta, Enrique Lechuga ofrece una serie amplia de ilustraciones, fotomontajes tan ásperos e intensos como estos poemas sin concesiones ni tapujos, sin una sola veleidad estética, en que reinan la paradoja y el desasosiego. Navegando por este libro, nos situamos en el polo más opuesto a esa banalidad estúpida y alienante que se ha enseñoreado como nunca del mundo “avanzado” y de sus masas ultracivilizadas.
Dos epígrafes encabezan Uno sin uno: del Maestro Eckhart (“Solo la mano que borra puede escribir lo verdadero”) y del Conde de Lautréamont (“Sepulturero, ¿por qué lloras? ¿Por qué esas lágrimas parecidas a las de mujer? Recuérdalo bien: estamos en esta nave desmantelada para sufrir”). Que la segunda aparezca ya aludida en “Eco de sombras”, poema de La voz por enterrar, sirve para advertir que los cuatro libros de Fernando Palenzuela –como ocurre con muchos grandes poetas– ganan aún más si leídos en sucesión o simultaneidad.
“Expulsado de la realidad por mucho tiempo / He sobrevivido al hacha del verdugo / Prefiriendo morir sentado entre las llamas / Que ir saltando de una piedra a otra. / Solo tu mirada o el recuerdo de tu mirada / Me alienta a correr hacia el abismo / Que reside en las fauces del tigre / Hacia el trueno que retumba / Solitario y sonámbulo”.
“Creo porque es absurdo / Que uno sin uno / Es igual a dos: / El que es y el que no es / Al mismo tiempo / Mirándome / En el espejo invisible de la noche / Espero el tres”.

Enrique Lechuga, fotomontaje en Uno sin uno

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El sitio de Sonámbula, sobrio como debe ser, hay que consultarlo para apreciar la gran labor que está realizando, así como para leer las palabras editoriales, exponente impecable de que lo debe ser una actitud surrealista firme y consecuente.

Imágenes recientes de Jacques Lacomblez

Jacques Lacomblez, La naturaleza resiste, 2014

De nuevo la galería Quadri de Bruselas presenta, hasta el 14 de mayo, obras de Jacques Lacomblez, muy recientes, ya que van de 2013 a 2015. Resulta exaltante que estas imágenes produzcan en nosotros la misma impresión de fuerza y autenticidad que los poemas de Fernando Palenzuela y los fotomontajes de Enrique Lechuga, anunciados hoy mismo en Surrealismo Internacional. Son la muestra de que, a pesar de la debacle general de un mundo que se hace día a día más hostil y vacío, nada está realmente perdido, de que, como titula Lacomblez una de sus piezas aquí ofrecidas, La naturaleza resiste.
Otros títulos que se pueden admirar, o mejor dicho, en los que podemos entrar a lo largo de las 16 páginas del catálogo son El sentido del paisaje, El perturbador, En otra parte, hace mucho tiempo, La colina del ruiseñor, La escala de las transmutaciones, La escala alquímica, En las colinas apátridas, Acantilado del crepúsculo, La llamada de los buitres, Septentrión austral, Nocturno, columna de Aurora, el bosque triangular
Escribe Pascal Goffaux: “Jacques Lacomblez pinta formas que semejan pedazos de minerales o de tejidos vegetales que reunidos crean un paisaje mental fragmentado como si el cuadro fuera constituido por múltiples planetas, por una constelación de formas despegándose del fondo. Hay un horizonte muy a menudo. Hay estratos geológicos. Fuerzas se ejercen y mantienen las  formas en un equilibrio tenso y frágil que evoca la visión del funámbulo de Paul Klee. Una construcción subtiende la imagen, incluso si la geometría euclidiana no es citada. Jacques Lacomblez es un constructor a escala cósmica. Un agrimensor del cosmos”.
Y traducimos a continuación, del catálogo, el texto configurado a partir de una entrevista con Lacomblez.

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Jacques Lacomblez, La escala alquímica, 2013

Nacido en 1934, Jacques Lacomblez, alimentado desde la infancia de pintura, música, literatura y luchas sociales (por su abuelo materno), hizo su primera exposición en 1952, en la galería Saint-Laurent, verdadero vivero de los jóvenes talentos. El encuentro, en 1948, del pintor y militante político Henri Heerbrant, fue decisivo: es significativo que este le pusiera en las manos, simultáneamente, el Manifiesto de 1848 de Marx-Engels y el Manifiesto de 1924 de Breton. En la misma época, el descubrimiento de la obra de Freud y de Schönberg, su pasión por el romanticismo alemán (Novalis, Tieck, Jean Paul, Schlegel) y por el simbolismo (Moreau, Rimbaud y sobre todo Mallarmé) ensancharon las fuentes con que trazó su camino. Para él, parece (como para los antiguos poetas chinos) que no sea lo que importa el punto de destino, sino el propio camino que convoca los encuentros. Estos fueron innumerables. Encuentros determinantes tanto en los libros y obras como en la vida. Citemos los de Édouard Jaguer, Georges Henein, André Breton y –esencial– Claude Tarnaud. Desde hace 65 años, Lacomblez prosigue obstinadamente su camino, sin preocuparse por las modas, hasta el punto de navegar, desde hace mucho tiempo, a contracorriente. Desconfiado de los que llama el “corporativismo” de los artistas, se declara “fabricante de imágenes”: en efecto, una lenta artesanía le es necesaria, en la germinación de la imagen tanto como en el “dejar llegar” del poema.
Si se considera el conjunto de las obras realizadas hasta este día, se puede, sin extrapolación, considerar que se trata de las de un imaginero (él prefiere este término al de “pintor”) paisajista –paisajes metamorfoseados, universo en nacimiento, en lenta proliferación, acogiendo cosmogonías desconocidas, y donde los horizontes parecen ora fragilizados, ora multiplicados. Se encuentran a menudo esas metamorfosis del paisaje en el surrealismo y en la parte de la abstracción lírica que le es vecina; entre tantos otros, en Yves Tanguy, Max Ernst, Jorge Camacho (sus territorios herméticos), Karl Otto Götz (tempestad de la Gesta y del gesto), Max Schoendorff (los “dépaysages”), Jean-Claude Charbonel (sus “reservas” de armorígenes) y singularmente, en un muy vasto universo, en Jacques Zimmermann, que Édouard Jaguer consideraba “uno de los más grandes pintores líricos europeos”.

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Aprovechamos para anunciar otra bella exposición en la misma galería: la de Lucques Trigaut, que abre a fines de mayo.


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Por último, anotemos, en la Fundación Granell, la exposición de Kathleen Fox (“Desvío: ciclistas, apéense”), hasta el 26 de junio, y la de Philip West (“Itinerarios equivocados”), hasta el 15 de mayo.

Nuevas gaditanas


Las Ediciones Las Dunas dan a conocer otra publicación de Un Caminante, tras La cosecha deslumbrante, Las olas convergentes y Corrales y curiosidad. Ahora, Las revelaciones oceánicas se compone de una decena de fotografías marinas, con títulos magritteanos, sobre los restos de la civilización que aparecen en las orillas, más una que, en sentido contrario, muestra a un cangrejo sobre el empedrado callejero.


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Simultáneamente, en el mismo formato y con la misma buena calidad de papel, aparece, elaborado por Javier Gálvez y Bruno Jacobs, el número 1 de Mareas. Diario de las revoluciones marinas, cuya “edición de pleamar” se compone de tres partes: “Régimen de mareas”, “Notas sobre el paisaje marino” y “Desanclados”. El primero contiene una referencia a la perca trepadora, “el nocturno y pugnaz anabas testudineus, pez surrealista que nunca se reproduce en cautividad y que no se conforma con limitarse a salir del agua por la noche, sino que se aventura a reconocer nuevos territorios tras colarse insolentemente en barcos de pesca, e incluso se deleita en trepar por los troncos de los árboles costeros”.
Cuando hice la reseña de La cosecha deslumbrante, su motivo de las salinas me llevó a unas digresiones personales sobre las de Portugal, luego ampliadas a las de Lanzarote, a las andinas fotografiadas por Alex Januário y a las de Rik Lina en varios lugares del mundo; también el texto sobre los corrales pesqueros de Chipiona me retrotrajo a las visitas a los “caneiros” del Guadiana lusitano. Ahora, las seis fotos del cementerio de anclas en Puerto de Conil me recuerdan el del Arraial do Barril (Tavira), que descubrí y fotografié el 25 de octubre de 1992, restos de los gloriosos tiempos de la pesca del atún en el sur de Portugal. Este Arraial existió entre 1841 y 1966.


Arraial do Barril

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El signo oceánico impera también en El hilo de las mareas, que Gálvez y Jacobs publican en Solsticio Ediciones (Madrid), con fotos sacadas en La Caleta gaditana el 22 de marzo, acompañadas de breves leyendas. Reproduzco el detalle de esta maleta que ha encallado en las piedras de El Teso, zona de La Caleta y territorio que yo exploraba hace ahora unos cuarenta años, cuando paraba muchas horas en Cádiz a la espera de que el barco siguiera para Barcelona o volviera a las Canarias. Por ello, no es sin una emoción particular como asisto a los pasos marinos de estos caminantes.
En la página en que aparece este detalle hay, debajo, la imagen de unas llaves bajo el mar de la costa.



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Un diminuto folleto de las Ediciones de la Oscuridad, Xalapa, Veracruz, 2016, viene firmado por Violeta Cadena, quien en Cádiz ya había publicado Ruido de muros, por lo que lo registramos en compañía de Mareas y Las revelaciones oceánicas. Comparte además con ellos un mismo tono poético, en este caso atento a la “presencia popular en las calles y sus cultos: fantasmas de la ciudad que afirman el afán por lo desconocido”. Leyendas de Xalapa es el título de esta bella prosa acompañada de la imagen nocturna y desierta de una calle de la Xalapa antigua, sobre cuya profunda impresión en el espíritu del paseante ya disertó Bruno Jacobs en un texto incluido en el n. 4 de la revista del grupo surrealista de Leeds, Phosphor (“Notas sobre la ciudad onírica”).

jueves, 28 de abril de 2016

Albert Marencin en Burdeos


Figura capital del surrealismo eslovaco, nacido en 1922, Albert Marencin inaugura mañana, en la galería Première Ligne de Burdeos, una exposición de collages, hasta el 28 de mayo. Título: “Treize à la douzaine, théléphone sur Bratislava-Bordeaux”. Colaboran en el catálogo, entre otros, Jacques Abeille y Laurens Vancrevel. Señálese que Abeille le publicó en Burdeos tres cuadernos a Marencin, entre 1977 y 1984, justificación del título de esta exposición.
El collage que vemos arriba pertenece a la serie “Los símbolos del deseo y del miedo”. Otras de sus series son “El sueño erótico”, “Retorno a lo desconocido”, “En el campo magnético de los sueños” (homenaje a Karel Teige), “Visiones y sueños”…
Amplia información, y textos valiosos, hay en las señas siguientes:

domingo, 24 de abril de 2016

Evocando a Georges Malkine

Iniciamos hoy una línea que esperamos sea fructífera: la presentación de algunas figuras no muy conocidas del surrealismo, poniendo como primer ejemplo a Georges Malkine. En primer lugar, transcribo la semblanza que le dedico en la segunda edición de Caleidoscopio surrealista, siguiendo unas pequeñas notas complementarias en que señalo algunos aspectos y cito las publicaciones esenciales.

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Georges Malkine (1898-1970). Tras comenzar a pintar en 1920, Georges Malkine conoce a Desnos y entra en el grupo surrealista. Desnos, a quien Malkine le ilustró admirablemente The night of loveless nights, dirá de él: “Poeta y pintor apasionado, Georges Malkine es un gran explorador de esos países del sueño elegidos por sus amigos surrealistas”. En La Révolution Surréaliste colabora con textos surrealistas e ilustraciones (cinco, siendo La nuit d’amour, en el n. 7, celebrada por Édouard Jaguer, quien afirmará que es un anticipo del automatismo de los años 40), y diseña el emblema lautreamontiano de las cartas de la revista, que adoptaría posteriormente Her de Vries para el Bureau de Recherches Surréalistes de Brumes Blondes y que aquí mismo vemos. El Manifiesto del surrealismo lo nombra entre los que han hecho acto de “surrealismo absoluto”, firmando numerosos escritos del grupo, y Breton le dedica la “Carta a las videntes” en 1925 (en julio de ese año, Jacques-André Boiffard le hace un anagrama en el n. 4 de La Révolution Surréaliste: “Georges Malkine: gorge câline de la mort”). De 1926 es su único escrito –espléndido– sobre la pintura: “Pintura de exploración”, y hay que subrayar la importancia de sus combinaciones de pintura y collage, muy singulares en esta década. En el 27 expone en la galería surrealista, con un éxito que lo desazona y que lo hará dejar el arte y, ello unido a las disensiones del 29, marcharse para Oceanía. A la vuelta, se alinea con Breton en el conflicto del “Segundo manifiesto”, aunque se aleja en el 32, a raíz del asunto Aragon. Hombre de muchas profesiones, llegó, en 1938, a unirse a un circo, habiendo sido también vendedor de corbatas ambulante, violinista, buzo, impresor y actor de cine. Fotógrafo, es suya una de las mejores fotos de Breton (así como uno de los mejores retratos, pintado, de su amigo Desnos). En los años negros, formó parte de la Resistencia, siendo encerrado en un campo de concentración, del que logró evadirse.

Georges Malkine, Morada de Thomas de Quincey

En 1948, el aventurero Malkine llega a Estados Unidos. Redacta un libro maravilloso: Au bord du “Violon-de-Mer”, pura delicia llena de humor, solo publicado en 1977, con dibujos del propio Malkine, quien en 1950, además, vuelve a la pintura. Poco gustoso de la vida americana, regresa a París en 1966. Visita a Breton como si tal cosa, pero este muere al poco tiempo, sin poder asistir a su exposición. En ella, Malkine da a conocer una serie maestra, que pertenece por completo al surrealismo (al igual, por lo demás, que todo lo suyo, careciendo aquí de toda significación su alejamiento del 32): las Moradas, construcciones ideales para Breton, Nerval, Satie, Rimbaud, Jarry, Apollinaire, Carroll, Artaud, Villon, Desnos, Li-Tai-Po, De Quincey (su maestro opiómano desde 1925), etc. En el catálogo, titulado Hommage à Georges Malkine, se reproducen textos de Aragon, Baron, Simone Kahn, Duhamel, Ernst, Masson, Neveux, Prévert, Puget y Waldberg. Hasta su muerte, Malkine seguirá pintando en París, escribiendo Alexandrian de esta obra última: “Durante tres años, en una suprema explosión de vitalidad, creó lo principal de su obra, un centenar de lienzos de una fantasía admirable, que se redescubrirán con emoción cuando muchas obras sobrevaloradas de hoy sean olvidadas. Malkine es el pintor de la analogía poética”.
Sobre Malkine el libro fundamental es el catálogo de 1999 Georges Malkine, le vagabond du surréalisme, título que se merece mucho más que André Masson. Este estupendo catálogo del Pavillon des Arts tiene textos de Vincent Gille y propició una rica reseña de Alexandrian en el n. 15 de Supérieur Inconnu: “La pintura de exploración de Georges Malkine”. Luego, en 2004, un catálogo de Les Yeux Fertiles llevó un texto de Gérard Durozoi, y en 2009, la revista Mélusine (n. XXIX) publicó un interesante trabajo de Fabrice Flahutez sobre sus Moradas. Autor también de collages y de objetos-collages, Aube Elléouët le dedicó Le pari de Malkine, incluido en su catálogo de collages de la galería 1900-2000.
“El pintor surrealista por excelencia, por privilegio de inteligencia y de inocencia” (Pierre Peuchmaurd).

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A bord du “Violon-de-mer” es uno de esos libros cuya lectura me hace pensar en traducirlo yo mismo, ya que, por esas cosas tan absurdas de la vida, nadie lo ha hecho antes. En la portada vemos una de las últimas pinturas de Malkine: El mar, de 1970.
Consterna más aún saber que en 1949 nadie quiso publicárselo, habiendo que esperar a 1977, siete años después de su muerte.
El delirante relato viajero (y Malkine gran viajero fue) va acompañado de 20 retratos de sus descabellados personajes, entre los cuales nombraremos al capitán McRaw (y su museo de a bordo), a la sonámbula Alvine (pasajera clandestina), al pianista autodidacta que solo toca con la mano derecha, al astrólogo Cupidron (que tarda un mes en configurar un horóscopo, lo que de paso nos permite recordar que el propio Malkine era un entendido en astrología) y al políglota Kong. Escenas memorables son la de una catastrófica partida de póker, la del baile de disfraces, la representación de Fausto. Los datos que se van dando no son muy fiables que digamos, y así se nos dice el 17 de mayo que “la isla de Tristán da Cunha, descubierta por Lope de Vega en 1790, fue asociada a la islas Seychelles por la renovación del edicto de Nantes”. Al comienzo del relato, el capitán mira su reloj y dice que hay que partir lo más tardar en seis minutos, ya que tiene un encuentro importante en Usatabago (Brasil), a donde arribarán exactamente el 2 de julio, o sea, tres meses después, a las doce y cuarto; pero al final el fiasco es mayúsculo, ya que en Rio de Janeiro descubren que Usatabago es una población absolutamente imaginaria: “no hay un solo lugar, en todo Brasil, cuyo nombre se parezca ni remotamente a ese”.
Leemos en la contraportada: “Georges Malkine nos introduce, a bordo del «Violon-de-Mer», en un viaje que no acaba… el de la paradoja y el absurdo. (…) Ese viaje en la vida es una recuperación constante de todo lo que existe en un mundo donde nada se crea realmente, pero donde sin embargo todo se recrea sin cesar. Apenas un objeto o un hombre encuentra su función, el conjunto en que se inserta se convierte en inútil, irrisorio, absorbido por el eterno batiburrillo de la vida. Este crucero poético es el del momento, del instante, de la eternidad… es la repetición general a bordo del «Violon-de-Mer», que no deja nada escapar, ni desaparecer, incluso durante el mal tiempo…”

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Esta es la publicación capital sobre Malkine: el catálogo de su exposición de 1999. Plena garantía le da el hecho de ser Vincent Gille quien escribe sobre este artista que pintaba para crear cosas que no veía en ningún lado y que, no solo en su negativa a hacer carrera artística, mostró toda su vida un antiacademicismo sistemático. Las ilustraciones están llenas de sorpresas, como la serie haitiana, los cuadros con arena o los “lienzos crueles”.
En la portada, un detalle de Sirenas, 1929.

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No ofrece gran interés, excepto el histórico, esta pequeña monografía que Patrick Waldberg le dedicó el año de su muerte. La pintura es Los paseantes, de 1968, y Malkine, lo que casi nunca hizo, se ha retratado a sí mismo, cuando, en los tiempos en que vivía en Shady e iba a pie a Woodstock, lo llamaban “el caminante”. “Défense” muestra incompleto el famoso cartel “Défense d’afficher”, tan conocido por los parisinos desde 1881. En un bosquejo del cuadro, las dos figuras aparecen al revés: el hombre avanza por la acera hacia la derecha y la muchacha camina por la calle hacia la izquierda, pero siempre encontrándose sus sombras.

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Mélusine, con buen tino, eligió para la portada de su número sobre la arquitectura y el surrealismo (donde una gran ausencia fue la de Edward James) la morada de Antonin Artaud. De las cuarenta que hizo, vemos más arriba la de Thomas de Quincey, y es que las Confesiones de un comedor de opio fueron una de las lecturas claves en la vida de Malkine.
El trabajo de Fabrice Flahutez, aunque no se ocupe de la singularidad de cada una de las moradas, es excelente, señalando el gusto de Malkine por los espacios grandes y vacíos.

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En cuanto al logo surrealista que le encargó Breton en 1925, es una referencia al último de Los cantos de Maldoror, cuando el héroe se convierte en cisne negro que carga sobre la espalda un yunque y el cadáver de la tortuga que es la última metamorfosis del arcángel. (“¿Dónde ocultará el arcángel? Se echa a la espalda un yunque y un cadáver; se encamina hacia un gran estanque con las orillas cubiertas y como amuralladas por una inextricable maraña de grandes juncos. Quiso primero tomar un martillo, pero es un instrumento demasiado liviano, mientras que con un objeto más pesado, si el cadáver da señales de vida, lo depositará en el suelo y lo hará polvo a golpes de yunque. Cuando tuvo el lago a la vista, lo vio poblado de cisnes. Lo imagina un retiro seguro para él; merced a una metamorfosis, sin dejar su carga, se mezcla con el tropel de las demás aves”.)

viernes, 15 de abril de 2016

Graubard & Simpson y el Jardín de las Hespérides

Enlace de una maravillosa publicación puramente surrealista: The Garden of Hesperides, historia de Allan Graubard y collages de Gregg Simpson:

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Celebración sadiana en el neoyorquino Cornelia Street Café, el día 27:



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En las Éditions de la Grenouillère, Quebec, aparece La couturière et l’homme-poupée, de Beatriz Hausner.
En Passage du Sud-Ouest se ha publicado Et mes moi l’un après m’autre decrochent, de Régis Gayraud, con frontispicio de Bruno Montpied.
En la Halle Saint Pierre, París, hasta el 26 de agosto, sigue la exposición “L’esprit singulier”.

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Sigue en caída libre la colección de discos Phares. Del dedicado a Claude Cahun, ya ha surgido la crítica del parasitismo con los espléndidos estudios de François Leperlier, editor además de los escritos de Claude Cahun en un volumen de más de 700 páginas, lo que no obsta a afirmar que “la mayor parte de los textos de Claude Cahun son desconocidos, publicados en periódicos y revistas raros o completamente inéditos”. Tanto la “cronobiografía” como la monografía de Anne Egger han sido denunciadas por Marc Jimenez como perfectas imposturas.
Ya en su día –en nota ya eliminada del blog– señalé que asistíamos a una inflación bibliográfica sobre Claude Cahun después de los trabajos modélicos de Leperlier, pero que concedía el beneficio de la duda al libro de Anne Egger por venir avalado por Richard Walter. Este beneficio queda ahora retirado.

Michael Löwy: surrealismo y romanticismo

Michael Löwy, Descartes cogitando

Hemos tenido acceso a una traducción inglesa de la entrevista que Analogon hizo a Michael Löwy. Aunque toda ella es de uniforme interés, seleccionamos la parte final, sobre las relaciones entre el surrealismo y el romanticismo.

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«Surrealism is, of all the modern cultural movements, the one which has carried to its highest expression the romantic aspiration to re-enchant the world. It is also the one which has incarnated, in the most radical fashion, the revolutionary dimension of romanticism, and its revolt against the industrial/capitalist civilization. Of course, the Surrealist reading of the romantic heritage of the past is highly selective. What attracts them to Hugo, Musset, Aloysius Bertrand, Xavier Forneret, and Nerval is, as Breton wrote in “The marvelous against the mystery”, the “will to the total emancipation of man.” It is also, in “a good number of Romantic or post-Romantic writers”—like Borel, Flaubert, Baudelaire, Daumier or Courbet—the “completely spontaneous hatred of the bourgeois type,” the “will to absolute non-compliance with the ruling class”.
As revolutionaries inspired by the spirit of the Enlightenment, of Hegel and above all of Marx, the Surrealists were, at the same time, the most resolute and uncompromising enemies of the values at the core of romantic-reactionary culture: religion and nationalism. As the Second Manifesto states: “Everything must be done, every method must be available to destroy the notions of family, nation, religion.” At the gates of the Surrealist paradise can be found, in flaming letters, that well-known libertarian inscription: Neither God nor Master!
What the Surrealists shared with the other Romantics is the passionate interest for pre-modern, pre-capitalist cultural forms of the past, as manifestations of an enchanted way of life. But, unlike most Romantics, there is for the Surrealists no closed and static “Golden Age”. What they searched for in Celtic culture, Alchemy, the Kabbala, Astrology, Magic art, the legends of the Mayas, the Navajo’s kachina puppets, or the rituals masks from Oceania, was the Gold of Time (l’or du temps). In the Surrealist view of history, radically opposed to the western Grand Narrative of Progress and Civilization, these golden moments are irruptions of the Marvelous, that either precede or resist the modern capitalist disaster. To borrow Walter Benjamin’s well known image, Surrealism brushes against the grain the dominant view of history, and privileges the magical cultural forms that break the continuum of the empty time of “progress”.
The Surrealist had no intention to reproduce these pre-capitalist forms, or to imitate the art and the life of the so-called “primitive” cultures: they drew inspiration fron them in their poetical/revolutionary attempt to re-enchant the world. For Breton (Arcane 17) and his friends, the aim was not to restore the “Lost Paradise” of the past, but to re-invent, in the present and the future, the rebellious gesture of Lucifer, the fallen Angel of Light,»