miércoles, 15 de octubre de 2014

Ráfagas y destellos

Desmond Morris, Ángel de la guerra, 1988

Silvano Levy, a quien debemos un libro extraordinario sobre Conroy Maddox (The scandalous eyes), así como la edición de sus maravillosos textos (Conroy Maddox: surreal enigmas), prosigue con su Surrealist Bulletin. Si los números anteriores estaban dedicados a Toni del Renzio (2006), Desmond Morris (2007) y Patrick Hughes (2011), el cuarto se ocupa de Arturo Schwarz (2013).
En 2012, Silvano Levy editó la segunda parte del catálogo razonado de Morris, cubriendo los años 2000-2012. Si la obra de referencia sobre el famoso antropólogo y artista surrealista es la de Michel Remy (The surrealist world of Desmond Morris, también con edición francesa), los trabajos de Silvano Levy no le ceden, en particular Desmond Morris: Naked surrealism (1999) y Lines of tought (2008), sobre sus dibujos.

*


El 13 de noviembre abre en las galerías Convergences et Intuiti de París una exposición de Adrien Dax, de quien vemos aquí un dibujo de espíritu esotérico, datable en mediados de los 50.

*


Cuando reseñé el último número de L’Or aux 13 Îles, aludí, a propósito de las botellas del matrimonio Beynet, a las pintadas por Magritte, y aquí lo tenemos en plena actividad botellística junto a su amigo Copley, en 1959. En la pared, una de las versiones del Soap bubbles set de Joseph Cornell.
Pero como no debe haber botellas sin copas, añadamos un retrato de los “vasos en posición” del gran Sergio Dangelo, pintado al fondo Jazz per tutti, año de 2002:


*


Los discos de George Melly son abundantes, pero esta recopilación de los primeros años (1955-1959) merece resaltarse, con un buen cuadernillo y la interpretación de viejos temas de los años 20 y 30, que eran su especialidad. En una de las fotos, aparece sentado sobre un muro donde se lee una gran pintada blasfema: “Dada is everywhere”. Y en el texto encontramos una cita suya recordando el día que descubrió el surrealismo al leer el clásico de Herbert Read: “Lo leí y miré sus imágenes, descubriendo que había allí la llave de un mundo que yo había sospechado, pero que no sabía dónde se encontraba. Puedo aún recordar la absoluta alegría de abrir mis ojos en la mañana y pensar: «Hoy, voy a vivir la vida surrealista. Hoy, yo veo a través de los ojos surrealistas»”.
La foto de portada alude a una sesión en que interpretó cuatro macabros blues sensacionales: “Send me to the electric chair”, “Cemetery blues”, “Blue spirit blues” y “Death letter blues”. Melly, tras aludir a lo que hay en esas letras de “invención surrealista”, le responde a los que las encontrarán de “mal gusto”: “Tanto la vida como la muerte no tienen nada que ver con el gusto, y yo tampoco”.

*

Se inauguró ayer en el Musée d'Orsay una exposición sobre Sade y su influjo en las artes, siendo Annie Le Brun una de sus dos organizadoras. Título: “Sade, atacar el sol”. El catálogo, de 304 páginas, lo edita el museo en conjunción con Galimard.

*



De Eugenio Castro se esperan unos “documentales poéticos” hechos en vídeo. Nos contentamos mientras con esta sorprendente fotografía, que, como él mismo señala, es “un «hundimiento del imperio de las luces», o quizá se trate de un «hundimiento de lo que había de humano en las viejas luces (las externas y las internas)»”.

*


También Raman Rao explora la fotografía, y a su ciclo “Accidental windows” pertenece esta, donde reina también el color de las salinas.

*


Otra ventana hay en Vagabundo del vaho, poema erótico de Javier Gálvez que acaba de aparecer en Solsticio Ediciones y que ya era conocido por formar parte del n. 6 de Salamandra (1993), aunque ahora se trata de una nueva versión.
La edición es impecable, con el característico gusto del poeta-fotógrafo por los formatos largos y desplegables, que además permite aquí una declaración automática: “Tu espalda es mi horizonte desplegado en mis labios”.

*


Richard Misiano Genovese no se duerme nunca en los laureles, y de él apreciamos aquí un ejemplo de otra de sus nuevas invenciones: las “superimpositions”.

*


Una exposición del grupo internacional Cornucopia (Rik Lina, Gregg Simpson y John Welson) tiene lugar ahora mismo en el País de Gales. A la vez que reproducimos aquí, para cerrar circularmente, este otro Ángel, remitimos a la página de Simpson dedicada a la actividad de este grupo:

miércoles, 8 de octubre de 2014

Un poema “ateosófico”

En 1948, los surrealistas tuvieron la iniciativa de publicar un manifiesto que refrendaba su “aversión irreductible hacia todo ser arrodillado”: À la niche les glapisseurs de dieu! El surrealista egipcio Ramses Younane declinó firmar porque la crítica de la religión, segun él, ya la había hecho de modo definitivo Benjamin Péret y no valía la pena insistir en lo mismo. En 2006, Guy Ducornet no solo decide tomar la iniciativa de que el documento sea refrendado de nuevo por los surrealistas, sino que publica un volumen capital: Surréalisme & athéisme, ilustrado en la portada por una caja del también “irreductible” Jean Benoît.
¿Y Ramses Younane? Figura excepcional, y autor de un puñado de textos incendiarios, luego se alejó del surrealismo para consagrarse a su obra plástica, pero esto no tiene importancia, sino el hecho de no haberse dado cuenta de algo muy elemental, y es, que si todo ha sido dicho, casi nadie parece haberse enterado, por lo cual repeticiones como esta de À la niche les glapisseurs de dieu! no solo son bienvenidas sino necesarias.
Las cartas enviadas por Ducornet tuvieron una respuesta negativa especialmente interesante: la de Roger Renaud, que veía la necesidad de denunciar otros integrismos no menos feroces que el religioso, “étnicos, políticos, intelectuales e incluso económicos (la ideología liberal y la dictadura sin freno de la economía de mercado pudiendo ser culturalmente comprendidas y descritas como un integrismo)”, y que pueden ponerse en relación “con todas las desculturizaciones, todos los etnocidios de que el mundo contemporáneo es pródigo, privando a los hombres de universos que les sean propios, obligándolos a buscar una identidad y un sentido de vivir en los enrolamientos, las sumisiones, las adhesiones, las conformidades, las exclusiones y los odios”. Por otra parte, Renaud rechaza toda idea, incluida la del “ateísmo”, de la que se pretenda hacer una ley, porque “quienes se invisten y se piensan como los mensajeros de esa verdad que se quiere hacer ley, son sus militantes, sus anunciadores, sus difusores, sus defensores, esperando mañana, cuando sea establecida, ser sus exegetas, sus guardianes, o sea sus carceleros y sus inquisidores”. ¿A cuántas “revoluciones” me quiere recordar esto?
Sobre lo primero, es conocida esta divertida boutade de Luis Buñuel: “Mi odio a la ciencia y mi horror a la tecnología tal vez me lleven a esa absurda creencia en Dios. El creer en Dios es absurdo, pero todavía odio más la técnica y la ciencia” (y si lo primero a mí nunca me podrá ocurrir, lo segundo, por ejemplo, lo comparto). La siguiente reserva de Roger Renaud le pareció a Guy Ducornet –y concuerdo con él– “demasiado alarmista”, en absoluto viéndose él como un “mensajero de la verdad”, por lo cual seguía reconociendo la pertinencia de revalidar en el nuevo siglo À la niche les glapisseurs de dieu!
Surréalisme & athéisme se abría con una cita de Guy Girard, tomada de L’ombre et la demande. Projections surréalistes: “Soy ateo. Es una certeza poética. Considero que la idea de divinidad es sin duda la más criminal que el espíritu humano haya podido formular contra su propia libertad y admiro el ateísmo filosófico de Sade o de Bakunin. Pero es sin embargo gracias a mi imaginación como tuve la intuición, antes de toda convicción racional, de la inexistencia de dios o de cualquier cosa parecida a ese gran objeto exterior en celebración del cual muchas civilizaciones han erigido espantajos de miseria mental”.
Guy Girard, y este es el motivo de esta nota, acaba de sacar otra de sus pequeñas publicaciones en Saint-Ouen, y de nuevo con un frontispicio de Pierre-André Sauvageot, que vemos aquí: Athée. Département de la Mayenne, 507 habitants. Poème athéosophique. El origen del poema parece estar en el encuentro callejero, en un pueblo de La Mayenne, con un ensotanado “cuervo” (yo hasta dudaría, por respeto a estos bichos, llamarlos así), al comprobar una vez más que la idea divina sigue campando por sus respetos.
El largo poema Athée va dirigido a Guy Ducornet, lo que es sin duda tan acertado como conveniente.


He aquí las citas sobre “dios” que se incluyen en mi libro Cabina de barlovento (este libro de citas, ilocalizable ya, lo colocaré próximamente, y muy ampliado, en “Surrealismo internacional” como pdf):
“Dios es un cerdo”. André Breton
“Dios no ha curado nunca sino a los enfermos”. Francis Picabia
“Si Dios existiera, habría que suprimirlo”. Bakunin
“–¡Cuántos insultos para un Dios que no existe! –No te equivoques. Van dirigidos a los que nos lo imponen como si existiera”. Marcel Havrenne
“Los tarahumaras no creen en Dios y la palabra «Dios» no existe en su lengua”. Antonin Artaud
“La existencia de Dios no le compete sino a él”. Louis Scutenaire
“Dios no está a la altura. Ni siquiera aparece en el Listín Telefónico”. Tristan Tzara
“Dios, en tanto no haya sido expulsado como una bestia asquerosa del Universo, no cesará de hacer desesperar de todo”. René Crevel

¡Abajo el trabajo!

Javier Gálvez acaba de publicar una reedición de Elíptica, en que añade a los cuatro textos poéticos uno nuevo, y le pone título a todos, revelándose que acompañan a sendas cajas: “Caja para guardar las formas del amor”, “Caja para guardar las formas del placer”, “Caja para guardar al gran hermafrodita”, “Caja para guardar las formas de la concupiscencia” y “Caja para guardar los sueños iracundos”. La foto que la acompaña también es nueva, pero se mantiene la palabra Eros debajo de las páginas desplegables, así como al final el lema “¡Abajo el trabajo!”.
“Y guerra al trabajo”, proclamaba La Révolution Surréaliste en 1925. Javier Gálvez repite en algunas de sus ediciones la consigna “¡Abajo el trabajo!”, mostrando, como ha ocurrido con la revalidación de À la niche les glapisseurs de dieu!, la continuidad esencial del surrealismo. A otros corresponde ensalzarlo, incluidos los grupos de pensamiento radical, que ahora, al menos en España, vemos afanados en ponerle cortapisas a la libertad, apoyándose en aquel pobre Camus o en quien les venga bien. Desde que tengo lo que se llama “uso de razón” no veo en el espantoso mundo que me rodea sino un espantoso entramado de espantosas normas, leyes, cortapisas, limitaciones, prohibiciones, etc., etc., y resulta que aquellos que buscan una alternativa válida a ese mundo lo primero que hacen es hablarme de los límites que ha de tener la libertad en ese nuevo mundo (donde no pocos de ellos, por lo demás, se reservan los puestos de dirección) y de la necesidad de “ser realistas”.
Pero recordemos siempre a Charles Fourier, o estas bellas palabras de Gérard Legrand:
“Si quiero verdaderamente resumir lo que me llevó al surrealismo, evoco esto: el deseo de una moral que no comenzase por negar esa libertad que en la ebriedad de mi adolescencia yo compartía tan solo con los animales de los bosques y de los campos”.
Y algunas citas de la entrada “Trabajo” en Cabina de barlovento, que debiera encabezar el “¡Abajo el trabajo!” de las ediciones Ardemar y de las cajas de Javier Gálvez:
“Trabajo: Uno de los procesos mediante los que A adquiere bienes para B”. Ambrose Bierce
“Trabajo: Todo lo que uno no tiene ganas de hacer”. Georges Henein
“Quiero un trabajo que entre a las doce y salga a la una, con una hora para el almuerzo”. Big Bill Broonzy
“–¿Es que no trabaja usted en nada? –Yo no tengo tiempo para eso”. En la película “La vida es así”.
“–Me pareció un trabajo rentable, y se pasa mucho tiempo al aire libre”. Abby (Virginia Mayo), en el western “Noche salvaje”, al alcaide que le pregunta por qué se ha dedicado al bandidaje
“La democracia reparte a los hombres en trabajadores y ociosos. Para los que no tienen tiempo de trabajar, no está acondicionada”. Karl Kraus
“No quiero ganarme la vida, ya la tengo”. Boris Vian
“Obtengo más sustento de las marismas que rodean mi pueblo natal que de los jardines cultivados en su interior. ¡Cuán vanos, pues, en lo que a mí respecta, han sido todos vuestros trabajos, ciudadanos!” Henry David Thoreau
“El trabajo es el mejor medio de escamotearnos la vida”. Gustave Flaubert
“Apenas salido de la infancia, e incluso un poco antes, había puesto en práctica sus teorías sobre el carácter despreciable del trabajo. Su divisa favorita era: «No somos bueyes». Su programa: «No hacer nada y dejar que hablen». La manifestación de esos bárbaros revolucionarios que reclamaban ocho horas de trabajo al día le arrancó dulces sonrisas, y felicitó de todo corazón a todos los guardianes de la paz (sic) que apalearon a esos formidables idiotas”. Alphonse Allais
“La gente que no para de trabajar lo hace para no tener tiempo de acordarse de que no tiene nada que hacer”. Francis Picabia
“La aversión humana al trabajo es «natural», como toda experiencia humana confirma”. Paul Garon
“De nada sirve estar vivo, si hay que trabajar”. André Breton
“Tengo tal necesidad de tiempo para no hacer nada, que no me queda suficiente para trabajar”. Pierre Reverdy
“–El trabajo es una maldición, Saturno. ¡Abajo el trabajo que se hace para ganarse la vida! Ese trabajo no dignifica, como dicen, no sirve más que para llenarles la panza a los cerdos que nos explotan. Por el contrario, el trabajo que se hace por gusto, por vocación, ennoblece al hombre. Todo el mundo tendría que poder trabajar así. Mírame a mí: yo no trabajo. Y, ya lo ves, vivo, vivo mal, pero vivo sin trabajar”. Don Lope, en “Tristana”, de Luis Buñuel
“El trabajo de los hombres oscurece la Tierra”. Malagrida
“El derecho al trabajo es el derecho a continuar siendo siempre un esclavo asalariado, un hombre de labor, gobernado y explotado por los burgueses del mañana”. Kropotkin
“Para todo hombre sensible, el trabajo es una infamia”. Maurice Blanchard
“Cuando te entren ganas de trabajar, descansa hasta que se te pasen”.

Surrealismo en Latinoamérica

Este libro, editado por Tate Publishing, toma su título, Surrealism in Latin America. Vivísimo muerto, de una chorrada de Julio Cortázar, al oír el eco del archirrepetido tópico de que el surrealismo “ha muerto”. Editan Dawn Ades, Rita Eder y Graciela Speranza, quienes en doce pesadas páginas nos cuentan lo que viene después (qué sentido tiene este hábito académico –y no tan académico, ya que ya le visto hacer sus pinitos en alguna que otra publicación del surrealismo–, yo no lo sé, como no sea el de permitirle al lector a la violeta no tener que leerse los propios trabajos que siguen).
Algunos de los textos contenidos aparecen en El surrealismo y sus derivas, en concreto el que relaciona a Benjamin Péret con Paul Westheim en su mirada mejicana y los dos que se dedican al influjo surrealista en Latinoamérica. Estos, como ya señalé en la reseña de aquel libro, poseen un interés nulo: ese influjo es de una vastedad tal que podrían ser infinitos, y además contribuyen a reforzar la idea de que el propio surrealismo no existe, sino que se ha “disuelto” en el mundo moderno –y de hecho, sería inútil buscar en un libro universitario como este referencias a un Raúl Henao, a un Fernando Palenzuela o a los grupo Derrame o deCollage, por poner cuatro ejemplos ineludibles.
En cambio, se contribuye a reforzar la consagración de César Moro, nada menos que con tres trabajos, uno de Dawn Ades sobre Moro y el surrealismo, otro de Kent Dickson sobre Moro y el objeto y otro de Yolanda Westphalen haciendo gimnasia semiótica.
Wolfgang Paalen es objeto de dos estudios, el que relaciona Dyn con El hijo pródigo centrándose en el aspecto antropológico, y el titulado “Wolfgang Paalen. El tótem como esfinge” teniendo como máximo interés las dos ilustraciones del tótem tlingit (con la mujer oso), tal y como estaba en la abigarrada tienda donde lo compró y tal y como lo colocó en su estudio de México, ante un pene de ballena.


Del mismo modo, en el ensayo de Terri Geis sobre Maria Martins y el surrealismo en los años 40, lo más valioso son las ilustraciones y sus comentarios, en particular las de las dos contribuciones de la escultora brasileña a la exposición parisina del 47: The road. The shadow. Too long. Too narrow, instalada en la Sala de la Lluvia delante de un enorme Miró, e Imposible, colocada sobre una mesa de billar y dialogando con una obra de Isabelle Waldberg, esa otra maravillosa escultora surrealista. Terri Geis se detiene también con acierto en su “concepto de libertad”.


Otro texto es el de María Clara Bernal sobre Breton en Haití, pero este tema ya ha sido óptimamente tratado en Refusal of the shadow. Surrealism and the caribbean, que editó Michael Richardson en 1996. Por último, no falta otro trabajo más sobre Cortázar y el surrealismo, un tema que yo juraría se había agotado en 1975, cuando apareció nada menos que en la circunspecta editorial madrileña Gredos aquel título demencial: ¿Es Julio Cortázar un surrealista?

miércoles, 1 de octubre de 2014

–¿Qué es el surrealismo? –Es reaprender a leer en el alfabeto de estrellas de E.L.T. Mesens


Las palabras de André Breton dan título al primer catálogo amplio que se le dedica a Mesens: L’alphabet d’étoiles d’E.L.T. Mesens, editado por el Mu. ZEE de Ostende. Tan solo por la riqueza iconográfica, esta es una obra imprescindible, ya que nunca antes se habían visto reunidos tantos collages suyos. Además, aunque muchos documentos ya fueron reproducidos por Marcel Mariën en L’activité surréaliste en Belgique (1924-1950), se reproducen los dos escritos publicados en 1933 por Mesens en sus propias Ediciones Flamel: el Alphabet sourd aveugle, con uno de sus más conocidos collages en el frontispicio, y Femme complète, con la serigrafía de René Magritte:


Los estudios que acompañan el catálogo son de muy diverso interés, ya que la propia figura de Mesens es demasiado plural. Xavier Canonne y Michel Remy enfocan espléndida y respectivamente su relación con la fotografía y sus años londinenses en torno al surrealismo, y Simon Delobel y Erich Weiss, también en artículos respectivos y muy valiosos, los “poemas visuales” tardíos y los poemas verbales. Puramente histórico es en cambio el interés de dos trabajos dedicados a Mesens y Van Hecke, el director vanguardista de Variétés, y del que se ocupa de la colaboración con el Casino de Knokke, en la última etapa de la vida del poeta, artista y animador permanente del surrealismo.
Academy, 1940, col. Isy Brachot
Con el privilegio de haber publicado una biografía de Mesens en 1998, Christiane Geurts-Krauss, profesora de historia del arte, vuelve a la carga, aunque esta vez sin llamar “papa” a André Breton (allí se quedaba tan pancha al decir que Mesens, un libertario hasta la médula, hizo la crítica del estalinismo de su amigo Éluard “por fidelidad al papa del surrealismo y a la ortodoxia del grupo”, mientras que Roland Penrose, el íntimo de tan señeros estalinistas, “impregnado de pragmatismo insular y solo siguiendo a su corazón, prefirió oponerse a Breton y no perder a un amigo de tanto tiempo”). Aunque su libro lo publicó en 1998, o sea cuando el grupo surrealista de Leeds llevaba actuando cuatro años, considera que la exposición “The enchanted domain” fue “el último sobresalto de vitalidad surrealista en Inglaterra”, como si además no hubiera llovido bastante surrealismo entre ese año (¡1967!) y 1994, con la continuación de la obra de todas las figuras que se reunieron en torno a John Lyle, o de un Conroy Maddox, o de un John W. Welson. Imaginemos, por último, un estudio de Mesens que acaba considerando que en realidad pertenece al dadaísmo, “a la fracción un poco disidente del surrealismo”.
En este trabajo, la historiadora empieza hablando del “panteón de los poetas surrealistas y acaba hablando del “panteón del arte”, porque esto es lo propio de los historiadores que ha generado la instrucción obligatoria: los panteones. Una perla, de las que siempre casan bien con el traje académico: “Mesens, contrariamente a los surrealistas belgas y franceses, concederá un espacio importante a las mujeres surrealistas inglesas, Eileen Agar, Edith Rimington y Emmy Bridgewater, Ithell Colquhoun y Grace Pailthorpe tendrán todas el honor de exposiciones en la London Gallery”, pero es una lástima que no se nos dé la lista paralela de las artistas que había entonces en París o Bruselas (ni que se señale que, en el caso de que las hubiera habido, ni una ciudad ni otra contaban con un Mesens que tuviera una galería propia de funcionamiento permanente).
Mesens tuvo una lucha algo patética porque su obra de collagista fuera “reconocida”, y ese reconocimiento, despreciable para el surrealismo, es esgrimido por el catálogo, y en particular por este último trabajo, en que la autora lo ve como un pionero de la idea de los museos de arte moderno, a los que acuden los “turistas maravillados” para ver a los “Picasso, Miró, Magritte y Klee”. Y en verdad que es un triste destino el de aquellos surrealistas que combatieron un mundo inmundo (un Magritte en esta lista, o un Max Ernst, un Arp o un Man Ray en la que viene después para decir satisfechamente que “se benefician regularmente de grandes retrospectivas en las instituciones contemporáneas concebidas por arquitectos de renombre”) acabar de objeto de entretenimiento de esa plaga de la estupidez universal que son los turistas en esos espacios espeluznantes que son los grandes museos creados por multimillonarios arquitectos de mucho renombre.
Y acabaré con dos notas. La ilustración de la página 178 es un cadáver exquisito de Eileen Agar, John Banting, Roland Penrose y Da Costa, que ya había sido reproducida en el catálogo de la colección Sherwin, datándose allí y aquí “hacia 1939”. El Da Costa no es otro que el portugués António Pedro, y como él estuvo en Londres en 1944 y 1945, esa es sin duda alguna la fecha correcta. Mesens se divirtió mucho porque António Pedro le dijo que en Portugal, menos Salazar, todos eran Da Costa, y entonces empezó a llamar a todos sus conocidos Da Costa, considerándose que ese sea el origen bromista del nombre de la fabulosa Encyclopédie Da Costa.

Cielo y tierra, 1958, col. Sylvio Perlstein

Uno de los collages reproducidos es Ciel et terre, de 1958, informándonos Simon Delobel, en su estupendo trabajo sobre los últimos collages de Mesens, que, al visitar la televisión su estudio con motivo de una exposición sobre el arte del collage, Mesens improvisó un happening doméstico burlesco (por algo lo llamó George Melly “el W.C. Fields del surrealismo”), salpicando con sal y pimienta el collage para darle más relieve. Lo traigo a colación aquí porque así continuamos en la blancura salada de hace siete días, y porque de paso sirve para ilustrar cómo el sentido humorístico de Mesens no dejará nunca, como señala Simon Delobel al final de su ensayo, que sus collages pierdan “su sabor”. Siempre provistos de enjundia, sal y pimienta.
Volumen, en fin, que recomendamos vivamente, por sus incontables, valiosísimas reproducciones, y por los buenos estudios de Canonne, Remy, Weiss y Delobel.

Mesens elaborando Cielo y tierra.
Detrás, El cazador de Óscar Domínguez.

Cahiers Benjamin Péret, n. 3

Guy Brissaud, Colibris, 2013

Este tercer número de los Cahiers Benjamin Péret se sitúa bajo el signo del colibrí, pájaro fetiche de Péret. Por ello, nos encontraremos con esta bella ilustración de Guy Brissaud¸ con la de Guy Roussille Sueño de colibrí y con el divertido poema de Jacques Demarq dedicado al pájaro de nombre “le péret”.
El grueso de la revista lo componen un dossier sobre surrealismo y cine y otro sobre la correspondencia Péret-Granell. El primero se abre con una poco interesante entrevista a Michel Ciment y una nota conocida de Courtot, pero se anima cuando Léa Buisson estudia los aspectos fílmicos de Pulchérie veut une auto y con el trabajo comparativo que Carole Aurouet hace del cine de Péret y Desnos, tanto por lo que respecta a los textos críticos como a las creaciones de ambos. Son dos buenos artículos, aunque yo reaccione acaloradamente a lo que la segunda, citando a Sadoul, dice de paso sobre Buñuel: “Toda la obra de Buñuel es española”. Eso podrá decirse del vomitivo Almodóvar, por ejemplo, pero nunca de Buñuel, cuya obra surrealista es anacional y apátrida.
Continúan el dossier unos extractos de Le rire des surréalistes de Benayoun (un libro delicioso de cabo a rabo) y el artículo de Gérard Legrand en el número especial sobre el surrealismo de L’Âge du Cinéma, donde se ocupa de grandes películas del cine negro americano, en concreto Laura, La senda tenebrosa, El demonio de las armas y El sueño eterno. Y lo completa “La escalera de los cien escalones”, poema de De derrière les fagots hecho con títulos de películas, que Sergio Lima reprodujo en el último número de A Phala, cara a cara con el relato de Her de Vries compuesto de títulos magritteanos.
Las cartas de Péret a Granell ya están en el tomo 7 de sus obras. Lo importante está aquí en las de Granell a Péret, que vienen a sumarse a las dirigidas a Breton, publicadas por Guillermo de Osma hace un par de años. Granell es una figura muy bien conocida, por lo que la presentación de María Lopo y el texto de Dietrich Hoss sobre su faceta de “militante revolucionario” resultan suprefluos. Hay también un capítulo de Isla, cofre mítico, ese tan hermoso libro que es toda una pieza maestra. Las cartas son muy atractivas, con algunas curiosidades. Tan politizados que eran uno y otro, y sin embargo Granell le asiente a Péret cuando este le cuenta, tras una visita a España, que el “generalísimo” (ese sí que cien por cien español) no tiene allí nadie que lo apoye (“no he encontrado un solo partidario de Franco”; “el régimen es despreciado u odiado”); cuánta ceguera: ya tenemos hoy más años de democracia que de franquismo, y todavía abundan por ahí los nostálgicos, muchos hasta nacidos después de que reventara aquel cabrón –algo que hizo en el poder, y nada menos que dos largas décadas después de estas ingenuas declaraciones. En otra carta, Granell se extraña porque tan pocos hayan firmado la exclusión de Max Ernst, lo que resulta destacable dado el furor que ha levantado en tantos espíritus píos aquella exclusión, cuya responsabilidad además se ha hecho caer siempre sobre Breton (quien, paradójicamente, señaló la poca conveniencia del gesto). Tamayo es otro de los artistas en que Granell reprueba el endiosamiento artístico. Estamos en 1956, año en que, efectivamente, Tamayo se ha alejado del surrealismo e iniciado su carrera espectacular, habiéndole ya el año anterior pintado un mural a un banco yanki. Es ahora un “nuevo genio lleno de vanidad y suficiencia”, que reprocha a los alumnos portorriqueños de Granell su interés por las ideas surrealistas, ya que el surrealismo había muerto hacía tiempo, y les da una lección sobre la pintura como un arte que debe reposar sobre las normas establecidas por los griegos... Un perfecto “idiota”, como lo llama el maestro Granell. Siempre ingenioso, desinquieto y desbordando vitalidad, Granell se retrata en sus cartas maravillosamente. Se burla con mucha gracia de Sartre, que en una de sus piezas hace pasar a un personaje de Brasil a México, atravesando la frontera: “Que los personajes de Sartre escamoteen la geografía o cualquier otra cosa no tiene, en realidad, ninguna importancia. A fin de cuentas, él mismo se pasa la vida escamoteándose a sí mismo”.

Nicole, Forêt de Dunsinane, 1971

En la sección de estudios es importante el artículo que dedica Jean-Michel Goutier a Nicole Pierre, ya que tan poco tenemos sobre ella. Un texto de Jean Bazin habla de Guy Roussille “o el furor de pintar”. Masao Suzuki escribe unas notas muy finas sobre los nombres propios en los cuentos peretianos. Robert Caby, melómano, amigo de Éluard a la vez que de Breton y Péret y ajeno al grupo surrealista, es sacado de la sombra por Élodie Nel, sin que mucho atractivo le encontremos.
En los documentos tenemos el espléndido texto de Péret “Cómo comportarse con los mutilados y los heridos de guerra”, aunque ya había sido publicado en el boletín Trois cerises et une sardine.
En las actualidades hay reseñas sobre Alleau y Nadeau, ya publicadas en Infosurr; una valoración más bien negativa por Durozoi del Dictionnaire André Breton; la noticia de la traducción japonesa de una antología de cuentos de Péret por Masao Suzuki, etc.
En conjunto, otro importante número de los únicos “cahiers” que seguimos, con muchos puntos altos, un cuidado impecable y una regularidad que deseamos vivamente logre mantenerse.

Infosurr, n. 109

Cada vez más cerca del presente, este número de Infosurr anuncia una sección dedicada a “figuras olvidadas”, que comenzará con Alain Mangin y Elie Delamarre y continuará con Robert Crégut y Bernard Lombard. Sobre este último hasta se pide información: frecuentó el grupo surrealista parisino a fines de los años 50 y ni se sabe si sigue vivo. Esta es una buena idea, que estaría además muy bien se ampliara fuera de las fronteras francesas.
Dominique Rabourdin hace una semblanza de René Alleau y escribe extensamente sobre el volumen de correspondencia entre Gilbert-Lecomte y Léon-Pierre Quint. Hervé Girardin considera que Les inédits de Crevel no añaden nada nuevo, y la reseña que Gérard Durozoi hace del libro de Melanie Nicholson Surrealism in latin american literature tampoco lo hace apetecible, ya que no se sale de lo mismo de siempre y hasta mete el remo considerando a los grupos surrealistas que no acataron la orden militar de Jean Schuster “grupos neo-surrealistas”. Volveremos sobre esta cuestión próximamente, al reseñar un libro similar, donde es inútil buscar los nombres de un Raúl Henao, un Fernando Palenzuela o un Sergio Lima.
Las notas de Laurens Vancrevel, siempre atento al presente, tratan publicaciones ya reseñadas en este blog (de Byron Baker, de Jhim Pattison, el número de Hyperion sobre Luca), a excepción de una que se me escapó: La transfiguration du cruel, de Armand Simon, editada con motivo de la exposición que en octubre de 2013 se celebró en la Galerie Quadri de Bruselas: “Armand Simon (1906-1981). Encres de 1935 à 1967”. El libro consta de veinte reproducciones de dibujos y un poema de Jacques Lacomblez, “Marge d’abîme”, dedicado a este loco apasionado de Los cantos de Maldoror (“he basado toda mi actividad en Los cantos de Maldoror –ese bloque de diamante poético–, y sin tregua dibujo, enfebrecido, imagen tras imagen bajo su signo revulsivo”).
Por último, Richard Walter, el abnegado motor de Infosurr, reseña la exposición que el año pasado dedicó el museo de Les Halles a Simon Hantaï, con un catálogo de 320 páginas en que no se pudo eludir su etapa surrealista.
En el capítulo de inventario, me entero de una exposición Matta en Marsella, con catálogo de 272 pp. en que intervienen Emmanuel Guigon y George Sebbag (Matta. Du surréalisme à l’histoire), y de otra de Gregg Simpson en Soligny la Trappe, titulada “Ciels de lit”. Ambas, el año pasado.