martes, 11 de febrero de 2014

Javier Gálvez


Esta es una nueva “plaquette” de Javier Gálvez, quien no pierde el buen hábito de las pequeñas ediciones, tan de su gusto desde los primeros tiempos de Salamandra. El nuevo cuaderno de Ardemar ediciones limita su tirada a 14 ejemplares numerados y firmados por el autor, y prosigue la línea poco complaciente de un automatismo visceral. En contraportada va una prosa, y en el interior encontramos cuatro poemas que también pueden leerse como un solo poema. En portada, cómo no, una de sus fotos.
“Devolved las armonías vocales de los peldaños ruinosos mientras mezcláis la risa del desesperado al principio esperanza... Secad los baldíos para que el amor goce de nuevo regando nuestros rostros con sus fluidos delfines...”

Joseph Cornell y el surrealismo

Hace unas semanas escribíamos:
“Pronto esperamos reseñar el catálogo Cornell de su exposición en Lyon, vigente hasta el 10 de febrero. El título, «Joseph Cornell et les surréalistes à New York», lo contextualiza claramente en el surrealismo, pero en el mismo folleto de la exposición ya nos encontramos con las viejas músicas: Cornell estaba «al margen de los movimientos», Cornell se sitúa «al margen del surrealismo y su trayectoria singular no se puede reducir a un solo movimiento»”...
El «plan» de la exposición se despliega en estos diez puntos: «Los surrealistas en Nueva York», «Objetos», «Collage», «La constelación surrealista», «Joseph Cornell y el cine. La revelación de Rose Hobart», «La imagen en movimiento», «Cornell y Duchamp», «Joseph Cornell y el cine. Los films-collages», «Joseph Cornell y los neorrománticos» y «Después del surrealismo» (o sea, después del retorno de los surrealistas de Europa a Europa).”
Catálogo en mano, hay que decir que se trata de una buena publicación, editada por Hazan, con 396 páginas muy ilustradas y una dispar decena de trabajos entre los que destacan el de Ingrid Schaffner sobre la galería de Julien Levy (1931-1949), el de Matthew Affron sobre los “juguetes ópticos” de Cornell y el de Emmanuel Guigon sobre el misterio de las cajas, emanado de muy pocos elementos, pero en los que ninguno es gratuito.
Lamentable es el capítulo bibliográfico. Si ya dejaba perplejo advertir que en el monumental libro de Thames & Hudson Joseph Cornell. Shadowplay eterniday, de 2003, no aparecían citados ni la monografía de Édouard Jaguer (Joseph Cornell. Jeux, jouets et mirages, 1998, y encima en Filipacchi), ni el artículo de Alain Jouffroy en Opus International (1970, y luego 1991), ni el de Penelope Rosemont “Las ventanas herméticas de Joseph Cornell” (también de 1970, pero incluido en Surrealist experiences, que es de 1999), a la vez que no faltaban los más espantosos nombres profesorales, ahora, aunque aparece Alain Jouffroy, se sigue sin dar noticia ni del libro de Édouard Jaguer ni del bello texto de Penelope Rosemont. E inútil será, pues, buscar la preciosidad del poeta Charles Simic Alchimie de brochante. L’art de Joseph Cornell (2010).
 En la presentación leemos estas palabras ciertas: “Al surrealismo debe Cornell su entrada en la escena artística, puesto que en Nueva York el círculo estrecho de pintores y de escultores, de galerías de arte, de museos, de poetas, de críticos y de revistas afiliados al surrealismo, contribuyó fuertemente a la evolución de su identidad artística durante la primera mitad de su carrera. La obra de Cornell es difícil de aprehender si se silencia la influencia determinante del surrealismo: el artista compartía con los actores de este movimiento un principio fundamental, la idea de que toda imagen resulta de una yuxtaposición poética. El surrealismo ha apoyado a Cornell en la exploración de diferentes prácticas artísticas”. Pero un par de páginas después, una tal Anne Théry escribe que Cornell “propone una alternativa al movimiento francés orientándose a la magia blanca en vez de al humor negro”, y hasta lo acerca más al expresionismo abstracto americano que a la “estética surrealista elaborada en Francia por André Breton”. Estas chorradas van, en cambio, seguidas de un buen abecedario elaborado por la misma, con entradas muy interesantes como las de Astronomía popular, André Breton, Jaula de cristal, Marcel Duchamp, Max Ernst, Man Ray, Dorothea Tanning, Fuentes de arena, El gran Meaulnes, Hoteles, Rose Hobart, Watteau o Siglo XIX. La de Breton se acompaña del collage El tornasol de medianoche, que le dedicó Cornell en 1966 (evidencia de su duradero aprecio por Breton, y en consecuencia por el surrealismo). La de Marcel Duchamp es clave porque Cornell y él mantuvieron una estrecha asociación a lo largo de más de tres décadas. A Max Ernst le dedicó un álbum de 16 collages, todos ellos reproducidos aquí.
Encabezando esta nota, vemos el collage de Cornell con que se anunciaba la exposición “Surréalisme” que tuvo lugar en 1932 en la Julian Levy Gallery. Y si hoy hablamos de Lamantia como el primer poeta surrealista de los Estados Unidos, aquí lo hemos hecho de su primer artista.

Fred Deux

Fred Deux, La tribu
Una magna retrospectiva de Fred Deux se celebra en el Museo del Hospicio de Saint-Roch (Issoudun), donde Fred Deux y Cécile Reims disponen de una sala fija. Es inaugurada este sábado y se prolonga hasta noviembre. Hay dibujos, grabados y esculturas, de 1949 hasta ahora mismo, ya que Fred Deux continúa dibujando incesantemente, y lo que se quiere festejar son sus 90 años aún “en activo”.
En Caleidoscopio surrealista tracé esta breve semblanza suya:
“En 1948, trabajando en una librería de Marsella, Fred Deux descubre el surrealismo a través de las obras de André Breton. Crea un subgrupo surrealista en aquella ciudad a la vez que inicia su andadura artística. Trasladado a París en 1951, conoce a Breton y forma parte del grupo hasta 1954, año en que expuso sus dibujos en À l’Étoile Scellée. En 1958 publicó la novela «onírico-poética» La Gana. Su primera retrospectiva sólo tiene lugar en 1990, apareciendo a la sazón, en el n. 10 de Pleine Marge, unos textos suyos junto a unos dibujos recientes (El oráculo, Locus Solus, Iniciación y dos ejemplos de la serie Zodiaco). También entonces se publicó una larga entrevista con Pierre Wat, Miroir des questions, en cuya portada aparece su reciente dibujo La tribu, que forman, entre otros, André Breton, Malcolm de Chazal, Leonora Carrington, Antonin Artaud, René Daumal, Sade, Lautrémont, Kafka, Germain Nouveau, René Guénon... En 1997 se publicó en el Cercle d’Art una monografía sobre él, con textos propios y de Bernard Noël, coincidiendo con dos exposiciones: «Obras recientes» y «La realidad imaginaria», mientras que de 2004 es L’alter ego, con textos suyos sobre sus dibujos. Pieyre de Mandiargues le dedica un artículo a sus grabados en Ultime belvédère, hablando también de su mujer, Cécile Deux o Cécile Reims, finísima artista del grabado que trabajó con él y que fue desde 1968 la grabadora de Hans Bellmer (una entrevista a ella hay en el número de Obliques dedicado a La femme surréaliste).”

martes, 4 de febrero de 2014

Brumes Blondes y el oro del tiempo

Diez textos del almanaque Lo que será enfocan a diez nombres ya desaparecidos del surrealismo.
El primero es de Alain Joubert, sobre Jean Benoît, a quien tan bien conoció. Es una nota breve pero rica e intensa.
Sigue António Cândido Franco hablando de la poesía de Cesariny. A la vez que fustiga los tópicos simplistas sobre esa fundamental vertiente de la obra de Cesariny, propone “vivir en el interior de sus imágenes sonoras y visuales” y señala la necesidad de convertirse uno mismo en poeta surrealista a la hora de acceder a su lectura. Las últimas palabras merecen citarse: “Mário Cesariny: la ciudad de la estrella del amanecer, el círculo infinito o el azul de los tarahumara”. (António Cândido Franco acaba de publicar un ensayo de aliento extraordinario: Notas para a compreensão do surrealismo em Portugal, que comentaremos próximamente.)
Bruno Solarik se ocupa de Effenberger en tanto poeta, faceta que se conoce muy poco fuera del ámbito checo y eslovaco. Es realmente un ensayo en profundidad, sobre la evolución de la poesía y del pensamiento de una figura central, cuya obra pide a gritos una traducción al francés. La lucidez y la honestidad de Effenberger son absolutas. Nunca se engañó en la cuestión política ni se hizo las habituales falsas ilusiones, no faltando el sarcasmo hacia las ingenuidades revolucionarias que siguen surgiendo aquí y allá, o hacia actitudes como lo que llama Solarik “la adoración de la juventud rebelde” o el crecimiento desde fines de los 60 de “la hidra de la libertad de expresión” y de “la hidra de la revolución tecno-científica”. Este trabajo es una versión abreviada del estudio inserto en el postfacio del tomo segundo de las poesías de Effenberger, publicado por Torst en 2009.
En la América sureña, Enrique de Santiago reflexiona sobre la gran poesía de Enrique Gómez-Correa, o sea sobre la “poesía negra”, en un trabajo que titula “Vocales de pájaros en la poesía de Gómez-Correa”. En una figura tan visceral como Enrique de Santiago, este artículo es también una muestra de sí mismo.
De Granell habla Eugenio Castro, quien, aunque se centra en su “conciencia política”, también se adentra en el mito del Pájaro Pi, presencia en su obra a fines de los años 50, para luego reaparecer en 1988. No deja de lamentarse en los últimos años de Granell su “entrega progresiva a las instituciones culturales”, una cierta decadencia ideológica que me hizo a mí mismo distanciarme algo de él, manteniendo incólume, eso sí, la fascinación por su obra plástica y escrita y el aprecio de su personalidad incomparable.
Sobre Édouard Jaguer muchos nombres intervinieron en Infosurr al perderse una pieza esencial del tablero surrealista, y del arte contemporáneo en lo que tiene de más válido. Richard Walter vuelve sobre él, apuntando la necesidad de recopilar sus artículos teóricos. ¡Sin lugar a dudas!


Ilmar Laaban fue un bello apoyo para los jóvenes que reiniciaban en Suecia la aventura surrealista, por no decir que la iniciaban desde un punto de vista colectivo. Mattias Forshage enumera una serie de razones que hacían a algunos como Laaban no querer formar parte del grupo de André Breton, haciéndose eco de una serie de críticas que él considera bastante verdaderas algunas y verdaderas otras, aunque yo considero que ninguna tiene sentido, y que la mayoría tienen un inconfundible tufo a estalinismo, para el cual sin duda hubiera sido mejor que Breton hubiera acabado como Desnos (su prominencia no vaticinaba otra cosa) o se hubiera muerto de hambre en los Estados Unidos (ya que, como sabemos, no era un “artista”). Lo de rechazar “su interés creciente por la mitología, el ocultismo, el anarquismo o el pacifismo”, lo que hacía era retratar a quienes esgrimían esos argumentos, como estalinistas a lo Scutenaire o Nougé o como racionalistas a lo Waldberg o Caillois, y en cuanto a reprocharle la ruptura con Matta, desde hacía años podía apreciarse una involución “humanista” en la obra de un personaje que ya había dado lo mejor de sí y que de ninguna manera tenía ya abierto el “camino más dinámico”. Pensar que el Breton “revolucionario” era el de los años 20 y 30 no era sino sentir nostalgia de lo que sí puede considerarse un error garrafal: haberse puesto unos cuantos años “al servicio de la revolución”, identificándola con el partido comunista –con aquellos cretinos que lo pusieron a realizar ridículas tareas burocráticas para bajarle los humos y que lo convocaron ante cinco “comisiones de control” porque sospechaban que era “un espía burgués”, como en 1932 convocaron a Sadoul, Alexandre, Unik y Aragon para reprocharles el carácter “pornográfico” y “contrarrevolucionario” de Le Surréalisme au service de la Révolution– y con la Unión Soviética de Stalin –cuya infamia absoluta tardó en reconocer, ninguneando antes de 1935 a quienes ya daban claras pruebas de la existencia de esa infamia. Y aquí volvemos a las “ilusiones” de que hablaba Effenberger, una de las cuales, para trasladarnos a los tiempos de Laaban, encajaría bien en su discurso: la del “mundialista” Garry Davis, que no creo fuera muy difícil prever que acabaría desenmascarándose, pero que obnubiló a Breton y sus amigos durante un poco tiempo.
En muchos casos, aunque no sé si es el de Laaban, preferir Rixes o Phases a André Breton (para algunos no se trató de preferencia, sino del hecho de que el grupo de París tenía su existencia autónoma, localizada en la ciudad que habitaban) supuso precisamente evitar las posiciones radicales que, en terrenos precisamente como el político, tenían Breton y sus amigos. Hans Bellmer, en 1945, le escribía a Breton: “Usted tiene razón. Hay aquí y allí personas, a veces muy jóvenes, que le consideran como una leyenda de profeta y de intransigencia, y que le esperan. Permítame decirle que yo me encuentro entre ellos”. Y nada menos que Mário Cesariny afirmará que Rupture inaugurale, el manifiesto de 1947, “determinó mi adhesión plena al surrealismo”, incluso acudiendo a París con vistas a crear una revista surrealista portuguesa en estrecha conexión con el grupo parisino, lo que no cuajó a causa no de París sino de la imbecilidad de alguno de sus compatriotas (como el propio Cesariny me refirió en una carta).
Al margen esta digresión, Mattias Forshage ha elaborado una semblanza muy interesante de una figura no muy conocida, pero de evidente espesura poética e inventiva, con sus exploraciones del universo fonético, tan capitales y “pioneras” como las de Ghérasim Luca.
Xavier Canonne enfoca a Marcel Mariën, pero como hace poco ha salido su excepcional y monumental libro sobre él, este trabajo solo interesará a quien no lo tenga.
Más interés ofrece la descripción que hace Her de Vries de la “trayectoria aislada” de J. H. Moesman. Este texto es admirable, porque además Her de Vries polemiza tanto con el viejo discurso biempensantista como con el académico, encarnado aquí en la profesora Vovelle, experta en surrealismo belga y de otros países del Norte, y de quien yo recuerdo la indignación que me produjo verla despreciar a Moesman como un pintor “fósil”, razón por la que la llamé a ella, en Caleidoscopio surrealista, “viejo fósil universitario”. Pero ya el propio Moesman atacó su tesis doctoral, por haberlo asociado a Dalí. Dado que, al enviar, pocos años antes de morir, un cuadro a la exposición “De Van Gogh a Cobra”, un crítico habló de “impotencia” y “miedo de castración”, no extraña que Laaban afirmara poco antes de morir: “Me siento más a mi aire cuando estoy en el campo, escuchando los pájaros y viendo las flores. La libertad de que testimonian las obras de los grandes pintores surrealistas me inspira más que cualquier otra cosa”.
Last but no least, es muy de agradecer la bella evocación que Allan Graubard hace de uno de los grandes poetas del surrealismo estadounidense: Laurence Weisberg, cuya poesía fue recopilada en 2005 como ahora mismo la de uno de sus amigos, Philip Lamantia, otro personaje extraordinario del movimiento surrealista (a pesar de sus idas y venidas), y otro de los nombres que impulsarán lo que será.

Los surrealistas y Víctor Hugo


Este precioso libro viene en la secuela del no menos precioso Entrée des médiums. Spiritisme et art de Hugo à Breton, que ya reseñamos aquí. No cabe duda que la Maison de Victor Hugo está funcionando maravillosamente, y que Gérard Audinet, su director, está a la altura de lo que merece el gran Víctor Hugo.
La cime du rêve. Les surréalistes et Victor Hugo cuenta además con la dirección de Vincent Gille, muy fino ensayista que ya nos brindó el excepcional volumen Trajectoires du rêve. Du romantisme au surréalisme (Pavillon des Arts, 2003), obra clave para la cuestión del romanticismo y el surrealismo, que aún está a la espera de ser abordada a lo grande, asombrando que todavía no se le haya ocurrido a nadie organizar una de esas exposiciones magnas con una temática tan rica.
La exposición correspondiente se cierra el 16 de febrero, por lo que es imperdonable andar por París y no visitarla (nos dicen que también hay otra del París de Brassaï, y señalemos también la de Kati Horna en el Jeu de Paume).
No voy aquí a demorarme en la lectura surrealista de Víctor Hugo, ya que traté esta cuestión en el ensayo sobre romanticismo y surrealismo de Surrealismo Siglo 21. Tan solo describiré la tal preciosidad, que, con muchísimas ilustraciones, se desdobla, dentro del mismo envoltorio, en un libro de ensayos y en otro que aproxima las obras de Hugo a las surrealistas en conjuntos temáticos o técnicos, por supuesto que tanto del terreno literario como del plástico, ello con numerosas correspondencias sorprendentes. He aquí algunos de esos conjuntos: Castillos, Infancia, Sueños, Bosques, Manchas, Bestiario, Juegos de palabras y gráficos, Amor, Lirismo, Noche, Paisajes, París, Política...
La presencia de Víctor Hugo se señala en los escritores del surrealismo, sobre todo en Desnos, pero también en Breton, Aragon, Éluard o Péret, y en los artistas, habiendo obras reproducidas de Masson, Paalen, Ubac, Miró, Tanguy, Toyen y muchísimos otros, incluido Magritte, que no tuvo el mínimo interés por él (lo mismo le ocurrió, por ejemplo, a Antonin Artaud). La tendencia a no explorar el surrealismo fuera del grupo de París y de sus satélites más conocidos o inmediatos, es la causa de que se ignoren los collages que Conroy Maddox tituló La camarera de Víctor Hugo, uno de 1973 y otro de 1978, y el del mismo motivo, Louise Michel, la camarera de Víctor Hugo, militante feminista, de 1988. Aquí Silvano Levy hubiera tenido sin duda algo que decir. También aporto yo, sirviéndome además como ilustración de esta reseña, este hermoso “collage revestido” de mi maravillosa Anna Ethuin, ya que en él nos muestra a Víctor Hugo nada menos que explicándole en 1974 las reglas del juego de Acapulco a Sarah Bernhardt:


Y puesto que la presencia femenina parece ser tan huguiana, añadamos este gracioso poema de Isabel Meyrelles en su libro Le messager des rêves (1977), “Hommage à Victor Hugo”:
“Descendu du septième ciel / sur les ailes d’un doux zéphyr / apparaît soudain l’hémistiche, / la césure qui permet au père Hugo / de danser la gigue / et pas d’hélas qui tienne! / L’alexandrin déploie ses pompes et ses fastes, scintillements, incandescences, / chatoyantes cascades / étourdissantes de beauté, / coulant comme du miel sous notre / regard affamé d’enjambements / qui nous mènent à d’autres vers où chante la rime / comme un rosignol de légende. / Laissez-vous charmer, / il ne manque que 350 pages / pour terminer la Légende des Siécles”.
En un clima de odio hacia el romanticismo y de aversión a Víctor Hugo, los surrealistas supieron descubrir otro romanticismo y otro Víctor Hugo. Importante fue el papel de Valentine Hugo, gracias a quien tuvieron acceso a las tintas que obraban en la colección de su marido. Las afinidades de algunas creaciones de Max Ernst, de Yves Tanguy, de André Masson y de Óscar Domínguez con los dibujos a la aguada de Víctor Hugo son muy llamativas, en imaginación y en técnica.
Todos los trabajos que componen el primer volumen son buenos, empezando por el de Vincent Gille, “La cime du rêve”. Annie Le Brun titula el suyo “Para no acabar con el infinito”, Jean Galdon indaga la relación Breton-Hugo, Marie Claire Dumas muestra cómo para Robert Desnos Víctor Hugo era “un poeta surrealista” y trata los aspectos de su filiación poética, Étienne-Alain Hubert se detiene en el Víctor Hugo de las extraordinarias conferencias que dio Breton en Haití, primer paso en su pleno acercamiento al poeta decimonónico durante su exilio americano.

Michael Löwy y Walter Benjamin

He aquí otra reedición que merece señalarse: el estudio de Michael Löwy Walter Benjamin: Aviso de incêndio, lectura de las tesis de Benjamin “Sobre el concepto de historia”. Esta obra se publicó por vez primera en París en 2001, y cuatro años después apareció en São Paulo la primera edición brasileña, siendo esta la primera reimpresión de la primera edición revisada.
Michael Löwy consigue la hazaña de hacer de una materia enrevesada un libro que no solo se deja leer sino que acaba apasionando al lector, por su valentía y porque a la vez nos sitúa constantemente en el presente. Un pensador tan lúcido como Benjamin no exige menos que un estudio fino, inteligente y profundo como el que hace Michael Löwy, quien procede a un análisis “talmúdico” una a una de las 18 tesis, tras su transcripción correspondiente. Lo más original del planteamiento benjaminiano es sin duda su consideración de que la lucha revolucionaria no ha de hacerse en nombre de las generaciones futuras, sino por las del presente y por las del pasado, ya que, en palabras de Michael Löwy solidarias con el pensamiento de Benjamin, “no hay lucha por el futuro sin memoria del pasado”.
Estas tesis opuestas al historicismo fueron redactadas por Benjamin cuando intentaba escapar de la Francia de Vichy, y tienen como trasfondo el rechazo del progreso y el del estalinismo (y, por descontado, del fascismo, cuya estrecha relación con el mundo moderno no se le escapaba, frente a quienes lo consideraban como el brote de una barbarie ajena al progreso científico e industrial, a la “modernidad”). Son pues un testimonio histórico y personal incluso desgarrador, situado en la “medianoche en el siglo” (Victor Serge) y a un paso de Port Bou. El pesimismo revolucionario de Benjamin, opuesto al cortejo de los triunfadores de todo orden, se me antoja mucho más valioso que la posición de “optimismo revolucionario”; como apunta Löwy, se opone “tanto al fatalismo melancólico de la «indolencia del corazón» como al fatalismo optimista de la izquierda oficial –socialdemócrata o comunista– convencida de la victoria «ineluctable» de las «fuerzas progresistas»”. Ya en su célebre artículo sobre el surrealismo, hablaba Benjamin de “organizar el pesimismo”, pero también, como subraya agudamente Michael Löwy, Benjamin tenía como objetivo, desde ese artículo de 1929, “dar a la sobriedad y a la disciplina marxistas la colaboración de la embriaguez (Rausch), de la espontaneidad anarquista de que eran portadores los surrealistas”.
Estas tesis en su conjunto intentan liberar el materialismo histórico del conformismo burocrático y de su lastre positivista y evolucionista, posibilitando “un marxismo nuevo” que integrara los elementos fecundos “mesiánicos, románticos, blanquistas, libertarios y fourieristas” (sobre lo primero, sorprende sin duda cómo Benjamin se basaba poderosamente en el mesianismo judaico).
Al comentar la tesis sexta, Michael Löwy expone que Benjamin “se interesa por la salvaguarda de las formas subversivas y antiburguesas de la cultura, intentando evitar que sean embalsamadas, neutralizadas, convertidas en académicas y consagradas (Baudelaire) por el establishment cultural”, ya que “es preciso luchar para que la clase dominante no apague las llamas de la cultura pasada, y para que ellas sean libradas del conformismo que las amenaza”; aunque pone como ejemplo las bellas respuestas de 1992 a las conmemoraciones del quinto centenario de los innumerables genocidios americanos (cuyo ensayo preparatorio, por cierto, se dio en estas Islas Canarias desde las que yo escribo), no podemos dejar de pensar en el propio surrealismo.
La tesis décima está dedicada a los políticos de los partidos que pactaron con Hitler, a su “creencia obstinada en el progreso” y su “sumisión servil a un aparato incontrolable”. Ese “aparato incontrolable”, con su burocracia y su fetichismo, no es que difiera mucho del de los actuales macropartidos que ejercen la dictadura democrática en los países capitalistas y que mantienen todos la fe ciega en el progreso, ese infierno (“maldición de Dios”, decía Blake) que Benjamin ve como lo contrario del “paraíso perdido” de la sociedad primitiva sin clases, en una óptica que en nada difiere, creo, de la surrealista. La tesis onceava no en vano se ocupa de la explotación de la naturaleza, con Benjamin citando nada menos que a Fourier, por el que se fue interesando cada vez más y en el que no se da esa concepción aberrante, puramente occidental, de la naturaleza: “Una de las características más notables de la utopía fourierista –escribe Benjamin en otro lugar– es que la idea de explotación de la naturaleza por el hombre, tan extendida en la época posterior, le es ajena”. De ahí que Benjamin no dude en hablar del “buen sentido” de las fabulaciones de Fourier, frente al ejército de tontos y canallas que se han burlado de él.
La tesis 15 nombra los disparos revolucionarios contra los relojes de las torres, quizás faltando referir que fue Rousseau el primero que decidió despojarse del suyo, como medio de acceder al tiempo subjetivo, al tiempo del devaneo y el ensueño radicalmente opuesto al tiempo de la sociedad capitalista, explotador del ser humano y férreamente lineal. Las culturas tradicionales (precapitalistas o preindustriales) “guardan en sus calendarios y sus fiestas los vestigios de la conciencia histórica del tiempo”, escribe Michael Löwy tocando una cuestión fascinante. Y es que por ello mismo esas culturas tradicionales han sido tan odiadas por Occidente como todas las que ha exterminado, subyugado o contaminado allende sus fronteras. En un libro que cuenta con ilustraciones muy oportunas, el capítulo de la tesis 15 incluye la de unos indios brasileños manifestándose ante un ridículo reloj “postmoderno” que anuncia los nueve días que faltan para el aniversario de los 500 años del aciago “descubrimiento” del Brasil. Las flechas de esos indios, como diría Benjamin, “se nutren de la visión de los ancestros esclavizados, y no del ideal de los descendientes liberados”. Y ello, creo, es una muestra de lo que llamamos romanticismo revolucionario.


Jean-Pierre Lassalle evoca a René Alleau

Este breve texto de Jean-Pierre Lassalle ha aparecido en el n. 53 de los Cahiers d’Occitanie, diciembre de 2013. Continuamos pues añadiendo una pieza al dossier que dedicamos a tan notable e irreprochable figura.