lunes, 11 de febrero de 2013

Les Boules


Desde 1987, en Montreal, trabaja el grupo informal automatista Les Boules, que solo ha celebrado dos exposiciones y cuya primera publicación es este cuaderno con 15 pinturas y 13 dibujos, aparecido en las ediciones Sonámbula. Ello no da un índice adecuado de una actividad que ha sido bastante rica, porque Les Boules no tiene en absoluto como apetencia inscribirse en el actual mercado artístico, interesándose solo por la práctica plástica colectiva y anónima.
La presentación de La grandeza de la luna quemada la hace Bernar Sancha, de quien ya conocíamos, también en Sonámbula, la colección de dibujos titulada Joyero de los días negros, publicada en 2011 con una presentación de Jacques Desbiens.
En su texto, Sancha ataca con dureza la vanidad artística y la generalización del marketing y describe la aventura de Les Boules, considerada como “tributaria del automatismo, de un surrealismo espontáneo”: “El arte colectivo que practicamos reposa no sobre el «talento» o las habilidades técnicas, sino sobre la participación, el placer y la ausencia de preocupaciones curriculares. Una sola exigencia se requiere para participar en nuestros talleres: estar dispuesto a dejar el ego en el vestuario”. Y añade, a renglón seguido: “Cada obra seleccionada para esta recopilación es pues el resultado de la interacción dinámica de varios individuos: encabalgamiento de contribuciones individuales actuando unas sobre otras al capricho del azar de lo gestual y de los caprichos del inconsciente, sin consideraciones estéticas, hasta alcanzar a veces una sorprendente unidad de conjunto”.
En efecto, aunque lo importante sea la experiencia –cuya dinámica particular es también aquí descrita, por cierto que con una referencia a la aparición final del título sin que encontremos ninguno en las imágenes presentadas–, no falta en los resultados, que me parecen magníficos, esa “unidad de conjunto”, como en muchos cadáveres exquisitos, sobre los cuales Bernar Sancha tiene el desacierto de condenar el que aparezcan a veces firmados, interpretando por vanidad lo que no es, en la inmensa mayoría de los casos, otra cosa que un registro inocuo de los amigos haber estado allí.
La aventura colectiva de Les Boules se inscribe en una de las líneas centrales del surrealismo, y por eso merece ser resaltada. La imaginación, el humor y el lirismo siguen irrumpiendo con toda frescura desde que se produce el abandono al automatismo, y ello queda aquí perfectamente demostrado.

lunes, 4 de febrero de 2013

Neil Coombs y los fantasmas del surrealismo


Ya hemos llamado la atención un par de veces sobre el hallazgo de los “fantasmas” inventados por Neil Coombs, y sobre la propia figura de este surrealista inglés editor de la revista Patricide, ya con cinco números monográficos en su haber: Documentary Surrealism, Seaside Surrealism, Surrealism and the Uncanny, The Sound of Surrealism y The Surrealist Cookbook, este último reseñado aquí mismo hace dos semanas.
Esta publicación de Dark Window Press lleva por título The Phantoms of Surrealism, pero añade una suite de diez sarcásticos collages en que Neil Cooms traza Una historia ilustrada de las Islas Británicas, una breve (en solo cuatro collages) Historia del arte y el deseo y, en la línea de los Fantasmas, trece fotografías, sobre todo de paredes, que componen sendas Enfermedades del ojo, como la dedicada a la conjuntivitis:


Los “fantasmas” que nos presenta aquí Neil Coombs son los del propio surrealismo, especialmente en su vertiente británica, habiéndose inspirado para ellos en diferentes lugares asociados al surrealismo y visitados, durante los años 2011 y 2012, en busca de sus poderes magnéticos y evocativos. Cada fotomontaje se compone de quince rectángulos en que son colocadas sendas fotografías, con el fin de  proceder a la interpretación del lugar fotografiado, el propio Neil Coombs señalando cómo los lazos del surrealismo con sus espacios, que él intenta indagar, se caracterizan por sus resonancias psicológicas y visionarias, más que pintorescas o románticas. El resultado es sorprendente, una fiesta de imaginación, juego y humor que no recuerda a nada anterior, por mucho que Krzystof Fijakolwsky, en el fino ensayo que abre el libro, busque sus antecedentes en Arp, Brauner, Magritte, Dalí, Man Ray y sobre todo Luca. Salta aquí otro nombre, bien anterior al surrealismo: Arcimboldo, de quien puede decirse que nunca fue una referencia mayor del surrealismo, hasta que Svankmajer borrara todas las reservas que hasta entonces había hacia él por el carácter ante todo metonímico de sus “fantasmas”.

En estas páginas hemos reproducido ya el fantasma de Freud y la portada de la exposición realizada en el castillo de Bodelwyddan, donde el fantasma presente no es otra cosa que un compuesto ya completamente frankensteiniano de otros fantasmas. El que tenemos aquí es el único no británico, ya que se trata del fantasma de los Buttes Chaumont, sobre el que, por cierto, hay más fotos en el n. 3 de Patricide. Es bueno recordar aquí el mejor libro que existe sobre el París de los surrealistas, y que además se debe a otro nombre británico: George Melly, en cuyo maravilloso Paris and the surrealists dedica unas obligadas páginas, acompañadas por cinco fotos de Michael Woods,  a los Buttes Chaumont, el parque “menos natural” que él había visto nunca. El “phantom power” de este fotomontaje lo forman André Breton, Louis Aragon y Marcel Noll, los tres visitantes de este lugar, inmortalizado, con su Puente de los Suicidas, por El campesino de París.

El que vemos a la derecha es el fantasma de Bradford, dedicado a Tony Earnshaw, y en particular a su pájaro Wokker, cuyos comics son favoritos de Coombs, quien señala cómo el fantasma hasta se le parece a Wokker, tal si fuera “una respuesta subconsciente al viaje”. Fotografió sobre todo el parque de Bradford y los edificios circundantes.
Luego tenemos los fantasmas de Farley Farm, donde residieron Roland Penrose y Lee Miller; de Cork Street, donde estaba la London Gallery de Mesens; de Westminster, donde tuvo lugar la legendaria exposición de 1936; de Maresfield Gardens, refugio de Freud (aquí le llamaron la atención los árboles esqueléticos); de Leeds y Birmingham, dos de las capitales del surrealismo británico; de Dymchurch, por Paul Nash; de Blackheat, donde vivió Humphrey Jennings filmando un célebre trabajo documental; de Liverpool, por George Melly; de Oxford, en homenaje a Lewis Carroll como fotógrafo de Alicia, etc. El más colosal de todos los fotomontajes es el del Duque de Lancaster, y el más despojado el de Paul Nash, en su paisaje marino anterior a Swanage:


Pero la gran sorpresa para mí ha sido el encuentro con el fantasma de Portmeirion, en el País de Gales, ya que Neil Coombs no ha olvidado viajar al lugar donde se rodó la más grande serie televisiva de todos los tiempos (con permiso de Los vengadores, también británica, y hasta simultánea en su apogeo con Diana Rigg): El prisionero, que, pese a ser una serie de contenido nada comercial, pasaba, aunque en horario de noche avanzada, la televisión española allá por 1968, habiéndome dejado –tenía yo 13 años– una huella indeleble, y precisamente por ser cada uno de sus 17 capítulos surrealistas de cabo a rabo. (Por más azar objetivo, la tienda Red Lick, mi suministradora de música de blues desde hace un par de décadas, se ubicó durante muchos años en Porthmadog, muy cerca de Portmeirion). La foto invertida que forma la boca del fantasma de Portmeirion, si no me equivoco, estaría sacada en uno de los rincones de la fantasmal población donde se encontraba recluido el tal prisionero, inolvidable personaje en permanente busca de su libertad, que encarnaba Patrick McGoohan, a la vez alma mater de la serie y hasta guionista y director de algunos de sus capítulos.
Este precioso libro de Neil Coombs, profusamente ilustrado a todo color, incluye unos extractos de su blog Surreal Phantoms, donde refiere las circunstancias de algunas de sus pesquisas geográficas, y un buen artículo de Catriona McAra sobre los collages de la Historia ilustrada de las Islas Británicas, uno de los cuales, Incendio en la granja, de 2010, vemos aquí:


Y así volveríamos a donde empezamos: a las “enfermedades de la vista”, que Neil Coombs convierte realmente en poderes de la visión, como si él mirara a través de todos los ojos de estos “fantasmas del surrealismo”.

lunes, 28 de enero de 2013

El surrealismo en el País de Gales


Publicado por Dark Windows Press, la editorial de Patricide, apareció en 2012 un librito, con muchas ilustraciones, y catorce a todo color sobre el surrealismo en el País de Gales. La introducción está a cargo de Adrian Dannatt, quien traza el panorama del surrealismo en aquella zona geográfica y elige, para una exposición, cinco artistas que desarrollan actualmente su obra.
Adrian Dannatt se apoya para su caracterización surrealista en Sarane Alexandrian, (quien no era muy riguroso en la cuestión), y en particular en su distinción entre una concepción “abierta” y otra “cerrada” del surrealismo, en realidad concepciones extremas que dejan mucho que desear tanto la una como la otra. Orientado a la primera, Dannatt da pues cabida tanto al surrealismo como a sus influencias. La adscripción es obvia por lo que respecta a John Welson y a Neil Coombs, pero dudosa (ya que nos quedamos por conocer cuál es su actitud hacia el surrealismo) en los casos de Millree Hughes y el picassiano Orlando Mostyn Owe, quedando en medio Ken Cornwell, quien, nacido en 1955, vivió en Australia de 1990 a 2002 y es autor de interesantes cajas, como esta:

Ken Cornwell, Laberinto de ovejas, 2012

En el apartado retrospectivo (lo que algunos despistados llaman “surrealismo histórico”), Adrian Dannatt va alineando los nombres del maravilloso Dylan Thomas, Merlyn Evans, Ceri Richards (que ilustró al primero), Lucian Freud (pupilo de Cedric Morris, artista galés a su vez inspirado por el surrealismo), Sari Dienes (y sus collages), George Melly, Angus McBean (y sus fotografías), John Piper, Edward Burra, Bill Copley, Barry Flanagan y Bedwyr Williams, algunos de ellos no nacidos en el País de Gales, pero que residieron significativamente allí, como es el caso de ese personaje de fábula que fue George Melly.
Volviendo al quinteto de elección, su figura más conocida es John Welson, un artista extraordinario, cuyas pinturas de abstracción lírica se inspiran en los paisajes de su Gales natal (y que en 2009 expuso en Powys una serie de fotos de su país). Ya hemos hablado de él a propósito de su admirable colaboración con Jean-Claude Charbonel, en “El ojo celta”, pero es un placer poder reproducir aquí una de las cuatro imágenes del catálogo, en la que irrumpe por fin la vastedad marina:

John Welson, Caban Coch, 2012

Los fantásticos “fantasmas” de Neil Coombs ilustran aquí su actividad, y a ellos no solo hemos aludido en dos ocasiones, sino que pensamos dedicarle especial atención la próxima semana. He aquí el dedicado a Sigmund Freud, quien residió en  Hampstead tras huir del terror nazi:

Neil Coombs, El fantasma freudiano, 2012

Breves

J.-C.Charbonel, Reloj armorigen para los tiempos de los sueños, 2010
El pasado sábado se inauguró en la biblioteca de Plouagat una exposición de Jean-Claude Charbonel, que se clausurará el 15 de febrero. Es una buena oportunidad para sumergirnos en una civilización de mitos poéticos, sin punto de comparación alguno con los del putrefacto mundo llamado Occidente.
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Una magnífica página dedicada a Sarane Alexandrian (y también otra a Madaleine Novarina) ha elaborado su sobrino-nieto, Virgile Novarina:
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Ha aparecido, en Classiques Garnier, un monumental (1049 pp.) Dictionnaire André Breton, dirigido por Henri Béhar, autor ya de André Breton: le grand indésirable (reed. 2005).
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Recomendamos de nuevo el libro de Fabienne Bradu André Breton en México (216 pp., Fondo de Cultura Económica, 2012), trabajo serio y competente, que además reproduce todos los textos relativos a la cuestión. No lo comentamos porque poco podemos añadir a la ya citada y excelente reseña de Carlos M. Luis en Agulha, como no sea el malestar que nos produce hoy la ciega admiración de Breton hacia el verdugo de los anarquistas ucranianos –y represor, en el interior del propio partido bolchevique, de todas las fuerzas que posteriormente podían haberlo defendido–, ya en aquellos años, como muy bien advirtió Simone Weil, un ideólogo decadente, por mucho que su nombre fuera una espina clavada en la garganta del führer soviético y que no dejara de ser un aliado en la lucha contra la escalada fascista –pero de ahí al amilanamiento de que dio muestras Breton va un largo camino. También señalemos la reproducción de la conocida carta de Frida Kahlo a uno de sus amigos, para unir sus palabras a las que él otro día vimos dirigía a Alice Rahon: si allí los surrealistas eran tratados de “locos intelectuales podridos”, aquí son “ese montón de hijos de perra lunáticos y trastornados”.
Fabienne Bradu es una excelente escritora mejicana, y entre sus libros cuenta con un Artaud, todavía (2008). Es verdaderamente una alegría que al fin se hable en México con seriedad del surrealismo y sus avatares, por tratarse de una de sus tierras de elección y por haberse dicho desde el principio (como este mismo libro muestra) un verdadero hatajo de imbecilidades.
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Aunque ya pasó, no queremos dejar sin registrar la exposición que a lo largo del pasado año tuvo lugar en París, Halle Saint Pierre, “Banditi dell’arte”, dedicada a la creación marginal italiana, y que incluía obras procedentes de las colecciones históricas psiquiátricas y carcelarias. Un gran espacio se dedicaba también al arte popular contemporáneo, ajeno al sistema oficial de las bellas artes, y otro a construcciones y entornos fantásticos, presentados en fotografías y grabaciones filmadas. Más información puede encontrarse en la página del lugar expositor:

Lassalle: “Adrien Dax, a quien hemos conocido de 1959 a 1979, fecha de su muerte, fue el surrealista de Tolouse, gran amigo de André Breton y Benjamin Péret. Ingeniero de Genio Rural, tenía un dominio extraordinario del dibujo, y una muy viva inteligencia. Durante su cautiverio en un stalag de Alemania, leía y releía incansablemente las Enéadas de Plotino. Su cultura era inmensa. Solo ahora se comienza a medir la importancia que ha tenido en el Surrealismo”.

miércoles, 23 de enero de 2013

Las aventuras de Guy Ducornet en los States


Aunque Guy Ducornet es bien conocido de los lectores de “Surrealismo internacional”, aquí tenemos la presentación que de él hace la contraportada de su esperado libro Annandale Blues, y que reproducimos, sobre todo, por llevar una breve reseña a  cargo de Paul Garon, primer experto surrealista, por cierto, en la materia de los blues.
Frente a la idea corriente, no son los blues una música triste, sino una música de afirmación vital, contra los peores vientos y las peores mareas. Una música de resistencia a la opacidad del mundo, y no hay nada más surrealista, porque además sus frutos han sido de infinita belleza, desde que se configuró allá por los años 10 hasta nuestro tiempo, con los discos hoy, por ejemplo, de un Jimmy Dawkins, de un Byther Smith, de un Lil’Ed.
Pero acerquémonos más a estos blues de Annandale. Son unos blues en verdad apasionantes, y llenos de vida. A lo largo de 32 capítulos (más un epílogo), Guy Ducornet nos describe los años inmediatamente anteriores a su viaje a los Estados Unidos y su estancia –año de 1959– en el Bard College de Annandale, con una enloquecida visita en solitario autoestop al deep south del país.
Casi todos los capítulos llevan título de temas musicales, de nombres tan señeros como Duke Ellington, Fats Waller, Jimmy Rushing, Fats Domino, Billie Holiday, Charlie Parker y John Coltrane. Y es que Guy Ducornet es un fan del jazz, incluso tocando él mismo la batería y el saxo alto. En la nota 4 del capítulo 6 aborda las relaciones entre el jazz y el surrealismo, que, como ya he dicho en estas mismas páginas, aún están por abordar de modo profundo y exhaustivo.
En los primeros capítulos, Ducornet se nos retrata al completo, con su gusto por el arte moderno, pero también por dibujar y pintar él mismo (o sea, por la práctica propia, como le ocurría con la música), su interés por la poesía de inconformismo y desafío (Baudelaire, Rimbaud, Jarry, Apollinaire, Prévert), el impacto de Le rivage des Syrtes y de un collage de Max Bucaille que reencontraría y compraría 40 años después, sus “graves deficiencias en matemáticas y deportes colectivos”, su rechazo visceral del fascismo tanto como del estalinismo.
En 1958 celebra en París su primera exposición, no sin un sentimiento de desazón al ver convertidos sus sueños en meros objetos enmarcados formando parte de un enorme mercado. El largo y ancho país del dólar lo atrae, ante todo por el jazz y por el cine, ya que solo allí descubrirá el arte de Gorky y de Cornell, o la cultura popular de Little Nemo, Krazy Kat, Tex Avery y tantos otros.
G.Ducornet,Oblique Shocks,1992,collage
A partir del capítulo 10 ya tenemos a Guy Ducornet en Annandale. El leit-motiv del libro es la cuestión racial, por la que ya se preocupaba en Francia, y que, en toda su complejidad, abordará in situ y a través de la lucidez de su profesor y tutor, Ralph Ellison, de quien nos traza un retrato admirable y admirado.
Como es sabido, Ellison es autor de una de las grandes novelas norteamericanas del siglo XX: El hombre invisible (donde aparece como personaje el genial pianista y vocalista de blues Peetie Wheatstraw, “Gran Sheriff del Infierno” y “Yerno del Diablo”, a quien dedicó un libro definitivo Paul Garon hace ya años) y de un prestigioso volumen de ensayos: Shadow and Act, que incluye páginas memorables sobre la música negra, entre ellas bellos ensayos consagrados a su paisano Charlie Christian, a Jimmy Rushing (de quien era un gran amigo, como de Duke Ellington) y a Charlie Parker. Como el propio Ellison había sido trompetista y componía música, ya eran muchos los puntos de contacto con su joven alumno, que aprenderá mucho de él, estableciéndose una relación que no había podido imaginar, puesto que le hablaba “más como un novelista y un artista creativo que como un profesor”.
En un pasquín de la izquierda obtusa, llamado New Masses, Ducornet leerá con perplejidad comentarios de El hombre invisible acusándolo de tiotomismo. Lo mismo habían dicho de Louis Armstrong, pero el propio Ellison rebatirá los argumentos contra el titán de la trompeta, que nunca dejó de ser un muchacho de Harlem, ni de dirigirse, como lo había hecho toda la vida, a la gente de su raza. Al respecto, hace años anoté yo esta bella declaración suya: “Las personas de los lugares por donde anduve cuando era joven, no tenían, en verdad, muchos estudios. Su educación dejaba mucho que desear, pero eran sinceras. Viví en ese medio y anduve entre esa gente sin que nada malo me ocurriera. Me enseñaron todo cuanto sé, y por eso tengo tanto orgullo de pertenecerles en cuerpo y alma”.
Conocedor de la figura y la obra de Ellison, y habiendo mantenido con él infinidad de conversaciones y de debates, Guy Ducornet, a su regreso a Francia, le dedicará su tesis doctoral, titulándola, muy significativamente, “Ralph Ellison y el concepto de la identidad americana”.

G.Ducornet,Claro de tierra,2004,acrílico/madera
Pero Ducornet quiere sumergirse en el Sur del país, para ver la profundidad del horror racista norteamericano, lo cual va a relatarnos a partir del capítulo 24. Entre quienes lo llevan a dedo, topa, al mando de un ruidoso cacharro, con un auténtico indio seminola de largos cabellos y tatuajes en manos y brazos, como salido del tipi de un western. “Yo tampoco soy americano –le dice al verlo sorprendido–. Soy un seminola de Everglades”. Si el mundo afroamericano ha generado una fabulosa cultura musical, yo creo que no hay absolutamente nada en el mundo que se compare a la sabiduría de las culturas amerindias, en especial del Ártico a las tierras de los tarahumaras y los zapotecas. La presencia amerindia en Annandale Blues es reducida, pero aflora también en una sorpresa: ¡Ralph Ellison, como Breton o Camacho, era coleccionista de muñecas katchina! Cuando Ducornet, a su retorno de su excursión sureña, lo visita en su casa, allí se las encuentra: “inmóviles, siempre jóvenes y vigilantes a su manera serena e infantil, como si sus espíritus estuvieran tranquilamente ocultos en su rincón para inspirar al novelista”. Ducornet le refiere a Ellison el interés de los surrealistas hacia todos los aspectos de las “artes salvajes” y de lo maravilloso, lo que parece agradarle al escritor.
El curso acaba, y Ducornet asiste a las clases de un joven poeta: Donald Finkel, que le habla de Eliot, Pound y Céline, hacia quienes pocas simpatías puede albergar el joven estudiante, y en cambio ni nombra a Lamantia, Ferlinguetti o Charles Olson. Antes, sin duda, el gran Ellison, que estudiaba en su curso a Mark Twain, a William Faulkner, a Hermann Melville.
Este es, sin duda, un libro con swing, o sea un libro con significación, ya que, como es sabido, si no hay swing, nada significa nada. Y el volante lo ha llevado, de cabo a rabo, Guy Ducornet con verdadero arte, como el de nuestro amigo seminola miccosukee que lo trasladó por un trecho de la geografía sureña norteamericana.

miércoles, 16 de enero de 2013

Una cocina explosiva


Este debe ser el último gran libro surrealista del año 2012.
Se trata del número quinto de Patricide, editado por Neil Coombs en el País de Gales, y nos brinda “un festín de comidas, bebidas, poesías, postres, imágenes y prosas surrealistas del mundo entero”. Algunas de las imágenes vienen a todo color, lo que es importante, porque, como dice el pueblo, “también comemos con los ojos”.
La introducción consta de una nota del editor y de un ensayo de Philip Kane ya publicado en el n. 1 de la revista surrealista británica Arcturus, en 2005. Neil Coombs nos recuerda que la alimentación es un arma que debe usarse como protección, advirtiéndonos que, si bien la mayoría de las recetas contenidas en el libro son aptas para su uso culinario, algunas otras son tóxicas (por lo que vienen indicadas con el emblema de la calavera y los huesos cruzados). Philip Kane reflexiona sobre el surrealismo y su “retorno”, en verdad supuesto, ya que el surrealismo no ha dejado de estar nunca en el candelero, pero sus palabras distinguen agudamente entre el surrealismo y sus adulteraciones.
Como antecedentes de The Surrealist Cookbook se me ocurren Meat Art and Surrealist Objects, la admirable colección onírica de Eric Bragg publicada en 2006, y el delicioso Libro de recetas de Ladislav Novak, de 1997, en el que nos encontrábamos con las ostras a lo Toyen, los entremeses a lo Smejkal, los huevos a lo Arp, el cóctel a lo Edouard Jaguer, las alcachofas a lo André Breton o la especialidad a lo Raoul Hausmann. En cuanto a festines, dos recordamos de modo automático, y ambos canibalescos: el de “La nochebuena de Fígaro”, en Crimen de Agustín Espinosa (1934), y el de la exposición Eros, cuyo “maître” fue Meret Oppenheim (1959); curiosamente, el primero era un cadáver masculino, preparado por el propio asesino para que lo devorara su amante (la cabeza va a ser sustituida por la de un cerdo, y sobre la mesa hay pasteles de coco, un castillo de hojaldre, una fuente de “chantilly”...), mientras que el segundo era un bello maniquí femenino (cubierto de apetitosos manjares, que al irse cogiendo dejarían sus desnudeces visibles).

Predominan en The Surrealist Cookbook las recetas y los textos breves, pero los hay también largos, como “Amor al curry” de Stephen Kirin, y “Cocina contemporánea surrealista galesa” de Adrian Dannatt.
Muchos nombres que van desfilando por The Surrealist Cookbook son bien conocidos. Así, John Welson es quien abre el fuego, o el apetito, refiriéndose a Conroy Maddox pero también con una imagen suya, como las hay de Michael Vandelaar, Bill Howe, Peter Overton (de quien es la ilustración de la izquierda), Richard Misiano-Genovese, Rik Lina o Miguel de Carvalho. De Lina es la instantánea de una cena surrealista celebrada en 2008 y el desayuno a base de Los cantos de Maldoror, y de Miguel de Carvalho seis platos típicos de la rica gastronomía portuguesa. Sorprendentes son las imágenes de Lise Holm y John Richardson, así como los dos collages del Inner Island Surrealist Group, por Ron Sakolsky, Sheila Nopper, Pan Bulla y Scot Bullick.
Entre los nombres más ilustres aparecen David Gascoyne, el Dalí surrealista, Luis Buñuel (ineludible a la hora de hablar de los cócteles), Remedios Varo (con su inmortal receta para producir sueños eróticos, clásico entre los clásicos de la materia) y Man Ray (con una antológica “Rayografía servida con suicidio” elaborada por Alexandra Levin, quien se inspiró en la relación Man Ray/Lee Miller, y que la sirve con un chocolate “suicidio”). Es una pena se haya colado en la lista esa rancia Frida Kahlo, quien, por cierto, en el reciente dvd dedicado a Alice Rahon, le define los surrealistas a su amiga como “esos locos intelectuales podridos”.
No olvida la sección de bebidas –que podría dar un volumen independiente– a la reina de todas: la Absenta, con la receta de los surrealistas checos, del mismo modo que el surrealismo egipcio aporta un magnífico té tuareg. Cierra el libro, con varios textos espléndidos, el grupo Surrealist Action Turkey.
Un libro, en fin, que, si bien aparecido en el tránsito de un año para otro de la abominable cronología cristiana (nuestra cronología siempre será otra), tiene validez para todos los momentos del ciclo anual, y del que esperamos ver nuevas ediciones ampliadas.
The Surrealist Cookbook es distribuido por Dark Windows Press (www.darkwindows.co.uk), que a la vez se encarga de otra joya: The Phantoms of Surrealism, la colección de soberbios fotomontajes del propio Neil Coombs (en cambio, por desgracia, el colectivo Alpine Phanthoms ya está agotado).

Ediciones surrealistas: Alex Januário, Miguel de Carvalho

Las pequeñas y bellas ediciones siguen surgiendo en el ámbito del surrealismo. Así, este fin de año, las Edições Loplop han editado de Alex Januário Caixa gris, en 20 ejemplares numerados, mientras que Miguel de Carvalho, en Debout sur l’Oeuf, ofrece 25 ejemplares numerados y rubricados de Relatos de certas madrugadas. Caixa gris se abre con esta cita de André Breton: “los verbos sensoriales se conjugan diversamente de los otros verbos”, pero podría encabezar también, óptimamente, los “relatos” de Miguel de Carvalho, por no decir que todo libro de imágenes surrealistas.


Caixa gris se compone de cinco collages, con la habitual imaginación poética que rige las creaciones de Alex Januário. En el que aquí vemos hay elementos comunes a los restantes: la figura femenina –con destaque para sus ojos–, la fauna inconfesable, los espacios naturales inquietantes –montes y ríos, pero también selvas y desfiladeros–, los fragmentos de ilustraciones de libros médicos...La figura femenina falta del último de la serie, pero no debe hacerlo de los sueños de su protagonista, bien observado por unos ángeles blakianos, presentes por lo demás en otro de los collages.


Relatos de certas madrugadas fue compuesta en el Cabo Mondego, “para celebrar el nuevo ciclo solar del calendario maya”. Consta de una prosa lírico-reflexiva escrita ante los dulces campos del Mondego –que yo conocí muy bien–  y de tres fotografías del propio Miguel de Carvalho, entre ellas esta maravilla:


Damos cuenta de la publicación casi simultánea del cuaderno Hotel Oslo, con cuatro poemas y tres ilustraciones, que son lo que nos interesa, ya que dos son de Miguel de Carvalho y una de Rik Lina. Vemos aquí dos de ellas, tan solo señalando que la del primero lleva por título The last drop.