miércoles, 4 de enero de 2012

Segundo Noa-noa


Este segundo Noa-noa es bien sencillo. Cesariny se ha limitado a fotocopiar el editorial del monumental n. 4 de la revista Arsenal, que acababa de recibir, situando en el paisaje glaciar a los nombres claves del grupo de Chicago: los Rosemont, Paul Garon, Jean-Jacques Jack Dauben, Debra Taub y Robert Green.. Recordemos que Cesariny había participado muy activamente en la exposición del 76 (“Marvelous Freedos/Vigilance of Desire), y que las buenas relaciones con el grupo se mantuvieron siempre, marcando este una fuerte presencia en la exposición del Teatro Ibérico de Lisboa, en 1984.
Por otro lado, Cesariny hace dos curiosas correcciones al margen, que el propio lector podrá considerar.

Roussel, con su caravana de 9 metros en Madrid


Una gran exposición tiene lugar en el Museo Nacional de Madrid, hasta fines de febrero, dedicada a Raymond Roussel. El próximo miércoles confiamos comentar el catálogo de 300 páginas de este evento titulado “Locus Solus. Impresiones de Raymond Roussel”, que a partir del 5 de abril pasará a celebrarse en el museo de Serralves, Oporto.

Yves Bonnefoy, cada vez peor

Hace unos años, Pierre Peuchmaurd escribía que el silencio de Yves Bonnefoy sería bienvenido. Al contrario, Bonnefoy sigue lanzando sus “iluminaciones” al mundo, ahora en forma de respuestas a una cosa llamada “Le monde des religions”, por lo que no extraña verlo hablar de dios, religión, mística, esperanza, teología y otros espantajos miserabilistas, todo ello con adobo de ecologismo y de “lucidez”. Para Bonnefoy la poesía ha cambiado su vida... “ayudándome a liberarme del pensamiento utópico”, y, del mismo modo, es gracias a Rimbaud como ha logrado otra liberación: la del “discurso ingenuo de las vanguardias, comenzando por el surrealismo”. Para otros más avisados (y afortunados), la poesía se alimenta de utopía, y Rimbaud conduce en línea recta al surrealismo, por no decir que es el surrealismo.
Bonnefoy se considera, al parecer, un hombre altamente liberado. Otra cosa más complicada parece ser que nos logremos liberar de él. Que algún día llegue su ansiado silencio.

* Dos citas sobre la utopía:
La utopía extraordinaria suele estar justo a nuestro lado. Ludwig Tieck
Somos utopistas; pero nuestra utopía es la vida, la vida inmediata, la vida que se descubre en su plenitud, aquí y ahora. Jean-Louis Bédouin

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Her de Vries: “La conversation de la Saint-Sylvestre” (2011)

“Anthony Earnshaw. The Imp of Surrealism”


Este es el título de un libro que no puede faltar en una buena biblioteca surrealista. El título del libro esencial sobre una figura incomparable de la aventura surrealista.
Nacido en 1924 en Ilkley, New Yorkshire, Earnshaw es un hombre de Leeds, a donde se traslada su familia en 1934, un año después de que la visión de King Kong impactara profundamente su espíritu infantil. Decisivo es en 1938 su descubrimiento del jazz, que, con el anarquismo y el surrealismo, revelados ya en los años 40, conforma el triángulo incandescente de su vitalidad por el resto de sus días. En 1947 ha iniciado su amistad con otro singular: Georges Melly, ya inmerso en el surrealismo, y es entonces cuando Earnshaw comienza a hacer dibujos y collages. En 1967, participa en la exposición de Exeter “The Enchanted Domaine”, organizada por el motor del surrealismo británico, John Lyle, en cuya revista TransformaCtion colabora desde el 68. En 1995, viajando a París con Stephen Clark y Ken Cox, visita las tumbas de Breton y Péret. Le quedaban seis años de vida.
Edita el libro, y lo prologa, Les Coleman. A lo largo de cerca de 200 páginas, perfectamente ilustradas, diferentes trabajos, sin ningún lunar, pasan revista a una obra tan rica como variopinta: cajas, dibujos, comics, novelas, pinturas, aforismos, alfabetos, y todo ello sin las repeticiones tan frecuentes en tantos “grandes artistas”. Hay además, en Tony Earnshaw, todo un arte de vivir, porque de la conjunción citada no se puede esperar otra cosa. Su anarquismo tiene como trasfondo la explotación obrera de Leeds, el nazismo, la bomba atómica. Su jazz es el hot jazz, desde las grabaciones pioneras de Armstrong y con una fuerte impronta de blues (Bessie a la cabeza) y de New Orleans. El surrealismo le permitió hermanar libertad, imaginación y poesía, de un modo que nos hace pensar en Ted Joans.
Lo grande de este libro es permitirnos poseer por fin una visión plena de una figura que sabíamos esencial pero que solo conocíamos fragmentariamente. Michel Remy, el principal conocedor del surrealismo británico, traza una semblanza en el primer trabajo, “El surrealista contagioso”, señalando –y concordamos– que Earnshaw hubiera sido incluido por Breton en la Antología del humor negro. También, que las aventuras de Musrum y de Christmas evocan las creaciones poéticas de Breton y Péret, o, en el surrealismo inglés, de Hugh Sykes Davies y de Ithell Colquhoun.
Sigue el testimonio de su última compañera, Gail Earnshaw, quien evoca la importancia de su amistad con Melly –que además se convirtió en un entusiasta, comprándole muchas obras– y con Patrick Hughes.


La crítica Dawn Ades aborda luego algunos de sus cuadros, que comenta con acierto. Una declaración del artista deja claro que el cubismo y el futurismo enseñados en las academias nunca lo hubieran hecho interesarse por la pintura, a diferencia del surrealismo: “El surrealismo es un espíritu de rebelión, que se expresa con humor, dando un palmo de narices, desbaratándolo todo para criticar la civilización occidental con toda su arrogancia”.
Michael Richardson se ocupa de las novelas, Musrum y Wintersol. A Musrum lo ve como un pariente del Dr. Faustroll, siendo su novela una novela de aforismos, una “anti-historia”, más espontánea en conjunto que Wintersol. Estos libros, como el cómic Wokker, los hizo Earnshaw en colaboración con Eric Thacker, algo que resulta sorprendente, ya que este, aparte apasionado del blues y el jazz, era... un pastor protestante. Yo tenía noticias de él como crítico de jazz, conocedor sin duda, aunque a mucha distancia de los grandes (Martin Williams, Dan Morgenstern, Gunther Schuller). En cuanto a lo de la pastoricia, Thacker era su amigo desde la infancia, y a no dudarlo Earnshaw no es de aquellos anarquistas que se fotografiaban muy felices pegándoles un tiro en la cabeza a unos curas descerebrados durante la guerra de España.
George Hardie aborda los alfabetos de Earnshaw, uno de sus títulos de gloria, y analiza la mecánica creativa de las diferentes letras. Michel Remy habla de una “revuelta de las letras contra la apariencia estereotipada dada e impuesta por los diccionarios, por los hábitos mentales repetitivos, y la consiguiente pérdida de poderes imaginativos”. De los 8 alfabetos secretos, se reproduce en este trabajo de Hardie un ejemplo de cada letra.
Uno de sus buenos amigos, Paul Hammond, analiza el libro de dibujos de 1973 On 25 poses, “trabajo de umoralismo, en el sentido de Jacques Vaché”, mostrando cómo se vale de la blasfemia, el erotismo y el enigma para socavar la moral tradicional. Hammond advierte en estos dibujos relaciones con los plintos de Chirico y con los dibujos que Blake hizo para los Pensamientos nocturnos de Young.


Con Roger Sabin entramos en el mundo de una de las grandes creaciones earnsháwicas: los cómics de Wokker, cuyo gran antecedente es sin duda Krazy Kat, pero que tal es su originalidad que resultan inclasificables en la ortodoxia del cómic, aparte estar hechos por no profesionales. Es más, ninguna historia del cómic los cita, ni pertenecen siquiera al movimiento underground del cómic –a lo que pertenecen es al Surrealismo y al Anarquismo. Y no olvidemos, junto al extraordinario personaje de Wokker, a otra creación insólita de otro surrealista: el Flook que lanzó Georges Melly en la prensa de los años 60. Al principio, Wokker no tenía ruedas ni orejas, que luego se le añadieron. Thacker fue cansándose de él, pero no Earnshaw, que siguió fiel a este personaje de órdago, revolucionario maestro del surrealismo y del absurdo.
Jean Heartfield y Patrick Hugues se encargan de los objetos y las cajas, para los que el artista se valía de los detritus de la civilización industrial. Earnshaw quería distinguirse nítidamente de Cornell, quien solo ponía en sus cajas objetos encontrados, y con un sentimiento de melancolía al que el poeta de Leeds es ajeno. Sus cajas son ante todo provocadoras, corrosivas, y para Heartfield y Hughes suponen “su apoteosis”. Comentan con agudeza varias, entre ellas La novia con sus solteros, de nuevo: después de Marcel Duchamp y Mariën en cachette, lo que vale para recordarnos que Earnshaw aparece en la segunda época de Les Lèvres Nues, y que incluso visitó a Mariën en 1984, junto a Hughes  y Coleman. Este y Chris Vine comentan más obras de Earnshaw en los últimos trabajos del libro.
Aún The Imp of Surrealism nos brinda algunas sorpresas. La primera es una miscelánea de anécdotas y recuerdos en que destacan los testimonios de Hughes, Hammond, Coleman y Glen Baxter, este evocando su estudio, cueva de Aladino repleta de objetos, cajas y collages a la espera del toque final que los convirtiera en “una pieza de misterio y maravilla”. Es en este apartado donde se reproducen el Retrato de Benjamin Péret (1990), con su monóculo y su pajarita, y el homenaje a André Breton La luz que dejará de apagarse (1989):


El segundo bonus es una antología de escritos y aforismos (sobre el mar, sobre el rey Neptuno, sobre las esquinas).
Y el tercero, una entrevista cojonuda para la radio en 1987, y que redondea un libro que es una verdadera maravilla.
“La idea de rebelión y de una manera diferente de ver la vida ha estado siempre en mí”.
“El surrealismo venía a ser para mí el hogar. Estaba por fin entre amigos, después de haberme pasado la vida en una tierra extraña. El hechizo de entonces permanece como un diablillo que embruja mi vida hasta el presente”.
“¡Abajo las estalactitas! ¡Arriba las estalagmitas!”

Théodore Brauner


Figura muy singular es el fotógrafo Théodore Brauner, sobre quien el pasado 24 de diciembre se cerraba una triple exposición, compuesta por un total de 60 obras. El trío lo formaban las máscaras, los “solarfijos” y las imágenes del “visitante nocturno”, a todas las cuales se refiere Edouard Jaguer en su fundamental Les mystères de la chambre noire. Una publicación de las ediciones Le Minotaure ha acompañado esta muestra.
Recordemos que los “solarfijos” y las máscaras fueron objeto de un pequeño catálogo en 2001 de las galerías neoyorquinas Ubu y Janos Gat. Faltaba pues volver sobre el “visitante nocturno”.
Aún es posible obtener vía Iberlibro algún ejemplar barato de Silent visitor, insólito libro surrealista de fotos y textos, que Brauner publicó en Nueva York en 1962. En él nos refiere cómo, en el apartamento de Tel Aviv donde residía, por la noche desaparecían los plátanos que tenía en una cesta de la cocina, solo restando las cáscaras. Intrigado, consigue descubrir, por un artilugio fotográfico, el misterio. Se trataba al fin de un murciélago que entraba por la ventana siempre abierta. Los que verían estas fotos, pensaron que era el resultado de un truco fotográfico, e incluso el linotipista que imprimió el libro le alabó tanta imaginación. Asesorado por un especialista en la materia, advierte en una de las fotos que el murciélago es una hembra que viaja con su cría, para la que necesitaba este alimento.


Brauner no se queda en esto, sino que busca averiguar de dónde procede el animal. Y resulta ser un pozo abandonado, donde viven cientos de murciélagos. Los fotografía con todo sigilo en sus bizarras posiciones, sin que ellos, pese a abrir los ojos, tomen miedo de él. Es más hasta le parece que les gusta la visita y que actúan para él.


El libro concluye con unos comentarios científicos sobre los murciélagos, así como un repaso a los mitos, leyendas y creencias sobre ellos.
La experiencia es fascinante, y las fotos  –16 en total– impresionantes.

Zuca Sardan ilustra a la Monja Portuguesa


Hay infinidad de ediciones de las cartas de la Monja de Beja, Sor Mariana Alcoforado, pero ninguna como esta que acaba de aparecer en Tenerife, en las ediciones de La Página. Y es que, junto a la traducción al castellano, obra de Domingo-Luis Hernández, hay un suculento festín de imágenes (unas 40) de Zuca Sardan en el estilo de maestro del umor que le es propio e intransferible. El libro, de capa dura y pequeñas dimensiones, es una joya. Claro que de Guilleragues y el militar galo no resta nada, y todo el mérito va para Sor Mariana y para el maestro Zuca, quien sin duda, de haber merodeado por la época, hubiera sustituido de inmediato al tonto capitán en los favores de la apasionada monja, que recordemos tanto cautivó a los surrealistas (es, como sabemos, una de las figuras del Juego de Marsella: la Sirena del Amor, dibujada por André Masson).