miércoles, 1 de octubre de 2014

Infosurr, n. 109

Cada vez más cerca del presente, este número de Infosurr anuncia una sección dedicada a “figuras olvidadas”, que comenzará con Alain Mangin y Elie Delamarre y continuará con Robert Crégut y Bernard Lombard. Sobre este último hasta se pide información: frecuentó el grupo surrealista parisino a fines de los años 50 y ni se sabe si sigue vivo. Esta es una buena idea, que estaría además muy bien se ampliara fuera de las fronteras francesas.
Dominique Rabourdin hace una semblanza de René Alleau y escribe extensamente sobre el volumen de correspondencia entre Gilbert-Lecomte y Léon-Pierre Quint. Hervé Girardin considera que Les inédits de Crevel no añaden nada nuevo, y la reseña que Gérard Durozoi hace del libro de Melanie Nicholson Surrealism in latin american literature tampoco lo hace apetecible, ya que no se sale de lo mismo de siempre y hasta mete el remo considerando a los grupos surrealistas que no acataron la orden militar de Jean Schuster “grupos neo-surrealistas”. Volveremos sobre esta cuestión próximamente, al reseñar un libro similar, donde es inútil buscar los nombres de un Raúl Henao, un Fernando Palenzuela o un Sergio Lima.
Las notas de Laurens Vancrevel, siempre atento al presente, tratan publicaciones ya reseñadas en este blog (de Byron Baker, de Jhim Pattison, el número de Hyperion sobre Luca), a excepción de una que se me escapó: La transfiguration du cruel, de Armand Simon, editada con motivo de la exposición que en octubre de 2013 se celebró en la Galerie Quadri de Bruselas: “Armand Simon (1906-1981). Encres de 1935 à 1967”. El libro consta de veinte reproducciones de dibujos y un poema de Jacques Lacomblez, “Marge d’abîme”, dedicado a este loco apasionado de Los cantos de Maldoror (“he basado toda mi actividad en Los cantos de Maldoror –ese bloque de diamante poético–, y sin tregua dibujo, enfebrecido, imagen tras imagen bajo su signo revulsivo”).
Por último, Richard Walter, el abnegado motor de Infosurr, reseña la exposición que el año pasado dedicó el museo de Les Halles a Simon Hantaï, con un catálogo de 320 páginas en que no se pudo eludir su etapa surrealista.
En el capítulo de inventario, me entero de una exposición Matta en Marsella, con catálogo de 272 pp. en que intervienen Emmanuel Guigon y George Sebbag (Matta. Du surréalisme à l’histoire), y de otra de Gregg Simpson en Soligny la Trappe, titulada “Ciels de lit”. Ambas, el año pasado.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Salinas


La cosecha deslumbrante es una breve comunicación que nos llega de Cádiz, publicada por Ediciones Las Dunas y firmada por “Un caminante”.
Conozco pocas designaciones más bellas que esta, y nada me place más que mi viejo maestro Don Juan Déniz –recién difunto y a quien, como me decía otro caminante local, “Dios lo tenga en la gloria de una bodega”– me bautizara en la cordillera de Anaga como “el Caminante” (quien pregunte en los bares de la Montaña por “el Caminante” podrá fácilmente dar conmigo, sin confusión alguna, porque además nada que ver tienen los “caminantes” con esa banalidad organizada y ordenada de los “senderistas”).
Esta nota personal viene a cuento de que la breve comunicación del caminante de Cádiz, al tocar una de las maravillas paisajísticas del mundo en extinción, las salinas, inmediatamente me hizo recordar las de Rio Maior, en el centro de Portugal, que yo conocí en mis dorados tiempos de verdadero “caminante”, de caminante heroico, no de caminante de una isla insignificante.


Esas recónditas salinas, situadas al pie de la bellísima sierra calcárea de los Candeeiros, famosa por sus prodigiosas grutas, fueron compradas por los templarios en un año tan remoto como 1177. La mina de sal gema es muy profunda, extrayéndose de ella un agua mucho más salada que la del mar; expuesta esa agua al sol y al viento, la sal, como en cualquier salina marina, se deposita en el fondo de los pequeños tanques para ser colocada finalmente en cegadores montes piramidales. Lo singular aquí está en su ubicación dentro de un valle, el aire campesino que se respira y las costumbres que se fueron creando. Son en total 400 compartimentos de 74 propietarios, por los datos de que dispongo y que son de fines de los años 70. Ya seco el pozo antiguo, el actual fue accidentalmente descubierto por una muchacha que apacentaba unos animales, y que, al sentir sed, descubrió un charco que afloraba en un juncal, llevándose la sorpresa del agua salada.
El agua era extraída con dos baldes por una “picota” o “cigüeña”, recurso de origen árabe ya desactivado en Rio Maior y en completa decadencia generalizada por Portugal, aunque todavía la graciosa figura salpique frecuentemente los campos.
Los trabajadores de la sal sacaban en las noches de verano unos cien baldes. Algunos de esos “marineros”, como son llamados, se caían al pozo, pero ni podían hundirse a causa de estar las aguas saturadas de clorato de sodio ni tenían mayores dificultades para salir tras el baño forzado, ya que había una escalera de madera preparada para la ocasión. Sometida la explotación a reglas ancestrales, no se conocen conflictos por causa del uso del agua del pozo, lo que no es de extrañar en estas pequeñas sociedades que tenían profundas raíces comunitarias (modelos muy hermosos de perfecto comunitarismo, afortunadamente muy bien estudiados, había en lugares como Rio de Onor y Vilarinho das Furnas, toda una lección para las espantosas sociedades modernas).
Cuando yo visité las salinas de Rio Maior –11 de julio de 1996, un día para mí legendario–, tan llamativas como las salinas eran las numerosas casas de madera muy bien conservadas, cuyo uso se ceñía a los meses de la zafra –enormes algunas, y todas con sus trancas de madera sin cerrojo. De ellas, pude visitar la taberna, donde vendían los quesos de sal y donde se podían comer un par de sabrosos platos populares regados con buen vino, en un ambiente de calor, humor y simpatía. Pero lo más curioso eran las reglas de madera colgadas de la pared, donde se apuntaban las cuentas de los clientes, anotándose con signos las bebidas y los precios de cada uno. Esto le permitía al cliente saber en todo momento lo que debía, pero también era una manera de que los otros supieran si era buen o mal bebedor, esta segunda función siendo sin duda la fundamental. ¡Qué regla especial hubieran tenido que hacerle a Don Juan Déniz! El pago de la cuenta se hacía en sal (es además bien sabido que la palabra “salario” viene de “sal”).
Los quesos de sal me recordaron una manifestación de arte popular creo que ya extinguida, pero que Vergílio Correia llegó a tiempo de describir en Etnografia artística portuguesa, un libro de 1937. Se trata de los panecitos de sal que, para obsequiar a sus personas queridas, los salineros al sur y norte del Tajo hacían con la primera sal fina, tras haberla amasado y adornando al final las paredes del pan con figuras en relieve que tallaban con su navaja. En este ejemplo, vemos la figura, entre ramos y empuñando sus banderitas, de un guardavías de trenes (figura simpática, familiar del viajero hasta los años 80, eran casi siempre mujeres que aguardaban en sus garitas), un cangrejo, un ancla, árbores y plantas:


Esta es otra forma completa de estos panes de sal, con una escopeta en que el gatillo y el percusor aparecen trocados, unos quevedos, dos ruedas de ocho radios, una planta y una estrella radiada:


Y un tercer ejemplo, de nuevo asociando elementos dispares: una viña con sus racimos y parras, un dibujo geométrico, un ancla doble, un ramo y la fecha 5091, que es realmente la del año en curso, 1905, ya que muy a duras penas lograba algún salinero dibujar los números al revés para que quedaran bien en el relieve:


Famosas en Portugal eran las “Trovas do sal”, con un mote y sus glosas, aquel a modo de adivinanza: “Eu sou fêmea de nação / Macho me querem fazer / Hei-me deitar a afogar / P’ra fêmea tornar a ser”.
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La cosecha deslumbrante refiere el inicio de la zafra tras las lluvias primaverales, con la entrada de las “aguas madres” en los embalses, así como la recolección de la “flor de sal” hecha a mano al atardecer en contraste con la del rocío del alba. “Al transeúnte –concluye– se ofrecerá tras la última cosecha un pedazo de su orgullo marino bajo el nombre, entre otros, de Sal de Hielo. Quizás le hará recordar el sabor de su propio origen”. Como Bruno Jacobs, surrealista de las tierras del hielo, reside desde hace un par de años en Cádiz, quizás sea él este anónimo “caminante”, o quizás sea algún compatriota de paso por las costas dunosas. En cualquier caso, se agradecen estas publicaciones tan sencillas como poéticas, la que comentamos acompañada de cuatro fotografías de frágil blancura, una de las cuales abre esta nota.
Agustín Espinosa, en Lancelot, 28º-7º, el libro más bello que se ha escrito en Canarias, dedica unos poemas al “laberinto de espejos” de las salinas del Janubio, en Lanzarote, imaginando que por la noche pierden su rigurosa ordenación y se ponen a buscar de manera desesperada “esas formas extraordinarias, irregulares, que no han estudiado aún los geómetras”, y describiendo poéticamente el paso por la isla de los carros de la sal transportados... por camellos, otra imagen desaparecida para siempre. Esta es la página de la pesca de la sal:
“A un guiño de Venus, empieza en el lago de Janubio la pesca de la sal. Es una pesca laboriosísima. Salen de todas las esquinas de la costa nocturnos pescadores. Por­tan complicada caña de pescar, más próxima al medievo alambique de los embrujamientos que al trincapez ambiguo de los pescadores.
La sal desarrolla, frente a la rapiñería de los audaces anzuelos, sus sagacidades de estrella caída en el agua. Finge una lluvia de estrellas invertida. Cambia su unifor­me Na por el traje Ka o por el vestido Mg.
Llega un momento, sin embargo, en el que el triunfo de los pescadores se hace evidente. Entonces sale la luna, para iluminar el espectáculo. Cantan los pescadores. For­ma su canto una cadena de notas en torno al lago que im­pide a la sal escapar hacia otros escondites mejores, huyen­do de las cañas maravillosas. Bajo la linterna blanca se abren en el lago mil grifos de sal”.
Y Almada Negreiros –el Almada Negreiros de los buenos tiempos– decía de otras salinas portuguesas:
“Hace varios millones de años cayeron aquí las célebres ventanas del Palacio del Cielo. Quedaron intactos los cristales en los respectivos marcos, porque las ventanas cayeron sobre el césped muy verde. Hoy son las salinas”.


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Y aún podemos evocar las doce visiones calidoscópicas que Jean-Pierre Paraggio dio a conocer en 2004, dentro de la colección “L’Envers du Réel” de Les Loups sont Fachés. Cada una de aquellas planchas grabadas en la sal llevaba una cita (de Thomas de Quincey, Aloysius Bertrand, Jean-Pierre Brisset, Pierre Mac Orlan, Benoît Chaput, Emily Dickinson, Georges Henein, Henri Michaux, Anne Marbrun, Salvador Dalí y Maurice Blanchard). He aquí las de Henein y Blanchard:


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Ya publicado todo esto (en un trabajo que ha ido creciendo inesperadamente, ya que tanto la nota sobre los panes de sal como la de las planchas de Paraggio me surgieron, sin buscar nada, en lecturas de ayer y antier), aún tenemos una adenda más: esta imagen tremenda de las salinas de Maras, en la cordillera de los Andes, cerca de Cuzco, fotografiadas por Alex Januário, que acaba de hacérmela llegar.


miércoles, 17 de septiembre de 2014

"L’Or aux 13 Îles", n. 3


Nada más adecuado a una revista como L’Or aux 13 îles que esta cubierta de fuegos artificiales asociados a la sabiduría mántica de los caminos de las manos que poéticamente escriben, pintan, aman, modelan, extraen sonidos de los más variados instrumentos musicales... Se anuncia en esa cubierta un denso homenaje a Alan Glass, que abre la revista tras la presentación de Jean-Christophe Belotti, gracias a quien ya disponemos de tres números de la que puede considerarse, con Debout sur l’Œuf, la más bella revista del área surrealista en las últimas décadas, y que recuerda a Minotaure en la plasmación lujosa de la riqueza de lo imaginario, sin que tampoco falte, por supuesto, la riqueza de pensamiento, como tenemos ya desde las incitantes palabras de Belotti.
Alan Glass ya no es “el más desconocido de los surrealistas”, como dice Alain Joubert en su fino artículo, y no lo es desde que se le dedicara en la colección Phares uno de los mejores dvds de una colección que poco a poco ha ido naufragando y perdiendo la categoría de “excepcional” que le otorga el mismo Joubert. Además, en México le consagraron una gran monografía, aunque de esas que hacen las instituciones públicas y que luego ni saben distribuir (un colmo reciente: la exposición de Iván Tovar en la Fundación Granell, cuyo catálogo era imposible conseguir in situ porque se habían mandado todos a la República Dominicana). Por suerte, este fantástico dossier es más asequible, dando cuenta de la actividad de uno de los grandes espíritus del surrealismo, al que Alan Glass ha permanecido fiel toda su vida. Aparte los textos de Alain Joubert (hay también su relato erótico “La perla fina”, una de las “misivas lascivas” del catálogo Éros, acompañando dos creaciones con perlas), tenemos el breve poema de Alejandra Pizarnik dedicado a él y titulado “Árbol de Diana” (“En la jaula del tiempo / la dormida mira sus ojos solos // el viento le trae / la tenue respuesta de las hojas”), un texto de Leonora Carrington “a Alan” y unas páginas con el libro-objeto La unidad de lo múltiple de la misma Leonora (poema) y el artista (grabados). El Proyecto de monumento a la memoria de Brillant-Savarin, autor de la Fisiología del gusto, o sea del primer tratado de gastronomía, se acompaña de uno de los grandes textos de Remedios Varo: su “Receta para provocar sueños eróticos”, receta que sus muchas estudiosas antisurrealistas debían poner en práctica, para dedicar su tiempo a soñar eróticamente, más que a escribir asnadas sobre André Breton.
Dos de las obras reproducidas conciernen precisamente a Breton: El festín de los grandes transparentes y Hacia el oro del tiempo (Tributo a André Breton), que es de 2002 y vemos aquí:


Unos poemas de Roger Renaud suponen el reencuentro poético con un escritor a quien debemos ensayos absolutamente excepcionales en el Bulletin de Liaison Surréaliste y en La civilisation surréaliste y cuyos poemas de 1969 a 1974 fueron reunidos en 1995 con el título de Humeurs de cendres rumeurs du sang. Hay que agradecer a L’Or aux 13 Îles este reencuentro, que viene en la secuela de las magníficas respuestas dadas por Renaud a la encuesta sobre la exaltación, contenidas en el n. 1 de la revista.
Mauro Placì presenta los sorprendentes dibujos de un muchacho de siete años, Alexandre Cattin, quien, llevado de un “vértigo ornitológico”, inventa los “tansortas”, los “arcrovariables”, los “narduelis”, “mariposas-hadas”, etc. Un largo poema de Placì se inspira en estos dibujos, que también son presagios siniestros para “los denominadores comunes”, para “los demoledores de la vida”, para “los constructores de prisiones psicológicas”, para “los profesores en su trono de hierro”, para “los despreciadores del sueño”, para “las fuerzas del orden”, etc.
Pero la contribución extraordinaria de Mauro Placì a este número es un artículo capital sobre Rimbaud, y baste decir que si se hubiera publicado en tiempos de ese gran rimbaldiano que era Mário Cesariny, ya yo se lo hubiera hecho llegar a su domicilio. “Rimbaud, modernidad por contumacia”, es un ataque necesario a la apropiación “moderna” del más salvaje poeta del siglo XIX, y que yo sitúo por encima de todos los de cualquier época. Mauro Placì denuncia el “festival de buena voluntad” que ha consistido en falsificar la obra de Rimbaud con miras a convertirlo en inofensivo, a aseptizarlo con el sello de lo “moderno”, cuando en Rimbaud esta noción, como demuestra Mauro Placì, aunque ya lo supiera quien no se haya querido engañar, es totalmente negativa. Huir de lo moderno, o socavarlo, es lo único que puede interesarnos, y Rimbaud es a la vez antimoderno y revolucionario, la negación absoluta del “confort” de Occidente, de sus principios fundacionales y ecuménicos y de todo conformismo. El admirable trabajo de Mauro Placì, sólidamente documentado, se abre con una valoración del “silencio” rimbaldiano, convertido por algunos en “verdadero acto de consagración de los sacrosantos valores modernos”, y refuta en seguida la lectura que hace Yves Bonnefoy de “Saldo” como la “liquidación de todas las esperanzas de Rimbaud” (lo mismo diría Jose Pierre, y con la misma intención de conducir el pensamiento rimbaldiano a una resignación final). El texto de Mauro Placì es capital porque viene a cercenar todas las interpretaciones que han privilegiado esa supuesta liquidación, prefiriendo apoyarse en unas palabras de René Char: “Rimbaud es el primer poeta de una civilización aún no aparecida”, a lo que Placì añade: “Esa civilización no es la nuestra y sin duda no aparecerá jamás”. ¿O es la civilización que ha intentado e intenta encarnar el surrealismo, en su desafiante postura, como era la de Rimbaud, de “un rechazo sublime, altivo y puro de todo compromiso”?


Las páginas de Joël Gayraud son un recuerdo a Jacques Le Goff y Le cachet de la poste, libro muy celebrado en que se describían los itinerarios de la década 1989-1999. Aquí se describe un trayecto en el otoño de 2002, que viene a ser como una posdata al libro de Le Goff. Su propuesta aparece aquí rodeada por algunas cartas del tarot y con las señales del paseo, que se continúan en las páginas siguientes de esta aventura que tuvo la suerte de contar con un Gayraud que la relatara, “arrastrados en la espiral del encantamiento”. Apasionante, y para leer, no para contarlo yo aquí.


Como es sabido, Bruno Montpied, en su interesantísimo blog “Le poignard subtile”, se afana exitosamente por colocar “pasarelas entre el arte popular, el art brut, el arte naïf, el surrealismo espontáneo y el arte inmediato”. Centrado en su país de acción, Francia, hace ansiar indagaciones paralelas, y cuánto hubiera dado yo tener otra vida para ocuparme del país que mejor conozco, Portugal, donde pude en otros tiempos hacer algunos descubrimientos pasmosos (hasta llegué a tratar. al norte de Oporto, a un ceramista de fantasía, especialista en demonios, que se llamaba... Mistério). En este número de l’Or aux 13 Îles, Montpied –que ya en el n. 1 viajaba a las construcciones fabulosas del abad Fouré y en el 2 recorría “el reino paralelo” de una fascinante colección de “arte inmediato”– dedica un reportaje al ya desaparecido matrimonio Beynet y sus “botellas maliciosas”, que no pueden sino gustar a los “amantes de la poesía ingenua”. Aunque no sea frecuente esto de pintar las botellas, podemos recordar a Magritte, una reproducción de las cuales (la del cielo estrellado con el antifaz de cúmulos diurnos) tengo yo siempre a la vista. Los Beynet no anunciaban ni vendían sus botellas, que, como vemos aquí, colgaban del techo para que el curioso las hiciera girar o girara en torno a ellas. El erotismo no falta, o no estuviera presidiendo el Diablo todo el cotarro.
Si hace poco tiempo hablábamos de lo en falta que se echaba el humor lúdico y mistificador de la Encyclopédie Da Costa, he aquí que nos topamos en nuestra revista con una serie de artículos de otra enciclopedia, la dirigida por el profesor Glaçon, personaje de la misma familia que el profesor Canterel, ya que se nos lo presenta como una “personificación de la imaginación”. La enciclopedia, con música, películas, textos e imágenes, parte de la premisa de que “el verdadero saber, el verdadero conocimiento, no existen más que en la imaginación de cada uno”. De los 36 volúmenes que componen la enciclopedia del profesor Glaçon, se da aquí tan solo un compendio de musicología imaginaria, en concreto sobre la guitarra automática. El maestro de ceremonias es François Sarhan, a quien se deben también las numerosas ilustraciones.
La música está presente también con un disco compacto de Bonadventure Pencroff (nombre de uno de los cinco náufragos de La isla misteriosa de Julio Verne). Instrumentistas bretones y de Chicago, estos tanto de la música electrónica como del llamado jazz libre (noción que nunca me ha gustado, porque el jazz es libre desde que empezó a soplarlo Buddy Bolden, y libre ha seguido siendo siempre), aúnan fuerzas para “experimentar imaginarios, para tomar lo imaginario como un bajel”. Pero sobre esta singladura nada tengo yo que decir, ya que, al igual que me ocurrió con el disco de Patricide y con el de La chasse à l’objet du désir, a duras penas llegué a terminar la primera audición. Pero quede nueva constancia del interés musical que ha ido acrecentándose recientemente en el surrealismo y sus alrededores más cercanos.
El extracto del guion inédito “Los insectos” de Jan Svankmajer (pero antiguo, de 1971) y unas cuantas reseñas completan este número. Las reseñas son sobre el propio Svankmajer y sobre Jan Krizek por Bertrand Schmitt, sobre Stanislas Rodanski por Jean-Christophe Belotti y sobre Laurent Albarracin por Anne-Marie Beeckman. El de Svankmajer se ocupa de Dimensions of dialogue, obra que Bertrand Schmitt llevó a cabo con la colaboración de Frantisek Dryje, Ivo Purs y el propio Svankmajer, en un intento (logrado) de mostrar todos los recovecos de la obra y del pensamiento del cineasta checo saliéndose de los lugares comunes a que su divulgación ha llevado en ocasiones. En su reseña de Éclats d’une vie, Belotti destaca la gran labor de desciframiento, de presentación y de edición que viene haciendo François-René Simon para la plena recuperación de una obra tan decisiva como la de Rodanski. Anne-Marie Beeckman reseña Le secret secret, poemario de Albarracin en Flammarion y Bertrand Schmitt la exposición y el catálogo de Jan Krizek, ya en “Surrealismo internacional” comentados una y otra.
Y para acabar con música, he aquí un espectáculo musical de François Sarhan, hace cuatro años:

Braulio Leiva

Nacido en Viña del Mar en 1979, Braulio Leiva murió el pasado 31 de agosto en Valparaíso, perdiendo así el surrealismo chileno una de sus figuras promisorias. Rodrigo Hernández Piceros nos hace llegar esta breve semblanza, que acompañamos de dos de sus poemas, más la reproducción del que dedicó en Derrame a Cruzeiro Seixas.
“Durante su corta existencia, Braulio Leiva desarrolló un gran interés en la investigación de las vanguardias literarias, a partir de su encuentro con la obra de Vicente Huidobro. El surrealismo no tardó en llegar. Comienza a escribir desde el amor y el azar. Entra en contacto con el Grupo Derrame el año 2006, grupo al cual se integra a comienzos de 2010. En el n. 8 de la revista Derrame, especial dedicado a Artur do Cruzeiro Seixas, se puede leer su texto «La sangre en la mirada». Dejó inédito un libro de poesía automática: Funda-mental. Aprenda radio en 15 días, que preparaba en coautoría con el poeta Rodia Ibaveda, y que cuenta con un prólogo del poeta Rodrigo Verdugo”.

Truco a dos voces
Ella a la hora de las alas
Con las líneas del beso en el revólver
Apuntará sobre las aves a su paso
Para comunicar al maniquí incandescente
Su tentativa distancia de lámparas
Para coser el día en el abismo
De la mano de títeres de luna
Con la bala de la sangre entre los ojos
En la hora precisa de concebir muñecas
La medalla rodará por los cielos
A la hora del disparo secreto
El tiempo será una caja musical
Las olas saldrán por los ojos
La mujer por la noche
Otras por el vino derramado
En la uñas del que cava arrepentido
Sin mirar los ojos del silencio.

Cerebro al agua
El cerezo para sentir la lengua en la cantidad de miradas que se pierden
Ellas aquilatan los senos que derrumban las chimeneas del tiempo
Y justifican los abrazos escondidos
Actitud de fantasma altamente calificado para la hierba
En la irritación de la ballesta para la muerte azul de un cisne y
De su vago vegetal que le camina por la pupila
Los deudores de puentes duermen al respecto de la memoria
El vidrio en la solapa de la ballena y sus óvulos ceremoniosos
Por el deseo de mirar por la boca de plantar una rodilla
Con su carpintero adentro
Si ellos nombran los moluscos las señoritas besan sus pezones
Con el salvajismo propio de un pétalo manipulador de tijeras


Corriente continua

Este título de la última entrega de Javier Gálvez en Solsticio ediciones podría aplicarse a su incesante actividad poética y editorial. “La corriente continua es aquella cuyas cargas eróticas fluyen siempre en el mismo sentido en un círculo erótico cerrado, moviéndose del polo negativo al polo positivo de una fuente de fuerza eróticomotriz”, es sin duda alguna una definición que nos hubiera hecho mil veces más interesantes aquellas clases de física y química que se nos infligían en la edad de la domesticación escolar.
Al ser calificada la “respiración” como el “tiempo que tarda en recorrer un beso el interior de unos labios” –otra definición muy mejorada–, van a dársenos en seguida un ejemplo de “inspiración” (a la izquierda) y otro de “espiración” (a la derecha):


Bien conocida es la bella tradición surrealista de comentar/interpretar las “noticias”, y hasta Fernad Dumont títuló una revista Faits Divers y Masao Suzuki, en la colección “Surréaliste” dirigida por Georges Sebbag, dedica un volumen a la cuestión: la intervención de Corriente continua se inserta en su línea más hilarante. Ilustran muy apropiadamente la publicación dos de las fotos de paredes a que tan proclive es Javier Gálvez.


Destellos

Destellos
Guy Girard puede ser visto y escuchado, muy bien dispuesto, en la siguiente grabación:
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Una publicación sobre las narraciones de Georges Henein debe ser resaltada, ya que su autor es Marc Kober, pieza clave de Supérieur Inconnu: Henein: l’éclat de la tenuité.
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Por la hoja Soapbox tenemos noticias de los extraordinarios collages de René Apallec, descubiertos en un desván de Tolosa en 2007. Personaje enigmático, quizás nos evoque, por lo secreto y autodidáctico de una obra subversiva, al pintor alsaciano Joseph Steib, que hizo escarnio de la infamia nazi con cuadros literalmente mágicos, estudiados por Georges Sebbag y Emmanuel Guigon en un precioso librito de los Museos de Estrasburgo.
¡Y no perder su serie de “gueules cassées”!
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También por Soapbox nos informamos de la publicación de Revue (2) de Olivier Hervy con frontispicio de Susana Wald y Ludwig Zeller, La feu fait son travail de Roberto San Geroteo con frontispicio de Roland Giguère y Ocelles de Joël Gayraud con dibujos de Virginia Tentindó. A punto de aparecer está el n. 14 y último de l’impromptu, buena y mala noticia a la vez, aunque confiamos, conociendo a Jean-Pierre Paraggio, que a l’impromptu suceda una publicación similar.
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Próximas publicaciones del grupo deCollage: Navalha vestida de sol, de Renato Souza, Cílios tentáculos, de Alex Januário, y O terceiro corpo, de M. R. Salgado. El surrealismo no deja de agitarse en tierras brasileñas. Y españolas, ya que se encuentra también a punto un nuevo número de Salamandra, sobre el “materialismo poético”.
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Interesante enlace con Will Alexander:
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En la nota que dedicamos a Pierre-André Sauvageot, no incluimos el enlace de su preciosa película Rue K. porque el que se nos había hecho llegar no era correcto. Pero ya lo tenemos aquí:

Grupo surrealista de Bucarest, años 40

“Infra-noir”, un et multiple. Un groupe surréaliste entre Bucarest et Paris, 1945-1947, reúne una serie de trabajos sobre uno de los más importantes grupos del surrealismo. En la ilustración de cubierta vemos a sus cinco nombres claves: Ghérasim Luca, Paul Paun, Gellu Naum, Virgil Teodorescu y Dolfi Trost. El más conocido es Luca, que continuó durante décadas su obra en París. Gellu Naum es el único que no se pasó a la lengua francesa, quedando aislado en la dictadura de su país, a la que Teodorescu se aclimató muy bien. Paun y Trost, como Luca, emigraron, y este trío, muy compacto durante aquellos años decisivos, es el principal objeto de estudio del libro. Tal fue la fuerza del surrealismo en Bucarest que actualmente el surrealismo tiene en Rumanía una de sus tierras de cristalización, con Sasha Vlad y Dan Stanciu, quienes desarrollan una de las obras más atractivas de estas últimas décadas.
La directora del proyecto, Monique Yaari, hace la presentación y dedica un buen trabajo a Paul Paun. En la presentación se alude de pasada a Robert Desnos como judío, una información que nos hemos encontrado varias veces por ahí, pero que no parece ser cierta, y Marie-Claire Dumas, en la detallada introducción biográfica de su admirable Robert Desnos ou l’exploration des limites, nada dice de ello –¿quizás sea una confusión originada en su detención por los nazis? (y no olvidemos al abyecto Céline tildándolo de “filojudío” en la prensa de la Ocupación).
Jonathan P. Eburne estudia “las provocaciones de Infra-noir”, bien vistas salvo en lo confuso de considerar como materializaciones posteriores del pensamiento del grupo aspectos de la obra de Deleuze y Guatari, del situacionismo y del mayo francés, muy a bella distancia de los cuales (en provocación y en todo) se sitúa la increíble actividad del grupo de Bucarest en aquellos pocos y frenéticos años.
Excelentes, incluso imprescindibles, son los ensayos de Krzysztof Fijalkowski y de Françoise Nicol sobre Luca y Trost respectivamente, mientras que Jacqueline Chénieux-Gendron vuelve a estudiar la bien conocida colaboración del grupo con la exposición internacional parisina de 1947.

Trost, L'amour (seulement l'amour), vaporización,
1944 (colección D. Moscovici)

El lamparón en un volumen que podía haber sido vivamente recomendado –realmente, por ello, ni lo voy a incluir en la cronología del surrealismo que acabo de elaborar– viene de una profesora emérita (ellos siguen hasta que revientan) de un departamento universitario de cine y televisión, Régine-Mihal Friedman, que se ocupa del elogio a la película Malombra hecho por el grupo, texto básico en cualquier bibliografía mínima sobre el surrealismo y el cine. Se habla de la “posteridad del surrealismo en el cine”, ignorando pues las películas de los propios surrealistas, y además para nombrar a Raul Ruiz, “Fellini evidentemente”, David Lynch y Krzysztof Kieslowski (modelo de esa “qualité” que siempre ha denostado el surrealismo)? Esto, con un Svankmajer incluso consagrado, y al que Krzysztof Fijalkowski, que sí que sabe lo que es el surrealismo, no deja de referirse al abordar la cuestión del tactilismo, tan presente ya en los rumanos. Y luego la vieja maledicencia, escudada en el insidioso “como es sabido”, aquí en la variante del “se recordará”: “Se recordará que, exceptuadas sus compañeras, sobre todo comparsas, los surrealistas no aceptaron sino tardíamente a las mujeres creadoras entre ellos”, añadiendo a la falsedad (¿dónde estaban, en los años 20, esas “mujeres creadoras”?) lo despectivo de las “comparsas” para una Simone Breton, por ejemplo –¡eso sí que es desprecio! Recientemente, por cierto, he leído la monografía de Éric Le Roy sobre la maravillosa Denise Bellon, quien fue amiga de Breton hasta la muerte de este, y a quien Breton confió nada menos que la documentación fotográfica de las más grandes exposiciones internacionales del surrealismo, o sea las de 1938, 1947, 1959 y 1965, además de las que registraron la visita al desierto de Retz en 1960.
¿Es casual, por lo demás, que este trabajo sea el único mediocre de todo este libro? Y hablando de profesores universitarios de cine y televisión, aún recuerdo a uno particularmente imbécil que, en el congreso tinerfeño “Surrealismo Siglo 21”, lanzó como un aparte genial de su triste conferencia de catedrático: “Porque los surrealistas eran misóginos”.
En la parte documental se reproducen los textos más importantes del grupo, aunque la mayoría, por no decir todos, son ya conocidos. En efecto, La Maison de Verre editó en 1996 los cuadernos de Infra-Noir con un texto de presentación en que se decía: “La colección Infra-Noir da cuenta de las más frenéticas exigencias experimentales, salidas tanto de lo trágico de una existencia convulsiva como de una libertad teórica tan delirante como innovadora”. Y aquellas sí eran verdaderas reproducciones facsímiles, ya que las de “Infra-noir”, un et multiple, son simples copias fotográficas. Otros textos, como el de Malombra o Dialectique de la dialectique están reproducidos en la obra de Ion Pop (La réhabilitation du rêve. Une anthologie de l’avant-garde roumaine, 2006) y los de las exposiciones han sido citados, parcial o completamente, numerosas veces, como ocurre con las fundamentales cartas enviadas por el grupo a André Breton. Estas, extensas, son tres, de 1946 y 1947. En las dos primeras, la “amistad apasionada” en “este mundo de terror” no excluye la crítica a los peligros que acechan al surrealismo a veces en su propio seno, empezando por el “déjà vu”, la reducción artística o política y hasta “la exégesis de tipo universitario” ya haciendo sus pinitos; muy bella es la noción de “superanarquismo”. En la tercera, se acusa recibo de los Prolegómenos al tercer manifiesto, visto como una respuesta a las cuestiones planteadas en las cartas anteriores, y se presentan las propuestas para la exposición de 1947, con el juego “La arena nocturna”.
Es muy bueno tener aquí reunidos todos estos documentos, imprescindibles para quien no tenga la colección de La Maison de Verre. Los excelentes estudios sobre Luca, Paun y Trost convierten, en fin, este libro en una publicación de extrema importancia, a pesar de la profesora emérita de cine y televisión.