miércoles, 12 de noviembre de 2014

Surrealismo como movimiento y como “filosofía de la vida”


Skira ha publicado hace unos meses este volumen de más de 500 páginas de Arturo Schwarz, acompañado de un disco con una enorme lista de exposiciones del surrealismo y sobre el surrealismo y otra, que no se queda atrás, de revistas del surrealismo y sobre el surrealismo. La utilidad de estos repertorios es muy grande, y además se detallan las obras presentadas en la mayoría de las exposiciones y los índices de muchas revistas, entre ellas algunas que, por una u otra razón, no conocemos bien, como el London Bulletin, View o Analogon, o cuya carestía nos ha hecho imposible conocer, como a mí me ocurre con dos números de TransformaCtion o con el único de Dies und Das, que hizo Ted Joans. El campo es vastísimo, y de ahí que tanto en un corpus como en el otro falten cosas. Pero ello es inevitable, y solo he de señalar una confusión importante, ya que, en el capítulo de revistas, aparecen asociadas como si fueran una sola el Melmoth inglés y el Melmoth de Vancouver.
El primer apartado del libro –que no lleva ilustraciones– se abre con un estudio de Schwarz que posee la densidad y lucidez que se le conocen. Tras los capítulos “Actualidad del surrealismo”, “Primera fase de la aventura surrealista (1916-1922)” y “La actividad política: libertad color del hombre (1925-1964)”, los tres grandes bloques temáticos en que se detiene son la poesía, el arte, el amor y el juego surrealista.
El apartado segundo se lleva la parte del león, y su planteamiento no difiere mucho de Caleidoscopio surrealista, que Arturo Schwarz me pidió en su día, prometiéndome a cambio mandarme el suyo cuando apareciera (cosa de la que debe haberse olvidado). Pero en su caso, se trata de una antología de textos sobre las distintas proyecciones internacionales del surrealismo, casi todos ya conocidos y de calidad desigual, aunque la mayoría sean buenos y hasta muy buenos trabajos. Entre los que parecen haberse redactado para este volumen se encuentra (y creo que no hay más) el de Silvano Levy sobre Gran Bretaña (magnífico, y llegando loablemente al presente) y los de Eugenio Castro sobre el grupo de Madrid (y nadie mejor para hacerlos). Hay tan solo un par de pifias: la escuálida nota de Pierre Rivas sobre Perú, tomada de Biro y Passeron, y la reproducción del “Balance” de José Augusto de França sobre Portugal, pobre y anticuado y usurpando un espacio que debió ocupar Mário Cesariny. De lamentar también que Argentina lleve un ensayo que se reduce al arte plástica, aunque lo firme Jorge Kleiman. De resto, abundan los textos impecables: Xavier Canonne sobre el surrealismo en Bélgica, Bruno Solarik sobre el surrealismo checo y eslovaco, el ya clásico relato del grupo de París sobre el surrealismo en Francia tras la muerte de Breton, Nikos Stabakis sobre el surrealismo en Grecia, Petre Raileanu sobre el surrealismo en Rumanía, Emmanuel Guigon sobre la aventura tinerfeña, Bruno Jacobs sobre sus años en el grupo de Estocolmo, Rafet Arslan sobre la eclosión turca, Penelope Rosemont, Paul Garon y Connie Rosemont sobre el surrealismo en Chicago, Shibek sobre el surrealismo en Portland, Allan Graubard sobre el surrealismo de Invisible heads, Sergio Lima sobre el surrealismo en Brasil, Enrique de Santiago sobre el surrealismo en Chile, Franklin Rosemont y Robin Kelley sobre el surrealismo en el Caribe y en El Cairo y El Janabi sobre el surrealismo en el mundo árabe. Fuera de estos textos hay algunas cosas que lamentar, como por ejemplo que se haya echado mano de la simple nota de Jun Ebara sobre el Japón, cuando bastaba acudir a Vera Linhartová, o que el capítulo de España se reduzca al par de años de Tenerife y a Salamandra. Engañoso es el capítulo “Surrealismo en Colombia”, ya que se limita a las figuras afroamericanas y un poeta inmenso como Raúl Henao no es nombrado ni una sola vez. No hay índice onomástico, pese a que este tipo de obras lo exigen; ese problema, evidentemente, no existe con el material del disco adjunto.
Un acierto muy grande es la inclusión de notas de y sobre los grupos actuales: los dos de Londres, el de Leeds, Capa, la sección del Cabo Mondego, el de Madrid, el de Estocolmo y el turco; y, en algunos casos, acompañadas de manifiestos.
En suma, una obra que informa de mucho y que se enriquece con uno de los típicos ensayos del maestro Arturo Schwarz.

Dos notas

Acaba de aparecer el número 7 de Patricide, dedicado al surrealismo y el cine:
Por otra parte, aportamos ahora el pdf de la exposición de Adrien Dax, que no pudimos subir hace siete días:

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Al día

La gran publicación surrealista del otoño, aparecida hace unos días, es la del número segundo de Hydrolith, que promete ser, por lo que respecta a las búsquedas actuales del surrealismo, tan importante como el primero.
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Janice Hathaway, activa en el grupo surrealista de Birmingham, Alabama, desde fines de los años 70, expone collages en la Virginia Selden Gallery de Norfolk.
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Una exposición de Lou Dubois tiene lugar, hasta el 15 de noviembre, en la Librairie Galerie Matarasso de Niza. La exposición, “Mad is Rose”, coincide con la publicación de un librito que recoge 22 collages con las aventuras de Mad(emo)is(elle) Rose, una nueva Alicia, pero también una bisnieta o tataranieta de Rrose Sélavy. Mad is Rose lo edita Venus d’Ailleurs, que publica también una buena revista.


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Dibujos de Alain Jouffroy se exponen hasta el 14 de noviembre en el Sometime Studio, con el título de “Si tant est que l’on en ait besoin”.
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Homenaje en Chile a Braulio Leiva:


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El 5 de noviembre abre en el mamarracho de Les Halles, dentro de un nuevo espacio dedicado solo a la fotografía, una exposición de 70 fotos de Jacques-André Boiffard.
En frente del mamarracho, en el Centre Belgique-Wallonie, se desarrolla actualmente otra exposición, de dibujos de Felicien Rops, Alfred Kubin, Max Klinger y Armand Simon.
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Desde el 14 de noviembre, en las parisinas galerías Convergences e Intuiti, habrá una exposición importante de Adrien Dax.
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Con motivo del centenario de António Dacosta, hay una exposición suya en la Fundação Gulbenkian de Lisboa, y se publica un amplio catálogo que se ocupa de toda su obra.
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En las actas del Colloque des invalides sobre el tema del secreto, celebrado el pasado año, hay un texto de Jean-Pierre Lassalle sobre “el secreto de la palabra surrealidad”. Lassalle indaga los orígenes de un término que, la verdad sea dicha, no ha tenido mucho uso en el propio surrealismo.
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Y por fin, dos imágenes de algunos de los que –afortunadamente no pocos– continúan dentro del surrealismo aventuras de gran aliento.

Jeffrey Karl Bogartte, Soliloquio del pentagrama

Guy Girard, con Mr. Fantômas

Un libro sin sonido

Le silence d’or des surréalistes es un amalgama de estudios sobre el surrealismo y la música, bienintencionadamente reunidos por Sébastien Arfouilloux. Pero es un libro que se podía haber publicado, en vez de en 2013, en 1973, revelando una vez más cómo el discurso académico sobre el surrealismo tiene un retraso sobre este de unos cuarenta años –como mínimo, ya que a veces son muchos más.
Así, en la presentación de Sébastien Arfouilloux y el prefacio de Henri Béhar, puede leerse que los únicos músicos surrealistas han sido André Souris y Georges Antheil, o que el encuentro surrealismo-música no se ha dado, o que “el surrealismo ha dejado la música aparte de su tarea de liberación”... Los “jóvenes investigadores” que se ocupan de la materia, y que supuestamente indagan nuevas “direcciones”, acaban dando en realidad pena, porque lo menos que podían hacer es estar informados de la poderosa relación que el surrealismo ha mantenido con la música en las últimas décadas, particularmente en los Estados Unidos, Inglaterra, Canadá y Suecia. De ello da perfecta cuenta el n. 4 de Patricide, titulado “The sound of surrealisme”, con numerosos textos y un disco de 42 pistas. De otro disco hemos hablado recientemente, al reseñar La chasse à l’objet du désir, y añádase a ello, en una evocación rápida, dos textos ineludibles: el de Shibek en el n. 1 de Hydrolith y el de Jean-Yves Bériou en el n. 2 de L’art du jazz.
Los artículos de Le silence d’or des surréalistes se detienen en los tratos musicales de Soupault, Desnos, Aragon, Gengenbach, Reverdy, Tzara, Péret, Char, Dalí, Bonnefoy, los poetas surrealistas griegos y, por supuesto, André Breton, citado aquí y allá por su rechazo más o menos general de la música, visto como un ogro en las páginas de Alain Chevrier y llamado por Virginie Pouzet-Duzer “el papa del movimiento surrealista” en el dedicado a Péret. Este último trabajo se ocupa de las sugerencias peretianas para la exposición de 1947, de la que se subraya, como si ello tuviera significación alguna, su escaso “éxito” de público, optando esta profesora de universidad americana por comulgar con las críticas que en la época hicieron a la exposición tanto los estalinistas del llamado “surrealismo revolucionario” como el bizco anfetaminado. Trabajos hay también infumables, en particular el dedicado a Giovanna (con salsa de Barthes, Kristeva, Saussure y Jakobson) y el de puro relleno que cierra el libro y se titula nada menos que “El silencio de oro de la música fluxus hacia un grado cero de la creación”, ambos llevándonos en la máquina del tiempo, ya sin rodeos de ningún tipo, a aquel citado año de 1973.
No puede faltar la cuestión del jazz y el surrealismo, pero nada se añade al magnífico trabajo citado de Bériou sobre las relaciones entre el automatismo poético y la improvisación musical, y lamentablemente se peca de reducir el jazz al bop y corrientes posteriores. Para quienes repiten que el jazz ha estado presente en la existencia pero no en la “práctica” de los surrealistas, he aquí una lista, necesariamente incompleta, de surrealistas que han cultivado como instrumentistas la música de jazz: Fabio de Sanctis, Louis Lehman, Jaroslav Jezek, Guy Ducornet, Gregg Simpson, Ernst Moerman, Alan Davie, Jean-Claude Biraben, Ludvik Svab, Ulf Gudmundsen... De remate está George Melly, nada menos que uno de los mejores cantantes de jazz que ha dado el continente europeo. Y ello descontando a quienes han escrito páginas críticas sobre el jazz o se han inspirado en el jazz para sus creaciones verbales o plásticas, como Maurice Henry, Jorge Cáceres, Gérard Legrand, Jorge Camacho, François Valorbe, Philip Lamantia, Claude Tarnaud, Konrad Klapheck, Sergio Dangelo, Élie-Charles Flamand, Alain Joubert, Anthony Earnshaw, Jimmy Ernst, Rik Lina, Paul Garon, Alexandre Pierrepont, Ted Joans, etc.
En 1984, Ted Joans auspició en su revista Dies und das (Esto y aquello), una encuesta sobre el jazz, en la que intervinieron John W. Welson, Jorge Camacho, Konrad Klapheck, Maurice Henry, Louis Lehmann, Jean-Louis Bédouin, John Lyle, Georges Gronier, Roberto Matta, Chris Starr y uno de los grandes maestros de la crítica jazzística, Martin Williams. Algo sí ha detestado el surrealismo siempre, y muy pocas excepciones hay a ello: la llamada “música clásica”, gala por excelencia de la burguesía. En este collage de un poeta, collagista y anarquista admirable, sobre quien muy pronto hablaremos, ello se hace patente tomando como blanco el violín, al igual que hacían Buñuel en L’âge d’or y Maurice Henry en el Hommage à Paganini.

André Bernard, Ligera música de decadencia

miércoles, 29 de octubre de 2014

Molinos, olas... y más salinas

Molinos del Cadaval y Alcainça

Hace ahora ochenta años, al recorrer la provincia de Lisboa, Pina de Morais, en el primer tomo de la Guia de Portugal iniciada por Raúl Proença, llamaba la atención sobre una curiosidad insólita de los molinos de viento, que entonces hacían girar sus aspas un poco por todas partes:
“Una inmensidad de molinos de viento puntúan de blanco las cimas de casi todas las elevaciones, sobre todo de las más regularmente cónicas y de situación más abierta al viento del mar. Lo más interesante, y lo que llena el silencio de las sierras de una música extraña, es que los molineros, para tener compañía, ponen buzios y cántaros regionales en las maderas del velamen, alineados como tubos de flauta, y el molino muele y canta... No sabemos cómo los poetas no celebraron aún esta música bárbara que se despide de las alturas y trae las voces del mar al medio de la tierra”.
Esta es en efecto, una de las sorpresas que al viajero en pos de lo maravilloso le depara la tierra portuguesa en la citada provincia y en la colindante del Alentejo. Aún tuve yo ocasión no solo de sentarme a la sombra de muchos de esos molinos, sino de deparar con tres que estaban en plena actividad –y, en efecto, vaya “música bárbara”, fruto del azar, que hace pensar en un equivalente más moderno de las arpas eólicas, aunque también, por antitética desgracia, en esos horrendos molinos eólicos de nuestro tiempo “ecológico”, estandarizados, criminales de la fauna y destructores de la belleza serrana, y entronizados, además, a la gloria del frenesí consumista.
Miguel de Carvalho, en una de sus excursiones fuera del Cabo Mondego y las calles tortuosas de Coimbra, vivió la sublime experiencia de estos molinos sureños en las tierras del Baixo Alentejo. El “poema vivido”, Do vento coagulado no pano, es objeto de una pequeña publicación artesanal en Debout sur l’Oeuf, y viene acompañado de una fotografía de las aspas llenas de cántaros de barro (“cantarinhas”: preciosa designación, ya que ellas son las que hacen al molino “cantar”).
Los cántaros eran a veces de lata o de caña, pero lo que importaba era que, al pasar el viento que accionaba las velas de lino, funcionaran como instrumentos de soplo con las respectivas cajas de resonancia, produciendo una tonada peculiar y continua, que acompañaba la rotación de las velas. Las jarras, en forma de calabaza, son de diferentes características, y al igual que los “canudos” a que van amarradas, las hacen los alfareros de la región, que las venden en las ferias o según el encargo del molinero. El orden en que se colocan es decreciente, y a medida que más hay, el jaleo musical es mayor, recordándome a mí desde el primer momento el sonido de los sintetizadores, por ejemplo el que podía escucharse en los primeros discos de Tangerine Dream o en algunos pasajes de la música de King Crimson. En la obra capital sobre los molinos de Portugal, Ernesto Veiga de Oliveira –maestro de la etnografía lusitana– reconoce que “a la luz de los conocimientos actuales, el origen, naturaleza, finalidad real de este elemento constituye un problema difícil de aclarar”. Sobre una supuesta naturaleza ritual, los molineros nada saben, señalando que el motivo es lúdico o funcional: “una tonada que les llena las largas horas solitarias que se pasan en el molino, y que al mismo tiempo les advierte de la intensidad del viento, y por eso, muchas veces, escogen cuidadosamente los diferentes calibres de esos elementos, de manera que puedan obtener el sonido más acorde con su gusto y sensibilidad”.
¡Admirable! Y sin que a la vez me recuerde a los campesinos que untaban ciertas partes de las ruedas de sus carros con aceite y manteca, o restregaban con agua o limón el eje, generalmente de roble, para que el carro cantara, existiendo los dichos de que “carro que canta, o seu dono avança” y “quem seu carro unta seus bois ajuda”, así como las cantigas siguientes: “Quem quiser que o carro cante, / molha-lhe o eixo no rio. / Depois do eixo molhado, / canta como um assobio”; “Couções d’amieiro, / apoladouras de giesta, / eixo de nogueira, / todo o caminho é uma festa”. En un libro sobre la población de Alvarenga, António Dias Madureira afirmaba por otro lado que las campanitas de los bueyes eran también “un modo intuitivo del campesino participar, con sus animales, en la gran melodía proporcionada por los sonidos de la naturaleza”, mostrando, además, cómo acababan convirtiéndose en amuletos. Pero el sonido inefable de los carros aún lo pude escuchar yo en algunas montañas de Portugal, ya que en esas lejanías poco efecto tuvieron las normativas de la burguesía (la mayor productora de ruidos horrendos y torturadores de la historia de la humanidad) para que los campesinos enjabonaran las ruedas de los carros, porque hacían demasiado ruido al entrar en las ciudades...


El 26 de septiembre de 1991, entre Santiago dos Velhos y la aldea A do Mourão (La de Mourão, como había otra que se llamaba A dos Loucos, o sea La de los Locos, que tan solo por el nombre ya merecía una visita), encaminé mis pasos hacia su molino en funcionamiento, y hasta departí con el molinero, un verdadero artista, que el mismo interior del molino había aderezado tan tosca como bellamente. Tenía el molino también su gallo de veleta y las argollas para las cabalgaduras, pero lo glorioso era aquel zumbido de las alturas. “La naturaleza es un arpa eólica”, dijo Novalis, pero yo preferí corregirlo aquel día y pensar que la naturaleza es realmente un molino de búzios. Recordemos también la idea daliniana de crear un “órgano de la tramontana”, con el viento penetrando por los tubos que se dispondrían en las ruinas de un castillo azotado por aquellos aires frenéticos, produciéndose armonías “automáticas” siempre mudables, como ocurre con los sonidos de los molinos del oeste portugués. O el pasaje de Strindberg que abre su ensayo sobre “el azar en la creación artística”: “Se cuenta que los malayos practican orificios en las cañas de bambú que crecen en las selvas. Entonces viene el viento, y escuchan, acostados en el suelo, las sinfonías interpretadas por esas colosales arpas de Eolo. Lo singular de esto: cada uno oye su propia melodía y armonía de acuerdo a los caprichosos golpes de viento”.


El 22 de octubre de 1993, coincidí con otro en funcionamiento, cerca de la aldea de Casal do Alto da Foz. Quedaba muy cerca del mar, sus jarras estaban pintadas de verde y tenía barras rojas y tres pisos. En el interior pude ver el cuadro de una hermosura femenina antigua y varias composiciones de decoración popular hechas con postales.


Recuerdo otros muchos de estos molinos, como el que me tuvo largas horas a su sombra en la sierra de Montejunto, aunque ya desactivado, o el de Odemira, ese sí que vivo, y al que acudí nada más verlo. Cerca de Lisboa estaba también el antaño famoso Moinho do Céu (Molino del Cielo), pero ya los tiempos de miseria industrializadora no ayudaban, y en general el panorama de los molinos portugueses desde hace muchas décadas es completamente ruinoso.


Pero en el Cabo Mondego, precisamente... Deambulando por la Serra da Boa Viagem, ya rumbo al faro, di con este increíble molino orientable, en forma de triángulo isósceles con las velas en el vértice de los lados mayores, totalmente construido en madera de roble muy oscura y con ruedas graníticas que permitían hacerlo girar con una palanca, lo que me pareció algo asombroso, aunque luego tuve noticias de que el mismo sistema se daba en los molinos de la playa del Moledo, junto a la desembocadura del Miño. Mismo sistema, pero formas totalmente diferentes y siempre preciosas, ya que hasta insultante es que se llame a las torres eólicas, todas idénticas en el mundo entero, “molinos”.


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Si, como decía Pina de Morais, llegan a las alturas serranas, gracias a los cántaros de barro molineros, las voces del mar, aquí tenemos al Caminante de las salinas a la escucha de esas voces, o mejor de la voz de un Atlántico que baña las costas portuguesas y se prolonga hasta las gaditanas, donde aún consigue moler los desagües de la cloaca mediterránea. Pero nada mejor que reproducir íntegramente el texto de esta nueva entrega en las Ediciones Las Dunas, titulado Las olas convergentes:


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El paseo del Caminante por las salinas de Cádiz ha seguido sumando secuelas. Solo gracias a su comunicación sobre las salinas descubrimos que Rik Lina es un devoto, permanente admirador del exceso de belleza que las caracteriza. Y como me costaba seleccionar una de sus piezas tan inspiradas, al final he decidido ponerlas aquí todas, ya que nunca la poesía será excesiva:

Rik Lina, "Flamingo fish", 1976
Rik Lina, "Bonaire flamingos", 1978
Rik Lina, "Blue salina", 1987
Rik Lina, "Red salina", 1987
Rik Lina, "Salinas", Figueira da Foz, 2012
Rik Lina, "Salinas", Figueira da Foz, 2013

Llamo la atención sobre “Blue salina”, ya que es un montaje en tríptico, con óleo sobre lino (¿de velas de molino?), arena y acrílico sobre plástico y acrílico sobre trapo. La arena, cuyas cartas de nobleza vienen dadas por los indios navajos, y que fue usada pioneramente en el surrealismo por André Masson, como luego por Max Ernst, Alice Rahon, Jean Degottex, Georges Malkine, Joseph Cornell o Frantisek Dryje, ha sido en no pocas ocasiones uno de los materiales mágicos de que se ha valido esta figura esencial del surrealismo que es desde hace ya no pocas décadas el holandés errante Rik Lina.

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En la tabla de fiados de la taberna surrealista salinera, me he divertido imaginando algunos de los nombres que podrían ser clientes asiduos. Me extrañó no encontrar a Rik Lina (quizás porque la Cabo Mondego Section of Portuguese Surrealism tiene su propia taberna en medio de las salinas de Figueira da Foz, a dos pasos del Cabo Mondego y del molino de Quiaios, salinas que inspiraron dos de las imágenes que acabamos de ver), pero ahí están Jorge Camacho, Fernando de Azevedo, Gregg Simpson, Léo Malet, Albert Marencin, Marcel Duchamp, Alex Januário, Charlie Parker y Aleksandar Vuco.
Mi intuición viene corroborada, en lo esencial, por la presencia de M. D., o sea Marcel Duchamp, el “mercader de sal” del surrealismo, que no podía faltar en un lugar como este.

Un libro sin objeto

Tenía pésimas referencias del catálogo Dictionnaire de l’objet surréaliste, y de la misma exposición me habían dicho que se parecía más bien a un piso de centro comercial, tratando de contentar al “gran público” que gusta visitar la refinería Beaubourg. Pero como el catálogo apareció en las listas de mi librería de Zaragoza y por tanto me resultaba muy fácil obtenerlo, heme aquí reseñándolo.
No todo, hay que decirlo, es negativo. Con buena calidad, hay bonitas reproducciones y algunas entradas que merecen la pena, en particular las de Emmanuel Guigon y Gérard Durozoi. Guigon es la gran autoridad en la materia, y por tanto quien debía haber coordinado el libro, pero resulta que en la lamentable bibliografía final ni viene su catálogo de referencia El objeto surrealista, publicado por el Ivam, y sí en cambio los eructos contra el surrealismo de Louis Janover, un panfletillo ridículo de Isidore Isou, dos libros de Jerôme Duwa tan remotamente relacionados con el objeto surrealista como sus propios artículos del catálogo y dos libros inútiles sobre el surrealismo del organizador de la historia, Didier Otinger, uno de los cuales concluye afirmando que con la muerte de André Breton se acabó el surrealismo. Esto último facilita dos operaciones: por una parte, la de acotar un espacio más que trillado donde se puede trabajar del modo más gandul, y por otra la de picotear aquí y allá, al gusto de cada uno, en la supuesta “herencia” del surrealismo. Lo primero hace que predominen en el catálogo artículos que no dicen nada de nada, y lo segundo que se incluyan casos de esa “herencia” que ni mínimamente tienen que ver con el surrealismo en tanto movimiento unitario y duradero. En lo segundo, el citado “comisario” se lleva la palma, ya que la mayoría de las siguientes absurdas entradas son suyas: Théo Mercier, Philippe Mayaux, Mark Dion, Mona Hatoum, Paul McCarthy, Haim Steinbach, Ed Ruscha, Wang Du, Alina Szapocznikow, Arnaud Labelle-Rojoux. Aquí a veces se raya la tomadura de pelo. Para Ottinger, que habla de la “ortodoxia surrealista”, el surrealismo es solo una “corriente estética”. En la entrada de Masson, lo único que parece interesarle son sus enfados y rupturas con Breton, y aunque las estupideces sobre este no abundan en el catálogo, tampoco faltan, con un tal Miguel Egaña calificándolo de “cortador de cabezas” tan solo porque le viene bien para su nota sobre el vocablo cabeza. El “comisario”, en la entrada de Magritte, sigue repitiendo la historieta (bonita, aunque a esta gente le sirva en realidad solo para subrayar la “intolerancia” bretoniana) de que, visitando Magritte a André Breton para cenar, este se agarró una rabieta tremenda a causa de que la mujer de Magritte asistió con un crucifijo al cuello –hace tiempo es sabido que eso no fue sino invención de una de las estudiosas del artista, la base siendo un simple comentario de Breton al marcharse un día los Magritte de una de las reuniones del café.
Pero volviendo a lo que vale, Guigon y Durozoi hacen buenas entradas, que en muchos casos pergeñan lo que pudiera ser algún día un diccionario de motivos. Algunas del primero: bicicleta, silla, jirafa, espejo, mesa, pararrayo, Óscar Domínguez y sus Juegos, Maurice Henry y su Homenaje a Paganini... De Durozoi, que es el más sólido de los colaboradores, con muchísimos y siempre atinados artículos, que valen el libro: paraguas, piedra, pipa, pluma, cabellera, luna, mensaje automático, metamorfosis, metáfora, objeto natural, pan, mariposa (a la vez, finamente, sobre los “papillons” surrealistas), la Nube articulada de Paalen, el Paradis des alouettes de Penrose, Alphonse Benquet y su Rueda oval... Otras entradas interesantes hay del citado Miguel Egaña, sobre el Lobo-mesa de Brauner y sobre los objetos interpretados, en una de ellas afirmando que “no hay estética del surrealismo”, frente a otros que dicen lo contrario; la de Jean-Michel Goutier sobre el libro objeto; la de Didier Semin sobre Mr. K de Brauner; la de María González-Menéndez sobre el Personaje del paraguas de Miró; la de Paul B. Franklin sobre Boîte alerte, el buzón erótico de la exposición Eros; o la de Morgane Rolin sobre botella.
Luego tenemos la habitual lista de dislates, calumnias y manipulaciones: el surrealismo “fue en gran parte falocéntrico” (aunque por los ejemplos que se ponen para demostrarlo, empezando por La violación de Magritte, podría argüirse más bien que “fue” coñocéntrico); la enciclopedia Da Costa fue “concebida en el movimiento de Georges Bataille” (algo totalmente rebatido por la reciente reedición de Kleiber); el automatismo no fue sino “un infortunio continuo” (¡qué gusto da descontextualizar esta cita bretoniana y reducir toda la aventura casi centenaria y siempre vigente del automatismo a estas dos palabras!); Calder o Valentine Hugo nunca fueron miembros “oficiales” del surrealismo (como si no bastara decir que nunca fueron miembros, sin más, del surrealismo); las encuestas sobre la sexualidad son “célebres por la condena de las «perversiones», de la homosexualidad sobre todo” (simplificación que, apoyada en la estúpida “celebridad”, ni da cuenta de la pluralidad de actitudes ni de las excepciones de gran peso que el propio Breton puso a lo segundo); el estudio bretoniano de la Rue Fontaine es el “testamento del surrealismo” (nuevo apunte de historiadores necrófagos). A esto puede añadirse la inclusión de artículos tan tontos como el dedicado a Leonor Fini o, para que no falte la vieja guinda del feminismo universitario, uno del propio “comisario” contándonos que los surrealistas encerraron a las mujeres “en una jaula dorada”. Afortunadamente, Henri Béhar, a quien se debe también la buena entrada de la palabra misterio, dice algo muy diferente en la de Mélusine.
Un profesor de mineralogía escribe no pocos textos científicos que (como los de máscaras) poco o nada vienen a cuento, sobre todo cuando las ausencias de surrealistas que han creado objetos después de 1966 ó 1969 son tantísimas (e incluso, dado el otro gandulismo de centrarse en París y lo más cercano a París, que nadie busque una sola referencia a un surrealista absoluto como Cruzeiro Seixas, quien los hace, y magníficos, desde los años 40-50). Un dossier muy amplio se ocupa de las grandes exposiciones en que intervino Breton, de 1933 a 1965. Es importante señalar que, en la de 1938, se repite dos veces el error de atribuirle el maniquí de Henrique Espinoza a Agustín Espinosa. Hace cosa de un año recibí de Francia un correo pidiéndome, para otra exposición, noticias sobre el canario confundiéndolo con el pirenaico; pude deshacer el equívoco (lo que mucho me agradecieron, ya que tenían el garrafal error en marcha), pero este diccionario lo lanza ahora con consecuencias que tampoco dejarán de ser divertidas, y que hubieran encantado al autor de los textos “Espinosa, Espinosa, Espinosa” y “El traje de novio”, el primero jugando con la coincidencia de su apellido con los de Baruch Spinoza y el poeta barroco Pedro Espinosa, y el segundo narrando el enamoramiento “falocéntrico” de un maniquí femenino de un metro y doce centímetros, visto en un escaparate.
La antología de textos reproduce los más conocidos, disponibles todos en la obra ya clásica de Guigon. La bibliografía de revistas es lamentable, limitándose a las de Breton, a tres números de revistas no surrealistas dedicados al surrealismo y a... Mélusine. No solo se mutila gravemente el surrealismo y su dimensión internacional, sino que se mezclan ajos con coles.
Porque la mezcolanza es lo propio de este catálogo tanto como de nuestro tiempo, haciendo que nos acordemos de Vratislaff Effenberger, cuando decía que entre el sectarismo y el eclecticismo su elección era inmediata.

Cruzeiro Seixas, objeto destruido, 1948;
en el reverso, esta inscripción:
"una pierna de gallina
para matar el hambre de los neo-realistas"



miércoles, 22 de octubre de 2014

Raman Rao


De estas fotografías de Raman Rao, que acaban de aparecer, escribe Brooke Rothwell:
“Every photo Raman Rao gives us is another chance to free ourselves from the familiar, defying our perception to devise a way to come to grips with something unknown, since any semblance of a secure point of view has been jeopardized by a compass that has become miracously obsolete. In his best photos we fail (willingly) to connect: floating free as it were, formless, nameless, seeing ourselves as he sees us, looking back as we search to find what we desire to see in every image. Photography is the relative recognition o a collective hallucination of appetite. It is also an instant lie, since nothing isn’t in perpetual motion. But who cares? Now, thanks to Rao’s vision, we can see what we want to see that wasn’t there before he let us see it”.
Raman Rao es uno de los nombres de Invisible heads, donde lo encontramos aliado a Thom Burns, Philip Lamantia y Laurence Weisberg en el texto automático “Delirio colectivo” (escrito en el legendario apartamento de Lamantia), y donde podemos apreciar fotografías suyas de petroglifos y pictografías, de los espectáculos de Alice Farley –impresionantes– y de las series Water study (2007) y Motion study (2008). Intervino en los dos números del Boletín de Los Angeles (reproduciendo Invisible heads una poderosa carta de afirmación surrealista, dirigida a Jean-Jacques Jack Dauben) y en la exposición “The secret face of scandal” (1986). De 2005 es su película Just like that, y ahora se muestra en Accidental windows –serie de la que veíamos hace una semana una imagen, no incluida en este publicación– como un explorador del surrealismo en lo que tiene de “única ventana viviente sobre los móviles libres y verdaderos” (Victor Brauner).