martes, 28 de julio de 2015

Al día

Le Grand Tamanoir publica Les coulisses du plomb, prosas poéticas de Guy Girard con polaroides de Christian Martinache y prefacio de Jean-Pierre Lassalle, para quien “el cometa surrealista no cesa una y otra vez de pasar y de vivificarnos con sus incandescencias y sus luminiscencias”.
En la nota final, se nos dice que Guy Girard descubrió hacia los 17 años “que la poesía no es un departamento de la literatura y que el surrealismo no puede más que tener ante sí bellos días”. Estamos pues hacia 1976, y Guy Girard cambia en el instituto donde estudiaba un disco de Johnny Halliday por un libro de Sarane Alexandrian sobre la pintura surrealista, evidentemente L’art surréaliste, que se había editado en 1969. Este libro lo compré yo en Madrid en noviembre de 1976, y aún tiene un sello que dice lo había importado a España Ammon-Ra (¡!), lo que se asociaba muy bien al nombre que puse en el frontispicio y de que yo me valía por aquellos años: “Kême” (la tierra negra: de ahí alquimia). Fue un libro muy importante para mi acceso cada vez más disciplinado, riguroso y certero al surrealismo plástico, con muchas ilustraciones de obras que entonces no eran para nada lo conocidas que son hoy y comentarios siempre iluminadores de Sarane Alexandrian, ni remotamente pudiendo yo sospechar que lo llegaría a conocer y hasta que me honraría con su amistad.

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Otro número de Drosera. Comunicación onírica, dirigida por Vicente Gutiérrez y Bruno Jacobs, acaba de aparecer. Sus dos páginas, muy bien diseñadas, incluyen fotos de Eugenio Castro y Sasha Vlad (con su célebre manto de clips), una lista de libros vistos en sueños por Dan Stanciu, una frase onírica de Noé Ortega, un objeto onírico de Bruno Jacobs, un sueño analizado de Julio Monteverde, etc.
Como era de esperar, esa noche tuve yo un sueño memorable. Demasiado tortuoso para demorarme en él, solo referiré que acababa en un ventorrillo de un terreno baldío situado en un montículo, y que remataba la lona del ventorrillo una cabeza de carnero blanco que era inequívocamente la del carnerito del llamado Chalé Suisso del Campo Alegre de Oporto, un quiosco donde alguna que otra vez paré para tomarme un vaso de vino verde, en mis fantasmales recorridos por la desembocadura del Duero hasta un océano por lo general tormentoso. Al poco tiempo de este sueño con que desperté, bajé a la playa de la Bodega de Taganana y, como de costumbre, anduve un par de horas hasta que me di un chapuzón. Me senté en las piedras y me puse a leer, por cierto que el panfleto Appel d’air de Annie Le Brun, defensa de la imagen poética. Había quedado con una amiga que venía del Norte y que, para avisarme de su llegada, me tiró tres pequeños callaos, solo el tercero notándolo yo. Como siempre le pregunto por sus sueños, me dice que esa noche soñó que iba por un camino de la montaña y estaban unos fulanos tirando callaos hacia abajo, hasta que ella, al tercer callao que tiraron, les llamó la atención porque podía ir gente por la carretera. Añadiré que esta amiga cree sin sombra de duda que los sueños pueden y suelen anunciar hechos del día siguiente, y que sobre esta cuestión versa precisamente el texto de Julio Monteverde. (En ese sueño, volvía yo al Hotel París de Oporto, donde tantos años me quedé, y en una silla junto a la recepción me encontraba con su viejo gerente, el señor Constante González, que fue tan amigo mío, haciéndome pensar al verlo que no había muerto sino que me habían engañado; dos días después, buscando en vano una foto mía del quiosco para acompañar esta nota –quien sea curioso le basta con pinchar Chalé Suisso, Passeio Alegre, Porto–, me encuentro, después de algunos años, con las dos únicas fotos que conservo del señor Constante en su hotel de la Rua da Fábrica.)

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En Madrid, Javier Gálvez inicia, siempre en formato plegable, las ediciones El Ojo de Buey, y lo hace con su vocación de lexicógrafo y de teórico científico. Así, el ojo de buey es definido como “orificio circular en la parte frontal del pensamiento, que permite airear e iluminar la parte reprimida del imaginario”; y se afirma categóricamente que “el anverso y el reverso dejan de concebirse contradictoriamente al situar la mirada sobre un eje de traslación”.
La colección de El Ojo del Buey pretende dar salida al trabajo fotográfico de Javier Gálvez, que siempre hemos seguido con tanto interés. El inversage fue inventado por Milan Napravnik, y Gálvez lo practica desde hace muchos años. Él mismo reproduce la definición dada por el surrealista checo: “El inversage es un método surrealista para crear una realidad mágica a partir de la unión de dos o más imágenes invertidas de objetos reales, de partes de esos mismos objetos, o de estructuras abstractas”. Gálvez tradujo en el n. 10 de Salamandra el gran texto teórico de Napravnik, escrito en mayo de 1977, y aportó en el mismo número algunos ejemplos propios.
De Inversages se ha hecho una tirada de 30 ejemplares numerados del 30 al 30 (sic). De los seis inversages reproducidos, elijo el que más me ha impactado, y que se acompaña de la leyenda “El sueño nunca duerme”:



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Anotemos dos publicaciones señaladas en el flamante n. 114 de Infosurr y no advertidas en Surrint.
Conspiración de un bosque tropical (Samenzwering van het egenwoud) es un poemario del surrealista holandés Jan Bervoets publicado el año pasado, con dibujos de Rik Lina.
También el año pasado apareció Headworks, de Desmond Morris, reunión de sus poemas surrealistas desde 1945, en este caso con ilustraciones propias de pequeños cuadros pintados para la ocasión. Edita Dark Window Press.

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Las ediciones surrealistas Anon han traducido al inglés el polémico texto de Alain Joubert que abría el almanaque de Brumes Blondes. Los traductores son Laurens Vancrevel y Paul McRandle, y las ilustraciones y la maqueta se deben a Raman Rao. En portada, un detalle de Madame Rosa, vidente, de Clovis Trouille.

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Katalox Kolax, “panfleto sulfuroso de evaporación periódico” donde pontifica Zuca Sardan, acaba de publicarse en edición digital, pero vamos a ver si hay una edición en papel que nos permita comentarlo como se debe. Quede aquí la noticia de su aparición, para la legión de seguidores del bravo e indesmayable Capitán Sardan.

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Al igual que la revista digital Agulha, en Materika acostumbran salir interesantes trabajos sobre el surrealismo. En el n. 10 tenemos a Raúl Henao (cuya sola firma ya le da realce a un texto, trate de lo que trate) ocupándose de Eunice Odio, tan apreciada en su tiempo por Eugenio Granell. Hay además un ensayo de Enrique de Santiago sobre el gran Ludwig Zeller y la muy interesante entrevista a Amirah Gazel que aquí comentamos en su momento.

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Otro colosal número de la revista libertaria A Ideia (75-76) dedicado al surrealismo está a punto de salir. Vuelve a centrarse en el Café Gelo, pero incluye además un dossier brasileño, con Sergio Lima en destaque. La riqueza de contenido es extraordinaria.

martes, 21 de julio de 2015

Memorias surrealistas de Radovan Ivsic

Es una fortuna disponer de los escritos de Radovan Ivsic en una editorial de buena difusión como Gallimard. Ya habían aparecido allí sus poemas (Poèmes, 2004), su teatro (Théâtre, 2005), sus textos críticos (Cascades, 2006) y su “controversia” sobre el teatro (À tout rompre, 2011), configurando todo ello un conjunto extraordinario, ineludible en cualquier panorama del surrealismo. Radovan Ivsic fue uno de los grandes nombres de los últimos grupos parisinos en torno a André Breton.
Rappelez-vous cela, rappelez-vous bien tout, frase que en varias ocasiones le profirió Breton, es la narración de una serie de encuentros y sucesos azarosos, del “extraordinario encadenamiento de circunstancias” que lo llevaron de su Croacia natal al París de los surrealistas. Es por tanto un testimonio y un documento del máximo valor, por venir de quien viene.
Todo comienza en 1954, en la Yugoslavia de Tito, lo que obliga a desgranar una serie de infamias comunistas, algunas de carácter bien grotesco, como el reproche de escribir poemas sin puntuación porque ello era “una injuria a la clase obrera”, o el veto a hablar del amor y de la muerte porque el primero es un “prejuicio burgués” y la segunda había que escamotearla en beneficio de “la alegre competición socialista de los planes quinquenales”. Ya en Cascades encontramos varios textos sobre la represión sistemática y cotidiana del régimen titista, pero aquí se añaden otros datos, como el de Goli Otok, la Isla Desnuda, siempre azotada por los vientos y así llamada por su aridez, que convirtió el mariscal en cárcel de sus adversarios políticos, donde los metía “discretamente y sin ningún proceso”. También consagraba en Cascades una serie de artículos definitivos al peculiar fenómeno acontecido con los surrealistas yugoslavos, ya que casi todos renegaron del surrealismo para convertirse en notables figuras del régimen. Ahora leemos: “Tras mi experiencia en Yugoslavia, donde tuve ocasión de ver el comportamiento de la mayoría de unos y otros, mi alergia a los literatos y a los artistas llegó a su colmo. No llegaba a comprender cómo casi todos habían renegado de lo que pretendían ser”. Ya en París, cuando Breton le comenta cómo al principio el surrealismo tenía en contra a todo el mundo, Ivsic le responde que desde entonces era peor, ya que había que añadir también a los propios surrealistas convertidos en estalinistas y a otros como un Max Ernst, que se habían aplicado a olvidar su revuelta inicial, resultando en conjunto mucho más temibles, “puesto que conocían las posiciones y sabían utilizar nuestras armas”. Breton le responde con la “nostalgia de lo que había en Dada de irrecuperable”, aunque yo en seguida le hubiera recordado el caso quizás más aberrante entre todos: el de Tristan Tzara, quien precisamente evolucionó del dadaísmo al estalinismo –no impidiendo ello, por cierto, que se haya convertido en objeto de culto de tantos críticos y profesores. En Yugoslavia, el más llamativo de esos casos fue el de Marco Ristic, pero cuando Radovan Ivsic señala cómo Breton nunca lo volvió a ver ni a él ni al resto de los ex surrealistas yugoslavos, no vendría mal señalar que sí lo incluyó en la lista de nombres que respondieron a la encuesta de L’art magique, en 1957.
Muy bello es el relato de los azares que lo llevan de su puesto de guarda forestal en las afueras de Zagreb a París. Ya allí, interesado por contactar con los trotskistas o los anarquistas, o sea con una izquierda antiestalinista que había desaparecido de Yugoslavia, se encuentra de inmediato, sin esperárselo en absoluto –le abre la puerta del apartamento de una amiga con la que ha quedado–, nada menos que con Benjamin Péret, a quien evocará magníficamente en un coloquio reproducido en Cascades. El encadenamiento es inmediato: Breton, Toyen, el café surrealista... En seguida simpatiza con Toyen, venida también de la dictadura comunista y que no se dejará engañar ni por el canto de la sirena barbuda de Cuba: “Si Benjamin Péret ha podido ver durante la guerra española a los estalinistas en acción y Breton ha sido uno de los primeros en levantarse contra los procesos de Moscú, en la nueva generación, incluso los antiestalinianos convictos, dado el impacto de la propaganda del PCF, no estaban capacitados, a pesar de su buena voluntad, para imaginar lo que Toyen y yo, cada uno por su lado, habíamos podido constatar día tras día”. Así, refiere en seguida cómo, en 1956, al preparar Jean Schuster el panfleto Au tour des livrées sanglantes, denuncia del estalinismo del PCF y de su ilustración a través del inmortal poema de Éluard a Stalin, aludía a “la explotación del hombre por el hombre en régimen capitalista”, advirtiendo Ivsic que esa explotación se daba también en los regímenes comunistas, por lo cual Breton pidió de inmediato que se pusiera “en régimen capitalista o no”.
Radovan Ivsic ha dedicado muy bellas páginas a Toyen. Refiere aquí cómo la descubrió a los 18 años cuando encontró en una librería de Zagreb el Diccionario abreviado del surrealismo, que contenía una reproducción de La dormeuse, una de sus pinturas emblemáticas. Al final de Rappelez-vous cela, rappelez-vous bien tout, hay unas breves semblanzas de nombres citados en la obra, y en el de Toyen se dice justamente que “su revuelta irreductible es indisociable de la búsqueda poética que ella prosigue a través de su pintura, sus dibujos o sus collages” y que “no se ha medido aún cuál habrá sido para el surrealismo la fuerza poética de su aportación, cuya carga erótica abre sobre un nuevo mundo amoroso”. Pero la valoración de Toyen está para mí dirimida hace tiempo: es la figura más grande del surrealismo con Breton y Péret (y Tanguy si me apuran) y la artista más extraordinaria del siglo XX. Breton la reconoció en una de sus dedicatorias como su “amiga entre todas las mujeres”, y Radovan Ivsic cuenta cómo, al acompañarla al hospital Laennec en 1980, tal cual había hecho al Lariboisière con Breton en 1966, vino a ser atendido por el mismo médico de entonces, concluyendo el libro con la conocida observación de Novalis: “Los hombres marchan por caminos diversos; quien los sigue y compara verá nacer extrañas figuras”.

En el estudio de André Breton, 1954

Pero la figura central de de Rappelez-vous cela, rappelez-vous bien tout es André Breton. Lo vemos en su ya legendario estudio, que Ivsic califica, en la imposibilidad de traducirlo por ninguna imagen, como un “bosque de presencias”. Solo el madrileño de Ramón Gómez de la Serna, aunque, por supuesto, sin la magia ni la riqueza poética del bretoniano, puedo yo evocar al respecto; tanto en uno como otro caso, su reelaboración museística resulta un pálido remedo, pero en el de la Rue Fontaine el hecho es más dramático, ya que, en efecto, este “no habrá sido nunca una colección sino una suerte de manifiesto para afirmar la «verdadera vida» y, por ello mismo, mantener a distancia las fuerzas mortíferas del siglo”. Del mismo modo, las obras que contenía han decaído desde que han ido a parar a colecciones públicas o privadas, y Radovan Ivsic pone el ejemplo del Guillermo Tell de Dalí, hoy en el centro de Les Halles, y ya sin el poder que para él tenía en el estudio de Breton.
Ivsic se detiene sobre todo en los últimos años de Breton, con confidencias cuyo tono recuerda el del tan interesante libro de Charles Duits André Breton a-t-il dit passe. La relación muy cercana que tuvo con Breton en París y en Saint-Cirq-Lapopie dan una nota de intimismo a estas páginas en que no faltan las banalidades, como cuando le dice: “He vivido como he querido. No lamento nada. Evidentemente, tengo miedo del dolor”, o como cuando escuchan cerca de un restaurante a un cochinillo que gruñe y Breton “reacciona instantáneamente como en un suspiro: «Incluso él quiere señalar su presencia. Él tiene también necesidad de afecto»”. ¿Eso son cosas que se cuenten? En los últimos meses de su vida, Breton, que detecta también una pérdida de facultades mentales, daba muestras de un cierto patetismo que no debe darse nunca a las cosas propias (a fin de cuentas, ¿qué importancia tiene uno?) y también de una paranoia que debía serle consustancial. Hay también opiniones deplorables, como la de su orgullo de la lengua francesa, que a mí en particular me parece tan pobre y defectuosa como la inglesa, la alemana o la española; claro que Breton se refiere al lenguaje poético, pero aun así me parece ello deberse a que él, a diferencia de un Péret, aún mantenía relaciones esenciales con la poesía simbolista. Pero tampoco faltan, felizmente, las notas de humor negro, como cuando, en esa preocupación por su muerte, dice que le gustaría ser enterrado dentro de un reloj de consola, especulando divertidamente con las molestias que ocasionaría al relojero. Esta me parece la única actitud aceptable respecto a la muerte propia.
Ivsic da también la visión de un Breton que a veces se contradecía hasta sobre la marcha, y esto hay que agradecérselo, porque hay no pocos falsos testigos del surrealismo que solo evocan lo que sirve a sus intereses y a sus ideas más espurias. Así, preocupado por el futuro del surrealismo, tras decirle que Jean Schuster sabrá hacerle frente a los momentos difíciles que esperan, le espeta que “la muerte del surrealismo vendrá del lado de Dionys Mascolo por Jean Schuster”. A Breton ni se le hubiera pasado por la cabeza, pese a sus capacidades proféticas a veces certeras, pensar que sería Vincent Bounoure, de quien deplora entonces un negativismo sistemático, el llamado a garantizar la continuidad de la aventura surrealista en su país de origen, frente a las tristes operaciones mortuorias de los Schuster, Pierre, Courtot y Silbermann. Sobre el jefe de la cuadrilla, Ivsic refiere una divertida anécdota. Exaltado por la lectura de Las palabras y las cosas de Foucault, Schuster, en Saint-Cirq-Lapopie se lanza a un panegírico, queriendo convencer a sus amigos de su importancia, cuya originalidad sería “cambiar radicalmente la manera de considerar la historia”. Annie Le Brun ya había leído el libraco de Foucault, pareciéndole, como lo era, “uno de los avatares de la moda textual”, y el propio Ivsic no recordaba con mucho afecto el ensayo de Foucault sobre Roussel. Otro día, Schuster, con Breton presente, se lanza a otra apología de la obra, tras la cual Breton guarda silencio unos momentos y pregunta: “Pero bueno ¿y qué es lo que este libro nos aporta a nosotros?” Punto final y, como dice con gracia Ivsic, “salida para siempre del profesor Foucault, salida para siempre de Las palabras y las cosas”.
Hay páginas donde se da mucha información sobre los cafés, los juegos, las revistas, las exposiciones del surrealismo. Hasta febrero de 1969, Ivsic acude casi todos los días a las reuniones de los distintos cafés: “Le Musset”, dos o tres de la rue Vivienne (porque allí vivía Lautréamont al final de su vida) y el más conocido de los últimos: “À la Promenade de Vénus”. Para Ivsic, esta práctica del café fue “probablemente establecida por Apollinaire”, para luego Breton reforzarla y mantenerla durante casi medio siglo: “¡Y qué medio siglo! Dos guerras mundiales, Auschwitz, el Gulag, la bomba atómica, la guerra fría, la ciencia metida en vereda, la elefantiasis de las finanzas mundiales... Y en medio de todo esto, ese café, frágil y fantasmal bajel que no habrá cesado de intentar, contra viento y marea, mantener el rumbo. Muchos de los que habían deseado estar en el viaje fueron arrastrados por las terribles tempestades del siglo, pero, durante años, siempre hubo personas nuevas que quisieron embarcar”.
Uno de los juegos a que alude es el de las “cartas de analogía”. Intención lúdica tenían también los “autorretratos imaginarios”, con el fenómeno de azar objetivo a que dio lugar el de Mimi Parent, referido por Ivsic en el n. 1 de La Brèche en un texto que le pidió Breton y que luego no pudo Édouard Jaguer dejar de incluir en Les mystères de la chambre noire. Pero la gran revelación es, sin duda alguna, la de un juego colectivo que no ha sido nunca repertoriado por la sencilla razón de que se desconocía el sentido de lo que ha sobrevivido de él: unas palabras encadenadas de Breton, acompañadas de unos dibujos en que a su vez se encadenaban sus designaciones. Jean-Michel Goutier reproduce en Je vois j’imagine (pp. 152-183), la capital recopilación exhaustiva de las intervenciones plásticas de Breton, once hojas del juego, presentándolas, al no saber de qué se trataba, como “investigación sobre el automatismo”. Por la misma razón, Jean-Claude Blachère, en un buen artículo aparecido en el n. XXVI de Mélusine, llegaba a ver estas hojas nada menos que como el “testamento” de Breton, y Georges Sebbag, en “Las imágenes animadas”, capítulo de Potence avec paratonnerre. Surréalisme et philosophie, las consideraba, junto al hallazgo de la Piedra Estrellada –que por cierto Ivsic va a fotografiar–, como las últimas irrupciones de la “duración automática”. En cualquier caso, esto muestra, una vez más, que los juegos son en el surrealismo todo menos una actividad banal. Ivsic describe las reglas del juego –ideado algunos años atrás por el propio Breton– y señala su elemento onírico, ya que las figuras eran dibujadas con los ojos cerrados, recordándose las palabras confusamente; el resultado era sorprendentemente común, aboliéndose las diferencias entre los pintores y los que no lo eran.


Con respecto a las revistas, Ivsic afirma que “a pesar de sus imperfecciones siguen siendo de las últimas tribunas libres en un siglo que se ensombrece”. Pero algunos de los últimos incorporados a ellas, a su juicio, no llegaron a medir “hasta qué punto el mundo de la técnica triunfante habrá estado relacionado con el totalitarismo, si no con los campos de concentración, antes de doblarse con una novedad atómica y con su negación que no puede engendrar más que falsa conciencia y falsificaciones de todo género”.
De las exposiciones, Ivsic intervino en la de “Éros” y en la de “L’écart absolu”. Sobre la primera habla largamente en una entrevista incluida en Cascades, ya que él participó tanto en el Léxico sucinto del erotismo como en la propia exposición, al pedirle André Breton que la sonorizara, lo que hizo con unos susurros amorosos que jamás se habían oído en público y que mantuvieron al público siempre en silencio (en la inauguración, ya Jean Benoît le había pedido a Ivsic que pusiera sonido a la célebre ejecución del testamento de Sade). Un periódico inglés diría que por primera vez “los muros suspiran en París”.
Por último, tenemos al Ivsic que fotografió para Breton, en Saint-Cirq-Lapopie, una serie de objetos encontrados por el mago del azar objetivo. Hay algunas enseñas sorprendentes, pero lo más relevante está en el Gran Oso Hormiguero y en la citada Piedra Estrellada. El primero es un simple montaje con dos trozos de madera rústica que había encontrado un día Elisa; tal simpleza muestra lo poco que tantas veces es preciso para que emerja la poesía hermana del mito, no existiendo para Breton mejor representación de su animal totémico que esta. El segundo (al parecer un vulgar adorno de buhardilla, por lo que volvemos a lo mismo), al verlo por vez primera reconoció Breton en él el castillo estrellado de Praga, de El amor loco. “Por mi parte –escribe Ivsic– me da la impresión de encontrarme ante el verdadero retrato analógico de Breton, y su fuerza dramática me sobrecoge. Estoy íntimamente persuadido de que, cuando se interrogue sobre lo que podrá singularizar la tumba de Breton, propondré de inmediato este objeto, y es muy notable que nadie contestaría la elección, como si fuera una evidencia. Pero en el momento en que me preparo para sacar una foto, me siento tan turbado que se me cae el aparato. Pese al objetivo metálico definitivamente torcido por la caída, puedo por fortuna continuar fotografiando los otros objetos que Breton ha preparado”.
No veo mejor momento que este para reproducir las dos fotografías que una exquisita amiga me sacó en París de la tumba de Breton, ya hace unos cuantos años, y que se me habían quedado atrapadas en un libro desde que me las dio. (¿Qué libro? Es lamentable que solo me hice esa pregunta al cabo de unos días, cuando ella, en cambio, fue lo primero que me preguntó.) Alguien había además puesto sobre la lápida un girasol, sin duda el del capítulo cuarto de El amor loco, cuya foto de Man Ray se correspondía con el parangón entre la inclinación de la flor y la entonces tambaleante Torre Saint-Jacques.

Foto Elvira Pérez Armas

Foto Elvira Pérez Armas

Hay otros apuntes llamativos sobre Breton, como su lectura perturbada del Cosmos de Gombrowicz, cuyo encadenamiento de signos inquietantes no podía, en efecto, dejarlo indiferente, la negativa en cambio que hace de La femme mystifiée de la feminista Betty Friedman, por su “visión estrecha y anacrónica” (y difícilmente podía imaginarse Breton las cataratas de imbecilidad, sobre todo universitaria, que estaban por venir) o la atención al naciente movimiento de los provos, con su componente utópico y hasta auténticamente surrealista.
Este es un libro de los que hacen convertirse al aburguesado lector en salvaje devorador, una narración apasionante que nada más llegar a mi casa me leí de corrido. Lo que, en verdad, pocas veces ocurre.

miércoles, 15 de julio de 2015

Thessa Herold, galerista

Una de las galerías parisinas más abiertas al surrealismo, sobre todo en el período 1970-1982, ha sido la que ha animado Thessa Herold, en esos años como Galerie de Seine y desde 1993 con su propio nombre. Ahora, en un auténtico lujo editorial, se publica un cofre de tres volúmenes donde se han incluido los textos de todos los catálogos, desde 1970 hasta 2014. Es un modo de redondear una amplia trayectoria dedicada al arte moderno, y además de acercar al lector interesado un manantial de textos a veces de muy difícil obtención.
Los tres volúmenes llevan finas introducciones de Monique Sebbag, quien no solo presenta los catálogos sino que reflexiona sobre la problemática del arte contemporáneo y sobre muchas de las cuestiones que los textos ponen sobre el tapete. Baste decir que sus tres introducciones rayan a la altura de los mejores de esos textos.
En el primer tomo hay textos sobre una serie de artistas del surrealismo o que han sido asociados al surrealismo alguna que otra vez: Jacques Hérold, Camille Bryen, Félix Labisse, Bona, André Masson, S. W. Hayter, Jorge Camacho, Georg Papazoff, Ljuba, Serge Charchoune...
Jacques Hérold, Retrato de André Breton, 1971
Jacques Hérold es una de las estrellas, con textos de Pierre Demarne, Patrick Waldberg y Michel Butor. Pierre Demarne refiere que fue él quien, sorprendido por la perfecta homonimia entre el artista y el galerista marido de Thessa Herold, le sugirió a este que visitara a aquel, iniciándose así esta relación de la galería con uno de los grandes nombres del surrealismo. Demarne conoció a Jacques Hérold cuando la legendaria exposición internacional surrealista de 1947, en que Hérold participó decisivamente, incluido El Gran Transparente, “escultura tan notable que merecería un libro entero”. En el “diálogo de la luz y del cristal” ve la clave de su obra, y, tras expresar que “mirando las telas de Jacques Hérold vuelvo siempre al fuego, lazo viviente entre tierra y cielo, imagen de la inteligencia y del peligro de ser, del deseo y del tormento de amar”, cede la palabra al propio Hérold, en un rápido diálogo. Pese a que estamos en 1971 y no solo hace años que Hérold se distanció del grupo sino unos pocos que tuvo lugar su tan cacareada “autodisolución”, Demarne sabe que el surrealismo sigue rigiendo su pintura (Demarne y el propio Jacques Hérold): “No es injusto enunciar que el surrealismo continúa siendo un punto nodal de la civilización en marcha y que Hérold no se ha separado de él en el fondo, pues uno no se evade como si tal cosa de la potencia misteriosa del inconsciente ni de aquello que la dignifica”. Al año siguiente, otra exposición lleva un fino texto de Patrick Waldberg en que enfoca la obra de Hérold a partir de un pasaje de Spirite de Théophile Gautier, para considerar que “por la inocencia de corazón y la agudeza de las antenas sensibles, Hérold era el único que podía configurar esos seres hipotéticos que Breton ha llamado los Grandes Transparentes”. Y alude finalmente al hecho de que Hérold acababa de terminar su Portrait d’André Breton, convertido ya este en otro Gran Transparente: “Me deslumbró este desenlace prestigioso de una existencia perpetuamente imantada más allá de las apariencias”. Bellas palabras si tenemos en cuenta que Patrick Waldberg no había dejado de mostrarse rencoroso hacia Breton y el grupo surrealista tras su ruptura con este, para luego convertirse en pionero organizador de exposiciones surrealistas históricas.
Artista muy discutido dentro del surrealismo, Félix Labisse es presentado por Waldberg, pero su catálogo de 1971 es de los más originales, ya que el propio Labisse hace corresponder con pequeñas semblanzas sus cuadros de mujeres “hacedoras de historia”: la Reina de Saba, Pentesilea, Mesalina, Circé, Viviana, Dalila, Helena, Cleopatra, Pasifae, Armida, Semiramis, Judith...
Sobre Bona hay dos textos, uno de ellos por Alain Jouffroy. Hay dos también sobre Masson, uno por René Passeron, mientras que Michel Butor se ocupa de los objetos y del interesantísimo “abhumanismo” de Camille Bryen. De Hayter hay un texto de Pieyre de Mandiargues, uno propio en que da cuenta de la manera como ha realizado uno de sus cuadros y un tercero con motivo de sus 80 años, en que se celebró una estupenda exposición colectiva con muchos de los artistas que habían trabajado en su Atelier 17.
Pero a mi juicio los mejores catálogos fueron los de Jorge Camacho, ya que vienen acompañados de dos escritos extraordinarios, uno por René Alleau y otro por Vincent Bounoure. El de Alleau es “La danse de la mort”, y el de Bounoure “Ascendant licorne”, que cierra L’événement surréaliste.
Sobre Serge Charchoune, que coincidió con el surrealismo en sus orígenes, hay dos textos. Sobre Ljuba cuatro: de Mandiargues, de Étiemble, de Bosquet y suyo propio. Y Papazoff está ampliamente representado, con un largo texto suyo de 1971 y estudios de Philippe Soupault, Jacques Baron y Andreï Nakov. En Papazoff llama siempre la atención su repudio del grupo surrealista, lo que no ha impedido a Édouard Jaguer y a otros insertarlo en el surrealismo. Él mismo prodiga las chorradas en su autosemblanza, pero eso no es nada al lado del espantoso Nakov, quien, en unas páginas abyectas, hasta se atreve a decir que Breton tardó 40 años en integrar a Kandinsky en su concepción de la pintura surrealista, cuando el propio Breton podrá presumir al final de su vida de “haber sido el primero en saludar, en 1933, la llegada de Kandinsky a París”.
Soupault interviene con las palabras para su colección artística “fantasma”, sin mucho desbarrar, y de uno de los grandes críticos de arte, Jean-Clarence Lambert, hay un par de textos, aunque de artistas no surrealistas. Una sorpresa ha sido para mí Brigitte Simon, con unos óleos muy bellos, que presenta Raoul Ubac en 1972. Uno de ellos lleva por título À flanc d’abîme, aunque no creo que se trate de una alusión a L’amour fou.

Brigitte Simon, À flanc d'abîme

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Las dos etapas que cubren los tomos siguientes –1993-2005 y 2006-2014– resultan, desde la perspectiva surrealista, más pobres tanto en exposiciones como en firmas. Es una época, sin embargo, en que siguen descollando muchos artistas del surrealismo: los del grupo checo (Roman Erben, Jan Svankmajer, Martin Stejskal, Karol Baron, Karol Baron, Eva Svankmajerova), los portugueses (Cesariny, Cruzeiro Seixas, Raúl Perez, Isabel Meyrelles, Miguel de Carvalho, Seixas Peixoto), los canadienses (Gregg Simpson y amigos), Mimi Parent, Rik Lina, Tony Earnshaw, Conroy Maddox, Philip West, Wayne Kral, Terri Engel, Jacques Lacomblez, Jean-Claude Charbonel, Jean-Pierre Paraggio, Suzel Ania, Jorge Kleiman, Víctor Chab, Ludwig Zeller, Susana Wald, Marcel Mariën, Guy Ducornet, Alan Glass, Ody Saban, Katheen Fox, John Welson... Nos encontramos, en cambio, en el tercer tomo, hasta con un fatuo figurón como Martín Chirino. Como lo que a mí me gusta es el surrealismo en general, y no el arte en particular, nada puedo decir de otros tantos artistas aquí presentes, y que me hacen pensar en que, si los museos son templos del bostezo, las galerías son sus ermitas. Pero aun así hay mucho que destacar, y hasta un par de textos excepcionales.
Uno de esos textos es el que Emmanuel Guigon consagra a las dos primeras décadas de Raoul Ubac, o sea a su etapa del surrealismo a Cobra, trabajo soberbio que puede considerarse el estudio definitivo sobre Ubac y el surrealismo, antes de que este versátil artista se sumiera en su “ascético rigor”. Guigon redacta también el texto del catálogo dedicado a Camille Bryen y sus amigos, que en este caso son Arp y Wols.
Jorge Camacho, Corral cristalino, 1994
Hay también dos magistrales ensayos sobre Wifredo Lam, uno por Édouard Jaguer y otro por Georges Sebbag. Y Jorge Camacho sigue representado bellamente, con sus exposiciones “La naturaleza de las cosas. Los bosques de las arenas” (textos de Yves Peyré y González Faraco), “Peregrinación a las fuentes de lo maravilloso” (conjunta con Agustín Cárdenas) y “El libro de las flores de Jorge Camacho” (texto nuevamente de Emmanuel Guigon). González Faraco se ocupa de las fantasmales fotos de Doñana, y escribe también un poema, que se inicia con una pelea de gallos, lo que me vale para recordar el interés que Jorge Camacho, en Tenerife, me mostró por conocer el mundo de los gallos finos, una de las pocas invenciones meritorias de los canarios y que yo conocía a la perfección, pero no llegando a tiempo de ponerlo en contacto con los aficionados andaluces a quienes conocían algunos de mis amigos gallistas de Canarias.
Señalaré, por último, la abundancia de textos sobre Henri Michaux y sobre Saúl Kaminer. Una exposición de Michaux con Camille Bryen, Serge Charchoune, Fred Deux y Michel Seuphor dio pie a una jugosa reflexión de Jean-Dominique Rey sobre “la unión libre poesía-pintura”, un tema siempre tan atractivo.
Se reúnen aquí, en fin, muchos textos estupendos. Cuando en 1993 reinició Thessa Herold su actividad galerística, lo hizo con la exposición “Au rendez-vous des amis”, expresando así la importancia de la amistad en un espacio donde suelen reinar los intereses y la vanidad. Este cofre sirve también como el más bello homenaje a su actividad de toda una vida.

Jorge Camacho, La mesa en el paisaje, 1994

miércoles, 8 de julio de 2015

Noticias de París y resto del mundo

Si la pasada semana dábamos cuenta de la publicación de un juego del Grupo Surrealista de Madrid, hoy nos detenemos en otro juego, pero del Grupo de París. El título, Les pucerons de la frontière, se toma de las palabras que abren y cierran el texto, resultado de la “buena utilización” de los periódicos.
(Baudelaire: “Todo periódico, de la primera línea hasta la última, no es sino un tejido de horrores, guerras, crímenes, robos, impudicias, torturas, crímenes de los príncipes, crímenes de las naciones, crímenes de los particulares, una embriaguez de atrocidad universal. Y con este repugnante aperitivo el hombre civilizado acompaña su colación de cada mañana. Todo en este mundo transpira el crimen: el periódico, el muro y el rostro del hombre. No puedo comprender que una mano pura pueda tocar un periódico sin una convulsión de asco”. Y también Baudelaire, por lo que respecta a la ventana que originaba el juego del grupo madrileño: “Quien mira desde dentro a través de una ventana abierta, nunca ve tantas cosas como quien mira una ventana cerrada”.
Otras citas sobre los periódicos y su mala utilización:
“–El escribir en los periódicos debe ser muy mala señal. –Malísima. –Me parece muy lógico. Es un oficio de cretinos..., de cretinos que gobiernan el mundo a fuerza de lugares comunes”. En “El gran torbellino del mundo”, de Pío Baroja
“Odio a todos esos individuos incapaces de detenerse demoradamente ante una hoja, de perderse mirando un árbol, pero a los que veo cada uno con su periódico, la nariz dentro, el espíritu calentado por la cháchara espantosa y apestosa de ese papel, embotado de incoherencia, de las palabras obscenas de la «política», crédulo hasta la náusea, absorbido por lo nuevo de la noticia e incapaz de lo nuevo inagotable de lo que existe siempre –y delante de nuestros ojos…” Paul Valéry
“La lectura de un periódico es la cosa más angustiosa del mundo”. Luis Buñuel
“No se puede llamar lectura a esa tremenda cantidad de tiempo que se pierde con los periódicos”. Lin Yutang
“Cuando abrís vuestro periódico, rasca-esfínter de a perra, cucurucho para patatas fritas, en limpio solo sacáis, de entre las manchas de grasa, dos o tres tontas noticias, por otra parte no ciertas”. Ubú
“Yo no leo periódicos”. Thelonious Monk)
El juego del pulgón de la frontera consistió en pegar cuarenta recortes de periódicos, dejando entre ellos espacios vacíos, en ocho hojas que circularon entre ocho participantes, a saber Anny Bonnin, Claude-Lucien Cauët, Hervé Delabarre, Alfredo Fernandes, Joël Gayraud, Guy Girard, Sylvain Tanquerel y el eterno Michel Zimbacca, reunidos el 11 de noviembre de 2014 en el café L’Escalier. Cada uno escribía algunas líneas para ligar dos recortes, le pasaba la hoja a un participante libre y esperaba que otra hoja le llegara, concluyéndose el juego cuando todos los espacios se encontraban llenos.
Inicio: “Los pulgones traicionados por sus centenarios / manifiestan su descontento / por los ataques masivos / contra las meninges de las jóvenes pelirrojas, pues / nuestro cerebro poseería un interruptor”. Interviene luego la Bella Jardinera y se nos aconseja –buena terapia antiperiodística– “escapar a la rapidez / evitar la velocidad”. Ello, sin duda, porque –lo que vale su aplicación a muchos surrealistas– “somos furiosamente neardentalianos”.
Ha dibujado el Pulgón de la Frontera Guy Girard, uno de los contactos de la publicación:


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Se anuncia en La Belle Inutile una importante edición, que será fácil obtener en la red. Titulada Collage Redux, es una muestra del collage surrealista actual, a través de los nombres de J. K. Bogartte, Miguel de Carvalho, Neil Coombs, Guy Ducornet, Rik Lina, Ribitch y Misiano-Genovese. Lleva una óptima presentación de Melanie Nicholson, y de cada uno de los antologados hay un texto sobre su práctica del collage.

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Más publicaciones francesas: de Fred Deux, La perruque (Le Temps qu’il faît), y de Jacques Abeille, Petites proses plus ou moins brisées.
Y exposiciones en diferentes lugares: de Jean-Pierre Paraggio y Claude Barrère, en Seix (Ariège); de Pnina Granirer, en Vancouver; y de Kathleen Fox (con sus series “Zoo des refusés” y “Memory”), en St. Leonards on Sea, East Sussex.

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Timothy Robert Johnson prosigue sus fascinantes proyectos con el artista hopi Delbridge Honanie (Coochsiwukioma) y para el próximo año anuncia una nueva revista surrealista: Soongwuqa (La edad de oro), centrada en el Sudoeste de los Estados Unidos, pero con colaboraciones internacionales.
Y se me ocurre recordar ahora el collage que T. R. Johnson elaboró en 1976 para el fabuloso suplemento de la revista Living Blues dedicado al surrealismo y los blues.



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La semana próxima reseñaremos el impresionante cofre de tres lujosos y compactos tomos que Thessa Herold ha dedicado a los textos de los catálogos de sus galerías.

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Un buen trabajo sobre el surrealismo en Egipto ha publicado Ronald Creagh en el n. 34 de Réfractions: “Tempêtes libertaires. Georges Henein, Ramsès Younane et le mouvement surréaliste en Égypte (1937-1963)”. Se abre con una cita incluida en Al-Tatawwur, 1940: “Definir la libertad es restringir su sentido, explicarla es limitar su alcance, porque la palabra libertad es una de esas palabras que, cuando se la profiere, revela su sentido por sí sola. Lo más lejos que el espíritu humano ha podido ir para imaginar cómo liberarse de los límites y de las fronteras, es tal vez lo que el anarquismo ha dicho en la frase: «Ni dios ni amo»”. Exacto, y ojalá la cuestión estuviera ya zanjada –antes al contrario, aún hay surrealistas apegados a viejas consignas autoritarias.
El trabajo de Ronald Creagh es modélico en su enfoque y en su realización, agudo y perfectamente documentado, sin ni siquiera ignorar al grupo surrealista árabe de Le Désir Libertaire, que irrumpió virulentamente en 1973, en París, Londres y Viena.
Ronald Creagh es un viejo profesor e historiador libertario, y Réfractions es actualmente la mejor revista anarquista en Francia. El ensayo muestra una vez más la cercanía de dos mundos: el anarquista y el surrealista, que algunos como los antecitados insisten en minusvalorar.

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En un reciente Cahier René Nelli hay un artículo de Jean-Pierre Lassalle donde se habla de la relación del estudioso de los cátaros y autor de L’érotique des troubadours con André Breton, quien tenía en su biblioteca cuatro libros suyos: Présence, Le tiers amour, Poésie ouverte, poésie fermé y L’amour et les mythes du cœur. La obra de Nelli, quien respondió a la encuesta de L’art magique y colaboró en el primer número de L’Archibras con un bello texto sobre el amor y la alquimia, ha interesado mucho al surrealismo.

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Aunque aparecida en 2013 (noviembre), merece anotarse como publicación mayor la del enorme poema en diez cantos de Jorge de Lima Invenção de Orfeu. Incluye un ensayo de Murilo Mendes, y edita admirablemente Cosac Naify.
Jorge de Lima, a quien dedicó hace poco un gran trabajo en Agulha Claudio Willer, es una de las figuras muy cercanas al movimiento surrealista en su proyección brasileña. Hacía la intemerata que no leíamos un arranque de poema tan impresionante como el de esta Invenção de Orfeu.

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Revolta e melancolia, la magistral obra de Michael Löwy y Robert Sayre sobre el romanticismo en tanto “resistencia al modo de vida en la sociedad capitalista moderna”, ha sido reeditado en São Paulo. Publicado por primera vez en 1992, aún recuerdo el impacto que produjo en mí la edición de Lisboa (1997), pasando a partir de ahí a enfocar yo el romanticismo desde el punto de vista en que lo abordan Löwy y Sayre. Révolte e mélancolie tuvo en 2010 una continuación aún no traducida: Esprits de feu. Figures du romantisme anti-capitaliste.
En el colofón, una foto de Fábio Roberto Santos, quien “desvió el camión cisterna de la empresa en que trabajaba para distribuir 16 mil litros de agua en un barrio de São Paulo”. Un bello acto romántico de revuelta y melancolía, revuelta contra un sistema que es el reino de la Injusticia y melancolía de unos tiempos en que la generosidad y la abnegación todavía eran valores humanos.


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Donde parece que no había ni revuelta ni melancolía era en Michel Foucault, sobre quien acaba de traducirse en España el libro de Jean-Marc Mandosio, a quien conocemos sobre todo por sus lúcidas intervenciones en la Encyclopédie des Nuisances. Alexandrian lo llamaba “el Rey de las Moscas”, pero casi que predicaba en el desierto. Leemos en la nota editorial de aparición:
“Michel Foucault es uno de los dioses del mundo académico e intelectual contemporáneo. Desde hace más de tres décadas su influencia no ha dejado de notarse y de extenderse, en ámbitos que van desde la extrema izquierda hasta las facultades de filosofía, pasando por museos y centros de arte contemporáneo. Muy pocos habían alzado la voz frente al coro lisonjero que hace de Foucault un gurú. Unos pocos historiadores y algún que otro escritor que denunciara hace tiempo el «nihilismo de cátedra» del maestro.
El libro de Jean-Marc Mandosio pretende desmontar de una vez por todas una impostura que ha durado demasiado tiempo. Tras un minucioso estudio de toda la obra del filósofo de Poitiers, Mandosio dirige su crítica contra diferentes concepciones de la obra foucaultiana como epistemebiopolítica o los procesos de subjetivación, nociones huecas que una legión de epígonos e imitadores repite con machaconería, desde los programas de Estudios Culturales hasta las majaderías de Tiqqun y el Comité Invisible.
Se muestra asimismo cómo detrás de su presunta marginalidad y radicalidad, se esconde en verdad que Foucault se limitó siempre a seguir las modas: estructuralista antes de mayo del 68, izquierdista en los ’70, antitotalitario y haciendo la rosca al Partido Socialista en los ’80.
Como explica Mandosio, «El principal talento de Foucault fue probablemente dar una forma filosófico-literaria a los lugares comunes de una época […] Como buen escritor posmoderno que aplica con celo las reglas del marketing de las ideas, Foucault se adapta constantemente a la tendencia del momento, pero su discurso nunca deja de ser reversible, de tal manera que se reserva siempre la posibilidad de desmarcarse de él y proclamar su singularidad».
Tras aparecer en Francia y Portugal, Foucault: la longevidad de una impostura ve la luz después de que dos editoriales en Italia, y en España una prestigiosa editorial de ciencias sociales, se echaran para atrás después de haber adquirido los derechos para su publicación”.

miércoles, 1 de julio de 2015

Grupo Surrealista de Madrid

Nada menos que cuatro pequeñas publicaciones del surrealismo han surgido muy recientemente en la capital española.


El Grupo Surrealista de Madrid da a conocer el juego de la tienda de lectricidad, con la foto de fachada de la tienda de Electricidad de Pablo, a cuyo letrero se le ha caído la E inicial, y un texto compuesto utilizando las respuestas de algunos de los componentes del grupo (Eugenio Castro, Andrés Devesa, Javier Gálvez, Jesús García, Bruno Jacobs, Lurdes Martínez, Julio Monteverde, Noé Ortega y José Manuel Rojo) a la pregunta “¿qué objetos podríamos encontrar en esta tienda de lectricidad?” Una de las seis páginas de esta típica publicación desplegable a que nos tienen acostumbrados las ediciones Solsticio procede a la parodia de la Ley de Ohm, por lo que es fácil detectar la autoría de Javier Gálvez, sumándose aquí a las ya hechas, en su labor de “materialismo poético experimental” (José Manuel Rojo), con las leyes de Pitágoras, Arquímedes, Rudolf Clausius, Lord Kelvin, Boyle-Mariotte y Edme Mariotte. Y es que “la ley de Ohm establece que la intensidad poética que circula por un conductor, circuito o resistencia, es inversamente proporcional a la resistencia de lo Real (R) y directamente proporcional a la tensión de la Imaginación (E)”, a lo que sigue la ecuación matemática que describe esa relación.
Corteza de lengua, como El juego de la tienda de lectricidad, ha sido editado por Solsticio, en este caso Javier Gálvez y Bruno Jacobs procediendo a una selección de frases de distintas lenguas en las que “el sentido poético mina su sentido lógico”, “ahora que de un tiempo a esta parte, y gracias sobre todo a que ya no está permitido perder el tiempo, a que la tecnología ha convertido la inmediatez en uno de los paradigmas esenciales de nuestra época, el lenguaje cotidiano se ha reducido a una funcionalidad sincopada”. Este es un terreno muy fértil, plagado de sorpresas, en que las monografías etnográficas de los pueblos del mundo tienen mucho que decir.
En Ardemar, al mismo tiempo, han aparecido Por una topografía erótica de la ciudad, de Javier Gálvez, y la traducción de un texto de Alain Joubert. El texto de Joubert no es otro que “Mecánica popular”, que formó parte del catálogo de “L’Écart Absolu”, última de las exposiciones organizadas por André Breton y exposición visionaria donde las haya. En el catálogo eran abordados los siguientes temas modernos: la conquista del espacio, el culto de la natalidad, los espiritualismos, la publicidad, la tecnocracia, la “mujer uniformada”, la política del ocio, el culto del deporte, el mito del trabajo y, por Joubert, el culto de la máquina incluido el del ordenador, que entonces aún balbuceaba. En esta nueva versión encontramos, junto al texto de Joubert (que se abre con unos aberrantes ejemplos del amor al automóvil, ese monstruo canalizador de tantos desvíos psicóticos y sublimador de tantos complejos de inferioridad), el pasaje de Joyce Mansour sobre el Desordenador, incluido en el n. 1 de L’Archibras, y una de las dos fotos del Desordenador realizadas por Suzy Embo:


El precioso texto de Joyce Mansour (“Elementos mnemotécnicos para un sueño futuro”) no aparece incluido en el volumen de prosa y poesía suyo publicado por Actes Sud, por lo que Stéphanie Caron lo presentó y comentó muy bien en el n. 26 de Pleine Marge. En las diez casillas de la foto aparecen las imágenes obtenidas por el Desordenador al actuar, según el método del desvío absoluto, sobre “los componentes esenciales del principio de realidad, considerados en su más evidente actualización”. A la izquierda, el alfabeto de los vagabundos, la rueda oval y el espejo de alondras; en segunda fila, la mujer modernista y el panel Azar; en tercera fila, el rey de las ratas y el buen apartamento cálido; y a la derecha el tambor reventado, la pelota alambrada y la cadena de panes. Se corresponden (salvo algún error mío) con el maquinismo, la tecnocracia, el cosmonautismo, la “liberación” femenina, el ocio, la natalidad, la publicidad, el neo-espiritualismo, el deporte y el trabajo. La pelota de béisbol envuelta en una red de alambres, por cierto, la esgrime en medio de una multitud Jean Benoît, siempre con su cachimba y su aire de bon vivant desafiante, en una memorable foto reproducida en el n. 3 de L’Archibras y titulada “Los Juegos Olímpicos celebrados por Jean Benoît”. Un “representante del orden” le llama la atención, pero por desgracia no es legible lo que dice la pequeña pancarta:


Por una topografía erótica de la ciudad, en fin, es una llamada a la transformación de las topografías urbanas en una “erografía de la ciudad”. Lleva cuatro fotos de Javier Gálvez, una de ellas acompañada del arranque de la “Mística” de Rimbaud: “En la pendiente de la rampa, los ángeles gastan sus vestidos de lana en las hierbas de acero y esmeralda”. Jean Richer consideraba “Mística” la única iluminación construida según el sistema de asonancias de la Alquimia del Verbo. Y de nuevo se nos va Javier Gálvez por los rumbos de la verdadera ciencia, ya que aquí nos revela que “los cuatro orgasmos cardinales convergen en un solo punto divergente”.

Novedades


Dark Window Press edita esta maravilla de John Welson y David Greenslade. De Welson son unas veinte ilustraciones magníficas de forma y de color, y de Greenslade correspondientes poemas en gaélico escocés, que es como decir en chino. Algunas de las pinturas de Welson podrían haber convertido el diálogo de mariposas que en el último número de A Phala hacían Renzo Margonari y Leandro Santos en un aún más bello triálogo.


Pero hay más novedades bibliográficas.
En castellano, la Obra poética completa de César Moro, en la colección Archivos, con una historia de su recepción crítica y un centenar de reproducciones de sus obras plásticas.

Collage de Pierre Rojanski

En francés, cinco actualidades: Dépêches aux dés de Claude-Lucien Cauët, Les coulisses du plomb de Guy Girard (con prefacio de Jean-Pierre Lassalle), Le boudoir de la langue de Alain Roussel (con ilustraciones de Georges-Henri Morin), Au bon plaisir de la géante de Guy Cabanel, Jacques Abeille y Alain Joubert y Imagerie d’Épinal de Anne-Marie Beeckman (con collages de Pierre Rojanski). Además, una nueva obra de Radovan Ivsic en Gallimard: Rappelez-vous cela, rappelez vous bien tout, que pronto comentaremos aquí, y una selección de los sueños de Stanislas Rodanski pertenecientes a cinco cuadernos depositados en la biblioteca de Jacques Daucet (Rêves, L’Arachnoïde).
Y en rumano unos textos, en francés otros y en inglés otros, el n. 5 de los Caietele Avangardei dedicado al gran Gellu Naum. Coordina Ion Pop y entre las colaboraciones las hay de Dan Stanciu, Valery Oisteanu, Sebastian Reichmann y Petre Raileanu.

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Las ediciones de La Vertèbre et le Rossignol publican un fanzine dedicado a las actividades del colectivo Device Scribbles, “laboratorio de creación numérica colectiva” animado por el pintor y escultor Stephen Kirin, colaborador de Patricide, y del que forman parte nombres del surrealismo, en concreto David Nadeau, Shibek, Dale Houstman y Jaan Patterson. Entre el 15 de junio de 2014 y el 15 de junio de 2015, por medio de un “grupo facebook”, procedieron a la modificación de las imágenes enviadas entre ellos, generando así una interesante cadena de metamorfosis, de que da cuenta esta publicación. El grupo se disolvió el 15 de junio con un picnic en Hampstead (Inglaterra).

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Richard Misiano Genovese continúa con sus fascinantes superimposiciones, de las que aquí vemos una. 
Por otro lado, aunque su aventura es de carácter sobre todo personal, en la página de La Belle Inutile, sección de “Tecnología”, puede verse cómo le aplica las leyes poéticas a lo que menos se hubiera esperado: a los siniestros códigos de barras del capitalismo mundializado.

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En S. Paulo tiene lugar esta exposición conjunta de dibujos y acuarelas de Heloisa Pessoa y Marina Martinelli, “Naturaleza interior”. 

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En la Biblioteca Municipal de Nantes tiene lugar una exposición dedicada a Claude Cahun, con fotos, dibujos y escritos.
A la vez se lanza el Toyen de la colección Phares (Sevendoc), que con infinitos temores esperamos conseguir próximamente.
El n. 5 de L’Échaudé incluye precisamente una sección Toyen, con un texto de Alain Joubert