lunes, 6 de mayo de 2013


Richard Misiano-Genovese explora últimamente los actos de “sobreposición” en la práctica collagista, con imágenes digitalizadas y de revistas y chorros de tinta aleatoriamente lanzados, abordaje casual que trae en ocasiones “resultados maravillosos”. Aquí vemos un ejemplo, siempre en la línea erótica que caracteriza su trabajo; pertenece a una nueva serie, titulada “Historia de O”.

De huracanes


En el almanaque surrealista del último lustro que elaboré para el n. 2 de A Phala (¡que ahora mismo, por fin, está la imprenta encuadernando!) hablé del “huracán Rik Lina”. Pero lo que desconocía por completo es la existencia de esta hermosa pintura del anartista holandés, no solo titulada Huracán, sino en la que aparece el título en el lugar donde suele ir la firma.

Surrealismo y decadentismo

Recientemente dimos noticia de la edición, a cargo de Marcus Salgado, de catorce relatos de Jean Lorrain, edición en la cual proseguía él la indagación emprendida en su libro A vida vertiginosa dos signos (Editora Antiqua). Aunque aparecido en 2007, queremos llamar ahora la atención sobre la riqueza de este otro libro, de 128 páginas, no solo por su contenido, sino por la preciosidad de edición, preciosidad en la sencillez, ya que lo que marca la diferencia es la presencia de collages de Alex Januário, Rodrigo Mota, Konrad Zeller y Renato Souza, que componían a la sazón, con el propio Marcus Salgado, el grupo deCollage. En la cubierta vemos un collage de Zeller, mientras que el proyecto gráfico estuvo a cargo de Mota.
A vida vertiginosa dos signos comienza con unos “Apuntes para una teoría general de la decadencia”, donde se señala la escisión clave de Huysmans con respecto al naturalismo y a su literatura “áptera”, como la llamó Rubén. El Barbey de Las diabólicas y el dandismo baudeleriano son también centrales en esa ruptura que lo fue también con el escolarismo parnasiano. Un apartado de esta primera parte se titula “Misticismo bizantino”, y en él se explica la sorprendente inclinación al cristianismo de una serie de escritores valiosos en uno de los momentos de apogeo de la infamia científica. Otros capítulos que siguen son “El vagabundeo antropológico”, “Lo fantástico, el sueño y el ensueño”, “Escritura de la neurosis” y “Nuevas estrategias textuales”. En todo momento, Marcus Salgado da muestras de un perfecto conocimiento de la época, extendiendo sus referencias a escritores del ámbito brasileño.
“La transmisión del vértigo”, segunda parte del libro, enfoca ya las conexiones entre decadentismo y surrealismo, empezando por ese libro lleno de puertas que es la Antología del humor negro, donde irrumpen figuras olvidadas del romanticismo revolucionario como Borel, Forneret, Grabbe y Lacenaire. La semejanza entre las bibliotecas de Huysmans y Breton es chocante: Swift, Sade, Poe, Baudelaire, Villiers, Charles Cros y Tristan Corbière, pero las similitudes van más allá de las coincidencias en la radicalidad vital y poética, o en los gustos plásticos más audaces, y Marcus Salgado las señala no solo en la Antología sino en Nadja, donde Breton observaba en Allá abajo y en Anclado “maneras de apreciar tan similares a las mías”.  En un plano más amplio, Marcus Salgado concluye afirmando que “los surrealistas se movían, en la década de los años 20, por un territorio pantanoso de la psique humana anteriormente vislumbrado y señalizado en la escritura por los decadentistas y por el romanticismo negro”. Dos nombres que aquí ocupan un espacio son el pintoresco Ernest de Gengenbach y Claude Cahun, no por acaso la sobrina de otra figura clave de la época anterior al surrealismo: Marcel Schwob.
Uno de los motivos tratados por decadentistas y surrealistas, y al que dedica Marcus Salgado un sugestivo apunte, es el de la muñeca y el maniquí: La Eva futura de Villiers y textos de Lorrain y Jules Bois se prolongan en Bellmer, Molinier, Adrien Dax, las exposiciones surrealistas...
El siguiente capítulo, titulado “En la antesala de los paraísos artificiales”, es muy rico, enfocando desde Coleridge esta cuestión, que Francisco Gallardo Pallardó analizó en un viejo libro de 1968 (Los orígenes del romanticismo), cuando nadie en el ámbito español se quería ocupar de un tema tabú. Como señala Marcus Salgado, “los decadentistas colaboraron tanto en la confección de un catálogo clínico-literario de patologías como en la adquisición de lo psicológico en la obra de arte, entreabriendo algunas de las trampas por las cuales se vislumbran territorios más oscuros del inconscientes, cuya prospección corresponderá a los surrealistas”.
“La obra en negro” se ocupa sobre todo de autores brasileños, entre ellos el extraordinario Cruz e Sousa. “Hierografía” se compone de dos poemas y de una prosa automática (“Geopolítica  y destino o a los hombres les resta la blasfemia: signos de humareda”), escrito con Deusdédit Ramos de Morais, otro de los componentes del grupo de Collage.


Pero aún A vida vertiginosa dos signos nos reserva otra sorpresa. En efecto, en este libro tan poco convencional, nos encontramos en seguida con un capítulo de indagaciones fulcanellianas por la ciudad que “sueña en piedra”, ilustrado con fotos de Su Suhara. La siguiente sección –“Cuerpos implantados”– es una breve antología de textos de Aubrey Beardsley, Gómez Carrillo, Marcel Schwob, Huysmans, Albert Samain, Iwan Gilkin y Herrera y Reissig, y la última una reflexión sobre la diáspora negra, sobre la historia como “pesadilla de la que tenemos que despertar” y sobre la gran música de raíz africana, presidida por la figura colosal de Sun Ra. Lo que me hace enlazar con el libro que se agita (¡más que descansar!) sobre mi mesa de lectura: los detonantes textos de Will Alexander reunidos bajo el título de Singing in Magnetic Hoofbeat. Y es que tanto el libro de Marcus Salgado como el de Will Alexander responden, con las armas afroamericanas del surrealismo, a esa horrorosa autolatría occidental, en la búsqueda urgente de una “imagen de futuro”, por decirlo con las palabras que dan título a este último capítulo de A vida vertiginosa dos signos.

lunes, 29 de abril de 2013

“Infosurr”, 98 y 99


Infosurr anuncia con estos números la aparición muy próxima del que hará el 100, así como la conversión de la revista, para ganar algo de tiempo, en publicación trimestral.
Señalemos que en la página web existe un muy útil índice onomástico, de los números 1 al 91.
Estos dos últimos números incluyen tres necrológicas: Jorge Camacho, Don Lacoss y René Rougerie.

La de Jorge Camacho la hace Gérard Durozoi, a quien se debe una gran entrevista de 1998, que yo tuve el placer de traducir al español cuando el artista visitó Tenerife. En la foto que acompaña el texto, y que reproduzco aquí, vemos a Camacho con Breton en 1964, durante la inauguración de la legendaria exposición parisina, que contó con un magistral texto del fundador del surrealismo. En la foto, vuelve a advertirse que la figura de Breton nunca fue más impresionante como en sus últimos años. En cuanto a Camacho, aparece fumando un habano con toda distinción (el buen fumador sabe que el cigarro puro se sostiene entre el dedo índice y el pulgar), pero que no se vea en ello prepotencia o signo de bon vivant, porque para un muchacho cubano (o canario, por cierto), fumar puros, y saberlos fumar, era lo más natural del mundo. Ese fantástico artista y fantástica persona que fue Jorge Camacho, hubiera corroborado mis palabras.
La semblanza de Don Lacoss, extensa, la traza el Movimiento surrealista de los Estados Unidos, y la traduce Guy Ducornet, quien mucho lo apreciaba, y a quien veía como el verdadero sucesor, trágicamente malogrado, de Franklin Rosemont. Menos conocido, al menos por mí, es René Rougerie, editor artesano de poesía sobre quien hay el libro de Christian Viguié René Rougerie une résistance souveraine (2010).

El libro más importante reseñado es Invisible Heads, una obra fascinante que llegué a tiempo de incluir en Caleidoscopio surrealista. Hace la reseña Laurens Vancrevel, y entra en terreno polémico (ya yo tengo noticia de una respuesta a su escrito), al tejer algunas críticas al antiguo grupo de Chicago (1). Yo en particular no quiero de ninguna manera oponer el grupo de Chicago a las figuras de Invisible Heads, que Vancrevel llama “disidentes”. Porque es una disidencia sin en ningún momento renegar del surrealismo (y que no se ha dedicado, por suerte, a alimentarse de rencores), y porque el grupo en torno a Franklin Rosemont me ha merecido siempre muchísima estima. Lo que sí he dicho y vuelvo a decir, es que discrepo de la goma de borrar retroactiva, como la que maneja Ron Sakolsky en Surrealist Subversions, obra no menos apasionante de 2003, pero de la que es extirpada toda presencia de Allan Graubard, Thom Burns, Stephen Schwartz, Jean-Jacques Jack Dauben, Timothy R. Johnson, Tom Burghardt, Ronald L. Papp o Lawrence Weisberg. Que ya es decir. Cuando Aldo Pellegrini, en 1961, asesorado por André Breton y Édouard Jaguer, hizo su maravillosa Antología de la poesía surrealista en lengua francesa, allí no faltaban Éluard, Aragon, Dalí y Tzara, quienes además, con respecto a los “disidentes” americanos, sí que habían renegado del surrealismo.
Dejando el lado polémico, señalemos la apreciación de Vancrevel en el sentido de que este libro (que “no debe faltar en la biblioteca de todos los que se interesen por el surrealismo internacional”­) pueda “servir de modelo para revelar otras aventuras colectivas surrealistas a lo largo del mundo”. Y merece apuntarse también algo que yo mismo eché en falta, y es que un libro de estas características debe llevar obligatoriamente un índice onomástico y un capítulo bibliográfico.

Los 21 cuadernitos de Brumes Blondes que ha ido editando el propio Laurens Vancrevel en siete meses frenéticos, cada uno con su ilustración, son objeto de una reseña de Her de Vries. Aparte los autores neerlandeses los hay de otras lenguas, traducidos siempre por Vancrevel; entre ellos tenemos a Édouard Jaguer, Guy Cabanel, Beatriz Hausner, Sergio Lima, Allan Graubard, Ludwig Zeller, Raúl Henao, Jacques Lacomblez, Mattias Forshage y Rodrigo Hernández Piceros –amigos, en fin, de esa vasta proyección surrealista mundial por la que se han movido desde sus orígenes estas brumas rubias.
Más lejos del surrealismo, Dominique Rabourdin hace una reseña larga (y, por supuesto, perfecta) de los Manuscrits de guerre de Julien Gracq, mientras que el catálogo Jacques Hérold et le surréalisme (Museo Cantini) recibe la atención de Richard Walter, quien lamenta algunos errores históricos como yo he podido lamentar (o más bien denostar) el absurdo cuadro cronológico del final, en que los escasísimos datos de los años 50 y 60 (acaba con la muerte de Breton) incluyen como notables las defunciones de Frida Kahlo y de Pierre Roy y la fundación del club situacionista. Un verdadero desastre, habiendo como hay aceptables fuentes a las que acudir.

Jacques Lacomblez

Otras exposiciones anotadas: las de Jean-Claude Charbonel y John Welson “The Celtic Eye”, de la que yo mismo he hablado y que comenta Kenneth Cox; la retrospectiva de cajas y pinturas de Paul Duchein “Capteur de rêves”, por Richard Walter; la de Jacques Lacomblez “Rituels”, acompañada de la breve publicación, en la misma galería Quadri, de Un temps de courte paille, recopilación de textos breves dedicados a Guy Cabanel, exposición y publicación detallada y excelentemente comentadas por France Élysées; y por último la de objetos surrealistas en Alemania (“Surreale Dinge”), por Heribert Becker, quien señala las deficiencias y aberraciones académicas de costumbre (El amor loco considerado “novela”, las sandeces de las feministas universitarias, en este caso germánicas, sobre André Breton y los surrealistas), además de la presunción de presentar por primera vez “de manera verdaderamente panorámica las obras tridimensionales del surrealismo” y de abordarlas de un modo “seriamente científico” (no solo tenemos que aguantar este último cretinismo, sino que se olvida por completo el espléndido catálogo que hizo Emmanuel Guigon en el Ivam... cuya portada, con las gafas polifémicas de Marcel Marïen, es, encima, plagiada descaradamente aquí).
Ya que acabamos de citar a Marcel Marïen, acabemos con la reseña que del dvd L’invention du cinéma hace Dominique Rabourdin. ¡Una película ineludible!


(1) Corrijo lo que originalmente decía aquí sobre el grupo de Chicago, ya que nunca se ha dicho "Movimiento surrealista de los Estados Unidos", sino "Movimiento surrealista en los Estados Unidos".

Los collages de Franz Roh

Este catálogo acompaña una exposición que se ha sucedido en Córdoba, Madrid (Galería Guillermo de Osma) y Tenerife (Tea), y viene a sumarse al catálogo sobre Franz Roh que publicó en 1997 el Ivam (Franz Roh. Teórico y fotógrafo).
Los 44 collages que se reproducen son de los años 20, 30 y 40, y ostentan frescura, humor y lirismo, sin duda bajo la égida del surrealismo.
Isidro Hernández, acertado como siempre, hace el artículo sobre Franz Roh, señalando la predilección por las figuras anatómicas, los motivos animales y vegetales y las escenas marinas, siempre a partir de las revistas ilustradas decimonónicas, ya que “es evidente la proximidad formal de los collages de Franz Roh con los de Max Ernst”. En este sentido, uno de los collages reproducidos, de mediados de los años 30, está dedicado a Max Ernst, y Franz Roh escribió sobre los collages de su compatriota dos artículos. Isidro Hernández comenta luego algunos de los collages y acaba señalando la importancia de Realismo mágico en la vanguardia canaria. Esa influencia fue muy grande, y Agustín Espinosa cita, incluso en una de sus obras mayores, Lancelot 28º-7º, pinturas que ha conocido por ese libro.
El catálogo lleva un apéndice con imágenes de Alfonso Buñuel, Benjamín Palencia y Adriano del Valle, más un artículo sobrante sobre el collage en España, que, aparte ignorar los trabajos de Emmanuel Guigon, incurre en las bobadas antisurrealistas de costumbre: Franz Roh se contrapuso “a las imperantes tendencias dogmáticas y restrictivas del momento”, La Main à Plume era un “grupo ortodoxo surrealista” (¿cuáles eran los heterodoxos?), “el hipnotismo y el espiritismo serían pronto prohibidos dentro del grupo surrealista comandado por Bretón (sic)”. ¡Qué rancia musiquilla de violín!

lunes, 22 de abril de 2013

¡André Breton en China!


Guy Girard continúa sorprendiéndonos con sus autoediciones en Saint-Ouen. Esta vez funde el surrealismo con sus particulares amores orientales, en un breve y divertido André Breton en Chine. Pierre-André Sauvageot, habitualmente a cargo de los frontispicios de estas publicaciones de Guy Girard, lo que ha hecho aquí es reunir la documentación fotográfica, con cinco fotos realizadas por Raymond Tchang, el retrato daliniano de Li Xiao-Tu, y una foto de Dalí por la propia Li Xiao-Tu.
Raymond Tchang anduvo en el surrealismo parisino allá por los primeros años 30, pero solo se conocen de él dos poemas en el número surrealista de la revista belga Documents. Se llamaba Tchang Jin-Fu, tomando su nombre francés como homenaje al poeta de Locus Solus. Guy Girard parte de las teorías ucrónicas de Charles Renouvier, filósofo decimonónico junto a cuyo puente onomástico vivió Girard en París un tiempo, para describirnos el viaje de Breton y Dalí a la China, viaje anunciado al primero por las videntes que entonces consultaba: “Según parece, me veré obligado a ir a la China, hacia 1931, y allí correré grandes peligros durante veinte años”. El viaje, según Guy Girard, se celebró realmente en 1932, se sumó a él Salvador Dalí, no duró sino unos meses y los peligros no fueron muchos. En las fotografías de Raymond Tchang, que fue el anfitrión de sus dos amigos, vemos a Breton en la frontera sino-tibetana, a Dalí preparado para subir al Potala y a ambos al llegar a Shangai (viajaron en el “Aurelia”) y con Alexandra David-Néel, ante un convento de lamas.


¿Y Li Xiao-Tu? Esa es la joven y guapa intérprete, que pronto se empató con Dalí, quien le hizo este gracioso retrato con los relojes blandos; a su vez, de Li Xiao-Tu es la foto en que vemos al Dalí de los buenos viejos tiempos ataviado para asistir a una fiesta tradicional.
La estancia bretoniana en Shangai convocó a un grupo de jóvenes que hasta proyectaron la creación de un grupo surrealista, pero también puso ya en evidencia los males del comunismo autoritario. En Guangzhou, descubren en un jardín una colección de piedras de sueño, y si Breton se cree transportado a los cuadros de Tanguy, a Dalí le parece haber vuelto a los caprichos geológicos del Cabo Creus. Viajan luego a la provincia natal de Tchang, o sea a Sichuan, y encuentran en Chengdu a la citada Alexandra David-Néel, que les enseña lo que sabe del budismo y del taoísmo, poniéndose a debatir sus afinidades con el surrealismo. Sigue la expedición al Tibet, siendo recibidos en Lhassa por el propio Dalai-Lama, a quien retrata Dalí y que le agradece a Breton la carta que el grupo surrealista le ha enviado en 1925. Breton inquiere en vano por la legendaria Aggartha y adquiere magníficos mandalas...
Este cuaderno de Guy Girard, aparte su valor en sí, interesa porque abre caminos lúdicos verdaderamente apasionantes. ¡Cuánto pueden espolear nuestra imaginación, en efecto, estas posibilidades ucrónicas!
“Considerando no solo las actividades, hoy, en numerosos países, de grupos organizados o de individuos que se consideran surrealistas, pero también la pujanza mítica de este movimiento emancipador, inacabado e inacabable, he comenzado a imaginar superponer, a lo que es conocido de la historia del surrealismo, bifurcaciones, errancias posibles hacia los campos, ellos también, sin duda, magnéticos, de lo irrealizado. Juegos con la memoria, que es hija adoptiva de la imaginación: hay fechas de funcionamiento simbólico”.

La imaginación insurgente de Antonio Ramírez

Desde 1997, la revista Salamandra esgrime como uno de sus lemas el de la “imaginación insurgente”. En realidad, toda verdadera imaginación es insurgente, pero hay que aclararlo, porque no muy lejos medra una seudoimaginación que se alimenta de una suerte de fantástico formal y edulcorado, como se ve de sobra en la literatura, en la pintura o en el cine.
Como expresión del grupo surrealista madrileño, surge ahora la revista Imaginación Insurgente, que se planta en el ruedo con estas intenciones:
“Esta publicación nace con la idea de explorar los poderes de lo imaginario en todas sus formas de expresión. Frente al actual desencantamiento y desolación del mundo, respondemos con la esperanza de extraer algo de magia transformadora allí donde todavía quedan tesoros ocultos: los sueños, la analogía, el delirio, el erotismo, la imaginación. Solo recorriendo el camino al revés podremos regresar a la fuente de todos los mitos. Ignorando y despreciando las fuerzas que han convertido lo imaginario en un producto más del supermercado, pretendemos recuperar la capacidad de maravilla. Nos negamos a darnos por vencidos”.
Este primer número, de 28 páginas, está íntegramente ocupado por los dibujos de Antonio Ramírez que componen la serie “La habitación negra”. La semblanza al final nos dice que Antonio Ramírez nació en Sevilla en 1973, carece de cualquier formación artística o académica, forma parte del grupo surrealista madrileño desde fines de los 90 y ha sido redactor de las revistas Engranajes y El Naufragio, así como organizador de la página web musical “Mentes de ácido”. Los dibujos fueron realizados recientemente, a tinta china:
“Sin bocetos ni planificación de ningún tipo, son producto del azar y el capricho del momento, aspirando a ser artefactos de exploración psíquica y anímica. El autor se responsabiliza de ellos en la misma medida que lo hace de sus sueños”.
Entre los nombres que han inspirado esta exploración de “los placeres de la tinta china”, Antonio Ramírez cita a Joan Ponç, Jorge Camacho, Unica Zürn, Robert Crump y Moebius. Es una alegría ver encabezando la lista a Joan Ponç, un artista magnífico, bastante olvidado.
Presenta “La habitación negra” Lurdes Martínez, siempre muy lúcida y aguda. Su artículo lleva por título “A la sombra de la noche, seres luminiscentes”, y en él ubica los dibujos de Antonio Ramírez en el automatismo “rítmico”, citando las “imágenes sustraídas al negro” de Robert Lagarde, un nombre que sumaríamos a los anteriores, como podríamos también añadir el de Eugenio Granell, por el tenor de ciertas figuras. Lurdes Martínez cita otras declaraciones de Ramírez sobre el proceso creativo de sus dibujos: “Solo cuando llega la imagen a cierta complejidad, examino más en perspectiva las formas que se han ido creando y voy interpretando lo que ha salido. Mi primera intención siempre es conservar una «morfología sintética», una imaginería sin naturaleza, es decir, sin presencia vegetal, animal o humana, pero en casi todos los casos terminan por aflorar rostros, miembros sexuales, ojos, cabezas, pájaros, vegetaciones extrañas”.
El dibujo de la portada lleva por título “El viaje”. Los restantes son “El domador de gallinas”, “Eva”, “Huesos”, “Misterios de la oficina”, “El santo es un perro”, “Reunión de vecinos”, “El ángel de la electricidad”, “El jesuita”, “El nacimiento”, “Primavera”, “Carnaval”, “La idea fija”, “Las brujas”, “La conspiración”, “Tótem del odio”, “Los filósofos”, “El encuentro”, “El regreso del enamorado”, “El pontífice y sus bastardos”, “La guerra secreta” y “El ídolo”. “El jesuita” y “El pontífice y sus bastardos” se pueden considerar dibujos-presagio, si tenemos en cuenta que la Mafia Santa colocó poco después, como nuevo Inmaculado Concebido, a un payaso de aquella degenerada ralea.
Estos dibujos, que abren una aventura, poseen una fuerza especial y revelan una verdadera imaginación insurgente.