lunes, 8 de julio de 2013

Zuca en Brasil

Las convulsiones sociales que han asolado recientemente Brasil prometen reavivarse esta semana.
No, no es que yo me esté metiendo a nuevo piscator... es que, en los próximos días, Zuca Sardan regresa a su país para un periplo de presentación de sus poemas, reunidos en un libro de título Ximerix, en la editorial Cosac Naify.
Mañana, a las 7 y media de la tarde, comienza la fiesta en la Livraria Dom Quixote de Brasília.
El viernes 12, a las 6 y media, pasamos a una de las capitales del surrealismo, São Paulo, en la Livraria da Vila Fradique de Vila Madalena, sede de A Phala.
Y el domingo 14 será la vez de arder Rio de Janeiro, con el lanzamiento de Ximerix en la Livraria da Travessa, a las 7 en punto.
Faltó Manaus, en las puertas del Amazonas, a donde Zuca Sardan quizás vaya para remitir su libro a los muchos amigos que el surrealismo tiene en ese territorio desde los tiempos de Benjamin Péret.



lunes, 1 de julio de 2013

Noticias del umbo

El verano comienza intensamente, con diversas publicaciones del umbo. A la espera de la hojilla Soapbox, “nuevo suspiro del umbo”, aquí tenemos el número 10 de l’impromptu y dos nuevos cuadernos de la serie “Passage du sud-ouest”, nada menos que por Guy Cabanel, Georges-Henri Morin y Jacques Abeille.
Les esquilles es una serie de dibujos del segundo a los cuales hacen eco los poemas del primero, con el subtítulo “Mais lesquelles?” En formato mayor, ya apareció en mayo de 1999, con una tirada de 20 ejemplares, por lo que se agradece que podamos ahora acceder a estos ocho poemas de Cabanel con los dibujos tan inspirados como inspiradores de Morin.


L’origine des images también tiene un origen recóndito, ya que lo publicaron Michel Dubret y Gilles Dunant en el número 9 la revista ginebrina Le La, año de 1980. Además, la publicación del umbo se ve enriquecida por una serie de signos encontrados en las paredes del Vallée des Merveilles. En su relato genético, Jacques Abeille nos refiere el origen de las imágenes a través de las aventuras y desventuras del viejo Inilio, que fue con quien todo comenzó.
Sorprendente es la analogía de los remotos signos referidos con los recentísimos dibujos en tintas mánticas de Jean-Philippe Moutte, ya en el número 10 de l’impromptu. Este número abre el fuego con un breve texto de François Morel (tomado de su revista LeRouge&leBlanc), donde se habla de las desdichas de la moral y la virtud tal y como se cuecen actualmente, con la obsesión de la “salud” y el “bienestar” y sus correspondientes “restricciones y prohibiciones”. Morel es autor de Le vin au naturel, en las ediciones Sang de la Terre.
La presencia internacional puramente surrealista es amplia: Alex Januário (poema, collage y dibujo automático), Ludwig Zeller (poema y dibujo de Femme en songe, publicado recientemente tanto en Sonámbula como dentro de A Phala), Sergio Lima (poema) y Rik Lina (su Coral heart, de 1998).
Hay textos  de Ghislain Mirkus, Rainald Cany, Jean-François Rousseau, Claude-Lucien Cauët, Olivier Hervy y Louis-François Delisse (incluidos unos versos que concluyen el bello poema “a Gombo”). De Alice Massénat se notifica que acaba de salir La vouivre encéphale; tres breves reseñas en la red y unas líneas de Pierre Peuchmaurd sobre su poesía, que compara al “viento sobre las plazas fuertes”, exaltan a esta poetisa que una de las reseñas acerca a Joyce Mansour.


Una muy útil página nos da noticias de Cécile Reims, magnífica artista del grabado y compañera de Fred Deux, sobre quien  han aparecido en la última docena de años Cécile Reims graveur, Une vie (de ella y Fred Deux), Peut-être y el catálogo razonado de su obra grabada. Cécile Reims fue desde 1968 la grabadora de Hans Bellmer, y sobre ella y Fred Deux habla bellamente Pieyre de Mandiargues en su Ultime belvèdère.
Más ilustraciones hay, de Geneviève Berg, Antonio Ramírez y Pascal Ulrich. De la primera es la foto de un rostro esculpido, pero ya roído por el tiempo. Del segundo, otro de sus dibujos, y sin duda uno de los más complejos e impactantes: La rebelión, pieza admirable que no se encuentra incluida en La habitación negra, pero que sí puede verse en su blog la-habitación-negra. Y de Ulrich, un ejemplo de su “mail art”, tomado de Cher Robert, que han publicado las Éditions du contentieux.


l’impromptu, como siempre, es un modelo de riqueza de contenido en un espacio mínimo, y ello es mérito incontestable de Jean-Pierre Paraggio. Sus referencias bibliográficas son muy atractivas, como ocurría allá por los 90 en Le Cerceau y como ocurre, aunque a otra escala, en Infosurr.
En esas referencias bibliográficas, vuelve a insistirse en el librito de Alain Joubert sobre Robert Lagarde, publicado en las Éditions des Deux Corps, pero lo que no hemos podido averiguar es cómo se consigue, ya que su fantasmal blog no tiene ni correo ni página de pedidos y en Iberlibro, por ejemplo, tampoco aparece por ningún lado. Misterios. (Misterio resuelto: Laure Missir & les Éditions des Deux Corps, 35 rue François-Charles Oberthür, 35000 Rennes, Francia).

Entrada de los mediums

A caballo de 2012 y 2013 tuvo lugar una exposición en la Maison de Victor Hugo, generadora de una publicación importante: Entrée des mediums. Spiritisme et Art de Hugo à Breton.
Se trata de un libro muy bonito, de 184 páginas, repleto de ilustraciones y con buena concepción, buenos textos y mucha documentación.
El planteamiento es estudiar todo el proceso que lleva de las sesiones espiritistas de Jersey en torno a Víctor Hugo (1853-1855) al decisivo ensayo de André Breton –visto como el balance de todo ese proceso– “El mensaje automático”, publicado en Minotaure en 1933 y que se abría precisamente con el dibujo Aube de Víctor Hugo.
El propio director de la Maison, Gérard Audinet, tras un prefacio en que evoca el sentido literal del “je est un autre” rimbaldiano, hace el ensayo introductorio: “El arte de la mesa”, donde comienza por señalar cómo no solo el título de la exposición ha sido tomado de André Breton (“Entrada de los mediums” es un visionario texto suyo, publicado en 1922 en Littérature), sino que la antología de mediums artistas propuesta por Breton en el “El mensaje automático” ha servido como guía de la misma.
Los mediums, con su entrada estrepitosa, toman el relevo de los magnetizadores del primer romanticismo. La finalidad de la exposición es “explorar el valor artístico de las producciones textuales gráficas o materiales de estos individuos excepcionales que son los mediums, en lo que contienen de inaugural en cuanto al descentramiento del papel del artista y a la afirmación de los poderes del subconsciente”.
Por lo que respecta a las experiencias de Víctor Hugo con las mesas parlantes, Gérard Audinet corrobora el papel central de Charles Hugo, hijo del poeta y también un interesante escritor, especialmente por su extraña novela sobre el alma universal Le cochon de Saint Antoine. Charles Hugo es quien se excede a sí mismo en estas sesiones, entregándose a la escritura automática (y al dibujo), de la que da una de sus primeras descripciones.
La nueva “mesa redonda” se convierte en una “religión democrática, anticlerical y cientificista”. Lo último en particular ocasionará la crítica demoledora de René Guenon, como si ya en la época fuera imposible escapar a la impostura científica, y en cuanto a la línea proletarizante, no deja de anotarse la experiencia (contemporánea a la de Jersey) del pequeño círculo fourierista de la rue de Beaune, desarticulado por la partida para Texas de Victor Considerant y por la censura bonapartista.
Desfilan luego los nombres de Victorien Sardou, Camille Flammarion (que funde espiritismo y astronomía y lanza la boga marciana), Léon Petitjean y la adorable Hélène Smith (referente mayor del surrealismo, con su carta del juego de Marsella realizada por Victor Brauner), antes de que se nos presenten fichas y fotos de los principales protagonistas del momento de Jersey.
Jerôme Godeau, en el segundo apartado del libro, nos recuerda que “Lo que dice la boca sombra”, poema capital de Víctor Hugo, procede del dictado de las mesas parlantes y resalta el valor de las 39 espectaculares fotos de paisaje de Jersey que hizo Charles Hugo, y en las que, a la vez que capturaba el “alma” del lugar, ponía la semilla de muchas creaciones plásticas y poéticas de su padre, entre ellas las arquitecturas fantásticas dibujadas entre 1854 y 1855. Las fotos, los dibujos y los collages tanto de Charles como de Víctor Hugo son luego bien representadas, incluidos el extraordinario collage Jersey del primero y, del segundo, el dibujo del dolmen “donde me ha hablado la Boca de sombra” y los titulados La Boca de sombra, Sol negro y Mi destino.

Víctor Hugo, Dolmen donde me ha hablado la Boca de sombra

En la tercera parte, los “artistas mediums” son Victorien Sardou (el gran pionero, con sus increíbles mansiones, pero no con el dibujo de la rue de la Vieille Lanterne que ejecutó la mañana siguiente al ahorcamiento de Nerval), Fernand Desmoulin (evocado también en “El mensaje automático” por André Breton, quien aún se interesaba por él en los años 60) y Léon Petitjean (de quien hay en “El mensaje automático” no una, sino dos ilustraciones, y cuyo único dibujo conservado ilustra la portada del libro).
Los “mediums artistas” a que se dedica la cuarta parte son Hélène Smith, Hugo d’Alesi y el conde de Tromelin, este también presente en “El mensaje automático”, y de quien se reproduce un impresionante cuadro de mujeres y monstruos, hoy en la colección del art brut de Lausanne:


El cuarto capítulo versa sobre la metafísica, que Renaud Évrard y Bertrand Mehéust miran como una posible “ciencia surrealista”. El Instituto de Metafísica Internacional –aún vigente– considera desde el principio el espiritismo como un fenómeno que debe apoyarse en pruebas científicas, y vive sus años de apogeo en coincidencia con los de primera euforia del surrealismo, que busca explorar lo subliminal sin reducirlo, como Janet, a lo psicopatológico, y por supuesto sin ninguna creencia en los espíritus. André Breton asiste en 1927 a una sesión de videncia/metagnomia, de la que es desalojado por la policía, pero en los años 50, a raíz de que Jean Bruno publicara en la revista del Instituto, dentro de un número especial dedicado al arte y el ocultismo, el artículo “André Breton y la magia cotidiana”, Breton adopta esa bella expresión para su artículo en el primer número de La Tour de Saint-Jacques, que había lanzado el director de la propia Revue métapsychique, Robert Amadou, a lo que se suma el hecho de contar para L’art magique nada menos que con cuatro miembros del Instituto. Recuérdese que ya en 1950, Amadou había incluido un texto de Breton (“Preliminares sobre Matta”) en la magnífica Antología literaria del ocultismo (antología por cierto que, traducida al español en los años 70, mucho me impresionó en su momento). Otro componente del Instituto, Yvonne Duplessis, es autora de un manual sobre el surrealismo (criticado en su momento por Jehan Mayoux) y de Surréalisme et paranormal. Aspect expérimental du surréalisme (1998).
Las imágenes que ilustran este capítulo pertenecen al prodigioso minero Lesage, a los polacos Gruzewski y Kluski (con sus turbadores vaciados ectoplásmicos, capítulo capital del inquietante motivo de la mano cortada), la enigmática S. V. y la no menos enigmática productora de ectoplasmas Eva C. (Marthe Béraud).
Alexandra Bacopoulos-Viau se encarga del capítulo sexto, sobre el mensaje automático (“Automatismo, o las tinieblas de la psique”), donde habla de las máquinas y los autómatas y de las concepciones del automatismo (Janet, Myers, Flournoy, William James, Freud, Ferenczy) y su viaje “al fondo de lo desconocido”. Las ilustraciones son aquí de Desnos, Man Ray (el frontispicio de “El mensaje automático”, con la bola de cristal de los videntes, que había originado en 1933 una de las investigaciones experimentales sobre el conocimiento irracional del objeto, publicada en el número último de Le surréalisme au service de la révolution), Masson, Tanguy y Nadja, nombres cuya presencia no necesita explicaciones, y a los que, en la cuestión tratada, hay que sumar al menos, por supuesto, el de René Crevel.
El epílogo se ocupa, por un lado, del arte espiritista “salvado” por el art brut, y, por otro, de la continuidad del espiritismo a través de un Philippe Deloison (1944), médium desde los 8 años, pintor y creador de joyas y de dibujos automáticos y mediúmnicos (estos con lápices de colores y acompañados de los textos que escucha), quien compara el estado mediúmnico al de la meditación zen y experimenta en los espacios de la naturaleza sublime. Uno de sus dibujos lleva por título El espíritu de la naturaleza de las piedras. “El espíritu de las piedras. Lo que tú crees inerte, está más vivo que tú, a menudo”, lo que nos lleva a los subversivos “Versos dorados” de Nerval. Hay en este capítulo imágenes de Joële, Madge Gill y Georgiana Houghton, a nadie ocultándosele la importancia fundamental de las mujeres en el arte mediúmnico
En anexo hay una pequeña antología de textos: Charles Hugo, Victorien Sardou, Léon Petitjean, el conde de Tromelin, S. V. y Eva C. La cronología, en fin, va de 1830 a 1933, y la bibliografía, por lo que se refiere al arte espiritista, se compone de los catálogos Art spirite médiumnique visionnaire(1999) y L’Europe des esprits ou la Fascination pour l’occulte, 1750-1950, el segundo ya reseñado en estas mismas páginas de “Surrealismo internacional”.

Breves


Aparte estos sugerentes eventos londinenses, anunciamos la aparición del quinto número de Patricide, dedicado esta vez al “Outsider art”, con ensayos de Roger Cardinal, especialista en la materia, y de Michel Remy, junto a textos de los propios protagonistas. Como sus números se agotan, consígase este cuanto antes en darkwindowspress.
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He aquí los documentos de las muy interesantes jornadas sobre el objeto del grupo surrealista de Madrid:
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Acaba de publicarse, en Arbor Vitae, el libro Jan Svankmajer. Dimensions of dialogue. Hay edición en checo y edición en inglés –no en francés, lo que es una pena, ya que esta es la lengua fundamental del surrealismo, y esto dicho por la persona menos sospechosa de galofilia. Es sin duda una obra clave, ya que consta de 512 páginas, con más de 400 imágenes y muchos documentos inéditos, y la batuta la lleva Bertrand Schmitt, con la colaboración del propio Svankmajer.
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La Fundação Cupertino de Miranda, en Famalicão (pequeña ciudad del norte portugués a donde vale la pena ir tan solo por su telúrica gastronomía), brinda hasta el 13 de septiembre una exposición dedicada al collage, incluyendo, entre otros, obras de Richard Misiano-Genovese y Rik Lina.
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Siguiendo en tierras lusitanas, anduvo por Coimbra Allan Graubard, quien hizo hace un par de semanas una lectura de sus poemas en la librería de Miguel de Carvalho.
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En la Fundación Eugenio Granell acaba la exposición “La tierra penetrada” de Philip West, pero continúa, hasta el 15 de septiembre, la de Gregg Simpson “The Atlantean Years”, con las muy bellas obras de su etapa 1970-1975, ya expuestas en Portugal.

lunes, 24 de junio de 2013

Edward Bullmore o el surrealismo en Nueva Zelanda


Hikurangi 15 (c. 1965)


Que el surrealismo ha llegado a los lugares más insospechados, es una evidencia. Unas veces hasta forjándose grupos en esos lugares; otras, gracias a la receptividad de algún espíritu aislado.
En Nueva Zelanda, Edward Bullmore es una figura prematuramente desaparecida (1933-1979) y muy poco conocida fuera de sus fronteras, pese al interés de su obra pictórica y escultórica.
Aunque su filiación surrealista arraiga a fines de los años 50, la consolidación de su surrealismo solo se produce con motivo de su viaje a Londres, y en particular con su participación en la exposición de Exeter “The enchanted domain”, considerada hoy un hito en la aventura surrealista británica. Tres obras muy representativas de su quehacer –entre ellas The table leg that went for a ride, que vemos aquí, ejemplo de su reciclaje de muebles– participaron en dicha exposición, que tuvo lugar en 1967. La década londinense de Edward Bullmore coincidió además con una época de grandes convulsiones, y de una gran riqueza cultural, o sea, contracultural.


The table leg that went for a ride (1967)

Al regresar a su país, Edward Bullmore ejerce como profesor en Rotorua, población predominantemente maorí, que deja una huella en su obra. El arrebatador paisaje neozelandés –y sobre todo la región volcánica del norte– aparece transfigurado en su obra, contrariamente a la nula inspiración que ejerció sobre él la urbe londinense.
Obras y series especialmente intensas de Edward Bullmore son Tortured time, Astroforms, Hikurangi, Torso into fuselage, Icons y Mamaku. Le es peculiar el uso de materiales encontrados y de objetos, con curiosas esculturas ready mades y “shaped paintings”. Esta es una de sus portátiles “astroforms”:

Astroform 8 (c. 1966)

Para saber más de Edward Bullmore hay un librito muy útil de Penelope Jackson: A Surrealist Odyssey, publicado en 2008 por la Tauranga Art Gallery.

Icon 4 (1975)

lunes, 17 de junio de 2013

Robert Green: aventuras en la tierra de los mayas

La semblanza que dediqué a Robert Green en Caleidoscopio surrealista está actualizada así, con vistas a la edición segunda (y última) de dicho libro, que proyecta su aparición para el otoño de 2015:
“Poeta, ensayista, pintor y soberbio escultor, cofundador del grupo de Chicago. En 1976, el n. 3 de Arsenal nos informa que ha estado encarcelado en México, publicando «Deliciosa navegación», reflexiones firmadas en la penitenciaria de Cerro Hueco, Chiapas. Dos años después es él quien hace el «Dominio de Faustroll» para la exposición «Marvelous Freedom/Vigilance of Desire», que le debió su estructura laberíntica y en cuyo catálogo hay también un texto suyo sobre el automatismo. De 1978, en The Octopus-Typewriter, es «Against the art racket», a propósito del contubernio arte-capital, y de 1980, en Surrealism and its popular accomplices, un breve pero esencial texto sobre la «escultura espontánea», donde expone bellamente el punto de vista surrealista sobre la escultura. En 1983, su exposición en la galería Platybus de Evenston llevó el catálogo «Surrealism now and forever!», y al año siguiente se publicó, en las Surrealist Editions, un libro suyo con dibujos y siete poemas: Seditious mandibles. Su mejor texto tal vez sea «Por la inmediata destrucción de los rascacielos: Notas sobre la arquitectura moderna» (Arsenal, n. 4, 1989), en que sueña con un mundo «sin arquitectos, sin agentes inmobiliarios, sin banqueros, sin contratistas, sin abogados y sin compañías de seguro»; en el mismo número, unas frases suyas acompañan una serie de collages de Debra Taub y Edouard Jaguer lo aborda en tanto «surrealista americano». En 1992 firmaba el panfleto contra la celebración del «descubrimiento» de América, y en 2013 aparecía Unscripted journeys, donde narra sus aventuras de los años 70 por la tierra de los mayas.”
Unscripted journeys es la obra que nos ocupa, ya que ha salido hace un par de meses, como libro electrónico. A lo largo de unas 80 páginas, orquestadas en 18 capítulos,  Robert Green relata una serie de viajes “improvisados” (que es como a él le gustan los viajes), por México, Honduras y Guatemala.
El libro lleva, aparte un mapa de las zonas transitadas, varias ilustraciones, con la reproducción de cuatro óleos, dos dibujos y una escultura, más una serie de fotografías en los capítulos finales, estos no de Robert Green, poco proclive a ir sacando fotos mientras viaja.
Uno de los dibujos es muy interesante, ya que, hecho en un café de Oaxaca, dio origen a un fenómeno de azar objetivo. Robert Green lo refiere en el capítulo segundo.
La parte del león se la lleva la narración del misterioso encarcelamiento mejicano, misterioso porque nunca supo de qué lo acusaron, aunque posteriormente se enterara de que poco antes de su detención, por motivos electorales, Richard Nixon había expulsado de la frontera a los trabajadores rurales mejicanos, en represalia de lo cual debe haber ocurrido el atropello que sufrieron él, su compañera Debra y un pequeño grupo más de “gringos” (sobre Debra Taub, otra de las figuras originarias del grupo Arsenal, hemos hablado aquí mismo al abordar los números 10 y 12 de los Noa-noas de Mário Cesariny). Los primeros cuatro capítulos hablan, entre otras cosas, de los indios zapotecas, y en el quinto es cuando toca a la puerta la policía mejicana, justo el día –marzo de 1974– en que ya se iban ellos para Guatemala. Permanecen dos semanas incomunicados, para luego ser trasladados a la prisión de Cerro Hueco, durando la “aventura” casi un año. Lo que se retrata en ella es el horror estatal, con momentos puramente kafkianos. Horror hay también en un personaje siniestro que fue detenido con ello, un tal John, fanático religioso que se dedicaba a convertir a los indios, y que quería al final seguir en prisión para continuar salvando vidas. Como ya no lo aguantan allí, le agradece a “Dios” por haberlo favorecido, y por ello dice que va a trabajar duro sirviéndole en el lugar de donde venía, San Cristóbal, pero lo mandan a cruzar la frontera, no sin que antes bendiga, con un aire de superioridad moral, a sus desdichados compañeros de encierro. De este enigmático personaje, un típico tarado e hipócrita religioso, sospechan los demás que se ocultaba en San Cristóbal por haberse cargado a su mujer, a la que ya había agredido cuando descubrió que usaba anticonceptivos.
En la cárcel de Cerro Hueco, Robert Green colecciona insectos y hace dibujos, pequeñas pinturas y la escultura que se reproduce en el libro. Se toma la historia de un modo muy filosófico, comparándose a un etnólogo que tuviera que recorrer las incómodas junglas del Brasil. Uno de los detenidos le hace partícipe de un proyecto de fuga, que considera como un “derecho” del prisionero: la obligación de los carceleros, le dice, es que nadie se escape, y por tanto la de los prisioneros es escaparse. ¡Y vaya si esta es no es la lógica que nos gusta!
Mientras, el grupo surrealista de Chicago intercede sin éxito por sus dos amigos encarcelados. La detención y tortura aleccionadora de un fugitivo los disuade de la fuga, pero al fin, pasados ya nueve meses, se les permite la libertad bajo fianza. No tienen dinero, de modo que los intentos por conseguirlo demoran aún más la liberación. Son trasladados a Ciudad de México, donde firman su deportación a condición de que no vuelvan en 10 años al país. Ya en la frontera, la infamia burocrático-autoritaria prosigue con los agentes aduaneros de su propio país.
Evidentemente, pocas o ningunas ganas le deberían quedar a Robert Green de volver a México, pero existe, por suerte, una cosa que se llama fascinación. Esta América central escapaba aún (y apuesto que no escapa ya) a la monotonía civilizadora, a esa uniformización (“monocultura”, es el término que emplea él) en que el mundo se abisma día a día, de modo que he aquí de nuevo a nuestros héroes, al año siguiente, en el Yucatán, con el riesgo de que una detención accidental revele la ilegalidad de su estancia, apareciendo en el capítulo 16 los indios de Chiapas –a cuya célebre revuelta posterior alude el viajero– y las ruinas mayas de Oaxaca.
Un año después se dirigen a ver las ruinas hacía poco descubiertas de Copán, lugar de Honduras, que, por su lejanía, escapaba aún (y apuesto que no escapa ya) a la peste turística. Este capítulo y el siguiente abundan en fotografías, sacadas por Dave, un amigo de Chicago con quien están haciendo el viaje. Allí vestía la gente como cowboys más que como indios, a diferencia de lo que ocurría en Guatemala. En las fotos vemos enormes árboles sobre las pirámides, esculturas, tallas, estelas.
El capítulo final se dedica a las ruinas quiriguas, con la estancia en un lugar paradisiaco del Río Dulce. Se quedan en unas cabañas sobre el agua y visitan las aledañas Seven Sisters, conjunto de siete cascadas en la jungla, donde se había filmado uno de los clásicos de Tarzán de los monos. Quizás a Robert Green le hubiera gustado saber que las Seven Sisters eran también siete hermanas de Nueva Orleans que, a principios del siglo XX, se dedicaban a las artes vudús (y a la venta de licor de contrabando); Funny Papa Smith las cantó en un maravilloso blues de dos caras grabado en 1931, donde refiere cómo una de ellas le dio, sonriendo, este maravilloso consejo: “Go devil and destroy the world”...

R. Green, D. Taub, F. Rosemont, cadáver exquisito, 1984

Gaston Puel (1924-2013)

Gaston Puel, Mis lágrimas..., 2004

El pasado 4 de junio, a los 89 años, falleció el poeta y artista francés Gaston Puel.
En 1946, Gaston Puel ya conecta con André Breton, de quien recibe una carta desde Nueva York. Funda la librería de la Tête d’Or en Albi y traba amistad con Francis Meunier, Hans Bellmer, Jean Brun, Joë Bousquet, René Char.
En 1947, las ediciones de Guy Lévis-Mano publicaron, con un frontispicio de Hans Bellmer, su primer libro de poemas, Paysage nuptial, al que seguirían muchos más hasta los años 90, en distintas editoriales, de Seghers o Sud a pequeños sellos de tirada limitada. Chanson pour l’immobile, de 1957, tuvo un grabado de Max Ernst, y L’oreade, de 1970, varios de Raoul Ubac. Adrien Dax y Hans Arp, entre otros, también ilustrarían libros suyos.
En el número 3 de Néon (1948), Gaston Puel publicó “Le poème: la peau d’un autre rêve”, breve reflexión sobre la poesía, que continúa en el número siguiente con “Les derniers outrages”, escrito en colaboración con Jean-Louis Bédouin; en el quinto y último número, le envió una divertida carta a Raymond Roussel (“chez Mr. Martial Canterel. Locus Solus à Montmorency”) ¡chantajeándolo con su descubrimiento de que Robert Desnos era su hijo natural!, y otra no menos divertida al “constructor” Marcel Duchamp (“4 Square Rrose Sélavy. Paris”) acusando recibo de La mariée, que le ha llegado junto a Las bodas químicas de Christian Rosencreutz.
En 1948, Gaston Puel fue uno de los participantes en la exposición de jóvenes surrealistas “Comme”, organizada por el alquimista-surrealista Maurice Baskine (de todos ellos, solo él sobrevivía). Viaja a París en 1950 y asiste a las reuniones del grupo surrealista, pero no prosigue esta relación, consagrándose a la actividad poética y editorial, con la fundación de La Fenêtre Ardente. Estamos en 1958, y Gaston Puel ya se ha instalado en el campo, concretamente en Veilhes, donde residirá hasta el final de su vida.
En 1991, Gaston Puel evocó sus años surrealistas y su amistad con Breton (Sud, n. 92), y en 2003 el Centre Joë Bousquet et son Temps publicó un precioso catálogo (Gaston Puel en chemin), con muchos documentos y una serie amplia de textos sobre su figura y su obra.