miércoles, 12 de marzo de 2014

Rik Lina y las profundidades marinas

Rik Lina, Psychalia Polis, 2007

Una exposición de Rik Lina tiene lugar en Amsterdam, del 7 de marzo al 14 de abril. En el pdf que adjuntamos hay algunas imágenes de esa exposición, y unos breves y bellos textos iluminadores de su zambullida visionaria en las profundidades marinas.
RIK LINA – INTO THE DEEP.pdf


miércoles, 5 de marzo de 2014

Los nanquines de Rodrigo Mota


La palabra “nanquim” carece de correlato en español, no sorprendiendo que, en un país con una dimensión oriental como ha sido Portugal, sí que exista. (Allá por los fines de los años 70, me sorprendía mucho, en Lisboa, la fuerte presencia de África, de Oriente y de la América brasileña, que interesaban bastante más que el antipático país vecino y en general que la triste Europa; ello se advertía con solo hojear la prensa, y tenía sin duda un gran encanto, esfumado luego con las dos décadas de lavado de cerebro europeísta a que el país fue sometido por sus líderes demócratas, bien provistos para su empresa de gruesas bolsas repletas de poderosas monedas europeas).
“Nanquim” en portugués quiere decir tinta china, porque esta procedía de Nankin, en la China, como cierto tejido de algodón que también dio otra acepción a la palabra. En el texto que acompaña esta publicación de Rodrigo Mota, Marcus Salgado habla de las criaturas de nanquim o nanquines de las tintas chinas del artista, verdaderos “sismógrafos” cuyo guardián, evidentemente, es el Pulpo. Los nanquines de Rodrigo Mota están “impregnados del deseo que se desborda sobre el cuerpo irreal (del papel, de la ciudad) y sobre el cuerpo real de la mujer”. Marcus Salgado sitúa a Rodrigo Mota en la busca del Punto Sublime, como ocurre siempre en el surrealismo y como ocurre con los componentes del grupo deCollage. Algunos de estos dibujos automáticos ya habían sido dados a conocer en el n. 6 de A via queimante, “hoja del baobab de Lautréamont”, junto a otros de Paulo Leite. Alex Januário, otro componente del grupo, escribía a la sazón:
“Giordano Bruno nos dice que «las visiones del amor abren las negras puertas de diamantes del alma». Eso vale para las pinturas de Paulo Leite y los nanquines de Rodrigo Mota. El «negro» de estos dos artistas de mirada en estado salvaje recorre los caminos de la belleza vivenciada, reencontrando el verdadero valor que compete al hombre, o sea, poseer el espíritu emancipado. Reivindicando el lenguaje amoroso y deseante, la imagen-explosiva, exponen uno al otro el «exceso plástico negro», y he ahí nuevamente la manifestación pura del espíritu. Cualquier tipo de argumentación de aspecto estético sería irrelevante y reduccionista, visto que Leite y Mota no producen obras y sí hacen obras-poesía, revelando el surrealismo en su plenitud como los dibujos de Bellmer por ejemplo. Tenemos aquí lo que podemos calificar de encuentro revelatorio, el lenguaje amoroso y la imagen como símbolo deseante, rompiendo las formas llamadas dominantes de las artes y principalmente las mecanizadas de la vida, instaurando la perturbación del lenguaje, re-encantando los procesos de una actuación de vida y todas las posibilidades que el negro tiene para revelarnos: la fascinación de los cuerpos rasgados de Leite, y las gotas de nanquín emblemático de Mota. Si para Miró el color de sus sueños era el azul, para estos dos artistas el negro es el lenguaje poético por convulsión”.
Tinta da China, con una docena de dibujos de Rodrigo Mota, algunos a doble página, y el texto de Marcus Salgado, es otro primor de las Ediciones Loplop, que así continúan afianzando su trayectoria en el universo surrealista.

António Cândido Franco y el surrealismo en Portugal (2)

P. Oom, Retrato de António Maria Lisboa, 1949

Una de las aportaciones claves de estas Notas para a compreensão do surrealismo em Portugal que acaba de publicar António Cândido Franco en  la Editora Licorne, es la reivindicación que hace de António Maria Lisboa, y en particular de su genial Ossóptico, que, compuesto por quince poemas, publicó en 1952. El “ossóptico” (“huesóptico”) es el ojo hueso, el ojo de la imaginación, el ojo “del otro mundo” de que estaba dotado este poeta –y es que “el equipamiento de Lisboa, heredado de experiencias anteriores, del sobrenaturalismo de Novalis y Nerval al surrealismo de Breton, pero afinado por él, es de calidad excelsa y se mostró muy adecuado a la exploración en gran extensión del continente del alma”. Corría el otoño de 1979 cuando me agencié yo en Lisboa –encuentro decisivo– los Textos de afirmação e de combate do movimento surrealista mundial, de Mário Cesariny, y ya eran los días navideños cuando deparé con un libro a la vez explosivo y sublime: Poesia de António Maria Lisboa, “establecida” por Cesariny. Explosivo, porque tanto el prólogo como las notas de Cesariny eran tan detonantes y virulentos como para obligar al editor a señalar en una nota que “no suscribe parte de las afirmaciones y acusaciones producidas en este volumen”, y en otra al director de la colección (el poeta-literato Melo e Castro) que no tiene nada que ver con él. Sublime, porque, en efecto, ahí tenía uno que vérselas con uno de los poetas más consternadores, más abismales de toda la poesía portuguesa, y que en la de su tiempo podía acercarse, como ya señalé, ni más ni menos que a un Duprey o un Rodanski (en la poesía del país vecino, solo la profundidad de Cirlot, aunque poeta demasiado sereno a su lado, se podía emparejar con la suya).
(Mucho después, en 1995, y también por Assírio & Alvim, se reeditaría la obra de António Maria Lisboa, pero sin la intervención impagable de Cesariny ni los seis poemas gráficos del poeta, por lo que el libro de 1977 sigue siendo insustituible.)
Con quien conecta António Cândido Franco Ossóptico es con una ignota obra portuguesa de 1926: A cidade do sol, “novela metafísica” de José Manuel Sarmento de Beres, uno de los fundadores, en 1922, de la Sociedad Teosófica Portugesa, y a quien trató António Maria Lisboa. Es una conexión tan sorprendente como certera, esta que hace António Cândido Franco.
Volviendo a Ruptura inaugural (panfleto publicado en las Éditions Surréalistes, del que dirá Mário Cesariny que “determinó mi adhesión plena al surrealismo”) y a la exposición del mismo año de 1947, António Cândido Franco considera que “representan en la historia del surrealismo momentos de gran significación, pasos de envergadura gigantesca, que volvieron a poner al movimiento surrealista en contacto con la ruta perdida, apartándolo de aquellos que le estaban chupando la sangre. La exploración del espíritu, el viaje por las tierras interiores, sin olvidar lo que ese viaje implicaba para la liberación social, pero ahora sin lapsus, volvía a ser el itinerario natural de un movimiento que nació para dar al mundo una nueva revolución, en un dominio solo por él presentido, y no para seguir de manos amarradas a la espalda las revoluciones de los otros, aplazando, o incluso haciendo prescribir, aquella para la que había nacido”. En realidad, no es que el surrealismo hubiera dejado aquella exploración durante los años de (relativa) sumisión marxista-leninista, pero sí que es cierto que en la fecha crucial de 1947 se asiste a una poderosa reactivación, y que es en ella donde se lanza con fuerza el surrealismo en tierras portuguesas: “El momento en que Cesariny capta París, a los 24 años, es de los más cristalinos; solo tiene paralelo, e incluso así a distancia, dado el verdor del propósito inicial, con lo que ocurre en 1924”. Nace pues el surrealismo portugués “de uno de los raros picos del surrealismo en general”, lo que evidentemente replantea el tópico de su “nacimiento tardío”, en lo que este tópico busca de convertirlo en epigonal, operación constante que la crítica académica aplica a innumerables casos del surrealismo. Muy finamente señala luego António Cândido Franco, con respecto a António Maria Lisboa, que este desde luego no esperaba nada del marxismo-leninismo, y ni siquiera del anarquismo en tanto movimiento, tradición o historia, sino de la anarquía, que es muy diferente.
Siguiendo con António Maria Lisboa, el capítulo 22 aborda la relación con otro nombre del surrealismo portugués, Fernando Alves dos Santos, cuya obra reunió Perfecto E. Cuadrado en 2005 y en la que se señala la presencia, como en Lisboa (y en Risques Pereira), de esa saudade objeto de la reflexión constante de Teixeira de Pascoaes. El capítulo siguiente es a Cruzeiro Seixas a quien trae a colación, considerado como el artista plástico portugués en quien mejor se plasma el “modelo interior”. Y en un ensayo como este, tan libre, pasamos ahora –capítulo 24– a un inesperado título: “Violette Nozières y el Rey Ghob”, este un tal Francisco Leitão, criminal que saltó a las noticias lusitanas hace un par de años y que llamó la atención de Cruzeiro Seixas por la arquitectura “comestible” de su casa. Cruzeiro Seixas se interesó por esta historia porque mostraba, señala António Cândido Franco, “que tales seres podían dar salida diferente a su Yo arcaico en caso de que hubieran tenido desde la infancia una educación diferente, y no aquella que prepara para la competencia desenfrenada en torno al dinero, y que exige la formación de un Yo social sofocante y exclusivo”, o sea, “en caso de que le hubiesen dicho o mostrado que, aparte la dicotomía entre la censura y el acto de satisfacción inmediata de los deseos primitivos y originales, los más imperiosos en estos casos de absoluta indisolubilidad del Yo arcaico, existía un tercer término, el de la representación simbólica, capaz de conciliar con eficacia las dos vías”. El Yo social, como expresa más adelante António Cândido Franco, es sustituido por el Yo arcaico en el automatismo psíquico, “dictado, como expresión del pensamiento real, desnudo y crudo, sin intromisión de factores exteriores, distantes o próximos”.
Al final de esta apasionante obra, vuelve a ocuparse su autor del contexto en que surgió el surrealismo en Portugal, avanzando hacia los años 50, con la publicación de un libro al que da todo su crédito: L’art magique, visto como el corolario de la década anterior, y en cierto modo anunciado por las visiones del “ossóptico” lisboano. Pero sobre todo, es central su afirmación de que, “al revés de lo que se ha dicho”, la década de los 40, por el declive mediático del surrealismo (y yo añadiría que por la hostilidad de existencialistas y de estalinistas –incluida la de los surrealistas que persistían en conciliar el pútrido comunismo soviético con el surrealismo), si es que no a causa de él, “significó para el surrealismo un paso adelante y representó para el surgimiento del surrealismo en Portugal un humus de excepcional valor”. António Cândido Franco llega a afirmar que un surrealismo surgido allí en los años 30, con su “materialismo dialéctico” a cuestas, no hubiera hecho posible la obra irreemplazable, única, de António Maria Lisboa. Y se nos ocurre ahora mismo cotejar al surrealismo portugués con el rumano, verdaderamente fabuloso, y que coincide con él cronológicamente, para oponerlo al yugoslavo, surgido en los años 30 y en el que casi todas sus figuras, bien empapadas de materialismo dialéctico, acabaron en los brazos del mariscal Tito, un cretino y un criminal, que, cuando se publicó la obra de su futuro lacayo Marko Ristic Infamia, la calificó en la prensa de “perfidia surrealista”, añadiendo que era obra de un “amigo íntimo del trotskista y degenerado burgués parisino André Breton” (Infamia, por cierto, sería, a la vez que la denostaban Tito y otros amigos comunistas, prohibida por el gobierno fascista entonces en el poder).
Nada más obvio que la rotunda separación entre el primer grupo surrealista surgido en Portugal y el que en seguida animan Mário Cesariny y António Maria Lisboa, punta de lanza del surrealismo coetáneo, a pesar de que la época no permitiera zarpar hacia el destino internacional que solo se abrirá en los años 60 al establecer relación el primero con Sergio Lima. António Cândido Franco ofrece aquí –seguimos en el capítulo 25– unas notas sobre los avatares del surrealismo portugués posterior, con sus figuras y sus publicaciones, de las que se espera una reedición de las de carácter colectivo: Pirâmide (1959-1960) y Grifo (1970). Se vuelve al “abyeccionismo”, del que ya hemos hablado y que tanto Cruzeiro Seixas como Mário Cesariny acabaron rechazando tajantemente. La refutación que de él hace Cesariny en las notas al libro de António Maria Lisboa es perfecta, impecable, y revela lo que hay en la idea abyeccionista de rancio existencialismo. (Por pequeño despiste, se citan como de 1985 unas palabras de Cesariny afirmando que “aquí y ahora y siempre en todas partes el surrealismo no tiene nada que ver con el abyeccionismo”: realmente ya estaban en un escrito sobre Luis Buñuel, datado en 1973, y Cesariny las repite en la edición del libro de su amigo.)
Con respecto a la apertura internacional del surrealismo portugués, señala António Cândido Franco también, en Phases, el texto “Para una cronología del surrealismo en portugués”, que considera “la principal pieza historiográfica del movimiento en Portugal”. Apareció en 1973 en el n. 4 de la segunda serie de la revista de Édouard Jaguer, suntuosamente presentado.
¿Y quién estará a la altura de lo que exige António Cândido Franco para los estudiosos del surrealismo: “estudiar el surrealismo es encontrar el órgano visionario del alma”? Porque sin el “ossóptico”, “nunca habrá estudio pleno de las imágenes del surrealismo”, y “estudiar hoy el surrealismo, es la mejor respuesta al desnorte de la imagen en la sociedad actual, donde las representaciones, a causa de la banalización mercantilista, perdieron la sangre y el vigor que otrora tuvieron. Esa vitalidad fue conquistada en el momento de su nacimiento con el arte rupestre, se reforzó con el chamanismo y las primeras culturas agrícolas de tipo matriarcal, sobrevivió a la aparición de las grandes civilizaciones comerciales, estuvo viva y cumplió de forma general su función hasta el momento en que la industria cultural se aprovechó de ella. Se encuentra ahora titubeante y atontada, con aire exangüe y delgadez cadavérica. El beso de la industria fue fatal para ella; le vampirizó la savia. Es juego hollywoodense, displicente y grosero. Solo en el surrealismo y en su estudio la vitalidad original de la imagen, su llama inicial, hoy mortecina y casi apagada, vuelven a tener una hipótesis seria de resurrección”. Imposible decirlo mejor, en un libro que ha sabido ver las cosas con ese órgano visionario que es el de la verdadera poesía.

Ráfagas

Una exposición de las muy bellas imágenes de Mireille Cangardel hay en L’Usine de París (102 Boulevard de la Villette), del 8 al 22 de este mes.

Mireille Cangardel, El espíritu del chamán

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El libro de Patrick Lepetit Le surréalisme, parcours souterrain, publicado en Dervy con un prólogo de Bernard Roger, acaba de aparecer en versión inglesa, ahora con prólogo de Allan Graubard y editado por Innertraditions en Rochester.
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La pasada primavera tuvo lugar una importante retrospectiva de Maurice Henry: “ Paris-Milan, voyage d’un surréaliste”, cuyo catálogo puede verse en la dirección que hemos anotado. Aunque comienza con una nota –estulta e innecesaria– de Jean Cocteau, incluye luego una buena entrevista con la mujer de Henry. Generalmente son de vergüenza estas entrevistas con viudas, viudos, hijos, hijas, hermanos, hermanas, sobrinos, sobrinas y demás familia, pero al contrario de lo que ocurría con las viudas Magritte y Scutenaire, podemos decir que Elda Henry, como Juliette Man Ray, Elisa Breton o Margarita Camacho, sí es surrealista: una mujer que no ha dejado nunca de ser admirable.


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Vincent Krans anuncia para esta primavera una publicación que acompañará la exposición  de Her de Vries y que reproducirá todas sus cajas y objetos, con textos del propio Krans y de Laurens Vancrevel.

Her de Vries, Les eaux dormants, 2008

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En el Centro Wallonie-Bruselas de París se celebra desde el 6 de febrero y hasta el 6 de abril la exposición “Abecedario del surrealismo en las colecciones de La Louvière”, a partir de tres colecciones surrealistas de aquella región belga donde tanto impacto tuvo el surrealismo. En cierto modo se celebran así los 80 años de la fundación del grupo Rupture (el primer grupo surrealista creado en una provincia), y que al año siguiente organizó una exposición surrealista internacional. Hay a la vez un ciclo fílmico, con todos los clásicos del cine surrealista belga y documentales sobre Magritte, Alechinsky, Lacomblez, Pol Bury, Dotremont, Marcel y Gabriel Piqueray, etc.


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De Guy Cabanel saldrá muy pronto un nuevo cuaderno poético: En visite chez Li Ts’ing Tchao parmi les fleurs du cannelier, y de Anne-Marie Beeckman nada menos que tres a la vez, en distintas pequeñas editoriales: Le ciel & autres contes, Louis Pons, Rat Club, section autonome y Serviteurs, les princesses.
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Al fin se encuentra en marcha la edición de los ensayos de Aldo Pellegrini. En 2001, la solapa de La valija de fuego (Poesía completa) daba incluso como publicado el título La conquista de lo maravilloso (Ensayos completos), pero de eso nada, y hasta la idea quedó en agua de borrajas. Teníamos que contentarnos con el maravilloso librito Para contribuir a la confusión general, editado en 1965. Ahora parece que por fin va a cristalizar muy pronto –este mismo año– la edición de un libro cuya importancia no es menester señalar.
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En Puerto Rico tiene lugar esta exposición, dedicada a Eugenio Granell y “El Mirador Azul”. El título alude al grupo de siete artistas que tomaron el nombre de un espacio donde se reunían con Granell para pintar y practicar juegos surrealistas, entre ellos el cadáver exquisito. Corría el año de 1957. En el libro de la encargada de la exposición, Cheryl Hartup, Visión doble, se destaca la influencia del artista español en la renovación de las artes plásticas portorriqueñas. La exposición se compone de 39 trabajos, divididos en cuatro secciones: las obras de Granell; las de Cossette Zeno y Luis Maisonet Crespo; las de Rafael Ferrer y Roberto Alberty; y las de Julio Rosado del Valle. Este último era un amigo suyo, y discípulos los restantes.
La Fundación Granell anuncia para junio una exposición en homenaje a un gran artista del surrealismo: Iván Tovar, quien, nacido en la República Dominicana, contactaría fecundamente en Nueva York con Eugenio Granell.

El mito templario

Desde Quebec, David Nadeau anima una investigación sobre el surrealismo y el mito templario, señalando cómo este ha representado para un Jarry o un Villiers “el triunfo del amor y del espíritu sobre las miserables condiciones de existencia” (y nada más surrealista) y apuntando datos de relieve en Antonin Artaud, André Breton, René Alleau, Jean Palou, Seixas Peixoto, Alain-Pierre Pillet y el grupo Stir-Up (que en 2007 celebró la exposición “Templarios, iniciados en el misterio”).
A partir de las imágenes del sello de los templarios y del Baphomet (jeroglífico que, según Fulcanelli, resume la Gran Obra), la investigación “propone enfrentar el contenido utópico y distópico asociado al tema templario”, con su edición a través de cualquier método surrealista o con la realización de un dibujo o un texto inspirados en las figuras de los jinetes del sello o en el Baphomet tal y como lo encontramos en el frontispicio de la segunda parte del clásico de Éliphas Lévi Dogma y ritual de la Alta Magia.
A juicio de David Nadeau, “el mito esotérico asociado a los templarios sigue alimentando el proyecto surrealista”, en oposición a una realidad histórica que “representa más a los monjes, soldados y banqueros”, fortalecedores del “poder político, económico y religioso de la iglesia católica”.


martes, 25 de febrero de 2014

António Cândido Franco y el surrealismo en Portugal (1)


Estamos ante una publicación mayor sobre el surrealismo en Portugal, que además aborda cuestiones del máximo interés para el surrealismo en general. António Cândido Franco lleva años trabajando, con sensibilidad de poeta (lo que es muy extraño, por no decir insólito, en los estudios dedicados al surrealismo), tanto sobre Teixeira de Pascoaes como sobre Mário Cesariny. En 2010 publicó Teixeira de Pascoaes nas palavras do surrealismo en português, y en 2012 editó de Cesariny las Cartas para a Casa de Pascoaes, libros a los que hay que añadir el folleto con las cartas de Cesariny a él mismo, del que dimos noticia hace solo siete días. Estas dos últimas entregas iban lujosamente anotadas, con referencias muy útiles acerca de muchas figuras del surrealismo en su proyección lusitana.
Las 27 notas que componen este libro van desde luego mucho más allá de lo que el título pueda sugerir, ya que se trata de notas que acaban componiendo un panorama esencial del surrealismo portugués. En tal sentido este libro posee un valor básico, y ningún abordaje del surrealismo en Portugal podrá a partir de ahora prescindir de él.
Una célebre cita de Mário Cesariny sirve de epígrafe general: “Teixeira de Pascoaes, poeta mucho más importante, para nosotros, que Fernando Pessoa”. Es una cita célebre por lo provocadora, y si en una ocasión yo dije que era absurdo oponer un poeta a otro (Pessoa tiene cierta dimensión creo que ineludible, aunque yo mismo siempre preferí a Mário de Sá Carneiro), no cabe duda que la matización del “para nosotros” la justifica, Cesariny además haciendo justicia al hecho, ese sí que completamente absurdo, de la sacralización de Pessoa mientras se olvidaba, o desconocía en general, a un poeta de la envergadura de Pascoaes (que, como demuestra António Cândido Franco, recibió la atención de los surrealistas portugueses desde un principio). La nota novena concluye explicando perfectamente el porqué de la preferencia de Cesariny, y es que “Pascoaes le interesa más que Pessoa ya que la esfera de la imaginación se sobrepone en él al mundo empírico de los sentidos y al universo abstracto del intelecto”.
António Cândido Franco sabe que todo se juega en el terreno de “la necesidad de valorizar la imaginación”, y no le faltan palabras para denunciar la degradación de la imagen en nuestro mundo infame: “Lo que se ve en imaginación no puede ser degradado por el intelecto, o desvalorizado por ella, como hoy ocurre. La civilización de la imagen es un fraude descarado, ya que nadie cree hoy en la imagen, ni los que la hacen ni los que la ven, ni los que la venden ni los que la compran. La imagen está hoy al nivel de un simple juego inconsecuente o de una triste imbecilidad. Es la Disneylandia del espíritu, sin espesura de realidad, a no ser la facturación de la industria cultural”. En el polo opuesto se sitúa la experiencia de un Pascoaes: “Las imágenes en su caso se tocan: son tan sensibles y tan verdaderas como la realidad material. No son simple pasatiempo para entretener los tiempos muertos, que solo por ironía se llaman también libres, como sucede en la Disneylandia moderna, sino un mundo real, vivo y palpable”. De Pascoaes se destacan dos libros que a mí me impactaron cuando di con ellos: O duplo passeio y O bailado, este último siguiendo un alerta del propio Cesariny, quien me lo asociaba al Humus de Raul Brandão, un escritor también de una fuerza telúrica impresionante, del que sí que yo conocía esa y otras obras. Estos libros son aquí asociados, y a su vez O bailado, por su “fiebre de imágenes oníricas”, es conectado a las Confesiones de un comedor de opio de Thomas de Quincey.
Una de las notas más interesantes es la dedicada al abyeccionismo, que António Cândido Franco ve como “uno de los segmentos más característicos del surrealismo portugués”, aunque yo me quede con la refutación que de él hizo Cruzeiro Seixas en la grabación de la exposición “Surrealismo abrangente”, revolviéndose contra cualquier “abyeccionismo” (Eurico Gonçalves, que es quien lo acompaña en el paseo por todas aquellas obras de sus amigos surrealistas portugueses y de otros países, le dice entonces que la miseria que se ve en las calles de Lisboa es un resto del abyeccionismo salazarista, revolviéndose colosalmente Cruzeiro Seixas, quien le espeta estas magníficas palabras: “¡Hombre, ya dura esto treinta años, y van a ser los restos de la abyección!”, como sabedor perfecto de la responsabilidad de los partidos democráticos y de la feroz “europeización” de los años 80 y 90). Pero el abyeccionismo, con nombres del surrealismo, no se opuso a este, lo que ha permitido incorporarlo, y por el propio Cesariny, a la trayectoria del surrealismo en Portugal. Hacían mal Pedro Oom y su amigos en definirse a sí mismo como “abyectos”, porque en verdad que no lo eran, y porque además al mismo tiempo hablaba Oom de “sobrevivir libre”, de “poseer la capacidad de luchar contra las fuerzas que nos contrarían, no colaborando con ellas”. Y ahí estamos en el surrealismo, del que a este propósito escribe António Cândido Franco que “nació para dar alas al hombre, alas de águila, no de insecto, alas cósmicas, capaces de transponer, con las remeras vigorosas, la baja atmósfera de las angustias sombrías, encontrando el aire enrarecido de las alturas y de los sueños, el entusiasmo del cielo en fuego, donde se vislumbra el mundo de las platónicas formas inmortales y de las incandescencias solares, la contemporaneidad de lo eterno sin principio ni fin”.
Siguiendo con Pascoaes y Cesariny, António Cândido Franco compara el mítico Marão de Pascoaes (hoy profanado por los molinos eólicos tan amados por la imbecilidad ecologista) con la imagen de la pirámide en Cesariny, descubriendo un “isomorfismo perfecto” entre ambos. El Marão de Pascoaes es asociado también, muy felizmente, al Monte Análogo de René Daumal, cuyo mapa en el Diccionario de lugares imaginarios de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi vemos aquí. Pascoaes y Daumal –lo que vale para Cesariny con su pirámide– “tomaron la montaña como símbolo del alma encarnada y ambos hicieron de su escalada física una imagen del conocimiento progresivo que el hombre puede tener del mundo del espíritu. También las cosmologías arcaicas que ligan por medio de la montaña cósmica la Tierra al Cielo se hacen pertinentes en cada uno de ellos para entenderse la significación tanto del Marão como del Monte Análogo. Del mismo modo tanto uno como otro son espacios simbólicos, pero auténticos, localizados y geográficos, donde el Yo físico encuentra su daemon por encarnar”.
En una obra que va encadenando sólidamente las “notas” de que se compone, António Cândido Franco se refiere en seguida a las palabras con que concluye El surrealismo en sus obras vivas, último de los textos programáticos que componen el volumen de los Manifiestos del surrealismo, y que adquieren por ello un valor muy especial: “El mejor medio de que el hombre dispone es la intuición poética. Esta, liberada al fin por el surrealismo, no solamente tiene el poder de asimilar todas las formas conocidas, sino que también es audaz creadora de nuevas formas, por lo que se halla en situación de aprehender todas las estructuras de nuestro mundo, manifiestas o no. Únicamente la intuición poética nos proporciona el hilo que nos lleva al camino de la Gnosis, en tanto conocimiento de la realidad suprasensible, «invisiblemente visible en el seno del eterno misterio»”. Estas palabras son consideradas por António Cândido Franco como una “ventana abierta sobre el cielo constelado”, y con ellas, tras señalar que, cuando Breton “habla a propósito de surrealismo de ciencias ocultas, de piedra filosofal o de Gnosis, ninguna de estas realidades es para ser tomada como humo sin fuego”, nos lleva a una cuestión crucial de la que me he ocupado en otras ocasiones, para enfrentarme, y no sin virulencia, con quienes han desacreditado el surrealismo de la segunda mitad de los años 40 y de los años 50, fueran situacionistas, estalinistas belgas y no belgas (empezando por los “surrealistas revilucionarios”) o incluso advenedizos recientes escribiendo en revistas del surrealismo. No puedo más que aplaudir a António Cândido Franco cuando escribe que “el surrealismo en 1924, o incluso en 1930, es mucho más bisoño, está mucho más lejos de lo esencial, que el de 1953”. Por un lado, porque “Breton había tenido ya tres décadas para cartografiar el espacio interior, estableciendo senderos seguros de acceso a lo surreal” (“El registro de lo supra-sensible, haciendo de la palabra poética el hilo conductor del alma para la fuente del verbo primordial, esclareció la aventura surrealista, dándole una consistencia y una solidez que de otro modo, distraída de lo esencial, o sea esa materia prima de lo verbal, podía temblar en los fundamentos mismos con que se presentaba”), y por otro porque “la deriva política del surrealismo al servicio de la revolución política” (surrealistas actuales han podido hablar, con fortuna, de un “surrealismo sin servicio”, que es el único que tiene sentido) obligó a “cambiar aquí y allí su actividad en el interior del espíritu humano por las luchas en su exterior”. Aquí las palabras de António Cândido Franco merecen ser traducidas en su integridad: “Tómese como aceptable ese momento de parada; acéptese incluso que algo de exaltante hubo ahí y que Breton nunca perdió el pie en ese lodazal lleno de trampas; pero no se vea nunca en ese segmento el momento crucial de la aventura de un movimiento que nació para hacer su propia revolución y no para servir a las de los otros, y menos aún cuando estas eran liberticidas, reduciendo al hombre, con desastroso resultado, a un Yo social, un Yo histórico aún más estrangulado que aquel que llegó al cosmopolitismo del siglo XX después de siete mil años de Historia y de continuados tabúes que bastaron para sofocar la vida interior y ya habían hecho de la humanidad una especie tullida en medio de una naturaleza mucho más auténtica”. De ahí, concluye António Cândido Franco, el “inagotable crédito” del pasaje gnóstico que cierra en 1953 los textos programáticos del surrealismo.
Va larga ya esta nota de las Notas, por lo que continuaremos en una segunda parte. Aquí prepara el terreno António Cândido Franco para lo que tal vez sea el meollo de su libro: la negación en términos absolutos de un supuesto carácter “tardío” del surrealismo portugués, al contextualizar su nacimiento en un momento central –primordial– del surrealismo globalmente considerado: el de Rupture inaugurale y la exposición de 1947, que conducen al citado broche áureo de los Manifiestos. Y es que además António Maria Lisboa, sobre quien van a tratar de modo admirable las notas siguientes, muere precisamente en 1953, tras el ahondamiento en las profundidades de su “ossóptico”, en unos años que prácticamente coinciden con los de otros dos visionarios absolutos: Stanislas Rodanski y Jean-Pierre Duprey.

Lo que será: una resistencia a la catástrofe

En 1947, André Breton escribía que “se trata de saber si el surrealismo, como disciplina mental escogida por un pequeño número de seres diseminados por el mundo, ha resistido a la catástrofe”. Como la catástrofe es continua, sea bélica o sea pacífica, la cuestión no ha dejado de plantearse constantemente. Lo que será es la respuesta afirmativa, hoy, a la duda expresada por el fundador y teórico principal del surrealismo. Pero es preciso señalar que solo espíritus tan internacionalistas como Her de Vries y Laurens Vancrevel, caracterizados a la vez por su negación de desafortunados sectarismos y por el deseo de captar todas aquellas ondas emitidas por la aventura surrealista, han podido llevar a cabo esta generosa empresa de aglutinar en el almanaque de Brumes Blondes tantas fuerzas, individuales y colectivas, del movimiento surrealista.
En anteriores notas nos hemos detenido en la dimensión ensayística del almanaque y en el capítulo de los juegos. Pero resta la enorme cantidad de ilustraciones, poemas y relatos que ahí se encuentran. Ilustraciones las hay de fotos, collages, pinturas, cajas, objetos, montajes, dibujos. Predominan estos últimos, sin duda porque son los que más se prestan a una buena reproducción en un volumen en blanco y negro: Zuca Sardan (sobre el almanaque Griffon), Cruzeiro Seixas, Premysl Martinec, Stephen J. Clark, Michael Löwy, Kathleen Fox, Seixas Peixoto, Theoni Tambaki, Raúl Perez, Miguel Ángel Huerta, Jörg Remé, Schlechter Duvall, Georges-Henri Morin, Robert Lagarde, Patrick Hourihan, Jeremias Frog, Bill Howe, Michael Vandelaar (en homenaje a Franklin Rosemont), Byron Baker, Jean Terrossian, Antonio Ramírez, Terri Engel, Timothy R. Johnson y Delridge Honanie Coochsiwukioma (“Muchos pájaros espíritus”, prosiguiendo el diálogo hopi-surrealista), Jean-Jacques Jack Dauben, Susana Wald, Ribitch, Jon Graham, David Coulter, John Welson y Niklas Nenzen.
La foto y el collage manifiestan el vigor de siempre. Fotos hay de Nicole Espagnol, Peter Overton, Bruno Jacobs, Bastiaan Van Der Velden, Javier Gálvez, Marcus Salgado, Stuart Inmann, Paul Cowdell, John Duda, Raman Rao, Paul Bogaers (una “foto combinación”) y Roman Kubik. Collages, de Guy Ducornet, Enrique Lechuga, Pierre-André Sauvageot, Miguel de Carvalho, Alex Januário, Ron Sakolsky, Kate Katheb, Wedgwood Steventon, Katerina Kubikova, Daniel Madrid, Jhim Pattison, Dan Stanciu, Sasha Vlad (tres, con leyendas de Dan Stanciu), Penelope Rosemont y Winston Smith.
Las reproducciones pictóricas vienen encabezadas por Renzo Margonari, con el bello texto que ya traducimos aquí, y luego encontramos a Eva Svankmajerova, Katerina Pinosova, Aldo Alcota, Rik Lina, Jean-Claude Charbonel, Jacques Lacomblez, Jean-Pierre Paraggio, Rikki Ducornet, Cm Lundberg, Luís Manuel Gaspar, Guy Girard, Enrique de Santiago, João Garção (un homenaje al Bosco), Luiz Morgadinho, Leonidas Krivosej, Marta Peres, Alfredo Luz, Pedro Prata, Wijnand Steemers y Martin Stejskal.
Y quedan las cajas, objetos, montajes, fotomontajes, etc., de Leticia Vera (un “fetiche”), Eugenio Castro, Dennis Cunningham, Jan Kohout, Her de Vries, Jan Svankmajer, Rikki Ducornet, Jan Gabriel, Beth Garon, Karol Baron, Lucie Hruskova.


Una encuesta sobre las formas de edición y de exposición del movimiento surrealista recibe respuestas en general de nombres que forman parte de actividades grupales. La de Guy Girard es la primera, y es la que, desde su primer párrafo, plantea adecuadamente la cuestión, al señalar cómo la actividad del movimiento surrealista, hoy repartida entre grupos e individuos dispersos en varios países, cada uno con sus peculiaridades y preocupaciones, “es y persiste en ser la de un apartamiento absoluto con respecto a los modos de vivir, de pensar y de soñar dominantes”, buscándose por un lado la comunicación  entre la comunidad surrealista y por otro el encuentro “con esos desconocidos cuya errancia entre las multitudes oscuras no puede sino cruzarse con la nuestra”. El grupo parisino puede presumir de no haber nunca solicitado subvenciones públicas o privadas, a diferencia de quienes han cambiado la subversión por la subvención. Un homenaje es hecho a las ediciones colectivas Hourglass que animaba Peter Wood en Francia, y se señalan las colaboraciones con los anarquistas. Al referirse a Hydrolith, Guy Girard ve este proyecto como superior al de los Boletines Internacionales del Surrealismo, que considera una fórmula fracasada. Las ediciones del grupo son limitadas, y tratan de inscribirse lo menos posible en el mundo de la mercancía. Ello me hace recordar cuando hace ya unos años le escribí a Marie-Dominique Massoni pidiéndole los números de S.u.rr..., y me contestó que  no hacía falta que le pagara, sino que era mejor hacer “un intercambio”.
Allan Graubard habla de las Anon Editions, Penelope Rosemont de la Galerie Surréaliste de los años 20 y de la Black Swan Press y Eugenio Castro de la Galería 13 en Cádiz. Este último califica de “monstruosidad” el hecho de exponer, ¿pero eso no lo ha sido siempre, como no deja de serlo también, a una cierta luz, el hecho de publicar, un libro o lo que sea?
Por Sonámbula, Fernando Palenzuela, Enrique Lechuga y Bernar Sancha tratan de la autogestión, expresando su desinterés por saber si sus títulos atraerán la atención “de esa abstracción llamada público”, ya que se publica “para documentar, redescubrir o difundir aquello que más nos concierne”. Estamos aquí lo más lejos posible de la “monstruosidad”, como cuando a través de una exposición se da a ver aquello que no menos nos concierne. En este texto se aborda también la cuestión de lo “digital”, con la referencia al “desastre que la empresa de «desmaterialización» del mundo representa actualmente” y que no hace sino “confirmar nuestro deseo de continuar apoyándonos en el papel impreso”.
La respuesta de Alex Januário y Marcus Salgado por el grupo DeCollage señala la sustitución del Avida Dollars por el Avida Media y la preocupante presencia de las subvenciones, estatales o privadas, como del gusto por los “currículos” en los catálogos (¡qué palabreja! aunque no debe ser responsabilidad de ellos, una impresión repugnante produce, en el catálogo de la Fundación Granell dedicado a Ludwig Zeller y Susana Wald, verla encabezar los datos de la trayectoria poética de cada uno de ellos).
Por último Laurens Vancrevel y Her de Vries se centran en lo que ha sido esta problemática en Holanda, un país hostil desde siempre al surrealismo y a sus manifestaciones. La publicación de Lo que será es vista como un intento, sin duda exitoso añadiría yo, de contribuir a la colaboración internacional del surrealismo.