sábado, 16 de junio de 2018

¿Qué es eso que no tiene precio?

Este nuevo libro ensayístico de Annie Le Brun, titulado Ce qui n’a pas de prix, es una lúcida e implacable embestida contra el “realismo globalista”, cuyas concomitancias con el tristemente célebre “realismo socialista” la autora no deja de señalar. La temática que se aborda al principio no me parecía demasiado interesante: la exacerbación del mercado del arte desde los años 90 (el arte convertido en mercancía y viceversa), y señal de lo alejado que estoy de todo eso es que el conocimiento que tengo de la obra de los artistas que cita Annie Le Brun, como Anish Kapoor, Jef Koons, Bure, Baselitz, Richter, Kiefer, Damien Hirst, Maurizio Cattelan, Georges Didi-Huberman y Andreas Gursky, ni siquiera cabe en el ojo de una aguja –hasta es la primera vez que los veo nombrados, exceptuado el tal Koons, que me suena porque Guy Ducornet atacó una megalómana exposición suya en París hace un par de años. Pero el ensayo de Annie Le Brun justifica pronto esta diatriba contra el “arte de los vencedores” para convertirse en una denuncia generalizada de lo cada vez más “mucho de realidad” que atiborra un mundo donde ya “nada existe que no haya sido transformado o corrompido, de modo irreversible”, tema que fue el motor de mi libro Lusitania fantasma, donde estudié ese proceso en la tierra y en el viejo pueblo portugués a lo largo precisamente de esa década de los 90, y donde también hay un réquiem por la desaparición de la “belleza viva” que Annie Le Brun aprecia en las artes y tradiciones populares, “formidable dique contra la fealdad”, apoyándose siempre en el gran William Morris (su guía o principal apoyo a lo largo de toda la obra), para quien, en palabras que cita la propia Annie Le Brun, el arte engloba “la configuración de todos los aspectos de nuestra vida”. Es el “instinto de belleza” lo que constantemente es humillado con ese bombardeo incesante de imágenes insignificantes y mercancías horrorosas, “consecuencia de la mercantilización delirante, indisociable del auge informático”, o no asociara Annie Le Brun justamente los fenómenos que estudia en el arte contemporáneo a la instalación mundial de internet en esa misma década funesta (dicho sea de paso –y ella misma lo apunta–, toda esta degradación final, todo este espeluznante “afeamiento del mundo”, ya está anunciado potentemente en los años 80, tras haber comenzado a encontrar vías libres después de la segunda guerra mundial).
Pero poco a poco las gentes se han ido habituando a todo esto, y uno empieza a pensar si dentro de no mucho tiempo ya no habrá a quien pasarle el testimonio, si un libro como este de Annie Le Brun no se convertirá en ininteligible. Es lo que sospecho cuando observo cómo los artículos y libros de los pensadores “radicales” suelen reservarse para el final el ta-ta-ta de la nota “optimista”, que tal vez no sea en el fondo sino el fruto de una complaciente consideración del estado del mundo y de la vida, de una cierta adaptación a lo que hay, cuando no una ignorancia supina de la magnitud del descalabro o simplemente una muestra de estupidez. Parafraseando a Man Ray, siempre será mejor verse uno desengañado como pesimista que como optimista (si es que el pesimismo no es ya una forma de optimismo), máxime cuando el pesimismo revolucionario no implica ni una cesión en la postura radical contra lo que hay (contra su “poco” o “mucho” de realidad) ni merma alguna de la pasión que nos inclina hacia la belleza de que hablaba Morris y de que habla Annie Le Brun. Aunque nuestra ensayista no da el paso que podía haber dado, y prefiere, por fortuna moderadamente, tocar al final la tecla positiva o “esperanzada” con la alusión a algunas plumas en la balanza, resulta muy saludable que acabe invitando al “sabotaje sistemático, individual o colectivo” y a la deserción que nos sitúe lo más lejos posible de los “vencedores”. Eso, sin duda.
Lo que sí puede afirmarse es que esas plumas en la balanza (pero solo las más aladas, las que alimenta la poesía, en el sentido rimbaldiano que Annie Le Brun apunta) constituyen para nosotros todo o casi todo. Así, me alegró sobremanera ver cómo, en el “rechazo de lo que es”, se esgrime una obra cuya excepcionalidad yo aquí mismo subrayé, incluyéndola incluso en la cronología general del surrealismo que he ido elaborando: Le gazouillis des éléphants, la antología de unos 350 singulares al pie de los caminos y carreteras de Francia realizada por Bruno Montpied. Además, Annie Le Brun hace muy bien al derribar fronteras artificiales como las levantadas por Jean Dubuffet, no viendo diferencia esencial entre la obra de esa infinidad de inspirados de origen popular y un Víctor Hugo construyendo su torre, entre un Cartero Cheval y un Vicino Orsini.
Este es un ensayo vivamente recomendado, y es que obras como esta son las que menos abundan y más hacen falta. No solo Annie Le Brun va cimentando de modo admirable las argumentaciones de su tema principal, sino que prodiga jugosas notas críticas sobre numerosos temas y motivos: el gigantismo artístico (me entero de que los chinos le iban a regalar a la ciudad natal de Marx una descomunal estatua suya); el papel de la filosofía de la deconstrucción en el mercantilismo artístico contemporáneo; las imposturas museísticas y la de los “patrimonios mundiales”; los juegos de vídeo; los aeropuertos como centros comerciales a escala planetaria; las modas –muy bien desenmascaradas– de los vaqueros desgarrados y los tatuajes; la “siniestra industria” del turismo; la “religión” del deporte y sus vínculos con la moda y el arte (el vestido deportivo como “uniforme del consumidor ordinario”, como “imagen de la sumisión feliz que se ignora”); el culto del yo y de la competición; la alienación tecnológica; el amor de las máquinas (hasta hay surrealistas actuales, añadiré, que alegremente ven algo bueno en la robotización), etc.
También, como suele ocurrir en sus ensayos, Annie Le Brun nos remite a figuras no lo suficientemente conocidas, como Elisée Reclus o Joseph Déjacque, y nos incita a la lectura de obras que tan solo por señalarlas ella ya poseen interés, como La manipulation des images dans l’art contemporain de Catherine Grenier o L’obsolescence de l’homme de Günther Anders.

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En nota de contraportada se dice de la autora, al modo shusteriano, que “ha participado en los últimos años del movimiento surrealista”, lo que obviamente no se corresponde con la realidad, primero porque el Grupo Surrealista de París no era el “movimiento surrealista” (afirmar otra cosa es despreciar el internacionalismo surrealista) y segundo porque tan solo al año de la “autodisolución” del grupo surgió el que comenzó expresándose a través del Bulletin de Liaison Surréaliste con nombres de primera línea presentes casi todos en L’Archibras (Joyce Mansour, Vincent Bounoure, Jorge Camacho, Guy Cabanel, Jean-Louis Bédouin, Jacques Abeille, Gabriel Der Kevorkian, Marianne Van Hirtum, etc.) y que prolongarían la existencia del grupo, renovado hasta el momento presente.