miércoles, 24 de septiembre de 2014

Salinas


La cosecha deslumbrante es una breve comunicación que nos llega de Cádiz, publicada por Ediciones Las Dunas y firmada por “Un caminante”.
Conozco pocas designaciones más bellas que esta, y nada me place más que mi viejo maestro Don Juan Déniz –recién difunto y a quien, como me decía otro caminante local, “Dios lo tenga en la gloria de una bodega”– me bautizara en la cordillera de Anaga como “el Caminante” (quien pregunte en los bares de la Montaña por “el Caminante” podrá fácilmente dar conmigo, sin confusión alguna, porque además nada que ver tienen los “caminantes” con esa banalidad organizada y ordenada de los “senderistas”).
Esta nota personal viene a cuento de que la breve comunicación del caminante de Cádiz, al tocar una de las maravillas paisajísticas del mundo en extinción, las salinas, inmediatamente me hizo recordar las de Rio Maior, en el centro de Portugal, que yo conocí en mis dorados tiempos de verdadero “caminante”, de caminante heroico, no de caminante de una isla insignificante.


Esas recónditas salinas, situadas al pie de la bellísima sierra calcárea de los Candeeiros, famosa por sus prodigiosas grutas, fueron compradas por los templarios en un año tan remoto como 1177. La mina de sal gema es muy profunda, extrayéndose de ella un agua mucho más salada que la del mar; expuesta esa agua al sol y al viento, la sal, como en cualquier salina marina, se deposita en el fondo de los pequeños tanques para ser colocada finalmente en cegadores montes piramidales. Lo singular aquí está en su ubicación dentro de un valle, el aire campesino que se respira y las costumbres que se fueron creando. Son en total 400 compartimentos de 74 propietarios, por los datos de que dispongo y que son de fines de los años 70. Ya seco el pozo antiguo, el actual fue accidentalmente descubierto por una muchacha que apacentaba unos animales, y que, al sentir sed, descubrió un charco que afloraba en un juncal, llevándose la sorpresa del agua salada.
El agua era extraída con dos baldes por una “picota” o “cigüeña”, recurso de origen árabe ya desactivado en Rio Maior y en completa decadencia generalizada por Portugal, aunque todavía la graciosa figura salpique frecuentemente los campos.
Los trabajadores de la sal sacaban en las noches de verano unos cien baldes. Algunos de esos “marineros”, como son llamados, se caían al pozo, pero ni podían hundirse a causa de estar las aguas saturadas de clorato de sodio ni tenían mayores dificultades para salir tras el baño forzado, ya que había una escalera de madera preparada para la ocasión. Sometida la explotación a reglas ancestrales, no se conocen conflictos por causa del uso del agua del pozo, lo que no es de extrañar en estas pequeñas sociedades que tenían profundas raíces comunitarias (modelos muy hermosos de perfecto comunitarismo, afortunadamente muy bien estudiados, había en lugares como Rio de Onor y Vilarinho das Furnas, toda una lección para las espantosas sociedades modernas).
Cuando yo visité las salinas de Rio Maior –11 de julio de 1996, un día para mí legendario–, tan llamativas como las salinas eran las numerosas casas de madera muy bien conservadas, cuyo uso se ceñía a los meses de la zafra –enormes algunas, y todas con sus trancas de madera sin cerrojo. De ellas, pude visitar la taberna, donde vendían los quesos de sal y donde se podían comer un par de sabrosos platos populares regados con buen vino, en un ambiente de calor, humor y simpatía. Pero lo más curioso eran las reglas de madera colgadas de la pared, donde se apuntaban las cuentas de los clientes, anotándose con signos las bebidas y los precios de cada uno. Esto le permitía al cliente saber en todo momento lo que debía, pero también era una manera de que los otros supieran si era buen o mal bebedor, esta segunda función siendo sin duda la fundamental. ¡Qué regla especial hubieran tenido que hacerle a Don Juan Déniz! El pago de la cuenta se hacía en sal (es además bien sabido que la palabra “salario” viene de “sal”).
Los quesos de sal me recordaron una manifestación de arte popular creo que ya extinguida, pero que Vergílio Correia llegó a tiempo de describir en Etnografia artística portuguesa, un libro de 1937. Se trata de los panecitos de sal que, para obsequiar a sus personas queridas, los salineros al sur y norte del Tajo hacían con la primera sal fina, tras haberla amasado y adornando al final las paredes del pan con figuras en relieve que tallaban con su navaja. En este ejemplo, vemos la figura, entre ramos y empuñando sus banderitas, de un guardavías de trenes (figura simpática, familiar del viajero hasta los años 80, eran casi siempre mujeres que aguardaban en sus garitas), un cangrejo, un ancla, árbores y plantas:


Esta es otra forma completa de estos panes de sal, con una escopeta en que el gatillo y el percusor aparecen trocados, unos quevedos, dos ruedas de ocho radios, una planta y una estrella radiada:


Y un tercer ejemplo, de nuevo asociando elementos dispares: una viña con sus racimos y parras, un dibujo geométrico, un ancla doble, un ramo y la fecha 5091, que es realmente la del año en curso, 1905, ya que muy a duras penas lograba algún salinero dibujar los números al revés para que quedaran bien en el relieve:


Famosas en Portugal eran las “Trovas do sal”, con un mote y sus glosas, aquel a modo de adivinanza: “Eu sou fêmea de nação / Macho me querem fazer / Hei-me deitar a afogar / P’ra fêmea tornar a ser”.
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La cosecha deslumbrante refiere el inicio de la zafra tras las lluvias primaverales, con la entrada de las “aguas madres” en los embalses, así como la recolección de la “flor de sal” hecha a mano al atardecer en contraste con la del rocío del alba. “Al transeúnte –concluye– se ofrecerá tras la última cosecha un pedazo de su orgullo marino bajo el nombre, entre otros, de Sal de Hielo. Quizás le hará recordar el sabor de su propio origen”. Como Bruno Jacobs, surrealista de las tierras del hielo, reside desde hace un par de años en Cádiz, quizás sea él este anónimo “caminante”, o quizás sea algún compatriota de paso por las costas dunosas. En cualquier caso, se agradecen estas publicaciones tan sencillas como poéticas, la que comentamos acompañada de cuatro fotografías de frágil blancura, una de las cuales abre esta nota.
Agustín Espinosa, en Lancelot, 28º-7º, el libro más bello que se ha escrito en Canarias, dedica unos poemas al “laberinto de espejos” de las salinas del Janubio, en Lanzarote, imaginando que por la noche pierden su rigurosa ordenación y se ponen a buscar de manera desesperada “esas formas extraordinarias, irregulares, que no han estudiado aún los geómetras”, y describiendo poéticamente el paso por la isla de los carros de la sal transportados... por camellos, otra imagen desaparecida para siempre. Esta es la página de la pesca de la sal:
“A un guiño de Venus, empieza en el lago de Janubio la pesca de la sal. Es una pesca laboriosísima. Salen de todas las esquinas de la costa nocturnos pescadores. Por­tan complicada caña de pescar, más próxima al medievo alambique de los embrujamientos que al trincapez ambiguo de los pescadores.
La sal desarrolla, frente a la rapiñería de los audaces anzuelos, sus sagacidades de estrella caída en el agua. Finge una lluvia de estrellas invertida. Cambia su unifor­me Na por el traje Ka o por el vestido Mg.
Llega un momento, sin embargo, en el que el triunfo de los pescadores se hace evidente. Entonces sale la luna, para iluminar el espectáculo. Cantan los pescadores. For­ma su canto una cadena de notas en torno al lago que im­pide a la sal escapar hacia otros escondites mejores, huyen­do de las cañas maravillosas. Bajo la linterna blanca se abren en el lago mil grifos de sal”.
Y Almada Negreiros –el Almada Negreiros de los buenos tiempos– decía de otras salinas portuguesas:
“Hace varios millones de años cayeron aquí las célebres ventanas del Palacio del Cielo. Quedaron intactos los cristales en los respectivos marcos, porque las ventanas cayeron sobre el césped muy verde. Hoy son las salinas”.


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Y aún podemos evocar las doce visiones calidoscópicas que Jean-Pierre Paraggio dio a conocer en 2004, dentro de la colección “L’Envers du Réel” de Les Loups sont Fachés. Cada una de aquellas planchas grabadas en la sal llevaba una cita (de Thomas de Quincey, Aloysius Bertrand, Jean-Pierre Brisset, Pierre Mac Orlan, Benoît Chaput, Emily Dickinson, Georges Henein, Henri Michaux, Anne Marbrun, Salvador Dalí y Maurice Blanchard). He aquí las de Henein y Blanchard:


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Ya publicado todo esto (en un trabajo que ha ido creciendo inesperadamente, ya que tanto la nota sobre los panes de sal como la de las planchas de Paraggio me surgieron, sin buscar nada, en lecturas de ayer y antier), aún tenemos una adenda más: esta imagen tremenda de las salinas de Maras, en la cordillera de los Andes, cerca de Cuzco, fotografiadas por Alex Januário, que acaba de hacérmela llegar.